Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 15

Miro a todos lados, de pronto, sintiéndome cohibida.

Esa sensación de intranquilidad, de cómo tu piel se vuelve chinita porque piensas que alguien viene siguiéndote las espaldas. Estoy acelerando en la bicicleta todo lo que mis pies son capaces.

No pienso en ello.

No me caliento la cabeza.

No se lo cuento a nadie.


Al día siguiente me despierto muy temprano por la mañana.

Esme se acerca a mi cuarto en cuclillas, abotonándose la bata de dormir.

Ella tiene ojeras bajo los ojos.

—Ese niño va a arruinarme —se sujeta en la puerta— ¿Ya te vas a la escuela?

—Es sábado.

—Oh, cierto —asiente levemente— Sábado de psicólogo.

—No voy a ir.

—Vas a ir —me señala con el dedo— Le prometí a mi hermana que te llevaría de un ala. Bells, no te pongas rebelde.

Suspiro.

—De acuerdo.

Tomo mi bolso debajo de la cama mientras me ato las zapatillas.

—No pensarás fugarte ¿verdad? —pregunta preocupada.

Levanto la cabeza, negándole.

—Tengo cosas que hacer hoy, no voy a escaparme. Te prometo que volveré temprano.

Mira el reloj que está justo por encima del respaldo de la cama.

—Bella, son las ocho de la mañana. ¿A dónde vas un sábado a las ocho de la mañana?

Pillo la carta del anónimo asomándose en el cajón de la mesita de noche. La quito rápidamente antes de que Esme se dé cuenta. Era en serio cuando me prometí no pensar en lo que esa carta quería decir, así que no se lo he contado a nadie.

No puedo dejar de pensar que alguien en Forks está cerrando la boca. Me pregunto si esto es en serio o una mala broma porque uno nunca puede confiar en los anónimos. Si tan solo hubiese puesto el nombre de quién era el asesino todo sería más fácil.

O más difícil.

—Voy a salir con Edward.

Esme hace sonar su garganta.

—Ah, ese muchacho.

—Sí, ese muchacho.

Me pongo en pie de la cama, colgando el bolso en mi hombro y la carta debajo de mi manga.

Antes de que pueda acercarme para darle un beso de despedida, el bebé ha vuelto a llorar.

Esme se cubre la cara.

—¡Por Dios! Junior es insaciable.

—¡Qué! ¿Cómo que Junior? Están locos si van a ponerle Junior.

Mueve su cabeza, agotada.

—No te preocupes por eso, que es solo un apodo. Tu madre aún no se decide.

—A Elizabeth le gustaba Jeremy.

Cómo olvidar su maldito oso llamado Jeremy que tenía a los diez años y que mamá tiró a la basura.

—Jeremy Swan. Suena bien ¿eh? Voy a comentárselo a tu madre —se acerca y besa mi mejilla— Por favor, prométeme que vas a cuidarte y vas a regresar antes de tu cita con el psicólogo. Te hablo en serio, Isabella.

Levanto el meñique.

—Te lo prometo, Esme. Nos vemos luego.


Edward está apoyado en la esquina de una tienda de helados. Me acerco sigilosa de que no me vea para darle un buen susto.

—¡Boo! —presiono mis índices en sus caderas, haciendo que pegue un salto, y yo por supuesto, me eche a reír— ¡Te asusté!

Por un segundo se ve a la defensiva, pero en cuanto nota que se trata de mí, su rostro se suaviza.

—Ni me asustaste tanto —finge desinterés.

Suelto una risotada.

—Edward, estabas a punto de echarte a correr.

Él no puede esconder su sonrisa, sabiendo que es verdad.

—¿A dónde piensas raptarme hoy? —le señalo dos tiendas más allá de la heladería. Edward mira la tienda, sonriendo y sacudiendo la cabeza. — Ya, déjate de bromas. ¿Dónde vamos? —no respondo nada— ¿Era en serio? ¿De verdad vamos a mirar ropa de mujer?

Encojo los hombros.

—Elizabeth tenía cierta obsesión con las tiendas de vestidos, y en especial con esta y sus vestidos con lentejuelas, así que… ¡Andando!

Lo arrastro conmigo de la mano hasta la entrada de la tienda, y lo familiar me nubla la mente por un segundo.

Llegamos hasta los vestidos con lentejuelas, de esos que brillan con tanta intensidad que no necesitas linterna en medio de la noche.

Encuentro uno negro con brillantinas alrededor del busto. Este le hubiese encantado a mi hermana. Lo cojo y observo con un poco de tristeza.

Cuando he pensado en probármela, le miro el precio y la tristeza se me esfuma de inmediato.

—Oh, oh, demasiado caro —la devuelvo a la percha.

Busco hasta encontrar un vestido acorde a mi gusto. No tiene mucho brillante, pero tampoco es demasiado llamativo. Es negro y azul, con una línea transversal de purpurina.

Después de mirar un poco más, recuerdo que Edward ha venido conmigo. Lo encuentro eligiendo entre dos vestidos; negro y violeta.

Reprimo la risa.

—El violeta te quedaría muy bien, eh.

Se echa para atrás, bajando los brazos con los vestidos, y me sonríe.

—Algo tenía que hacer mientras buscabas… ¿acaso vas a comprarte eso?

Parpadeo, haciéndole una mueca.

—Voy al probador, no me tardo.

Me quito la ropa deprisa para ponerme el vestido, que es ajustado.

El vestido es maravilloso.

Me miro al espejo esperando encontrarme yo, pero no soy yo a quién me encuentro, sino a mi hermana. Es ella frente al espejo; es su gusto por los vestidos, es su tipo de vestido.

Y me repito una vez más que todo lo que hago es por ella, y por mí, para poder superar este vacío, para agotar todas las posibilidades que hay de que algún día acepte que no estará más. Y si tengo que llevar un poco de su vida conmigo mientras tanto, lo voy a hacer.

Salgo abotonándome la blusa. Edward suelta un suspiro de resignación. Le dedico una sonrisa de disculpa antes de empezar a sacar vestidos de sus perchas y colocarlas sobre sus brazos. Él no dice nada al respecto, y se lo agradezco.

Al cabo de un tiempo, me he cansado de elegir y me voy con el montón de ropa al probador.

Después de dos horas, termino llevándome tres bolsas de vestidos.

—Pensé que solo miraríamos. —dice Edward en tono burlón.

—¿De qué te sirve solo entrar y mirar aparte de maldecir tu pobreza?

—Ah, espera. Olvidaba que eras rica.

—No soy rica. —resoplo— De todos modos, podría haber cogido un par más a escondidas. Como tomarlo prestado, por ejemplo.

—¿Y que luego nos pillen y te lleven a la cárcel? ¿Qué se supone que les diga a tus padres?

Le tomo del brazo para estar más cerca, como si fuese lo más normal del mundo para nosotros. A estas alturas lo es.

—No tienes que decirles nada, solo me buscas un buen abogado.

Eso le hace gracia porque suelta una carcajada.

—Te llevaría con mi madre si todavía fuese abogada.

—¿Tu madre es abogada?

—Dije "si todavía fuese" ya no lo es.

Me detengo.

—¡Pero si ellos ganan un montón de dinero!

Levanta el borde de su boca, sin saberlo.

—Realmente no sé por qué se salió de ese cargo. —admite— A mi madre no le gusta hablar de ello. Pero es feliz teniendo su tienda de flores.

Nos sentamos en una banca en la plaza de Port Angeles, donde el sol se ha escondido detrás de las nubes. De pronto pareciera que fuese a largarse a llover. Cuando me siento, noto el papel del anónimo en el bolsillo de mi pantalón. Lo cojo porque no necesito esconderlo, y porque de alguna forma iba a contárselo a Edward.

Él me mira confundido cuando estiro el papel hacia su mano.

—Léelo —le pido.

Lo hace.

—¿De dónde sacaste esto?

—Lo encontré en el canasto de la bici, justo después de que te fueras ayer.

Parpadea con el trozo de papel entre los dedos.

—¿Y antes no lo habías visto? —niego en respuesta— ¿Y cómo diablos alguien dejó eso allí sin que nos diéramos cuenta?

Me muerdo el labio.

—Estábamos ocupados haciendo otra cosa, no sé si lo recuerdas.

Sus mejillas se ruborizan, entonces vuelve a leer el papel.

—Tal vez solo sea una broma pesada.

—Lo mismo pensé, Ed, pero… ¿por qué iban a hacerlo? ¿Por qué se iban a arriesgar de que lo descubriera cuando lo metió en el canasto? No hay lógica, para nada. En ese caso, alguien pudo haberlo dejado en el buzón de mi casa, en mi casillero de la escuela, en cualquier maldita parte, no cuando yo estaba presente.

Eso tiene lógica para ambos. Edward se rasca la mejilla pensándolo.

—Entonces… alguien solo está manteniéndose callado por miedo.

—Por cobarde.

—Sí, eso. —deja el papel en la palma de mi mano— Tienes que entregárselo a la policía.

—No estoy segura…

—Bella, tienes que hacerlo. Estas son evidencias, la letra es evidencia.

—No te mencioné que la letra me suena muchísimo. De hecho, ni siquiera lo he querido pensar demasiado.

—¿En serio?

—Sip, pero no sé de dónde. —suspiro, arrugando el papel y guardándolo devuelta en mi bolsillo— Estas cosas me ponen de mal humor —gruño. Los dedos de Edward se posan en mi mejilla, acercándose para besarme en la boca— Podría acostumbrarme a eso todo el tiempo.

—Mmm… yo también —responde, pescando mi labio entre sus dientes.

Me alejo dejando un espacio entre nosotros solo por maldad. Estoy riéndome de su expresión malhumorada porque no ha podido morderme como ha querido.

—No soy una mujer fácil, Edward Masen.

Aprieta su mano en la mía.

—Me doy cuenta, por eso a veces no te soporto —admite.

Nos despedimos en la parada de autobús. Edward está de pie afuera hasta que el bus se ha ido. Me quedo suspirando hasta que Port Angeles desaparece. Por suerte cogí el bus antes de que se llenase. Voy mareada la mitad del camino por el olor apestoso que irradia con las ventanas entreabiertas.

Le envío un mensaje a Esme para indicarle dónde juntarnos.

Ella está esperándome impaciente en la parada de autobús de Forks, con guantes y gorro de lana rojos, como si necesitáramos más motivos para llamar la atención.

—¡Bella! Por fin llegas, niña —me toma de la mano mientras me bajo del autobús.

—Ni siquiera son las dos todavía.

Se mira el reloj de mano.

—Está bien, tienes razón. Mejor cuéntame de tu salida —mira las bolsas balancearse en mis manos— Déjame adivinar; te compraste vaqueros o algún suéter.

—Vestidos.

—¿Qué? —su reacción es de absoluta extrañeza— Pero si a ti no te gustan los vestidos…

Llegamos hasta la siguiente calle, y le encojo un hombro.

—¿Entramos?

El único imponente edificio situado en Forks, está hecho un desastre; pintura rasgada, pisos rayados, techos mohosos. Subimos al tercer piso por la escalera porque los ascensores siempre están en mal estado. Hasta eso es un desastre.

La secretaria nos deriva hacia la izquierda donde tenemos que esperar al final de un pasillo. Esme no deja de repetirme que debo poner de mi parte en esto, algo que por ahora no está permitido para mí.

—Isabella Swan.

Pasa un tiempo antes de entender que me han llamado. Me pongo de pie. Esme entra a la consulta primero que yo, tomándome por sorpresa. ¿Acaso le pedí que se quedara o mi madre le pidió que investigara mi depresiva vida?

El doctor frunce el ceño sin decir nada; él es rubio, alto. Demasiado alto. Piel pálida, ojos de un gris brillante precioso.

Esme se queda mirándole embobada, entonces se sienta en la silla que debería ocupar yo.

—Eh…

—¡Ups! Lo siento. —se levanta y se va a una esquina— Estaré aquí en silencio.

El doctor parece un poco incómodo y entretenido por la situación.

—Me gustaría hablar a solas con Isabella, si es posible. Las sesiones son privadas.

Es una manera muy decente de decir "no metas tus narices en mi trabajo"

Esme se ha puesto colorada.

—Oh, claro, lo entiendo. Bella, estaré justo afuera, cariño.

Finalmente, cuando se va, ruedo los ojos. El doctor se ríe de mí.

—Bien, Isabella, ahora que estamos solos me presento, soy el doctor Carlisle Cullen y espero que seamos muy buenos amigos.

No sé si quiero ser amiga de mi psicólogo, pero no voy a decirle eso.

—Solo Bella, por favor.

Limpia sus gafas.

—Está bien, Bella.

No hablo mucho. No hablo nada. Él intenta hacerme preguntas, como si se tratara de una sesión psiquiátrica que una psicológica. Ni siquiera estoy segura de cuál es la diferencia en eso, pero se siente mal. Muy mal. Él quiere saber de mi vida, de mis temores, de lo que me entristece y está intentando no indagar mucho sobre la muerte de Elizabeth. Se pasa toda la hora escribiendo en su cuadernillo mientras mis dedos se retuercen en mi regazo.

No me fuerza a que diga más de lo que realmente quiero. Mis respuestas no fueron más allá de un sí, no y no sé.

—Hemos terminado por hoy, Bella.

Estoy sorprendida.

—¿No va a insistir?

Niega con la cabeza.

—No me conoces, y lo que busco es que confíes en mí. Por hoy es todo lo que necesito.

Suelto un suspiro a la salida de la sesión y Esme está mordiéndose los labios cuando me ve.


Mi casa no ha vuelto a ser la misma desde que el bebé llegó.

Hay pañales sucios por el suelo, mantas azules envueltas en el sofá, juguetes y biberones. Aunque no estoy segura de por qué tiene juguetes si ni siquiera sabe jugar.

Me acerco hasta la cuna que papá le compró esta mañana, y mis manos se afirman en el borde durante unos segundos. Se me hace difícil acercarme demasiado para observarlo, pero necesito hacerlo.

Su nariz es tan pequeña, además de un montón de manchas rojas en la cara. Es un bulto pequeño y caliente con vida, su respiración acompasada por el cansancio.

Acerco mi mano temblorosa hasta rozar su mejilla.

—Supongo que tendremos que ser amigos ¿no? —susurro.

Debería empezar a quitar esa barrera que he puesto desde que lo he conocido.

—Supones bien —la voz de papá a mi espalda me espanta. Él sujeta el periódico y las gafas para leer. A pesar de su sonrisa, sus ojos lucen tristes— Él va a necesitar mucho de ti, Bella. Alguien joven en quién confiar. Cuando él crezca seremos demasiado viejos para que confíe en nosotros. Entonces él te tendrá a ti.

Me cuesta aceptar que eso es cierto, sin embargo, lo es.

El timbre suena. Papá vuelve a sonreírme antes de ir a ver de quién se trata. Yo mientras tanto me quedo mirando al pequeño un momento más.

Alice es nuestra visita.

Ella es más entusiasta que yo con un bebé en casa. Jamás le había escuchado hablar tan agudo en mi vida como ahora intentando comunicarse con él.

—Está durmiendo, Alice.

Me lanza una mala mirada.

—Los bebés tienen un lenguaje diferente al nuestro. Tenemos que aprender a sociabilizar con ellos.

Pongo los ojos en blanco.

—Estás loca.

Nos vamos a mi habitación. Ella se echa encima de la cama de un tirón, moviendo al viento su falda escocesa. Apoya los codos en la cama, echándome un vistazo.

—Ahora que te he atrapado, tienes que contarme todo sobre Edward.

—¿Qué sobre Edward?

A Alice no le gusta irse por la tangente.

—No te hagas la desentendida conmigo. Bree ya los pilló besándose fuera de la tienda de comestibles, ¿o me lo vas a negar?

Finjo estar interesada en ordenar mis cuadernos de la escuela.

—Últimamente Bree está siendo demasiado chismosa ¿no te parece?

—Isabella Mar-

—¡Está bien! —no saco nada con ocultárselo— Solo nos besamos. No somos nada más, si es a lo que te refieres. Me gusta besar a Edward y a Edward le gusta besarme. Fin.

A Alice se le iluminan los ojos.

—¡No puedes solo pretender que te besas con él, maldita sea! —chilla emocionada— Bella, ponte los pantalones y pídele que sea tu novio.

—¡No!

—¡Por qué no!

—Es complicado, Alice. No hagas preguntas.

—¿Tienes miedo?

—No

—¡Bella!

—¡Qué!

Se levanta de la cama, arranca el cuaderno de mis manos y me obliga a que la mire.

—¿A qué maldita cosa le tienes miedo?

Hasta ese momento yo no había reparado que en verdad tenía miedo. Desde que Alice lo mencionó, se formó un nudo en mi estómago.

Sí, tenía miedo. Mucho miedo.

—Qué se yo. Enamorarme, quizás. —ella no espera que responda eso. De pronto descubro lo que he estado guardando desde hace un tiempo, la certeza de algo imposible de evitar— ¿Te das cuenta lo obvio? Mi hermana estaba tan perdidamente enamorada de este hombre casado que la hizo hacer cosas que nunca imaginé que haría. —Alice se sienta a mi lado— Ella acabó muerta. Acabó muerta porque se enamoró.

Los brazos de mi amiga se envuelven en los míos, justo antes de que se acerque para estrecharme sobre ella.

Sus brazos se sienten como una cómoda almohada. No hay inquietud alguna por mi confesión y Alice no parece a punto de chillar por lo que he dicho. Salió tan de pronto de mi boca, tan verdadero que no deja lugar a bromas. Ella no va a regañarme por pensar de esa forma, por estancarme en un supuesto, por ser tan tonta.

Porque Alice sabe entender y porque somos amigas.

—Cuando todo esto pase, Bella, cuando las heridas finalmente sanen por completo, vas a pensar diferente. Y te juro que te va a encantar.

Yo también esperaba eso.


Que tengan un lindo fin de semana!