Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía


Capítulo 16

Alice y yo no hablamos más sobre el tema y ella me promete absoluta discreción.

Tantas emociones me pasan la cuenta y me encuentro enferma la semana siguiente. Mi cuarto se ha llenado de pañuelos sucios y medicamentos. Mis mejillas se han tornado de un leve tono rosa por la congestión.

Lo único que puedo rescatar de todo esto es que debido a mi resfrío no pude ir a la segunda sesión con el doctor Cullen.

Y lo peor es que no he visto a Edward.

Me levanto de la cama con el pijama y me ato una cola desordenada en el pelo antes de salir de mi escondite. Mi madre está mirando la tv cuando bajo.

Levanta los brazos cuando me ve.

—¡Oye tú! Vuelve a la cama.

Hago una mueca descuidada, continuando mi camino hacia la cocina. Levanto la tapa de la cacerola y me encuentro con el menú de todos estos días: sopa.

Mamá no tiene tiempo de cocinar ya con Jeremy.

Jeremy.

A mis padres les había encantado tanto el nombre Jeremy por el peluche que Lizzy tuvo de pequeña, que no hubo que convencerlos para que fuesen al registro civil y le inscribieran. Jeremy Charles estaba oficialmente inscrito como parte de nuestra familia. Y eso me ponía realmente feliz.

Ahora con mi resfrío yo no he podido acercarme mucho, pero puedo verlo desde su cuna mover las piernas como si fuera a echarse a correr. Me sorprende como en tan poco tiempo él ha crecido un montón, hasta puede pasarse una hora con los ojos abiertos de par en par.

Mamá dice que su nariz es perfecta y que tiene los pómulos similares a Lizzy a su edad. Ella no deja de enseñarme fotos viejas que ya he visto para solo demostrar que lo que dice es cierto. Me he dado cuenta que ha mamá le ha dejado de afectar el hecho de ver fotos de mi hermana. Eso no quiere decir que lo ha superado, solo que ahora mirar sus fotos o compararla con Jeremy, no es algo imposible de hacer. Puede mirar una fotografía de hace dos años y suspirar con tristeza, pero no se deprime todo el día.

Me gustaría ser como ella.

No podría comprender lo que una madre siente perdiendo un hijo, independiente de la edad. Solo sé lo que se siente perder a una hermana, pero estamos claros que perder un hijo debe ser la peor cosa existente en el mundo.

Se supone que mis padres debían morir primero, que después de su muerte Lizzy y yo nos apoyaríamos, que nos tendríamos la una a la otra para que nuestra familia siguiese viva. Se supone que teníamos que llevar a nuestros hijos al colegio, pasear a nuestros nietos los domingos. Se suponía que íbamos a compartir un montón de cumpleaños.

Pero eso nunca pasará.

—Tu tía acaba de vender el puesto de antigüedades de la abuela —dice mamá después de que he resoplado por la sopa.

Eso, por supuesto, me hace jadear.

¡¿Qué?! —me acerco rápidamente al sofá, sentándome y levantando las piernas hasta que tocan mi estómago— pensé que dijiste que nunca lo venderían.

Mamá sigue cambiando de canal, mirándome de vez en cuando.

—El local era más de Esme que mío, cariño. Y ella ha decidido permanecer en Forks. Ha estado buscado empleo y creo que le ha dado resultado, así que por mí está bien. De todas formas, el puesto no estaba dando buenos frutos.

Bueno, eso era más que obvio.

—Es que la gente ya no compra antigüedades. —le comento— ¿Entonces se quedará con nosotros? ¿Y qué hay de Jeremy? Ella podría cuidarlo y tú regresar al trabajo.

Mamá me mira directo a los ojos.

—Me temo que eso no será posible.

—¿Por qué no?

—Porque renuncié.

—Mamá… —advierto y ella me pone cara de pocos amigos.

—Cielo, tú ves a Jeremy. Él es tan pequeño e indefenso. Y él me necesita. No es como cualquier otro niño, él necesita el doble de atención y amor. No puedo solo dejarlo con tu tía o enviarlo a una Guardería. —suspira y se acerca para echarme un mechón de pelo detrás de la oreja— Él es lo único que nos queda, no podemos arruinarlo.

—¿Aunque eso signifique que abandones lo que amas?

Mamá sonríe, acercándose sin miedo a contagiarse y besándome la mejilla

—Ustedes dos son todo lo que más amo en el mundo.

—Y a papá —le recuerdo.

—Y a tu padre —repite— pero es un amor distinto.

De repente me siento de doce años.


El lunes siguiente regreso a la escuela.

Mientras recojo la bandeja del almuerzo, veo a Paul correr deprisa para alcanzarme. Si no estuviese hambrienta a esa hora del día, hubiese devuelto la bandeja antes de que él pudiese llegar a mí.

—¡Bella, aquí! —dice como si yo no lo estuviera viendo— Te estaba buscando.

—Sí y ya me encontraste, ahora déjame pasar.

Sin embargo, él no se hace a un lado.

—Estaba preocupado por ti y tu ausencia la semana pasada. Me preguntaba si está todo bien por tu casa.

Si yo no supiera cómo es en realidad Paul, estaría agradecida por su preocupación, pero Paul siempre es así. Cuando quiere conseguir algo o que le perdone, le gusta ser caballero y atento. Algo que no pasa inadvertido para mí, aunque no dudo que su preocupación sea verdadera.

—Gripe. Y todo está bien por mi casa, gracias por preguntar. Ahora, si me disculpas… tengo media hora para almorzar antes de mi clase de francés.

Paul se muerde el labio, nervioso.

—Bueno, que estés bien.

Y deja que me vaya. Me quedo sorprendida, y feliz, he de decir.

Alice y Bree están en la mesa esperándome, curiosas por la escena, a pesar de que no le doy demasiada importancia.

—Él está loco por ti, tienes que saberlo —me dice Alice— Es un maldito bastardo y todo lo que quieras, pero de que te quiere mucho, lo hace. El problema es que Paul no sabe cómo mantener una relación.

—Y tú no le das bola y todas las chicas caen rendidas a sus pies, así que eres como una especie de santuario, algo inalcanzable. El pobre chico se siente desesperado. —cuenta Bree, mordiendo una manzana verde.

Dejo caer el tenedor en mi puré tibio.

—¿Desde cuándo se cambiaron al bando de Paul?

Ambas jadean.

—Nosotras somos del bando Edward, querida —Alice me avisa con el índice levantado.

Me siento mal por haber sido tan grosera con Paul. Él solo estaba preguntándome si todo estaba bien en mi vida. No es como si nadie supiera nada y con Paul habíamos terminado hace poco. Él conoce a mi familia, así que sabe lo que eso significa para mí.

Creo que debería disculparme.

No pongo atención a la última clase de francés y termino enterándome que tenemos examen la próxima semana.

No tengo idea cómo voy aprobar todas mis asignaturas este año.

Ni Bree ni Alice comparten conmigo francés, de manera que no me las encuentro a la salida de clases.

Voy caminando por la acera, una cuadra más allá de la escuela, cuando la bocina del auto de Edward me intercepta.

Baja la ventanilla del auto, mostrándome su rostro en todo su esplendor.

No quiero parecer demasiado emocionada por su presencia, pero… estoy emocionada por eso.

—¿Qué tal, guapa? —saluda con una sonrisa.

Miro hacia mis dos lados, como un reflejo, antes de cruzar la calle y entrar en su coche.

—Casi olvido tu cara —le digo a modo de saludo.

Alcanzo a abrocharme el cinturón de seguridad antes de que nos marchemos. Inconscientemente mis manos están aferrándose a los costados del auto, como si me fuese a ir volando.

—No seas mentirosa, nadie podría olvidar mi cara.

Ruedo los ojos.

—Tu ego no lo he olvidado, por lo menos.

Hace caso omiso de mí, mientras pasamos las casas a una velocidad angustiante.

—¿Cómo va ese resfrío?

—Sobreviví —le encojo mis hombros— ¿No deberías estar en clases?

—Estoy trabajando con Emmett en el local.

—¿Y las clases? —le repito.

Edward reprime los labios.

—He congelado.

—¿Congelaste la Universidad? —pregunto con evidente sorpresa, girándome todo lo que el cinturón me permite.

—Solo por este semestre. ¡Por Dios! Te pones igual que mi madre.

Me enderezo en el asiento.

—Es que me parece raro.

—En realidad no estoy muy seguro de lo que estoy estudiando y últimamente me he desconcentrado demasiado. Emmett me ofreció el trabajo, así que estaré allí durante un tiempo. No es el fin del mundo, solo estoy dándole prioridad a otras cosas.

—Oh, ya veo. Está bien, si eso te hace sentir contento. —después de varios tramos veo que estamos saliendo del pueblo — ¿A dónde vamos, por cierto?

Edward no me mira, pero de todos modos veo el reflejo de una pequeña sonrisa.

—Es una sorpresa.


Todo lo que puedo ver cuando me bajo del auto, es un lago enorme; tan lleno de árboles, tanto viento, tanto olor a naturaleza. Los pájaros se posan en las ramas y cantan, melodías que aturden mis sentidos.

Hay una cabaña a quince pasos de aquí, de madera y ladrillo.

—Era la cabaña de mis abuelos, ahora es de mi madre.

Miro a Edward desde donde me encuentro y él no se ve para nada alucinado como yo. Supongo que es porque ya está acostumbrado a venir, aunque no estoy muy convencida.

—Es un lugar precioso.

Cierra el auto, asegurándose de que le ha puesto la llave, entonces se acerca a mí para coger mi mano, entrelazando nuestros dedos.

—Ven, vamos a buscar un bote.

Recuerdo haber subido una vez a un bote en mi vida, pero en realidad no lo recuerdo bien.

Edward saca dos chalecos salvavidas desde una cajuela justo al lado del bote. Se pone el suyo rápido y me ayuda con el mío. Sin mentir, Edward revisa cinco veces mi chaleco para saber que está firmemente abrochado.

Antes de que vaya a subir, me revisa otra vez.

No digo nada sobre eso.

Empezamos a alejarnos, lenta y silenciosamente. El agua refleja nuestros rostros y Edward está callado mientras rema. Estamos uno frente al otro y en verdad, yo no sé qué decirle, porque está raro. Muy raro.

Al cabo de unos minutos, él deja de remar y veo que estamos justo en medio del lago.

Sin embargo, el silencio continúa, diez minutos más.

Hasta que su voz se aclara.

—Venía a este lugar de niño muy seguido, sobretodo en vacaciones. Me encantaba venir con mi abuelo y pescar, a pesar de que no hay peces aquí, fingíamos que sí los había. Él era un loco, pero un loco que me hacía reír muchísimo. —sonríe— Bella, no quiero darte la lata.

—No estás dándomela, Edward. Te escucho.

Mira hacia el suelo, o a sus manos, no lo sé.

Su voz triste y quebrada ha vuelto a relucir, y su rostro se contrae en lágrimas. De pronto quiero abalanzarme a sus brazos, abrazarlo y besarlo, hacerlo sentir mejor. Entiendo perfecto su situación, cuando quieres contar algo pero es tan doloroso que no sabes cómo empezar. Por supuesto que lo sé.

Me pongo de pie en el bote, con cuidado, y me siento junto a él a tomarle de la mano.

Eso le calma.

—Él murió aquí, justo aquí —señala el lugar, intentando que su voz no se rompa—Todo fue demasiado rápido. Él se tropezó y entonces cayó al agua. Mi abuelo no sabía nadar, Bella. Él venía aquí porque yo amaba el agua, los lagos, los peces imaginarios. Él se subía a este bote sabiendo qué si yo me caía algún día, él no podría ayudarme. Pero créeme que sí lo habría hecho. Mi abuelo hubiese intentado rescatarme a pesar de no saber nadar. Y yo sé nadar… y no pude ayudarlo.

Solloza y sostengo su mano con fuerza, la otra sobando su espalda.

No tengo idea de cómo estoy manteniendo la calma, porque lo único que quiero es largarme a llorar.

—Salté al agua pero él ya estaba sumergido. Era demasiado peso para cargarlo hasta la orilla, además de que estábamos muy lejos. Grité todo lo que pude para que mis padres me escucharan, pero era imposible. Jalé de su brazo, tomé sus ropas… nada de eso sirvió. Ni todas las clases de natación que asistí de pequeño sirvieron para salvarlo. —me suelto de su mano y limpio las lágrimas que comienzan a caer de sus ojos— Para cuando la ambulancia llegó, cuando mis padres captaron que algo malo ocurría, mi abuelo ya estaba muerto. Y él estaba morado y parecía que había sufrido mucho. Eso me destrozó, y eso me ha mantenido así todo este tiempo, porque es mi culpa…

—No —interrumpo.

—Es mi culpa.

—No, Edward —digo limpiándole las lágrimas de nuevo— Demonios, esto es terrible. Esto es terrible, pero nada es tu culpa. Son accidentes, y los accidentes pasan queramos o no. Él te amaba, por lo que me dices, él te amaba muchísimo y jamás te hubiese culpado de esto ¿entiendes?

—Si me hubiese asegurado de que su chaleco estaba bien abrochado, tal vez él podría haber estado flotando mientras iba a rescatarlo.

Tomo su rostro entre mis manos.

—Edward, mírame. No tenías cómo saber lo que pasaría ese día. Escúchame, por favor, necesito que me mires. —sus ojos verdes tan llenos de tristeza y lágrimas me encuentran. Quizás un poco avergonzado, dolido— Créeme que si uno supiera lo que nos va a pasar, trataríamos de evitarlo. No sabemos lo que va a pasar con nosotros mañana, ni siquiera ahora. Por mucho que nos cuidemos, las cosas pasan. Y eso no quiere decir que sea tu culpa. Tú no mataste a tu abuelo, tú no provocaste ese accidente. ¿Te das cuenta de lo que me has dicho antes de decirme todo esto? Dijiste que tu abuelo te hubiese salvado a ti de haber sido al revés. Él hubiese preferido mil veces caerse que dejarte caer.

Sorbe su nariz, mirando hacia el suelo.

—Puede ser, y he luchado para que eso se grabe en mi cabeza, para entenderlo y pueda vivir en paz.

—No has podido vivir en paz —susurro más para mí misma.

Lo veo limpiarse el costado de su ojo derecho.

—No —responde y se vuelve para mirarme— No hasta que te conocí.

Se siente tan real, incluso si llevamos meses conociéndonos y no años.

Le sonrío, a pesar de la pena y tristeza que él siente, y a pesar también de que estoy lagrimeando del mismo modo, acaricio su rostro porque es lo que siento, porque hago lo que el corazón me indica. Inclino y me topo con su frente, sin dejar de acariciarle.

—Edward —llamo en voz baja— Estoy feliz por haberte conocido.

Ahora, es su turno para sonreír.

—Y yo, Bella. Lo estoy también.


Nos quitamos nuestros chalecos salvavidas a la orilla del lago, después de nuestro paseo. Las lágrimas han abandonado nuestros ojos, y la sensación de paz puedo sentirla pese a que Edward sigue viéndose triste. Hay algo en su mirada que me dice que se siente bien, que se siente desahogado por fin.

Después de que me he bajado del bote y esté arreglándome el cabello, Edward se acerca para girarme y quedar frente a él. Sus manos me tienen agarrada, sin escapatoria, y su cara está cerca de la mía.

No puedo quejarme. Eso me gusta. Me gusta mucho cuando me toca. Por eso me dejo tocar, me dejo acariciar y dejo que su aliento se impregne en mí cuando habla.

—Gracias por tus palabras allí en el bote —me levanta la barbilla, muy cerca el uno con el otro— Me han subido bastante el ánimo, te diré.

—Bueno, esa era la idea —le contesto sin apartar la vista de sus labios moverse, morderse, sonreír.

—Sí, lo era.

—Oh

—¿Qué?

—Creo que…

—Estás en lo correcto, voy a besarte. —me corta.

Me besa suave en los labios al principio. Es la primera vez que Edward comienza nuestro beso y no se abalanza sobre mí como yo lo he hecho con él. Al principio se siente como si estuviera descubriéndome, conociéndome, asegurándose de que no está haciéndolo mal. Y eso me acelera el pulso. Mi corazón late a una velocidad preocupante, mi piel se ha puesto erizada y de pronto siento demasiado calor. Después, me besa como si fuera lo último que hiciese en su vida, con tanta pasión, con tanto fuego que por un momento me siento débil y desnuda.

Tomo ambos lados de su cara, respondiendo del mismo modo su beso y abrazándolo.

Mi trompa se queda estirada, roja e hinchada cuando se separa. No paso por alto su expresión burlona, como si estuviese pagándome de vuelta las veces que lo he apartado en la mejor parte. Quiero golpearlo, pero más quiero besarlo.

Levanto la punta de los pies para darle un beso, esta vez corto, y me separo. Como ninguno está conforme, vuelvo a hacer lo mismo y empiezo a dejar picos en su boca hasta que mis pies se cansan.

Su frente aún se sostiene en la mía, y nos reímos.

—Vamos, salgamos de aquí. —me pellizca la mejilla.

Nos tomamos de las manos, y nos vamos de regreso a su auto.


Bueno, ahora sabemos la verdad de Edward :(

Y no crean que me he olvidado del mensaje anónimo, porque en el próximo capi sabremos quién está detrás... y alguna otra cosita importante.

Gracias por sus comentarios y por seguir leyendo!

Besos