Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 17

Después del lago, Edward decide llevarme a su casa.

Heidi, la mujer del servicio, nos recibe con chocolate caliente y galletas.

—Tu padre está en casa, querido —le dice a Edward con una mano en el brazo— Me dijo que en cuanto llegases, pasaras a su despacho porque quiere hablar contigo.

El humor de Edward cambia de inmediato.

Toma un poco del chocolate con una línea en su entrecejo, y estoy esperando a que él finalmente se vaya para hablar con su padre. Me apoyo en la mesa de cocina, sabiendo que voy a tener que quedarme con Heidi y sacar alguna conversación.

Sin embargo, lo veo tomarme de la mano, esperando a que deje el tazón sobre la mesa.

—No estarás pensando…

—Sí —responde con una sonrisa.

No tengo idea de por qué tengo miedo de conocer al señor Masen. Tal vez el que Edward le tenga tanto rencor, hace que yo lo tenga igual. Y desconfianza.

Caminamos por el pasillo de la mano, mis pulsaciones subiendo a grandes velocidades. Hago un pare antes de que él toque a la puerta.

—No creo que sea buena idea. Él quiere hablar contigo en privado.

Edward, a su vez, encoje los hombros.

—Nunca dijo que era en privado.

No toca la puerta. La empuja como si ésta fuera su habitación y entramos. El cuarto es tan grande que hay muchos espacios en sobra, y no puedo evitar pensar que, en el rincón junto a la chimenea, hace falta un sofá de cuero para dormir la siesta.

Hay un hombre de traje negro sentado detrás del escritorio. Ni siquiera levanta la vista al escucharnos. Se mantiene gélido escribiendo sobre un papel blanco. Su cabello es gris, y ahora sé a quién sacó Edward la mandíbula.

Su distracción me permite observar más la habitación. Ahora que lo pienso hace falta un licorero en la otra esquina. O tal vez el señor Masen mantiene las botellas de alcohol escondidas en algún cajón. O solo es un hombre que no le gusta beber. De todas formas, igual hace falta un licorero como adorno. Y cuadros. Hacen falta muchos cuadros en las paredes. No hay fotografías familiares, no hay recuerdos en ninguna parte. Solo libros y libros, portátiles, la fogata.

El señor Masen carraspea.

Entonces pego un salto.

—Edward, tengo entendido que tu madre te ha comentado que-

Ese corte repentino es porque obviamente se ha dado cuenta de mi presencia.

Edward se parece muchísimo a su madre, no hay duda de eso, pero ahora que miro a su padre, estoy confundida. Es una mezcla de ambos, una mezcla bastante equitativa. No es más hijo de uno que del otro.

Me pongo de todos los colores, más o menos.

—Sé que no estás de acuerdo en que congele la Universidad, mamá me lo ha dicho.

El señor Masen parpadea, atónito.

—Preferiría que no hablásemos frente a desconocidos.

—Bella no es ninguna desconocida —le corrige.

Creo que voy a vomitar.

Su padre levanta ambas cejas, como si estuviese reconociendo mi nombre.

—Ah, con que ella es la famosilla Bella. —dice en tono despectivo. Lo veo levantarse de su silla del escritorio, ambas manos sobre el mesón— No había podido imaginar tu cara hasta ahora. La verdad, me dejas sorprendido. Eres más bonita de lo que mi hijo Edward describe.

Puede que mis mejillas estén rojas, pero mi rostro en sí está hirviendo.

Edward presiona su mano en la mía, demasiado fuerte.

—Sí, papá. Ella es Bella —recalca el "ella".

—Así veo —responde él, mirándole— Tu amiga.

Los labios de Edward se presionan fuerte, como si estuviese aguantándose las ganas de gritar. Y mi corazón palpita fuerte, desgarrado, porque de alguna manera sé lo que va a decir.

—Mi n-

—Su amiga —le interrumpo— Somos buenos amigos —le lanzo a Edward una mirada de advertencia.

El señor Masen sonríe, pero luce irritado.

—Me alegra saberlo. Ahora, si me disculpan… —nos señala su celular— Tengo trabajo que atender.

Con una sonrisa muy parecida a la de Edward, él se voltea para contestar. Entonces no hago más que retirarme del despacho.

Camino fuera de la casa echa una furia, o no sé si sea furia en realidad. Solo sé que estoy enojada.

Edward me detiene en medio de la acera antes de que siga alejándome. Me toma del brazo, girándome, sin entender mi comportamiento.

—¿Qué diablos te pasa?

Me suelto de su agarre como puedo, cruzando los brazos sobre el pecho.

—No, yo debería preguntarte eso. ¿Qué diablos te pasa? ¿Qué fue eso de allí dentro?

—¿Por qué?

Sacudo la cabeza, repitiendo por dentro que debo serenarme.

No es para tanto, Bella.

—Era demasiado obvio lo que intentaste hacer allí. No le gusto a tu padre ¿y tú me llevas para demostrarle que eres rebelde, diciéndole que soy tu novia? Se notó demasiado que estabas intentando irritarlo, sacarlo de sus casillas, y yo no soy un juguete. Yo no quiero que me utilices para ir contra tu padre.

Se queda en silencio porque sabe que lo que digo es cierto. No puede defenderse, ni excusarse. Lleva una mano a su cabello, desordenándolo, y moviendo la cabeza de un lado para el otro.

Por fin, suelta un sonoro suspiro.

—Lo siento mucho —se disculpa— Lo reconozco ¿está bien? Me siento muy avergonzado, mi intención nunca fue hacerte sentir mal.

En vez de seguir regañándolo, como quiero hacer, me veo haciéndole otra pregunta.

—¿Por qué le caigo mal si no me conoce?

Edward inclina los hombros frente a mí, sus brazos cayendo a cada lado de sus caderas.

—A mi padre le cae mal todo el mundo, Bella. Hasta yo estoy en su lista negra, ¿qué se puede esperar?

—Entonces no me cae bien tu padre.

Dibuja una pequeña sonrisa en sus labios.

—Ni a mí. —reconoce en voz baja— ¿Me perdonas? Te prometo que no lo volveré hacer.

Sigo con los brazos cruzados, mirándole de reojo.

—Voy a pensármelo esta noche. Mañana te digo.

—¿Pero qué…? —le escucho cuando he reanudado mi camino. Me obligo a esconder la sonrisa que amenaza con salir de mi boca ante su asombro.

—Adiós —me despido con la mano.

—¡Bella! —me grita desde lejos.

Me giro y le lanzo un beso.

—¡Adiós! —después que lo he lanzado, me arrepiento— ¡Oh, olvida ese beso! ¡Sigo enojada!

Sigo mi camino, segura que ha sonreído como yo.


Hay un papel enrollado junto a la palanca del buzón de mi casa.

Lo quito deseando que no sea lo que estoy pensando, aunque dudo. Es un papel de hoja gruesa, que me cuesta un poco estirarlo cuando ya le he quitado la cinta roja en la que viene envuelta.

Y mi intuición me confirma lo no deseado.

Suspiro y me pongo a leer la única frase escrita.

Tengo pruebas que confirman lo que te dije en el primer anónimo.

Arrugo el papel. La letra es la misma. Intento calmarme para pensar con claridad.

¿Y si…?

Muevo la cabeza. La letra es muy similar a… No, es una tontería.

Ya en casa, me encuentro a papá saldando cuentas en la mesa.

—¿Qué haces? —le pregunto aun sabiendo la respuesta, mas para esquivar el hecho de que hace varias horas salí de la escuela y recién vengo llegando.

Conozco demasiado a mi padre para saber qué él no va a pasar el tema.

—Cosas de la casa —ordena sus papeles, juntándolos uno por uno— Entonces ¿se puede saber dónde andabas?

Hago un rechine de dientes.

—En Port Angeles.

No se ve molesto.

—Ah, Port Angeles…

—Con Edward.

—Con Edward —repite— ¿El muchacho alto de cabello claro?

—Sip

—¿Tienes algo con él?

—¿Algo con él?

Papá abre mucho los ojos, mirándome como si estuviera indignado de que piense que él es tonto, de modo que me echo en la silla.

—Algo así.

Se acerca y entrecierra los ojos.

—¿Debo preocuparme?

—No

Me devuelve una pequeña sonrisa, levantándose de la silla y recogiendo sus cosas.

—Entonces tráelo a casa algún día.

—¿En serio?

—Sí ¿por qué no? Quiero conocer al andante de mi hija.

—¡Papá! No le digas andante…

Inclina los hombros.

—Pero si no son novios… tienen que ser algo ¿no? —dice burlón, pellizcando mi nariz antes de marcharse.

Bueno, por lo menos papá no es como el señor Masen.

Me quedo un momento sentada con mi codo apoyado en la mesa y mi mano sobre mi mejilla. De pronto no puedo más que pensar en el segundo anónimo y mantengo los ojos puestos en la letra cursiva con detenimiento… alejando el pensamiento que de la nada se ha calado en mi cabeza.

Arrugo la hoja, igual que la anterior.

No fue la última vez que recibí ese tipo de anónimos. En mi clase de Lengua encontré uno de los mismos entre medio de mi cuaderno, luego en mi cartera y finalmente de nuevo en el canasto de la bici. Por mucho que busqué rápidamente por la avenida, no encontré ningún alma invadir mi metro cuadrado, así que decidí no pensar en ello. Pero eso estaba empezando a cansarme, y peor aún, temerle.

Sentía que apenas salía a la calle, alguien estaba mirándome.

Alice y Bree han intentado ayudarme diciéndome cosas como "Ya pasará" "Solo están bromeando" "Forks se ha vuelto un pueblo cotilla"

Ni en la fila del café me he salvado, encontrando otro anónimo en la billetera.

Suelto un resoplido, sin tolerancia ya.

—No me digas que es otro anónimo… —Bree se sorprende, quitándome el papel. Ella lo lee en voz alta— Forks no es tan seguro como crees. ¿Quién demonios tiene tanto tiempo para estas cosas?

Mis mejillas se enrojecen, mi corazón se calienta. Aprieto los puños contra mi bolso, perdiendo la paciencia.

—Ni siquiera se atreven a manifestarse. Cualquiera de nosotras podría escribir esos anónimos —se queja Alice.

—Pues yo sé de quién se trata —digo de pronto.

Las chicas saltan en su lugar.

—¿QUÉ? —preguntan al unísono.

Hasta yo me había sorprendido de mi respuesta. Y es que, en los últimos días, además de recibir cartas, me había propuesto a comparar la letra de todo el mundo. Y una en particular, había llamado demasiado mi atención, pero no había querido indagar mucho en ello porque no tenía cómo comprobarlo más que encarándole. Sin embargo, a estas alturas era tiempo de reaccionar.

—¿Quién es? —exige Bree con los ojos muy abiertos.

Formo una línea en los labios, sin responder. Me dedico a mirar hacia el suelo mientras las chicas continúan preguntándome de quién se trata. Yo no voy a darles el nombre en medio de una fila de la cafetería, donde hay por lo menos diez personas delante de nosotras.

Al cabo de un tiempo dejan de insistir, y se los agradezco. Aunque no dejo de pensar que estoy siendo demasiado cobarde en no enfrentar la situación. Tal vez deba ir y encarar la verdad, por mucho que duela.

Me paso los siguientes días callada y pensativa.

En clase, tamborileo los dedos sobre la mesa, pensando que llevo varios días sin recibir nada, y eso me aterra. Estaba acostumbrándome a recibir una carta cada dos días. ¿Y si se cansó de enviármelas? ¿Y si piensa que no me importa? ¿Y si decidió que estaba siendo demasiado arriesgado en querer contar la verdad a medias?

Me levanto del pupitre a toda prisa, haciendo chirriar la silla. La profesora de inglés me dedica una mirada de pocos amigos, pero yo no puedo mirarla. Tomo mi bolso ante las miradas curiosas de mis compañeros, y salgo del aula como una bala.

Corro por el pasillo con la mochila en la espalda. Por mucho que el auxiliar me grite que regrese, salto la valla que separa la escuela, y me voy.

Corro como si no hubiese un mañana, corro olvidándome que llevo puesto el uniforme del colegio y pueden notificarme. Corro porque necesito saber la verdad, porque de pronto no puedo aguantarlo.

No hay nadie en casa cuando llego, así que subo la escalera hasta mi habitación sin aire en mis pulmones. Recojo los anónimos de la carpeta de la escuela –donde los he estado guardando-, y me doy prisa para salir de casa.

Sigo el trayecto corriendo, sin bicicleta.

Corro, corro y corro.

Mis pies se han acalambrado cuando casi he llegado.

Me detengo en una banca para descansar antes de seguir mi camino.

Subo las escaleras de dos en dos y me quedo de pie en el vestíbulo vacío, las piernas temblándome de miedo y ansiedad. Entonces me acerco, temerosa pero confiada, y lanzo los anónimos sobre la mesa.

Levanta sus ojos hacia mí.

—Vas a decirme ahora qué es todo esto. —digo tajante.

Su voz tartamudea.

—N-no te entiendo.

—Oh, sí que me entiendes. Dime las cosas en la cara de una vez ¡deja de esconderte en estas malditas cartas!

Se levanta y pone un dedo en mis labios.

—¡Sh! Te pueden escuchar. Hablemos afuera.

—¡No quiero hablar afuera! —le grito impaciente, acercándome lo suficiente para mirarla directo a los ojos— ¡Lauren, por el amor de Dios, dime quién mató a mi hermana!

Vuelve a pedir silencio, pero es obvio que está confirmando que es ella.

Tuve demasiado tiempo valioso y de insomnio para confirmar mis sospechas. La letra era de Lauren, por eso me parecía conocida. Ella acostumbra a enviarme recados antes de que empiece a repartir la correspondencia, y si no tuviese todos esos recados guardados uno junto al otro en casa, todavía estaría rebanándome los sesos para saber quién está detrás de los escritos.

—Bella, aquí no —pide en un susurro— No es seguro.

—¿Por qué no es seguro? ¿A qué te refieres?

Se ve tan angustiada y tal vez un poco culpable.

Me señala las cámaras.

Toma sus cosas del escritorio rápidamente, sus mejillas tornándose rosadas por mi enfrentamiento. Le sigo los pasos muy de cerca, pensando en cómo atraparla si piensa escapar.

Afuera, la lluvia comienza a caer sobre nuestras cabezas.

—Vamos a pescar un resfrío.

—Dime el puñetero nombre, Lauren. No estoy pidiendo mucho considerando tus constantes acosos.

Lauren suelta un suspiro, rascándose la sien.

—Es tan complicado de decir. Y siento mucho por no habértelo dicho antes. Estaba tan aterrada, no, no ¡estoy aterrada! Pero esto está matándome, porque siento que soy una cómplice y no es así. Mira, necesito que te calmes un poco, lo que voy a decirte va a sonar muy extraño.

—¡Habla!

—Los veía juntos casi con frecuencia. Ella salía todo el tiempo de allí cuando yo llegaba. Se ponía nerviosa cada vez que me veía. Como en aquel tiempo nosotras no nos conocíamos, nunca se acercó para pedirme discreción.

Entrecierro los ojos ante su confusa explicación.

—¿Salir de dónde?

Lauren me mira con lágrimas en los ojos. Se muerde los labios con fuerza, casi haciendo un esfuerzo para no romperse delante de mí.

—De aquí, del correo —confiesa, buscando desesperada mis ojos— Bella, ella y el señor Newton eran amantes.

Puedo sentir como la sangre se me sube a la cabeza.

No puedo reaccionar.

Doy un paso en falso, mis piernas siendo incapaces de sostenerme, y luego siento a Lauren agarrarme de la cintura para evitar que me desplome.

—No —digo, soltándome. Las pequeñas gotas de lluvia cubren mi rostro, escondiendo las lágrimas que amenazan con salir— ¿Él…? ¿Estás diciéndome que él la mató?

Lauren se quita el pelo rubio de la cara.

—Todo indica que sí.

No son gotas de lluvia lo que siento que caen en mi rostro; son trozos de hielo gigante, es la vida entera.

No puede ser.

De pronto se me vienen tantas imágenes a la cabeza; todo lo que pienso es en el rostro amable de este hombre que es mi jefe. El señor Newton. El padre de Mike Newton. Este hombre que entendió mi duelo y permitió que me ausentara a trabajar por semanas. Este hombre que con una sonrisa decidió reincorporarme sin problemas. Este hombre que me ha mantenido como su empleada mientras había matado a mi hermana. Y que tiene un hijo.

Y su hijo es mi sobrino.


¿Lo sospecharon alguna vez?

Decir que este es el comienzo de las revelaciones. Pronto empezaremos a descubrir muchos más secretos, este es como la clave para que todo salga a la luz.

Ya casi estamos en la recta final.

Besos