Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 20

Enredo las manos en mi regazo.

—¿Sabes qué? Me siento tranquila —digo sincera —, pensé que esto sería más difícil para mí.

El doctor Cullen anota rápidamente mis palabras en el papel.

—A veces creo que mi tranquilidad se debe a que no puedo reaccionar. No sé reaccionar. Y pienso que va a llegar un momento en que explotaré, entonces no sé qué pasará conmigo.

Carlisle levanta la mirada del bolígrafo.

—¿Te cuesta mucho llorar?

Miro a las líneas en zig-zag del techo.

—Últimamente, sí.

—¿Tienes a alguien con quién te identificas?

—Sí

—¿Te sientes cercana a esa persona?

—Sí

—¿Confías en esa persona?

—Sí… —digo en voz baja, recostada en el sofá de la consulta— pero a veces es extraño.

—¿En qué sentido?

—A veces me cuesta decirle lo que siento, no porque no confíe en él. —me muerdo el labio, pensativa— No sé cómo romper esa… esa barrera.

Carlisle aleja su libreta del regazo, mirándome a los ojos. No dice nada por un minuto, tomándose el tiempo de buscar las palabras adecuadas para mí.

—Construiste una barrera entre él y tú porque eres desconfiada. Tu instinto te hace desconfiar de todo el mundo debido a lo que pasaste. Ahora, dices que esta persona es cercana a ti, probablemente porque necesitas protegerlo. Protegerte. Protegerlo de tus problemas, protegerte de ser rechazada. Intentas evitarle que tenga que soportar tus lamentos. No quieres que él tenga lástima por ti.

Yo no voy a decirle que eso me confunde más.

—¿Y eso se debe a…? —si bien su relato ha confundido por completo mi raciocinio, no puedo dejar de pensar que sé el motivo. Y antes de que pueda analizarlo más a fondo, lo entiendo. Estoy sentada de pronto en el sofá, mis ojos abriéndose consternados—Oh Dios mío, creo que me estoy enamorando.

Carlisle se echa a reír.

—¿No lo estabas ya?

—No a consciencia.

El doctor se ríe más fuerte, como si acabara de contarle el mejor chiste del año. Frunzo el ceño preguntándome cuánto es lo que se me nota en realidad.

Esme está esperando detrás de la puerta, después de la consulta.

—¿Cómo va Bella, doctor? —le pregunta a Carlisle.

Tengo que rodar mis ojos por la obvia intención.

—Esme, no tengo cinco años.

Su mirada de no-la-jodas es todo lo que obtengo como respuesta.

Es incómodo que Esme esté marcando terreno con el doctor en mi presencia. Estoy indignada.

—Por ahora, todo bien ¿verdad, Bella? —asegura él.

Asiento y dejo de tocar el violín, caminando hacia la máquina expendedora de dulces. Meto un par de monedas y recibo a cambio chocolatines.

Devoro los chocolatines demasiado pronto y regaño conmigo misma sobre lo mal que está que este edificio tenga máquinas expendedoras de caramelos cuando hay mucha gente con ansiedad esperando ser atendidas. Pero, obviamente no voy a escribir eso en el libro de reclamos porque estos chocolatines solo los encuentro en la máquina y no en la tienda de la esquina.

Por fin, Esme deja de coquetear con el doctor y regresa conmigo, o recordando que viene conmigo.

—Oye, pensé que nada de novios —le suelto en el ascensor.

No hace ademán de sentirse sorprendida.

—Nada de novios —repite con una risilla—, eso todavía lo sostengo.

—Oh vamos, estabas coqueteándole. Pensé que querías mantener tu soltería.

—Y lo mantengo. Lo que no quiere decir que me encuentre sola todo el tiempo. —levanta sus cejas sugestiva hacia mí.

La tentación de devolver los chocolatines encima de su ropa es más fuerte.

—Cállate, por todos los cielos.

No hablamos más del tema.

De a poco la policía ha dejado de invadir nuestra casa y me encuentro contenta de que el jardín delantero esté despejado de automóviles. Aun así, me preocupa cuando el ambiente está demasiado tranquilo, porque peor es la represalia.

Por otro lado, el chismeo de la gente por la noticia no ha generado tal epidemia como pensé al principio. La gente me mira, por supuesto, pero ellos no me incomodan con sus miradas de lástima y tampoco se acercan a preguntar por mi madre.

Sé que muchas realmente están preocupadas por mamá, pero unas tantas dejan mucho que desear.

He aprendido a no sobresaltarme por eso, lo juro.

Creo que eso se lo debo, en cierta parte, a Carlisle, porque él ha insistido en que, no importa cuánta gente hable de ti, lo importante es que tú sepas cuál es la verdad y cuál es la mentira. La gente sabe una verdad, pero ellos siempre van a querer creer lo que más les convenga, la noticia más sabrosa.

Así que, una mañana me levanté dispuesta a hacer oídos sordos.

Me paré frente al espejo y pinté mis labios de rojo como hace mucho no hacía. Busqué mi playera favorita y una falda de gasa rosa. Revolví toda mi habitación para encontrar mis sandalias. Mi cabello estaba mucho más largo de lo que recordaba. Lo dejé suelto hasta mi cadera, peinada, antes de bajar a la sala.

Mamá parpadeó dos veces.

—¿Quién eres y qué haces en mi casa? —se mofa.

Le esquivo dirigiéndome a la cocina.

—Voy a Port Angeles. No me esperes para almorzar.

Se acerca con Jeremy de un brazo. Le doy un suave apretón en la mejilla regordeta del bebé, y recibo su sonrisa sin dientes.

—Déjame adivinar… Edward —recarga su nombre como si fuera obvio.

—See

—Mmm… —entrecierra los ojos hacia mí— Ten cuidado, jovencita. Conozco esa carita de ilusionada que pones cuando estás entusiasmada con alguien y siempre terminas haciendo tonterías.

—¡Mamá!

—Mamá nada. No creas que se me olvidó cómo te escapabas por la ventana y faltabas a la escuela cuando estabas de novia con Paul.

Su voz de advertencia no me sobresalta.

—Estaba en una edad complicada.

Mueve su cabeza para todos lados.

—Pues, de algún modo siempre estás en una edad complicada, cariño. —me acerco y le doy a ella y a Jeremy un beso de despedida— Te quiero temprano devuelta, Bella. Es una orden.

—Oh, está bien. Yo también te quiero, por cierto. —antes de abrir la puerta, me devuelvo— Ah, antes que se me olvide ¿te dijo Esme que yo sé que te escapaste con tu novio a los dieciséis un fin de semana completo y la abuela tuvo que llamar a la policía por presunto secuestro?

—¡Vete! —me grita y salgo corriendo.

Incluso cuando ya he salido, puedo escucharla llamar: ¡Esme!

Ya no tengo bici para trasladarme y usar el autobús cada vez es más estresante. Lo peor son las caras de los pasajeros cuando te subes. Intentan poner la peor cara de psicópatas para estar solos. Siempre busco a ancianitos para sentarme, hay menos probabilidades de que te roben.

Uso los audífonos todo el camino hasta Port Angeles. Eso hace el camino más llevadero.

Además, sirve para evitar las miradas largas de las personas que van a pie.

Recorro las cuatro cuadras restantes antes de llegar a la casa de Edward. A estas alturas, las calles me son tan familiares que podría ir a ojos cerrados. Trato de aprovechar lo poco que hay de calor en lugares como Forks o Port Angeles. Para una persona que le gusta el frío, es extraño desear que el sol no se vaya nunca, pero hoy, como amanecí con tanto ánimo, fue una manera de decir ¡Sí, hoy es el día!

La señora Masen está podando su jardín delantero.

—¡Querida, que bueno verte! Adelante, perdón si estoy algo sucia, es que estoy sacándole la tierra a estas flores. —lleva un delantal de margaritas y un gorro de tela sobre la cabeza— Edward no está en casa, está trabajando.

—Oh —había olvidado por completo eso. La señora Masen se nota complicada tirando de las raíces de unas plantas— ¿Le echo una mano?

Sus mejillas cambian a un tono rosa por el cansancio.

—¿Crees que puedas? Vas a ensuciarte la ropa.

Antes de que pueda terminar de advertirme ya estoy subiéndome las mangas de la playera.

—No todo puede salir tan mal ¿verdad?

Cojo un poco de tierra con las manos. Pese a que la señora Masen me ofrece sus guantes, le digo que no. Dejo el tierral dentro de la maceta, la señora Masen acomoda las flores dentro y las deja a un lado. Tiro de la raíz de la planta que anteriormente se veía imposible. Trato de no arrancarla con demasiada fuerza, así que cuando la cojo me voy para atrás y caigo sentada.

Le ayudo a meter todas las plantas en sus macetas.

Quito un poco de la suciedad de mi falda apenas terminamos.

Ella me agradece teniéndome un vaso de gaseosa. Estiro el brazo todavía arremangado, y puedo notar como los ojos de la señora Masen se quedan fijos en él.

Encojo los hombros y tomo un sorbo de la bebida.

—Un accidente de niña —le digo por lo evidente que ha sido que haya notado la cicatriz en mi muñeca.

Aparta la bandeja dejándola debajo de su brazo.

—Cicatrices de la infancia, nunca pueden faltar —observa— ¿Lo recuerdas?

—¿Cómo me lo hice?

—Sí

—Nop. Era muy pequeña.

—Ah

—No pasa nada —digo sobándome el brazo— Por lo menos, no es una cicatriz fea.

La señora Masen sonríe, asintiendo.

—A simple vista parece un tatuaje. —después de que revise una vez más mi muñeca, parpadea, echándose para atrás— Debo entrar. Tengo que ir a la tienda para ayudar a Rose con un pedido, así que…

—No se preocupe. De todas maneras, voy a ver a Edward.

—Está bien. Nos vemos después. Y gracias por tu ayuda.

—Nos vemos.

Se va rápidamente hacia el interior de su casa, cerrando la puerta y dejándome allí, con el vaso en la mano. Termino lo que queda de mi bebida y dejo el vaso sobre el escalón para que pueda verlo al salir.

Tarareo una canción reanudando mi camino.

Edward atiende la mesa de una pareja cuando entro por la puerta. Me regala una sonrisa torcida al verme. Le guiño un ojo y escojo una mesa vacía en el rincón. Emmett no tarda mucho en ubicarme, terminando con el pedido que le han hecho y acercándose.

—Llegaste justo para las papitas con picante. —anota en su libreta sin dejar que diga nada— No me tardo.

Se va echando chispas hacia la cocina y me quedo con los brazos cruzados sobre la mesa, esperando a que Edward termine.

Haciendo un rápido movimiento, guarda su libreta y se sienta en la silla frente a mí.

—Hola —le saludo.

—Te ves muy linda hoy.

—Gracias. Tú también te ves guapo con tu delantal de trabajo.

Se ríe.

—Mentirosa.

—Es verdad. Te ves… sexy.

—¿Ah sí?

—Hasta estoy un poco celosa de que tengas a tantas chicas por aquí todo el día.

—Y yo estoy un poco celoso de que hayas venido hasta aquí en bus con esa playera tan provocativa.

—Pues los chicos me estaban mirando mucho en el bus.

—Bueno, no los culpo. —se acerca y presiona su pulgar en mi mejilla— Tienes tierra allí.

Paso mi brazo por mi cara, por si todavía hay tierra.

—Ayudé a tu mamá a podar su jardín.

—Suena a un panorama divertido —bromea.

—Oye, no estuvo mal.

Emmett llega con las papitas con picante y una gaseosa de cola.

—Esto va por cuenta de la casa.

Aplaudo cuando el plato caliente cae frente a mí.

—Que amable, gracias.

Emmett se sienta junto a Edward, empujándolo un poco para que le haga un espacio. Charlamos sobre lo mucho que Rose espera que vaya a cenar con ellos. También me dice entre risas que tengo a Edward comiendo de mi mano. Eso hace sonrojar a Edward hasta las orejas, algo que me produce ternura.

Emmett es como un hermano mayor sobreprotector. Nos trata como si fuésemos dos criaturas indefensas que necesitan a alguien como él para sentirnos seguros. Me recuerda a Carlisle, que suele tratarme igual que un perro a sus cachorros.

Un grupo de personas entran al local. Emmett se apresura a atenderlas, pero luego otro grupo llega detrás.

Edward suspira.

—Me quedan diez minutos aquí. ¿Me esperas?

—Ok

El picante quema mi lengua, pero eso no permite que lo deje. Algo tiene el picante que mientras más picante es, más tentador es probarlo.

Luego de que su turno termine y me haya comido todo el plato de patatas fritas, nos vamos caminando hasta su casa. El sol comienza a temperar la tarde, lo que hace que mis brazos sientan una leve cosquilla por el viento.

—¿Dónde está Heidi? —le pregunto entrando a su casa.

—Está de vacaciones. —me cuenta despistado— Fue a ver a sus hijos a Seattle.

—¿Y tu padre?

—Trabajando, obviamente.

El silencio inunda. No hay nadie en casa. El vaso que dejé afuera ya no está y dentro hay más macetas vacías sobre la mesa.

Camino hacia el interior de la sala cuidadosa en mis pasos. Hay un montón de fotografías de Edward pequeño que nunca había visto aquí. Todos los portarretratos son iguales, así que supongo que su madre las ha puesto hace poco.

Edward me espanta quedándose detrás de mí y envolviendo sus brazos en mi estómago. Presiona su barbilla en el tope de mi cabeza, haciendo círculos en mi piel con sus dedos.

—Vámonos de aquí. —susurra.

Suelto una risita, adormilada por su caricia.

—¿A dónde?

Besa mi sien, repartiendo a continuación besos por mi cuello.

—A cualquier parte. Vámonos de aquí. —su aliento cae en mi mejilla— Quiero salir contigo, quiero conocer lugares contigo.

—¿Conmigo? ¿Estás seguro? —tonteo.

Puedo notar la sombra de su media sonrisa.

—Quiero todo contigo.

Sus palabras erizan los vellos de mis brazos, haciendo que sonría tanto que mis comisuras duelen. Doy una vuelta y le encaro, sabiendo que me he ruborizado.

—¿Todo?

—Todo —repite— Me gustas tanto que podría hacer cualquier cosa por ti.

—Esas son palabras mayores. Puedo rebelarme contra ti y hacer que hagas algo muy estúpido.

—Haz lo que quieras.

Rompe la distancia entre nosotros devorando mis labios de una manera desconocida en Edward. Debo reconocer que esta parte de él me entusiasma, porque jamás me ha tomado de esta forma de la cintura y arrastra fuera de la sala sin darme cuenta. Me siento volar cuando mis pies abandonan el suelo.

Subimos la escalera a trompicones, dándole un empujón a la puerta de la habitación. Hacemos todo eso mientras mis piernas se entrelazan en sus caderas.

Corto el beso, confundida por el tono pastel de las paredes.

—¿Dónde estamos?

Edward intenta recuperar el aliento.

—En la habitación de mis padres.

Mis ojos se abren de golpe.

—¿Estás bromeando?

—Mi cuarto quedaba muy lejos.

Le miro a los ojos esperando que diga que es una broma y termino echándome a reír porque no es una broma.

—No puedo creer que me traigas al cuarto de tus padres, Edward Masen.

—¿Quieres que lo dejemos aquí? —su mano se ha presionado en mi trasero con descaro.

Sonrío pícara, y niego.

—Eres un maldito hijo de puta. —le digo antes de atraparlo en otro beso.

Mi espalda choca contra el armario de su madre y algunas cosas caen desde el cajón de arriba. Papeles aterrizan sobre mi cabeza y nos reímos.

Levanta mi falda hasta arriba del muslo, sus jadeos abrazando mi boca.

Busco deprisa aire de nuestro beso y echo la cabeza hacia atrás, siendo atacada por su boca desesperada en mi hombro.

Mi corazón palpita a mil por hora, como si en cualquier momento se fuera a salir de mi pecho. Mi mano abre paso dentro de su camisa, y es ahí cuando lo veo.

Fijo los ojos en la fotografía en el suelo, borrosa por la adrenalina.

Edward sigue besándome, pero yo estoy tratando de comprender si eso es real o no.

—Edward.

—Sí, nena.

—Edward, espera.

Se detiene. Sus labios están rojos e hinchados.

—¿Qué pasa? ¿Estás incómoda?

Aparto el pelo de mi cara, señalándole con el dedo el suelo, incapaz de encontrar las palabras.

—¿Qué significa eso?


A pesar de que fue un capi tranquilo, no puedo evitar dejar así el final, perdón perdón jajaj