Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 21
Salto de un brinco fuera de su regazo. Sin soltarle la mano, me agacho a recoger la fotografía. A medida que mis ojos se adaptan a los rostros, confirmo que no son alucinaciones mías.
Es real.
Es Esme, mamá y la señora Masen en una fotografía.
La foto es antigua, bastante. Podría asegurar que mamá y la señora Masen tienen mi edad, Esme es más joven.
Levanto el rostro hasta Edward, que se mantiene callado.
—¿Qué es esto?
Me quita la fotografía de las manos.
—¿No es mi madre en la secundaria? —inquiere.
Suelto un bufido.
—Lo es, pero… ¿qué hace mi madre y Esme allí? —reviso una vez más para asegurarme que mis ojos no me engañan— ¿Cómo es que no sabía que se conocían?
Edward frunce el ceño, quitándome la foto de nuevo.
—¿Qué? Eso no es posible. —se queda en silencio unos segundos— A lo mejor se parecen.
Le miro con intención, aunque Edward no me devuelve la mirada. Su ceño ligeramente fruncido comienza a desesperarme cuando no dice ninguna palabra más. Consigo la foto de regreso a mis manos y antes de que pueda regañar por su silencio, un leve recuerdo cruza fugaz por mi cabeza.
—Oye —digo más para mí misma— Mi madre tiene fotografías de ella y Esme con esta misma ropa. Y ese peinado. Y puedo jurar que están sosteniéndose de ese mismo árbol.
Las tres están sentadas en las ramas de un manzano.
Edward sigue sin decir nada.
—¡Edward!
—¡Qué!
—No te quedes callado.
—Lo siento, es que estaba pensando en la fotografía.
Mirando hacia abajo, me doy cuenta de lo mal puesta que me ha dejado Edward la falda con tanto manoseo. La arreglo, incapaz de esconder el rubor en mis mejillas.
—Qué extraño —susurro— Supongo que mi madre no sabe que tú eres hijo de Elizabeth Masen.
—Hmm…
—Y supongo también que no sabe que Elizabeth Masen es Elizabeth Masen.
—¿Qué?
Exhalo un poco el aliento.
—Que a lo mejor ellas se conocían de solteras, tu madre no era Masen antes de que se casara con tu padre. —explico sin prisas— Aunque igual es un poco loco ¿no te parece? Sería una increíble coincidencia.
—Sí
Recogemos el desorden del suelo antes de que su madre regrese a casa. Contemplo una vez más la fotografía, deseando llevármela para enseñársela a mamá, pero no sería apropiado llevarme algo que no es mío.
Después de que hemos terminado, me arreglo el cabello en el espejo del baño.
—Debo irme —le digo en el espejo.
Edward está con la espalda apoyada en la puerta del baño, silencioso, mirándome cómo peino mi larga cabellera.
—Está bien. Te llamaré luego —dice enderezándose.
Nos acercamos al mismo tiempo y nos damos un abrazo. Edward reparte besos por mi rostro antes de presionar uno en mis labios.
Se siente maravilloso la manera en que su boca se une a la mía, o como sus manos logran erizar mi piel con sus dedos. Me quedaría así durante horas, pero sé que es mejor irme.
—Edward —pronuncio su nombre despacio, y no me atrevo a decir nada más. No me atrevo a decir lo que siento.
Le devuelvo el beso tirando de su cabello hasta que su lengua me encuentra.
Esa es la forma. Es la única forma que tengo de decirle cuánto le quiero.
Descanso nuestras narices un momento, respirando y mirándole de cerca, porque quiero que él lo sienta del mismo modo, que confíe en que no estoy siendo impulsiva ni malcriada. Que me cuesta mucho. Que tengo un maldito nudo en la garganta por la situación.
Pero en vez de que él insista en que prosiga la frase, que no deje inconcluso el "Edward" asiente y envuelve su mano en mi mejilla izquierda.
—Está bien, Bella.
—Me importas mucho —le digo—, mucho. No olvides eso.
—Lo sé, nena —responde él, abrazándome— Tú también a mí.
A lo mejor tengo tanto miedo de estar en algo serio con alguien, que no soy capaz de enfrentarlo conmigo misma. O tal vez el doctor Cullen tiene razón, estoy tratando de protegerle y protegerme de mis propios problemas.
Inhalo el perfume en su hombro, deseando quedarme entre sus brazos por más tiempo.
—¿Cuál es el apellido de soltera de tu madre?
Se aleja en medio de mi lamento.
—Platt.
Platt, repito para mí.
No es un apellido que me suene.
Edward besa mis pómulos y permite que me vaya.
—Te llamaré —promete.
—Está bien —asiento a su vez— Nos vemos después.
Me marcho con la sensación de que no he sido completamente sincera con él. Me marcho sintiendo que debí haberle dicho lo que sentía incluso si es confuso para mí. Pero ya está, no tengo las agallas para devolverme y enfrentarlo.
Y, además, mi mente no deja de darle vuelta a lo mismo; la fotografía sigue pareciéndome demasiado extraño.
Mis padres han ido de compras y me encuentro con que Jasper está siendo de niñero. Me dedica una gran sonrisa de alivio al verme.
—Gracias a Dios ya está aquí —le dice a alguien al teléfono— Te llamaré luego. Besos.
—¿Alice? —digo con una ceja levantada.
Jasper levanta su ceja también, sacudiendo la cabeza. Veo a Pelusa pasearse en medio de mis piernas y acaricio una de sus orejas.
—Mi madre. Estaba explicándome cómo se prepara un biberón.
—Espera un segundo ¿mi mamá te dejó al bebé sin explicarte cómo preparar un biberón?
Jasper forma un círculo en sus labios.
—Estoy bastante seguro que lo hizo, pero no lo recuerdo. —cargo a Jeremy del regazo de Jasper— Y creo que se ha hecho popó. Mucho popó. Demasiado popó. —hace una mueca— Alice intentó explicarme cómo…
—¡Ah, así que sí hablaste con Alice!
Las mejillas de Jasper enrojecen.
—Antes que mi madre, sí. Es que no sabía cómo cambiar un jodido pañal y Alice es tu amiga, supuse que lo sabría.
—Hmmm —sonrío con sorna— Vaya excusa para llamarla.
Le noto el hoyuelo al querer sonreír, pero no me dice nada.
Luego de cambiarle el pañal al bebé, le doy el biberón y pronto está dormido en su cuna.
Esme llega una hora después tirando su bolsa al sofá y recostándose. Levanta los pies, ahora descalzos, sobre la mesa.
—¿Saben? Cuando acepté trabajar en la biblioteca de Forks creí que sería un trabajo tranquilo. Sin embargo, algo ocurre los fines de semana que todo el mundo decide visitar la biblioteca y desordenar todo lo que ordené por la mañana —se queja.
—Recuérdame nunca ser bibliotecario —le dice Jasper.
Tengo mis labios presionados en una delgada línea. Estoy tentada a sentarme junto a ella y sacarme de dudas, pero no pretendo preguntárselo estando Jasper aquí.
Así que, me paso la siguiente hora mordiéndome la lengua porque por algún motivo, Jasper está interesadísimo charlando con Esme sobre la desigualdad laboral.
Cuando los amigos de Jasper le llaman para quedar, aprovecho la oportunidad de terminar rápidamente la cena y acompañarla a la sala.
Le ofrezco un jugo de naranja helado y galletas de chocolate.
Espero a que disfrute de las galletas porque Esme es fanática del chocolate. De manera que, cuando en el plato solo quedan migajas, me aclaro la garganta.
—Oye, Esme. ¿Te puedo hacer una pregunta?
Sacude sus manos de galletas y toma su bolso del rincón.
—Por supuesto.
—Ok —vuelvo a aclararme la garganta— ¿Quién es Elizabeth Platt?
Al instante levanta la mirada del bolso. No veo una reacción sorpresiva, tampoco sus mejillas se colorean. Tal vez está un poco atontada por mi pregunta, pero nada fuera de lo normal.
—¿Qué?
—¿Quién es Elizabeth Platt? —repito con seguridad.
Ahora sí, Esme toma una bocanada de aire, parpadeando por si está escuchando mal.
—Oh, bueno. Elizabeth Platt me suena muchísimo.
—¿Quién era?
Se rasca la mejilla sin que su otra mano abandone el bolso.
—Una antigua amiga de tu madre y mía.
—¿Y por qué yo nunca la conocí antes? —pregunto para saber si puedo sacar algo de provecho.
—Porque a lo mejor nunca se dio cuenta que eras tú.
Touché.
Mis ojos se agrandan y los de Esme también, que nota que acaba de meter la pata.
—¡Entonces lo sabes! —le apunto con la mano— ¡Sabes que es la madre de Edward!
—¡Qué! No, yo no he dicho que… ¡Bella! —regaña.
—¿Por qué nunca dijiste que la conocías? ¿Por qué ya no son amigas? ¿Desde cuándo no se ven? —escupo todo demasiado pronto— ¿Mamá sabe que es la mamá de Edward?
Esme suelta un chasquido, sabiendo que no voy a dejarla en paz hasta que me conteste.
—Renee sí lo sabe. Y no puedo contestar ninguna de tus preguntas. No te metas en esto, Bella.
—¿Por qué no?
No puede continuar porque mis padres acaban de llegar. Esme se endereza en el sofá de un salto, moviendo las manos de un lado para otro.
No insisto. No se lo digo a mi madre. Luego de charlar un poco con papá me voy a mi cuarto. Estoy más confundida que antes. No entiendo por qué ya no son amigas, por qué mamá y Esme ocultarían que la conocían. Entonces sí la conocen estando casada con el señor Masen, por algo sabían de su identidad incluso si nunca la han visto con Edward.
¿Por qué habrán perdido contacto? Yo sé que muchas amistades nunca llegan más allá de la secundaria, o de la Universidad. Que algunas simplemente son recuerdos bonitos, pero aun así no lo entiendo.
El fin de semana siguiente, me encuentro cenando en casa de Emmett y Rosalie.
No exagero cuando digo que la mesa parece un festín. Bien alcanzaría para veinte personas, y solo somos cuatro.
Lomo de cerdo, papas asadas, crema de cacahuate, mix de ensaladas, verduras salteadas, salmón ahumado, arroz pilaf. Y le sigue una serie de salsas.
Formo una panza hinchada después de estamparme la mitad del salmón con salsa holandesa.
Y Rose todavía espera que me coma un trozo de su tarta de manzana.
—Tienes que venir más seguido a vernos, Bella. Emmett y yo siempre estamos solos. Si no fuera por Edward, todo sería aburrido.
Emmett se atraganta.
—¡Oye! —dice insultado— No sabía que te aburrías tanto conmigo.
Rosalie suelta una risita, acercándose y dándole un beso en la mejilla.
—No, tontito. Es una forma de decir.
Edward me ofrece un poco más de vino y gustosa por cómo nadie parece interesarle que sea menor de edad, lo acepto.
Y así transcurren cuatro copas de vino sin darme cuenta.
La casa de Rose y Emmett es un pequeño apartamento cerca del local donde Edward trabaja. Tiene paredes mostaza y estampados de dibujos, como los tatuajes en el brazo de Emmett. A pesar de que Rose parece ser dulce y delicada, nadie pensaría que es seguidora del rock y su casa está repleta de cuadros de bandas y fotografías de ellos con cantantes famosos.
Ella también tiene tatuajes, unos pocos por la espalda y otro en el pecho.
El vino comienza a marearme demasiado y lo noto por las incoherencias que hablo en la mesa.
¿Dónde dejé a Pelusa? Le pregunté a Edward y él se echó a reír.
No tardé en darme cuenta que Pelusa está en casa.
Él se da cuenta de mi notorio estado de ebriedad y decide que es hora de marcharnos. Emmett y Rose están demasiado animados para estar sobrios, así que no soy solo yo el problema. Edward es el único cuerdo y responsable de los tres.
Él me lleva de un brazo por el asfalto, asegurándose de que no me tropiezo en mis propios pies. De vez en cuando tengo que agarrarme de su blusa entre risas.
—Quiero ser como Rose y Emmett algún día. Sin preocupaciones, tener mi propia casa y adornarla a mi gusto. —no recibo respuesta de él y me enfado— ¡No me dejes hablando sola!
—Te estoy escuchando, Bells.
—Quiero un auto también. Y un trabajo estable. Quiero tener muchos gatos y criarlos como hijos propios. ¿Quién necesita traer hijos al mundo? Para eso tengo mascotas. —suelto un hipo en medio de mi cháchara— ¿Qué piensas tú?
—Pienso que estás demasiado borracha para volver a tu casa. Tus padres van a matarme.
—No estoy borracha, estoy mareada que es distinto. Me faltó medio vaso de vino para entrar a la fase de ebriedad, pero no se efectuó porque dijiste que era hora de irnos.
—Bella, que estés hablando estupideces es signo de que estás ebria.
—Ni siquiera mi lengua se traba.
—Bueno, pero eso no quiere decir que no estés ebria.
Me suelto de su brazo y me paro frente a él, caminando hacia atrás.
—¿Te han dicho lo guapo que eres? Por el amor de Dios.
Suelta una risita.
—Gracias por el cumplido.
—Últimamente no he tomado mucho y por eso me mareo tan deprisa. No voy a decirte que tengo un pasado oscuro porque no es cierto, ni siquiera estoy arrepentida. Tuve novios antes e hice estupideces de las que he aprendido un montón. Pero… ¿sabes? —me acerco hasta que mis manos toman su camisa del pecho— No sé cómo decir esto sin que suene cliché, pero nada de lo que viví antes se compara a lo que vivo ahora contigo.
El foco de luz cae justo en el rostro de Edward y tengo que parpadear para verle a los ojos.
—Y fuiste un cabrón cuando nos conocimos. Chocaste mi bici y en vez de preocuparte si estaba bien o no, me culpaste e hiciste que me echara a llorar. Eras insoportable.
Me toma las caderas firme en sus brazos, de pronto sus ojos brillando con tanta intensidad.
—¿Ahora no lo soy?
—No —sacudo la cabeza— No pienso sincerarme más de la cuenta contigo porque… porque a pesar de que estoy ebria, sé que no quiero que sepas esto estando yo de esta manera.
Se acerca y presiona sus labios en mi frente durante mucho tiempo. Los minutos no transcurren mientras estamos así, y podría quedarme dormida si no supiera que estamos en la calle.
—Vámonos a casa, señorita cliché. —susurra en mi oído y reanudamos el camino, abrazados.
Uh uh hasta el próximo!
