Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 22

Tengo una crisis existencial luego de que Edward me deje de pie frente a su cama. No sé si debo apoderarme o no de ella, sin embargo, estoy tan cansada que decido optar por lo fácil… y más cómodo.

Si quiere reclamar su cama, tendrá que llevarme hasta el sofá por él mismo.

De inmediato mis ojos se cierran con el contacto de la colcha, y se me hace difícil mantener el raciocinio hasta que Edward regrese de Dios sabe dónde.

Cojo la almohada de la esquina para apoyarla en mi cabeza. A estas alturas soy todo menos consciente de dónde estoy y cómo llegué.

Pasos sigilosos se acercan a la cama, donde me encuentro entumecida.

—Eres un idiota —gruño— Ahora que lo pienso mejor, yo podría haber tirado tu gorra a la basura después de que me trataras tan mal. Y luego me empujaste sin querer.

Hay risas de lejos, pero no tengo ganas de averiguar de quién se trata.

—Voy a quitarte la ropa —a pesar de la poca conciencia, reconozco la voz de Edward— para que puedas meterte a la cama y dormir ¿de acuerdo?

Me estiro hacia adelante, manteniendo los ojos cerrados.

—Ya sé que quieres quitarme la ropa, Edward. No es necesario que pongas excusas.

Ahora se ríe, aunque es más una risa ahogada.

—No quieres decir eso, Bella.

—¿Por qué no? ¿Acaso es mentira?

—Edward, cariño, deja que yo me haga cargo.

Incluso bajo los efectos del sueño, mis ojos se abren.

Mierda —si tan solo hubiese estado despierta para ver a la señora Masen en la habitación y no escupir tonterías— Tiene que ser una broma.

Unas cálidas manos cepillan mi cabeza y tironean hasta que me quedo sentada. Envuelve un tazón caliente en mis manos y lo empuja hacia mis labios.

—Tómate eso, vamos.

El líquido caliente permite a mi cuerpo dejar de entumecerse. Mis párpados se abren, pero sigo con sueño. Ya no me siento mareada, tampoco sobria por completo, así que no sé en cuál posición me encuentro.

Elizabeth coloca una manta de algodón en mi espalda mientras sigo bebiendo del tazón. Milagrosamente, aquel líquido me hace sentir mejor y menos estúpida.

—Gracias —susurro.

Se queda a los pies de la cama, entrelazando sus manos y asintiendo.

—No hay de qué. Edward me ha dicho que esta noche te quedarás aquí y me parece bien. Lo mejor es que mañana cuando estés mejor, regreses a tu casa. Él dormirá en el cuarto de invitados.

Asiento a su información, demasiado perdida para reaccionar. Después de que la señora Masen se marche del cuarto, Edward se sienta conmigo en la cama, envolviendo mi pie en su mano.

—Con eso te vas a sentir mejor.

Presiono fuerte mis ojos, el rubor subiendo hasta mis mejillas.

—Qué vergüenza que me haya visto así.

La última persona que esperé que me viera de esta forma.

—No te lamentes, no es como si fuese la primera vez que mi madre hace algo así.

—¿También llegabas borracho?

—Sipi, y ella tenía la paciencia suficiente para soportar mi negativa a beber su remedio.

Exhalo un suspiro.

—De todos modos, tú eres su hijo.

—Bella, a ella no le importa. —dice echándome el pelo hacia atrás— Ahora duérmete que estás cansada. Cualquier cosa, estaré en el cuarto de invitados ¿de acuerdo?

Asiento y le doy un beso de buenas noches.

Luego de que se vaya, me acuesto y miro al techo, buscando las ovejitas imaginarias para quedarme dormida. Empiezo a contar desde el cien hacia abajo y en poco tiempo me quedo dormida.


Enciendo la lamparita de luz, temerosa de encontrarme en una habitación tan oscura. Mis labios ruegan por ser hidratados y tengo comezón en la espalda.

Llevo puesta una blusa encima que no recuerdo habérmela puesto yo misma.

Me levanto y salgo de la habitación en silencio.

Camino a pies descalzos hasta la cocina. Es extraño caminar por el pasillo como si fuera mi casa porque no lo es, pero tampoco pretendo despertar a Edward solo porque quiero un vaso con agua.

Doy un salto hacia atrás al encontrarme a su madre de pie junto a la encimera.

—Lo siento —me disculpo.

Elizabeth se ve igual de sorprendida, aunque luego sacude su mano para que sepa que no pasa nada.

Me acerco y no sé qué hacer. ¿Debería pedirle permiso para tomar agua o…?

—¿Tienes sed?

Oh, Dios bendito.

—Sí

En silencio, ella coge un vaso y lo llena de agua.

—Ten, pensé que era la única con sed en esta casa.

—Gracias —recibo el vaso sin soportar la sequedad. Mi pecho se aprieta por la fuerza en que lo he tomado. Luego lo deposito en el lavaplatos. Todo eso mientras la señora Masen me mira— ¿Qué?

—Nada.

Da una vuelta y se sienta en la mesa de cocina, tomándose su agua.

No me puedo mover, porque soy más curiosa de lo que en realidad pensé que era. Y no pienso quedarme con la pregunta atragantada en la garganta.

Primero, empiezo a recordar a esta mujer el día en que la conocí. Luego, recuerdo que se me hacía familiar. Me pregunto si el quiebre de amistad debió ser por algún amor, tal vez el matrimonio las hizo distanciarse. No me sorprendería si a mi madre y Esme les caía mal el señor Masen, porque no sé si existe alguien en el mundo que le agrade el señor Masen.

Entonces, recuerdo a esta mujer contemplar mi cicatriz. No es primera vez que alguien contempla así mi cicatriz. La mayor parte del tiempo la gente se queda mirándola porque les produce fobia.

No es una cicatriz fea, pero es una cicatriz. Y las cicatrices son rechazadas en general.

—¿Hace cuánto tiempo sabe quién soy yo? —le pregunto.

Elizabeth ni se inmuta. Estoy segura que Edward le contó que yo sé que conoce a mi madre.

Recoge su cabello en un moño alto.

—Desde que tu hermana apareció muerta.

No esperaba esa respuesta.

Me acerco y me siento en la silla frente a ella.

—¿En serio?

—Sí. —humedece sus labios— No siempre viví en Port Angeles y no estaba demasiado al tanto de su desaparición hasta que la noticia de su muerte hizo remecer todos los noticieros.

—Entonces… —parpadeo lentamente— ¿Usted conocía a mi hermana? ¿Nos conocía a todos?

Elizabeth me mira asomando una sonrisa triste.

—Yo vi nacer a tu hermana, y a ti también. —ahora sí me mira— Te será raro por qué el alcance de nombres; tu madre estaba obsesionada con el mío, y nunca entendió la razón de que a mí no me gustara.

—¿No te gusta tu nombre?

—A mucha gente no le gusta su nombre.

—Sigue contándome.

Toma un sorbo de agua, demasiado calmada.

—Renee y yo éramos amigas desde la secundaria. Nos graduamos juntas, nos casamos el mismo año y tuvimos a nuestros hijos al mismo tiempo.

Cuando ella dice aquello, me doy cuenta que probablemente conocí a Edward de pequeño.

—¿Sabes? No entiendo un carajo.

Suelta una risita.

—Lo sé, es muy confuso. Pero mira, las amistades se rompen todo el tiempo. Esto es una clara coincidencia. Jamás imaginé que la mismísima Isabella Swan tocaría a mi puerta para dejarme el correo… —se acerca y susurra— y que sería la novia de mi hijo.

Sonrío devuelta.

—Tu madre fue una gran amiga mía, la recuerdo con mucho cariño, pero las circunstancias nos separaron. Hay cosas que simplemente no se pueden sanar por mucho que uno lo intente. Aquel año, me marché con mi familia y nunca más los vi, hasta que regresé. Sabía que en algún momento nos encontraríamos, mas no de esta manera. —gira el vaso, ahora vacío— Y me dolió muchísimo la muerte de Lizzy. Por supuesto, yo no podía demostrártelo a ti, pero créeme que me dolió tanto como si hubiese sido mi hija.

—¿Edward y yo nos conocíamos?

—Edward tenía seis años cuando nos marchamos. Él no te recuerda, tenía imágenes borrosas de tu hermana, y alguna que otra cosa, nada más.

Me quedo mirando a esta mujer con más preguntas que respuestas.

—Tiene que haber sido algo muy grave para que perdieran tanto el contacto.

Elizabeth se ríe.

—Te sorprenderías de toda la gente que he dejado de ver en mi vida por diferentes situaciones. Y toda la gente que dejarás de ver tú en el camino. Es normal, es parte de nosotros.

—Hay algo que no me cuadra.

—Puedes preguntarme lo que quieras.

No sé por qué pienso que, detrás de ese "pregúntame lo que quieras" existe un "yo veré si te respondo"

No me hago falsas ilusiones.

—No entiendo la idea de mantenerlo en secreto. Sé que Esme sabe que Edward es tu hijo, al igual que mi mamá. No entiendo por qué lo ocultan.

—Da igual eso, Bella. Ocultarlo o no, fingir que existimos o no. No somos adolescentes que están intentando ser rivales o hacerse notar para arreglar algo. No estoy en esa parada.

—¿Qué te hizo mi madre? O… ¿Qué les hiciste a ellas?

Remueve sus dedos.

—Hice algo de lo que no me arrepiento ¿sabes? Y eso al final me perjudicó. Rompí las reglas, arruiné una parte de mí. No te puedo contar más.

A lo mejor Elizabeth traicionó a mi madre con alguna promesa del pasado. Sea como sea, estos adultos son más complicados que yo.

No le sigo preguntando porque mi cabeza no da más. No necesito otro motivo para no dormir esta noche. Todo lo que sé es que Edward y yo nos conocemos de pequeños, y que él conocía a Elizabeth sin querer. Que la razón de por qué no nos criamos juntos, es porque esta gente está loca de remate, y con un serio síndrome de rencor.

Subo hasta la habitación y mi mano se queda en el pomo sin girarla. El pasillo está vacío. El cuarto de los señores Masen está en la otra esquina. Todo está en silencio.

Mordiéndome el labio, doy un paso atrás y sigo caminando.

Quiero creer que la señora Masen no va a asegurarse de que estoy cómoda en la cama de Edward o a preguntarme si me he enfadado con su sinceridad.

Voy al cuarto de invitados porque necesito a Edward. También voy porque estoy enojada, no con él, pero sí con los secretos. Los secretos no deberían existir. Tuve que soportar el secreto de mi hermana con su amante desconocido, tuve que soportar que se fuera sin decirle nada a nadie.

Estoy enfadada.

Empujo la puerta lentamente hasta entrar y cerrar con pestillo. Edward está dándome la espalda en la cama, tapado hasta la cabeza. Presiono mi nuca en la puerta y cuento hasta diez. Cuando voy por el siete, Edward se da la vuelta.

Se sujeta en los codos para observarme.

—¿Estás bien?

—No, estoy enojada.

Abre las tapas para hacerme un espacio en su colchón.

—Ven aquí.

Voy sin dudarlo. Me meto dentro de la cama y lo abrazo. Envuelve sus brazos calientes por mi cuerpo y no dice nada. Nos quedamos unidos por mucho tiempo. Cuando mi cuerpo ya se ha temperado, dejo que mi mano entre por su camisa del pijama.

—Toda la situación es absurda. Salgo de un problema para meterme en otro. ¿Por qué solo no pueden comportarse como adultos y decir que mierda pasa? Nos conocemos de pequeños, Edward. ¿Te das cuenta?

—Lo sé ¿yo, enamorándome de una bebé de tres años?

—¿Acaso me recuerdas?

—No, pero mamá dijo que esa edad tenías cuando nos fuimos.

Escondo la cara en su cuello.

Me quedo pensando en lo último que ha dicho.

¿Edward acaba de decir "enamorándome"?

Le miro a los ojos de un tirón. Edward no se ha dado cuenta de lo que ha dicho, o solo le parece lo más normal del mundo. ¿Por qué él puede decirlo y yo no?

Parece una palabra sencilla, pero no lo es. La palabra es más fuerte que yo.

Me da miedo decirla y no sentirla de la misma manera en que la pienso.

Me inclino hacia abajo y le beso los labios.

Sus manos me agarran la cintura, levantándome hasta que me siento sobre él. Nuestros cuerpos en un serio contacto físico del que no necesito apartarme.

Mi blusa sale disparada por encima de mi cabeza. Hago lo mismo con él quitándole la camisa del pijama. Sentada arriba suyo, la imagen de su pecho sudoroso hace que se me suba el azúcar.

Dejo que toque lo que quiera. Se aleja de mis labios y comienza a morderme la piel, dando suaves mordiscos a mi cuello.

Con la respiración entrecortada, da un pellizco a mi labio antes de susurrar:

—Necesito… buscar… un preservativo.

Me hago a un lado, sentándome en la cama mientras que Edward sale de un brinco hacia el armario.

Aprovecho para desabrocharme el pantalón.

El nerviosismo dio paso a la ansiedad. Todo lo que necesito es a él, ya no hay más pudor. A lo mejor nunca hubo pudor entre nosotros. A menos que cuente cuando nos besamos por primera vez e intenté alejarme.

Regresa con una sonrisa en su rostro.

Vuelve a la cama y me sienta de nuevo junto a él. Su lengua me quita el aliento. Le muerdo la boca para recuperarla.

Edward lleva sus manos a mi trasero y le da una palmada.

—Edward —lloriqueo. No me hace caso e intento apartarle la cabeza de mi cuello. Mis ojos se cierran con fuerza, tomo una profunda inspiración.

A pesar de la distracción que sus besos me provocan, no puedo evitar mirar de vez en cuando a la puerta. Sé que está con pestillo, pero una parte de mí ruega para que los señores Masen no nos interrumpan.

Necesito dejar de pensar en los señores Masen en este momento.

Así que, soltando la inspiración, me dejo arrastrar por Edward, a dónde sea que él quiera llevarme.

Y basta pensarlo para que me lleve muy, muy lejos.


Son las 4:15 y acabo de levantarme de la cama.

Edward enciende la luz de la mesita de noche, entregándome la blusa del pijama. No llevo sujetador, ni siquiera me he vuelto a poner las bragas, y no me importa.

Él ha visto más de la cuenta así que supongo que da lo mismo.

Me visto lo más silenciosamente posible. Mi mente hace que imagine miles de maneras en que me pillen; como tropezándome con algún objeto, que la puerta se haya quedado trabada, que la señora Masen al final se haya quedado esperándome en el cuarto de Edward con un rodillo de cocina.

En todas las opciones salgo yo perjudicada.

Edward me acerca a él para besarme.

—Vuelve a la cama.

—¿A cuál? ¿Contigo?—compruebo que mi pregunta ha hecho que una parte de él… se levante.

Reprimo las ganas de reírme.

—Me encantaría que acá pero supongo que no queremos ser encontrados.

La parte malilla de mí quiere quedarse y tentarlo. Pero la otra, solo quiere irse.

Sin embargo, la parte malilla siempre hace trampa.

Doy un salto y me siento sobre él de nuevo. Me llevo mechones de pelo desordenado detrás de las orejas. Es increíble lo enredado que está, no tengo idea cómo voy a peinarlo cuando amanezca.

Le beso fuerte en la boca; fuerte y salvaje. No hay aire en mis pulmones. Dejo una marca en la comisura de su boca con mis dientes. Edward jadea excitado, y me alejo.

—Bella, eres cruel.

Me rio entre dientes y camino de puntillas a la puerta.

Puedo ver su cuerpo contraerse en la cama, una sonrisa de dolor formando en su rostro. Quiero seguir riéndome de él, pero en vez de eso le lanzo un beso desde lejos.

Y lo siento. Lo siento en ese instante de verdad.

Antes de que pueda tomar el pomo de la puerta, corro hasta su cama y me armo de valor para pronunciar las palabras:

—No olvides… no olvides cuánto te quiero.

Lo digo con tanta sinceridad que quiero llorar.

Edward pone una mano en mi mejilla, respondiéndome con una radiante sonrisa.

—Y yo, te quiero mucho más.


Por la mañana regreso a casa con una sonrisa que nadie me puede quitar. Incluso cuando Esme me pregunta si todo va bien conmigo, le respondo que todo está normal.

Ella no me creyó, aunque no dejó pasar el hecho de que me quedé a dormir afuera.

—Edward llamó a Renee para decir que te sentías un poco enferma. ¿Ya te sientes mejor, me imagino?

Todavía estoy sonriendo, llenando un cuenco de cereales.

—Sí, su mamá me dio un remedio casero.

—Ok

Estoy tentada a decirle a Esme todo lo que la señora Masen me dijo, pero se ve tan distraída que lo dejo ahí.

Cuando mamá llega a la cocina, no hago más que morderme la lengua. Estaba pensando en hablarlo con ella, sin embargo, necesito buscar un momento donde Jeremy no esté despierto.

En la mesa, me pongo a pensar en cómo hubiesen sido de amigas las tres. Tal vez eran como Alice, Bree y yo. O tal vez siempre estaban discutiendo. No me imagino una vida sin las chicas.

Aunque la señora Masen tiene razón, las amistades se rompen todo el tiempo. Algunas se arreglan, en otras, los trozos rotos son demasiado pequeños para ser arreglados. Siempre, pero siempre habrá una pieza que falte.

A ellas les faltó más de una pieza.

Recuerdo la fotografía, las tres apoyándose en el manzano, tan jóvenes.

Después de desayunar e intercambiar un par de palabras con mamá y Esme, subo a la habitación.

Me detengo en la puerta del baño con la sensación de que no debería estar pensando esto.

¿Ya he dicho lo curiosa que soy?

Muerdo el interior de mi boca, retrocediendo y entrando rápidamente al cuarto de mis padres.

Mamá debe tener más fotografías. Sé que tiene más fotografías. De pequeña ella me prohibió revisar su caja de las fotos porque eran personales. Siempre me pregunté qué tan personales eran. Sé que las guarda en el último cajón del closet, así que allí es dónde me dirijo.

Echo un vistazo de vez en cuando a la puerta para asegurarme de que nadie viene, entonces me subo a un banquito, como hacía de niña. Me pillaban infraganti todo el tiempo, pero ahora estoy segura que la voy a encontrar.

Tengo la sensación de que he vuelto a tener siete años.

Una vez Elizabeth encontró la caja, pero nunca me contó que había allí. También recuerdo que mamá nunca la pilló y cuando le pedí que me ayudara a buscarla, me dijo que no me metiera en temas de adultos.

Ella era tan curiosa como yo, no obstante, por ese lado fingía seriedad.

Encuentro la caja blanca de terciopelo al fondo del armario. Lo tiro hacia mí hasta que está completamente suelto. Me bajo y me apresuro para dejarlo sobre la cama.

Ahora es cuando debería reírme por mi triunfo; no lo hago.

Dentro de la caja hay muchísimas fotos. Todas son fotos antiguas, una que otra de Lizzy y mía de pequeñas, yo en la guardería, mis padres casándose.

Mamá y Esme de adolescentes. Mis abuelos junto al árbol de Navidad. Esme y su antiguo novio que jamás conocí. Mamá embarazada de Lizzy.

Encuentro fotos de la señora Masen y de ellas en alguna fiesta de fin de año. Hay más en la escuela y parque de diversiones.

Cuando contemplo el rostro cálido de mi abuela Marie, noto que hay algo áspero que mis dedos tocan detrás.

Hay dos papeles, uno encima del otro. A pesar de que hay más al fondo, tomo los dos que están a la vista.

¿Y si son cartas?

¿Estoy siendo demasiado imaginativa?

¿Estoy siendo demasiado intrusa? Sí.

Abro el papel arrugado amarillento, pensando que voy a encontrarme con palabras cursis de amor de los años ochenta. Y es todo lo contrario. Cuando empiezo a leerlo, no hay nada romántico en él.

Todo lo que leo es artículo tras artículo y una firma en una esquina.

Es un papel judicial.

Hay una parte, en especial, que llama mi atención. El papel está firmado por Elizabeth Cailin Masen, juez de turno.

Año 1990.

Frunzo el ceño. Luego frunzo más el ceño. Sigo leyendo y creo que no puedo fruncir más el ceño.

Salen ambos nombres de mis padres.

Se le otorga la custodia de la menor, Isabella Dwyer.

Parpadeo y vuelvo a leer. El pecho me aprieta como si estuviera cayéndome en paracaídas.

Una custodia compartida. Este papel me asegura que estoy a cargo legalmente de mis padres. Y todo eso firmado por la madre de Edward.

Mi custodia, su hija legal.

.

.

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Pero no biológica.


Soy mala, soy muy muy mala lo reconozco.

Ahora les voy a explicar (aunque no con detalles porque en el otro ya sale igual)

Primero, quiero decirles que ni soy abogada ni estudio derecho, por lo tanto, no sé si esto se hace así. Esto es ficción. No tengo idea cómo se hace el tema de las custodias.

Aquí es dónde sale al descubierto todo lo relacionado con Elizabeth Masen. ¿Se acuerdan cuando Edward mencionó que su madre era abogada y ya no? Pues en el capi 23 se explicará. Todo lo que se hizo fue ilegal, esto separó a las tres amiguis.

Bella NO es hija de la mamá de Edward.

Creo que ya están suponiendo quién es, no creo que sea necesario que les diga.

Les repito, soy mala, muy mala. Tuve esta idea desde el comienzo. Les dije que los secretos ya se estaban por destapar, y este es el último (creo) naa, si es el último.

Me encanta el drama ¿se han dado cuenta?

Por fa no me odien por tanta confusión, ni yo me entiendo

Ah, desde ya aviso que esto se acaba. 4 Capis aprox.

Besos y hasta el próximo.