Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 23

Tropiezo hacia atrás.

El shock viene de inmediato; el sudor, la desesperación, la negación.

Esto no es cierto.

Me duele el pecho.

Se le otorga la custodia de la menor, Isabella Dwyer.

Isabella Dwyer, no Isabella Swan. Dwyer. El apellido de mamá.

¿Pero cómo es posible?

Empiezo a respirar por la boca con dificultad mientras veo a mis manos temblar de miedo.

No me preocupo de que la caja cae al suelo. Tengo mi cabeza y razón puestas en el amarillento papel del año 1990. En el 90 yo tenía tres años. En el 90 Elizabeth Masen y su familia se marcharon de la ciudad. En el 90 ocurrieron cosas de las que me han estado ocultando.

Si soy adoptada, ¿por qué demonios soy Dwyer?

Tomo una profunda inspiración.

Arrugo el papel sin intención. Demasiado consternada como para fingir que no he visto nada, así que lo desenvuelvo como si necesitara leerlo de nuevo. Una parte de mí quiere romper aquella evidencia y hacer como si nada ha pasado. La parte desesperada en mi interior está dispuesta a borrar este acontecimiento. Sin embargo, la parte lógica, la parte curiosa de mí, no quiere eso.

Esa parte quiere indagar, investigar, descubrir.

Recojo la caja del suelo y busco los papeles que quedaron. Tiro todo encima de la cama sin importar el desorden. Mi pulso comienza a aumentar porque estoy desesperada tratando de encontrar respuestas por mi cuenta.

Desenvuelvo todo, sin encontrar nada que no haya visto. Solo hay dibujos míos y de mi hermana de pequeñas.

Mi hermana.

Acabo de comprender que ella lo sabía todo.

Mi hermana, que no es mi hermana.

Me echo a llorar.

Considero que soy una persona bastante tranquila, serena. Cuando Elizabeth murió, intenté con todas mis fuerzas aferrarme a la tranquilidad, pese a la crisis que tuve por el shock que esa noticia generó en mí. No obstante, a lo largo de este duelo terrible, nunca hice un berrinche, nunca intenté buscar la atención ni que la gente hablara con razones. Fui fuerte, todo el tiempo.

Y ahora siento que no puedo más.

Algo cambia desde que abrí este sobre.

Algo que le había comentado a Carlisle Cullen, mi psicólogo, en mi última consulta con él. Algo que venía pensando hace mucho tiempo: mi tranquilidad… en cualquier momento se vería truncada, y entonces explotaría.

Ese momento llegó.

No grito, solo tiro y lanzo y rompo cosas al azar.

Aun en medio de esta extraña crisis, mi mente divaga y me vienen recuerdos; pienso que jamás he visto mi acta de nacimiento, pienso que jamás vi una foto de mamá embarazada de mí.

De pronto, me doy cuenta que estoy llorando más de lo que creí que estaba haciendo. De pronto me escucho gritando sin haberme dado cuenta. De pronto estoy rompiendo los muebles a patadas con una fuerza que no es propia. Es una fuerza que nace desde el fondo de la decepción.

La puerta se abre y los rostros de mamá y Esme lucen alarmados. Más que alarmados, están confundidos, inexplicados.

Arranco las cobijas de un tirón.

—¡Bella, qué te pasa! —exclama mi madre, llevándose las manos a la cabeza— ¿Por qué has hecho todo esto?

Se me va a salir el corazón.

Mirar a mi madre no es lo mismo ahora.

Mis ojos caen en los de Esme, tan abrumados, y sé que se ha dado cuenta de las fotografías en el suelo, porque parece a punto de desmayarse.

Y es su expresión lo que me hace dar un vuelco a todo lo anterior: las mentiras. No necesito que alguien venga a explicarme con manzanitas. Lo entiendo todo, justo cuando siento que no tengo más que saber.

Mamá, al notar la evidencia, se acerca a mí.

—Oh, Dios mío, cariño. Ven aquí.

Retrocedo.

—No. me. Toques.

Mi rechazo le hiere.

Esme sigue sin soltar una palabra, pero a pesar del sobresalto abrupto, sus ojos se han llenado de lágrimas.

Esme es la que ha estado para mí en todo momento. Esme ha sido mi confidente desde que soy una niña. Todo disfrazado de una mentira, todo para que la verdad no fuese tan horrorosa. Ahora, de pie frente a las dos, entiendo tantas cosas; tanta cercanía, tanta confidencialidad, tanto favoritismo.

Mi mamá me saca del trance.

—Bella —pronuncia mi nombre con cuidado, como si temiese que fuese a morderle—, todas las decisiones han sido tomadas pensando en tu bienestar. Todo, absolutamente todo ha sido por ti.

No sé si quiero llorar más fuerte por el hecho de que acaba de confirmarlo.

—No —digo.

—Cuando lo hablemos, te vas a dar cuenta de que todo está como debe estar. Tenemos que hablarlo, tenemos que hablarlo con calma las tres.

Las tres.

Miro de nuevo a Esme.

—Di algo —escupo enfadada— Di que nada de esto es cierto. Dilo.

—Bella, hablemos —ruega mamá, al borde del llanto.

—No —repito, tanto para mamá como para Esme— ¡Tú no!

Salgo del cuarto a toda prisa.

Esto es más de lo que puedo soportar; más que una muerte, más que una desilusión amorosa, más que el chismerío.

Jeremy me mira desde su silla de comer haciendo un gorjeo. Mis lágrimas impiden que le vea con claridad, así que salgo de casa antes de que su carita me lo impida. Jasper se hace a un lado, sorprendido por mi rapidez.

—¿Bella? —llama al ver mis lágrimas.

Sigo corriendo, ignorando sus llamados.

Voces gritan mi nombre, lo que hace que avance más deprisa. Es Esme llamándome a gritos, pero su voz se vuelve un eco lejano al cabo de un tiempo.

Empiezo a correr de nuevo.

.

.


Deambulo por el bosque.

El miedo acrecienta por el ruido de los insectos. La adrenalina me quema. Corro junto al lodo incrustándose en mis zapatillas.

El calor duró pocos días. La lluvia se volvió a instalar sin que nadie se extrañara. Esa es la realidad en Forks, no es como si me sorprendiera.

Mientras mis zapatillas crujen sobre la hierba humedecida, no dejo de pensar que es demasiado tarde.

También es demasiado tarde para pensar que debí traer una chaqueta más gruesa.

Ni siquiera me he detenido para descansar, o comer. Camino porque ha logrado bajar mis revoluciones, y porque no quiero que alguien me encuentre.

Así que, los minutos pasan, y yo sigo alejándome.

Tanto he caminado que puedo ver asomarse las primeras casas de Port Angeles.

Me detengo en la parada de bus para coger el único asiento disponible. Por suerte para mí, la gente de pie está lejos de querer ocuparlo, así que me siento con los ojos lagrimeados e hinchados, bajando el rostro para no ver sus expresiones.

Sola, uno piensa mejor. Sola, me siento menos abrumada. Sola, la noticia es menos dolorosa.

Mi celular vibra en mi bolsillo; es la quinta vez que pasa. No me tomo la molestia de tomarlo ni de cortar la llamada.

Ahora, tampoco lo hago.

Sigo con la intención de conseguir respuestas, pero tenerlas significaría regresar a casa y enfrenarlas. Eso es lo que estoy intentando evitar.

No tengo muchas opciones.

De hecho, tengo solo una opción.

.

.


Estoy agradecida que el rostro de la persona que tiene mis respuestas, sea quién me reciba.

—Bella… —Elizabeth Masen murmura— Todos están preocupados por ti.

Hago caso omiso de su reprimenda.

—Necesito hablar contigo.

Me mira bajo espesas pestañas, dudando.

—No soy yo con quién tienes que hablar.

Se me llenan los ojos de lágrimas otra vez.

—Tú, lo sabes todo. Lo has sabido desde un principio. ¿Cómo sé que mi familia no va a mentirme una vez más? ¡Tienes… tienes que ayudarme!

Elizabeth jala mi brazo hacia dentro de su casa. Más nerviosa que de costumbre, se asegura de que el pasillo está vacío. Luego nos dirige a la sala de estar, donde cierra la puerta con pestillo.

Estamos sentadas una frente a la otra, y ella se dispone a llenar dos vasos con jugo de naranja.

—Ten un poco de jugo. Te ves agotada.

—No quiero, gracias. —ella toma del suyo. Nunca me había fijado con la decencia que toma un simple vaso de jugo, limpiándose las comisuras como si se hubiese manchado, cuando es obvio que no. Aparto ese pensamiento fuera de lugar de mi mente, porque eso es lo último que quiero indagar con ella, porque hay muchas preguntas que mi boca quiere soltar al mismo tiempo— ¿Por qué soy hija de mis padres?

Mejor dicho: ¿Por qué no lo soy? Medito un instante ese pensamiento, comprendiendo la crueldad con que ello sonaba. No ser hija de mis padres hace que mi corazón se rompa un poquito más. No tengo su genética, no soy similar a ninguno. Siempre creí que mis ojos marrones se debían a papá, ahora sé que no es así.

Y mi hermana era parecida a mamá. Las dos se complementaban de una forma increíble, una unión que nunca logré tener. Lo que no quiere decir que me sintiese menos querida, ese el punto, jamás me sentí menos, jamás noté distinción. ¿Cómo iba a darme cuenta? ¿Por cuánto tiempo más pensaban ocultarlo?

Ahora puedo entender un poquito el dolor de mamá de perder a Elizabeth.

Ella era su única y verdadera hija.

La señora Masen me toma del brazo, sus dedos recorriendo la cicatriz en forma de media luna de mi muñeca.

—Esta es la razón —le contesta a la nada— Esto responde a muchas de tus dudas.

Espero impaciente a que continúe, mas no lo hace.

—¿Qué pasó?

Mi cicatriz nunca fue un obstáculo en mi vida, no fue algo por lo que avergonzarme. Los niños en la escuela se sorprendían de ver la marca allí, entonces yo les explicaba cómo habían sucedido las cosas. Les contaba sin recordar nada, porque así es cómo me lo plantearon desde pequeña.

Entonces, cuando Elizabeth menciona mi cicatriz, sé que la historia no es más que una patraña.

—Eras tan pequeñita, e inocente. —escucho el tic-tac del reloj en la pared de la sala, cuan película de terror—, muy traviesa. Las cosas se pudieron haber evitado. Esme tuvo tantos problemas, tantos que terminaron mal.

—¿Mal?

Elizabeth se muerde la boca.

—No debería decírtelo yo…

—Dímelo. No voy a moverme de aquí hasta que lo hagas.

Suspira.

—Alcohol. Problemas de alcohol.

—Oh

—Tu padre biológico y ella discutían a menudo. Estaban poco enfocados en sus responsabilidades contigo. Inestables emocionalmente, todo el tiempo.

Mi padre biológico.

—Ese día, él me llamó para decir que no creía que Esme y él estuviesen capacitados para cuidarte. Renee no vivía en Forks en ese tiempo, así que solo estaba yo para buscarle una solución. Cuando él me llamó de nuevo…

—¿A qué te refieres con "él"?

—Eleazar. Tu padre biológico.

—Continúa.

—Discutí con Eleazar por la tontería que estaba diciéndome. Llevabas el apellido materno, pero él de todos modos quería darte el suyo. Esme se negaba.

—¿Por qué?

Elizabeth chasquea la lengua.

—Le gustaba estar en contra de Eleazar. Por otra parte, existía el alcohol que hablaba por ella, actuaba por ella.

—Por favor, al grano.

—Recibí la llamada de tu abuela esa tarde, llorando por el teléfono. —suspira y agacha la cabeza— Estaba preocupada porque tú estabas en el hospital.

Me toco la cicatriz, por instinto.

»—"Te caíste" —recalca— pero no lo hiciste en verdad, Bella.

—¿Y cómo entonces?

Parpadea hacia mí, insegura.

—Esme te empujó.

Corro por el patio trasero de mi casa con la cicatriz en la muñeca, riéndome de las piruetas que hace mi hermana. Siento picor en aquella marca rosada, mas no le presto atención. Estoy demasiado maravillada por Lizzy. No hay más recuerdos, ese es el único. No tengo que esforzarme en volver atrás, no tengo mi niñez reprimida.

Ni siquiera eso me sorprende. Tal vez me hubiese esperado una declaración diferente, pero parece que ya nada podrá sorprenderme nunca más.

En vez de preguntarle por qué demonios Esme iba a empujarme, estoy inclinándome a otra cosa distinta.

—¿Por qué este hombre no sabía nada de mí? —refiriéndome a mi padre biológico, no estoy preparada para decirlo en voz alta.

Elizabeth frunce el ceño.

—¿No vas a preguntarme por qué te empujó?

Voy a gritar.

—No sé si quiero saberlo.

—Esme estaba borracha, te soltó de la mano pensando que estabas sujetándote de la baranda.

—No me importa Esme, no me importa en absoluto. Por favor, responde a mi pregunta.

Suelta un suspiro.

—Porque Esme no se lo dijo. Ellos habían roto su relación un tiempo antes de que ella se enterara de su embarazo. Una vez lo supo, fue imposible hacerle entender que él tenía derechos. Esme estaba dolida porque Eleazar le había dejado, estaba segura que fue por otra mujer.

—¿Y lo era?

—Nunca se le vio con otra persona.

—¿Dónde está?

—¿Eleazar?

—Sí.

Toma un momento para mirar cada detalle de mi rostro.

—Déjame terminar mi parte de la historia.

No respondo.

—Con los antecedentes de Esme y tu accidente, iban a terminar quitándole tu custodia. Tu abuela Marie no estaba en condiciones de hacerse cargo de ti y Renee no vivía en Forks. Tomé el caso porque sabía que terminarías en un orfanato. Reneé regresó, y quedamos en que ella atestiguaría en contra de Esme. —no me mira a la cara— Ella dijo que no tenían contacto alguno, que se llevaban mal y que Esme era una borracha. Todo eso para que no se viera extraño que yo le diese la custodia a alguien tan cercano, cuando se suponía que Esme era un peligro para ti.

»—Después que su declaración fuese aceptada, se hizo el papeleo de la nueva custodia y se suponía que Renee se iría de Forks, pero no lo hizo. —lloriquea— Todo había salido a la perfección. Esme entró a un centro de rehabilitación mientras que tú estabas con tu nueva familia en casa. Sin embargo, después de un tiempo, mi superior se dio cuenta de muchas irregularidades, sobretodo porque supo que yo era cercana a la familia.

—¿Por eso ya no ejerces tu profesión?

—Me quitaron el cargo de forma permanente.

Tomo un momento de mí para comprenderlo todo sin mucho éxito.

—¿Y luego…?

—Tu madre me mintió. Quedamos en que te llevarían lejos para no levantar sospechas. Luego de que Esme saliera de rehabilitación se reencontrarían. No era tan necesario irse del país, podían haberse ido a Arizona, donde tenían la tienda de antigüedades. Les dije que podían meterme en un buen lío si se exponían. Esme salía contigo a la calle aun sabiendo todo eso, arriesgándose a que la policía la viera —se limpia las lágrimas de los ojos— No me arrepiento de haberte evitado ir a un orfanato, Bella, pero me merecía aunque sea esa petición. Cuidar mi trabajo, cumplir la promesa de marcharse de Forks.

Elizabeth pasa de una voz entristecida a una de mucho dolor. Ese tipo de voz que se usa cuando estás tan rota, a pesar de que ha pasado mucho tiempo.

—¿Y Eleazar?

—Como te dije anteriormente, Eleazar era inestable emocionalmente. Él no se creía capaz de cuidar de ti, aun si lo intentó cuando supo de tu existencia. Los dos eran iguales, demasiado incapaces de mantenerse por sí mismos. Así que, cuando pasaste a ser una Swan, él se marchó. Después de que me fui, nunca más supe de él. No sé si tu madre o Esme saben algo o no.

Eso no hiere mis sentimientos. No puede dolerme el abandono de alguien a quien no conozco.

Enrollo los brazos en mis rodillas, inclinándome hacia adelante lentamente.

—Entonces… rompiste las reglas en tu trabajo por mí. Les hiciste un favor a mi familia y ellos te traicionaron. Te pusiste de acuerdo con mi madre para mentirte a ti misma y a la ley, porque según entendí, tú eras el juez del caso. En resumidas cuentas, se montaron una buena actuación frente a mucha gente en esa audiencia, fingiendo que no se conocían. Y luego… les dieron la custodia a mis padres porque estaban seguros que Esme no podría acercarse a mí, debido a la mala relación que tenía con su hermana. Mi padre biológico me abandonó, Esme me empujó por la escalera y yo me voy a volver loca con todo esto. ¿No es así?

Elizabeth asoma una sonrisa triste.

—La vida no es color de rosa.

—No, pero tampoco es tan oscura. La vida no es tan cruel con otras personas.

Edward se asoma a la puerta con los hombros caídos. Cuando nota mi presencia, el color vuelve a su rostro.

—¡Bella!

Salto del sofá sin pensármelo a sus brazos. Edward me sostiene mientras suelta un largo suspiro. Me abraza como si llevara algún tiempo queriendo hacerlo.

—Aquí estás —susurro.

Deja un beso en mi frente, buscando la forma de mirarme sin alejarse demasiado.

—Yo debería decir eso. —responde— Dios mío, Bella, he estado tan preocupado por ti.

—¿Estabas buscándome?

—Por todas las putas partes.

Escondo el rostro en su pecho, las ansias de llorar viniendo como olas de fuego. En sus brazos, me siento en la confianza para llorar, para gritar, para expulsar todo lo que siento. Algo que no me pasaba antes. El hecho de que le haya confesado que lo quería, ha hecho que esto ocurriese.

—Todo es una mierda, Edward. Una verdadera mierda. Sácame de aquí, por favor. Te lo ruego.

Vuelve a estrecharme junto a él.

—Sí, mi amor, salgamos de aquí.


El padre biológico de Bella no se hará presente en esta historia, por si acaso. El por qué le mintieron a Bella hasta tan grande, eso solo se los puede responder Esme y Reneé. En ningún caso la mentira es buena y creo que esta la llevaron demasiado lejos. Yo no sé como es que Bella no le explotó la cabeza, a mí me llegaran a decir todas esas cosas y estoy analizandolas los siguientes veinte años.

Esme cometió un error, Elizabeth se confió y le traicionaron, pero gracias a ella Bella está con la familia que está. Por si no entendieron bien, Elizabeth Masen era el juez que fingió no conocer a las Swan para poder llevar el caso a favor de ellas. Probablemente el juicio no se hizo en Forks ni en Port Angeles, porque sería difícil que alguien no supiera que se conocían, por algo inventaron lo de que Renee y Esme se llevaban mal, pero bueno.

Perdón la demora, no me he sentido muy bien últimamente.