Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 24
Al cabo de un rato, no quiero contar más estrellas.
Sentada sobre una roca y envuelta en una cálida manta, me he puesto a meditar más sobre mi vida de lo que nunca antes lo había hecho.
Edward respeta mi momento de meditación de espalda en la hierba. A ratos echa vistazos hacia mí para ver si me encuentro bien.
Contar las estrellas permite que me olvide un poco de la gravedad de todo. Mirar la luna me calma. Me gustaría que la noche fuera tan eterna como estas estrellas.
Exhalo un suspiro y Edward levanta la cabeza.
—¿Todo bien? —pregunta.
Miro a la nada.
—Estaba pensando que, a lo mejor había un gancho con suficiente filo para haberme raspado la muñeca y dejarme esta marca. ¿No crees? —Edward no me responde— Un clavo.
Quiero creer que sí.
—¿Cuántas estrellas crees que hay en el cielo? —me cambia el tema.
Subo mis rodillas hasta que estas tocan mi pecho.
—Tú sabías todo esto ¿a qué sí? —tampoco me responde, lo que hace que pierda la paciencia— ¡Respóndeme!
—Sí, lo sabía —intento que el enfado no cruce la línea de la serenidad. Intento que eso no me decepcione, pero fallo. Se me calientan las mejillas— desde hace poco. Mi madre me lo contó.
No logro ver un cambio en mi enojo con esto último.
Me hace sentir vulnerable y estúpida que lo reconozca. ¿Cómo todo el mundo iba a saberlo, menos yo? ¿Cómo siquiera fueron capaces de creer que una mentira tan grande nunca iba a ser descubierta? ¿Cómo es posible que no pensaran que podía ser yo la que lo descubriera?
Y lo que es aún más absurdo, ¿Cómo es que tenían esos documentos guardados en casa cuando cualquiera podía llegar a ellos?
Estoy tan enfadada.
Mi visión enrojece.
Me pongo de pie, sacudiendo mi trasero de polvo.
—Lamento que hayas tenido que cargar con toda mi mierda. —comienzo alejarme.
Edward se materializa a mi lado en un par de segundos, cogiendo mi brazo y tomándome por los hombros para evitar que me marche.
—Escúchame, nada de esto es tu culpa y tampoco la mía. Por favor, no te enojes conmigo. No era yo quién debía decírtelo.
—Aun así, ¿vas a decirme que nunca se te hizo familiar nuestros rostros? Te mostré a mi hermana en fotos, de pequeña.
Edward sigue cogiéndome de los hombros.
—No estaba seguro, Bella. Estaba muy confundido.
El coraje no se me quita. En realidad, no es tanto contra Edward, pero él está aquí ahora, y creo que me estoy descargando con lo primero que encuentro.
—Deja que me vaya.
—No
—Edward, suéltame.
—No voy a dejar que te vayas, Bella.
Suspiro resignada, bajando los brazos ante su seguridad.
—Necesito… necesito —respiro rápidamente, luchando contra las ansias de llorar. Aunque eso termina por desmoronarme. Me echo a llorar en sus brazos, porque estos se sienten cálidos, fuertes… se sienten seguros— Es que no puede ser.
Mi cerebro no puede aceptar lo que Esme es, ni siquiera soy capaz de decirlo en voz alta. De pronto todo parece una pesadilla.
Yo no quiero ser eso de Esme.
Lloro hasta decir basta. No estoy segura del tiempo que ha transcurrido desde que mis ojos se agrietaron, pero sé que es casi de día.
He llorado toda la noche.
Edward decidió que recostarnos en el césped, era una buena idea, aunque lo dudo. Me duelen los huesos y tengo tanto frío que no siento las piernas.
Cuando él se despierta no me habla, sus miradas constantes de preocupación me hacen sentir querida. Frota sus manos en las mías para darme calor, y luego de un salto, me levanta del suelo. Tampoco me habla. Me toma de la mano y nos disponemos a caminar.
Después de que veo la primera casa asomarse, Edward se aclara la garganta.
—Tienes que llamar a tus padres y decirles dónde estás.
Hay una hoja verde pegada en mi zapatilla.
—¿A cuáles padres te refieres?
Podría haberme reído de mi mal chiste.
—A tus padres. A los únicos que has tenido y que siempre tendrás.
Cuando me paso la mano por las mejillas, estas están pegajosas por las lágrimas.
—No quiero.
—Tienes que hacerlo.
—No q-
—No hagas lo que tu hermana hizo con ellos, independiente de que te hayan mentido.
Edward quiere hacerme sentir culpable para que corra junto a mis padres, pero eso no es lo que siento ahora.
—Llámalos tú, si quieres. Yo no lo haré. Y si hablas con ellos, diles que no regresaré a casa.
—¿Y a dónde vas a ir?
Encojo los hombros.
—A cualquier parte.
—No seas ridícula —se queja.
Llegamos a su casa, donde vemos a la señora Masen asomarse a la puerta.
—Edward ¿para qué tienes celular? —gruñe hacia él, apartándose rápido para mirarme— Chicos, ustedes se ven fatales.
—Gracias —decimos al unísono.
El calor de hogar me quita el frío. Podría echarme a llorar por el simple hecho de sentir una casa caliente.
Edward lleva a su madre hacia un rincón para hablar. Es tan obvio que quiere hablar sin que yo escuche que pongo los ojos en blanco.
Estiro mis manos hacia la estufa, fijándome en el color anaranjado del fuego.
Luego de que Edward termina de hablar con su madre, me dice que irá a hacer unas llamadas. No respondo nada de vuelta porque sé que se trata de mis padres y Elizabeth se va a la cocina para prepararme un café.
Hay una foto del señor Masen en una esquina de la chimenea de la que presto atención; tan serio e importante. Su expresión me produce algo de temor.
Pensándolo bien, creo que ahora entiendo por qué no le gusto al señor Masen.
Él sabe lo que Esme y mamá hicieron, sabe que por su culpa su mujer quedó sin trabajo. Probablemente me culpa a mí. Cree que yo soy igual de desagradecida que ellas.
Edward regresa.
No hay necesidad que diga nada. Se acerca y se sienta detrás de mí en la chimenea, envolviendo sus brazos por encima de mi pecho y descansando su barbilla en mi cabeza.
—No te muevas —le digo—Así como estás, tú conmigo, es todo lo que pido ahora.
Rosalie tiene que lidiar con señoras sordas y testarudas todos los días en la Floristería. Me sorprende la forma en que ella responde sin soltarle un grito. Las clientas no entienden que cuando no están las flores en vitrina, es porque… no hay flores.
Rose rueda un poco los ojos cuando la anciana pelirroja no está mirando.
—Entonces iré a otra tienda. —le dice la mujer a la otra mujer.
No puedo estar más de acuerdo.
Rose las despacha con una falsa sonrisa y cuando ambas se marchan, suelta un resoplido.
—Dios mío, por favor ¡no quiero llegar así a esa edad!
Me rio.
La primera risa del día.
La señora Masen ingresa a la tienda con una caja llena de peonias y el flequillo desordenado sobre su cara.
Me había convencido de venir a trabajar con ella, a pesar de negarme unas cuantas veces. Sabía que con ella y Rose, iba a animarme un poco. Era eso o ir con Edward y Emmett, pero eso significaría llenarme de patatas fritas con picante todo el santo día.
No es como si venir a la Floristería fuera la cosa más divertida del mundo, sobretodo porque el olor a flores comienza a escocer mi nariz.
Rose mira entre Elizabeth y a mí, tamborileando sus dedos en el mesón.
—Señora Masen ¿Qué tan dispuesta está en darme media hora de descanso?
La señora Masen se arregla el flequillo rebelde, mirándole.
—Lo suficiente para que todas nos relajemos.
Rose sonríe, susurrando un suave "bien".
Luego, me mira.
—Tienes unos ojos preciosos, Bella, y tu cabello necesita un poco de masaje. No me tardo.
Sale disparada de su lugar.
Elizabeth se echa a reír.
—Creo que estás en sus redes, lo siento.
Pese a mi insistencia en no querer, Rose termina haciendo una sesión de maquillaje con mi rostro. Tengo dolor de cuello por tanto rato que lo he inclinado para que ponga sombra y polvo en mi cara. No sé cómo demonios le hace, pero mis ojeras desaparecen.
Con mi cabello no me quejo. Dejo que masajee todo lo que necesite, eso me relaja. Cierro los ojos y permito que me peine a su antojo. Al cabo de unos minutos, parezco a punto de salir a una cita.
—Que bien has quedado —dice Rose con una sonrisa— Edward va a estar embobado.
—Bueno, sí lo estoy un poco —su voz, que no me espero, resuena en el lugar.
Edward está de pie con su gorra roja puesta en su cabeza.
La gorra que mantuve en casa durante un tiempo.
La gorra roja que nos unió desde un principio.
Esa gorra fue la causante de tantas casualidades.
—Oh, chicos, la tarde es tan larga ¿por qué no se animan a dar un paseo?
Edward suelta un suspiro, lanzándole una mirada a su madre, que hizo la propuesta.
—Se lo iba a proponer incluso sin tu ayuda, madre, gracias.
Elizabeth hace caso omiso al tono sarcástico de Edward.
No hace falta que diga nada, porque de todos modos todos me convencen de ir. Edward está esperándome en la puerta para que pueda acompañarle. No rechazo la oferta porque necesito un poco de paz y tranquilidad, aire, frío. Necesito un poco de la vida misma. Y con la compañía de Edward, no existe algo mejor que eso.
No hay bicis ni autos de por medio, solo nuestros pies pisando el mismo suelo, nuestras manos unidas sin que nos avergoncemos. Somos más novios incluso si no lo somos oficialmente. Me pregunto si lo somos en verdad. Me pregunto si a él le gustaría ser mi novio.
—Cuando termine la escuela, me gustaría visitar Francia.
—¿En serio? —indaga.
—Sip —hace un silencio— Estás invitado, por cierto.
Se echa a reír.
—Ya lo estaba presupuestando, de todos modos.
Sonreímos.
Doy un paso hacia adelante, dando un giro para quedar frente a él. Mis pies se inclinan hacia arriba por mi estatura y me enredo en sus hombros como si alguien quisiese llevarme. Sin temor a nada, familiar en sus brazos, respiro su fragancia irresistible pegada a su frente, las puntas de nuestras narices rozándose sin pudor.
—Te quiero, te quiero mucho, y lamento si sentiste que me enojé contigo. Realmente fui muy estúpida.
En un rápido movimiento inesperado, Edward me coge de la cintura y alza en el aire. Da unos pasos hacia un lado y me deposita sobre una roca de cemento a media calle. La roca es lo suficientemente alta para que nuestros rostros estén a una misma estatura. Por último, siento un escalofrío recorrerme el cuerpo cuando sus manos se posan entre la línea que separa mi cintura de mi trasero.
—No estoy molesto contigo, cariño. Ya vas a ver qué todo, muy pronto, se va a arreglar.
Quiero creer en sus sinceras palabras, aunque me parezca imposible.
—No creo que-
Me calla con un beso.
Y luego otro beso. Podría encontrarle un "pero" a todo lo que me dice para que él pueda interrumpirme de esa manera.
Con sus ojos como el fuego, astutos, alejo cualquier rastro de vergüenza que pueda generar nuestra posición en la calle, frente a los transeúntes; yo, sentada en la roca. Edward, en medio de mis piernas.
Exhalo el aliento todavía juntos, cerrando los ojos.
—Bella —dice mi nombre despacio— no hay nadie en casa.
Haciendo caso omiso a la anciana que acaba de pasar, mirándonos, alzo mi barbilla hacia él.
—Vamos.
A diferencia de la primera vez, la casa está vacía. El silencio reina como esa noche, pero ahora no hay nadie durmiendo. Debo reconocer que sentir que hay alguien en casa, hace que todo sea mucho más entretenido, sin embargo, también, no tener a su madre deambulando por ahí, provoca que mi vientre bajo esté a punto de explotar antes de tiempo.
Tengo las manos sudadas, dándonos prisa hasta su habitación.
Los besos comienzan a subir de tono a medida que desaparece una prenda.
No me cohíbe que me vea desnuda estando todavía de día. Llega un punto del placer, de las ganas de tenerlo contigo, que todo es absolutamente pequeño para ti; no existe vergüenza, no existen límites. Tu mente se nubla, tu corazón reemplaza el cerebro.
.
Se me olvidan los problemas.
No pienso con claridad.
Mi cuerpo está lleno de placer mientras me preparo para llegar al clímax.
Edward atrapa mi pezón en su boca, succionándolo hasta que siento una punzada de dolor.
Sentada sobre él la imagen es mucho más provocativa, lo que me invita a seguir.
Y sé que dije que sentir la presencia de alguien en casa, es mucho más entretenido, pero estando solos no reprimo nada.
No sabía que podíamos hacer tanto ruido.
Hago un nudo de sábanas con mi mano cuando empiezo a temblar, moviéndome más rápido, hasta que me quedo sin aire, quieta. Al cabo de unos segundos, Edward también llega.
No me quiero mover porque sigo demasiado débil, tratando de recuperar el aliento. Hago el vago intento de salirme de encima, soltando una risita por la poca energía que me ha quedado.
Eso, hasta que tocan el timbre.
—Oh, no —gruñe Edward, suspirando.
Todavía uno encima del otro, el timbre vuelve a sonar.
—¿Te imaginas alguien abre la puerta? —bromeo.
Edward dibuja círculos en mi espalda con sus dedos, riéndose también.
—Después de esto, difícilmente alguien se haya querido quedar acá.
De nuevo, la puerta.
—Anda abrir, Ed. Puede ser importante.
Edward suelta el aliento, tomándome de la cintura mientras se sale dentro de mí.
Se coloca rápidamente su bóxer, pantalón, y la camisa al revés, pero sin darle importancia.
Lo veo irse de la habitación, todavía recostada y desnuda encima de las arrugadas sábanas.
Me tomo un momento antes de ponerme de pie, recogiendo mis prendas de ropa y colocándomelas sin prisas. Logro ver un ápice de mi desordenado cabello en el espejo de Edward. Estoy entretenida mirándome cuando mis ojos se van hacia la ventana.
Todavía sin corpiño, miro por encima de la cortina blanca, fotografiando el momento justo en que mi corazón se detiene.
Yo sabía que iba a pasar esto, sin embargo, no estoy preparada para ver el auto de papá fuera de casa de Edward.
Y menos cuando estoy en estas fachas.
Me termino de vestir en mitad de la escalera, descalza, cuando escucho la voz de Esme en la puerta y a Edward intentando convencerla de que no es el momento apropiado.
—Ya sé que no es buen momento, pero te repito-
Ella se da cuenta que estoy en la escalera, y si antes había estado con rabia, ahora es mucho peor.
Es imposible que pueda mirarla sin que mi vista se vuelva una mancha. Son esas ganas o ansias de golpear algo, solo para descargar tu ira.
Esme me mira de pies a cabeza, luego el aspecto de Edward.
Aunque disimula muy bien lo que, tal vez, acaba de percatarse.
—Bella, tenemos que hablar.
Aaaah, cómo reaccionará Bella ¿aceptará hablar con Esme?
Ahora, en mal momento llegaron. Cuando por fin pueden estar solos, llegan a interrumpir jeje
Gracias por sus reviews, que leo siempre, por los alertas y favoritos, por seguir la historia desde un comienzo.
También agradecer a las que se preocuparon por mi estado de salud, decirles que no es nada grave, solo es la cigueña que vino a tocar mi puerta y estoy esperando la llegada de mi primer bebé, que es una niña. Por esa razón, si a veces me demoro mucho en actualizar, es porque todavía no me siento bien, aunque se supone que ya estoy entrando en la etapa en que las náuseas deberían pasar, veamos que pasa jajaj
Besos y hasta el próximo.
