Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 26
Llevo un tiempo observando su lápida, esperando una respuesta que nunca llegará.
Todavía de piernas cruzadas, descubro lo que parece ser, mi lugar de desahogo. Limpio la única lágrima que permito dejar escapar.
Pasos se aproximan y tomo la decisión de marcharme. Pero cuando doy una vuelta, veo a Carlisle acercarse a la lápida junto a Elizabeth. Él trae un ramo de rosas, y una caja de chocolates.
—Doc —saludo, pasándome la mano otra vez por la mejilla. Espero que él no piense que soy una maleducada por no levantarme y estrecharle mano.
—Te he echado de menos en la consulta —señala, antes de mirar a la lápida frente a él. Intento enfocar la vista para ver de quién se trata, pero no lo logro— Te esperé ayer.
—Tuve unos cuantos inconvenientes.
—¿Todo bien?
Encojo los hombros.
—No del todo.
Su aspecto es el de un hombre que acaba de llegar a su cita; su cabello perfectamente peinado, brillante, y su ropa impecable hasta lo imposible. Deposita las rosas sobre un jarrón con agua, y en una esquina, la caja de chocolates. Hay una cinta roja sobre la caja, donde le envuelve una carta. Carlisle deposita un beso en la yema de sus dedos, antes de posarlas sobre la cerámica.
Mi intrusión no pasa desapercibida, porque apenas él levanta las manos de allí, me mira.
—Soy tu psicólogo 24/7, lo sabes. Puedes confiar en mí. —pesco mi labio entre los dientes, decidiendo si es buena idea hablar de algo como esto en el cementerio. Carlisle señala la lápida junto a él— Disculpa que no les haya presentado, Bella, ella es Meredith. Meredith, ella es Bella.
Siento un poco de pudor que acabe de presentarme ante alguien que no está, como si tuviese que sacudir mi mano frente al aire.
Observo a Carlisle, que sonríe.
—Meredith es mi difunta esposa.
Oh.
—No sabía que…
—Ella fue una de las razones por las que regresé a Forks. Hoy se cumplen diez años de su muerte, pero créeme, se siente como si hubiese sido ayer. —vuelve a sonreír— por eso entiendo tu postura, Bella, sé lo que se siente no querer dejar ir a un ser querido.
—¿Nunca se volvió a casar?
—Lo hice, pero estamos separados. Meredith es mi primera esposa.
Me cuenta lo dramático que fue perder a su esposa de un momento a otro. Ella fue diagnosticada de cáncer de páncreas cuando era demasiado tarde. Dos semanas más tarde estaban velando sus restos en este lugar, a pesar de que vivían en otra ciudad, su esposa pertenecía a este pueblo.
Él no se ve dolido contándomelo, así que supongo que lo ha superado.
Después de un lapsus, me presta atención.
—Dejémonos de hablar sobre mí y cuéntame que ocurre. ¿O prefieres que vayamos a la consulta? Tal vez te sientas más cómoda…
—Me fui de mi casa.
Sorprendido, parpadea dos veces.
—Vaya ¿qué ocurrió?
No sé por qué siento vergüenza de que sepa la verdad, como si él fuera a juzgarme por todo lo que ha pasado, y si yo tuviese alguna culpa.
—Porque me han mentido.
Carlisle, notando mi voz dolida, se acomoda en el césped.
—Adelante, Bella —anima.
A pesar de que no quiero, Carlisle me infunde demasiada confianza.
—Es una historia muy larga —miro al suelo, suspirando a mi pesar— Soy adoptada. Conoces a Esme… ella, ella es mi madre.
Lo dije. Eso que no quería reconocer, por fin estaba saliendo de mi boca.
Carlisle se queda en silencio durante unos minutos.
—Eso… es algo muy delicado —reconoce, sin saber cómo continuar. Quita algunas matas de césped del suelo antes de encontrar las palabras— y tú estás muy enojada ¿verdad? Por eso te fuiste de tu casa. Bella, es normal que te sientas así, y alejarte, es tu manera de que sepan que no estás de acuerdo.
—¿No cree que es una manera de escaparme? ¿Cómo si así todo no fuera cierto?
Él niega.
—Hacer un espacio con las personas, no significa escapar de ellas. A veces necesitamos nuestro espacio.
—Tengo chance de irme de aquí… por un tiempo. Pero tengo miedo de sentir que estoy perdiendo más que ganando.
Esboza una sonrisa.
—Tú misma lo has dicho, por un tiempo. Es temporal. Si tienes miedo de que las cosas cambien, entonces prefieres que no te cuente sobre la vida.
—¿Por qué?
—Porque estando lejos ves todo más claramente. Como a los niños. Cuando convives con niños desde que son pequeños, no te das cuenta en qué momento crecen, pero si dejas de ver a ese niño durante unos años, te vas a dar cuenta que en verdad sí ha crecido un montón. ¿Entiendes a lo que me refiero?
Lo único que estoy pensando es que probablemente eso me pase con Jeremy.
—Sí —respondo despistada— Quedándome, no voy a ver cambios hasta que alguien venga y me los refriegue en la cara.
Se carcajea.
—A veces los riesgos son buenos, Bella.
—¿Y si no?
Encoje los hombros.
—No lo sabremos si no lo intentas.
.
Devuelta en Port Angeles, paso al trabajo de Edward. Lo pillo justo en su hora de colación, por lo que le acompaño con una hamburguesa doble pepinillo.
Tengo que indicarle varias veces que tiene mayonesa en la comisura de su boca, pero Edward encoje los hombros, continuando con su comida.
Nos contamos un poco sobre nuestro día; le cuento sobre mi visita al cementerio y mi encuentro con Carlisle.
—¿Seguirás visitándole? —pregunta.
Muevo el pie derecho, nerviosa.
—Supongo.
—¿Qué te pasa?
—¿Por qué?
—No has probado tu hamburguesa.
Y era cierto. Mi hamburguesa estaba intacta. La lechuga cae alrededor junto con la mayonesa. De pronto se me quita el apetito.
—Oh, es que… almorcé con las chicas.
Edward me mira con cara de pocos amigos.
—¿Segura?
Retuerzo mis dedos.
—¿Podemos hablar?
—¿No lo estamos haciendo ya?
—Tienes razón.
Mientras venía de camino hacia acá, la manera en que yo iba a contárselo a Edward, no era tan difícil como está siendo en realidad. No podría juzgarlo si se enojara, pero estoy deseando que lo comprenda.
—Entonces… —Edward junta sus manos— ¿Estás pensando en tomar la oferta?
—¿Qué oferta? —pregunto perdida.
—La de Jasper. Irte a Canadá. —me atraganto con la saliva. Edward abre sus ojos como plato al ver enrojecer mi rostro por la tos— Oh, cariño. Lo lamento, no debí…
—¿Cómo sabes lo de Jasper?
Hace una mueca.
—Tal vez lo escuché…
—¿Lo escuchaste?
Resopla.
—Los espié. —su tono en las mejillas se vuelve más rosado— pero bueno… ¿lo vas a tomar?
Podría enojarme al saber que me escuchó a escondidas, seguramente con su madre, pero estoy sumida en lo que quiero decir.
—Sí, es lo que estoy pensando —reconozco— Quiero probar si… si así puedo sanar algunas heridas.
Edward se queda en silencio.
—Lo que no quiere decir que vaya a quedarme para siempre. Ahora lo que menos quiero es estar con mi familia, se me hace imposible y no pretendo pasarme la vida esquivándoles. Quiero… madurar. Quiero perdonar, si es que eso es posible. Y necesito estar lejos.
Nada, no hay palabras por su parte.
Intento que eso no me desanime.
—No quiero perder lo que tengo contigo, Edward. Pero lo necesito, de verdad.
Después de un rato, levanta su cabeza, y no veo más que seriedad.
—Si eso es lo que quieres, Bella.
—No te pongas así.
—¿Así cómo?
—No te enfades conmigo.
Suspira, cierra sus ojos y luego toma mis manos encima de la mesa.
—No me gusta la idea de ti yéndote a Canadá y no verte, pero lo entiendo. Me he acostumbrado a ti durante estos meses, es normal que no quiera alejarme de ti.
—¿Me vas a apoyar?
Ruego por una respuesta afirmativa.
—Sí
No se le ve convencido. Y de regreso a casa, su cara no ha mostrado cambio alguno. No parece enfadado, solo un poco sorprendido. Triste.
Enredo sus dedos con los míos todavía en un extraño silencio. No se echa para atrás y tampoco me pide que lo suelte. No está rígido. Las acepta sin chistar. Muerdo mi labio porque no tengo idea de cómo animarle, así que pongo mi cabeza sobre su hombro, como si fuese un gatito que busca atención. Edward me mira de reojo, soltando una risita.
Después de poner cara de corderito, él se rinde.
—Bien, creo que, si vas a irte a Canadá, necesitas permiso de tus padres y un pasaporte. ¿No te parece?
Mira hacia abajo, abrazándome y mi sonrisa debería ser catalogada como la sonrisa más enorme del mundo.
Edward también sonríe.
Estoy enamorada.
Me estremezco cuando vuelve a decir que necesito el permiso de mis padres. A pesar de chistar, Edward insiste en que lo normal es que vaya personalmente. Eso me parece impensado, pero sé que debo hacerlo. El problema es que no quiero. Además, si voy a irme, necesito mis cosas. Todas. No puedo solo ir a casa una noche mientras todos duermen y pretender que no van a oírme caminar por los pasillos que, por algún motivo, suenan demasiado de noche.
Así que termino aceptándolo.
Edward va a acompañarme en todo momento, es lo que él dijo.
No ayudó qué a la mañana siguiente, cuando llamo a Jasper para decirle lo que he decidido, él diga que todos en casa están al tanto de las nuevas noticias.
Edward me mira como si yo tuviera diez años, recordándome que de todas formas vamos a ir.
Refunfuño.
Pienso por unos días la forma en que hablaría con ellos. Tener a papá todos los días cerca en la escuela hace que mis ansias acrecienten.
De manera que, una mañana, decido que es hora de enfrentarlos.
Le agradezco a Edward que quiera acompañarme, sin embargo, necesito hacerlo sola.
Llamo a mamá ese mismo miércoles al medio día. Ella parece tan sorprendida de escuchar mi voz, más aún porque el número es desconocido. Yo no iba a decirle que estaba llamándole desde el celular de Elizabeth Masen. No necesito más motivos para incomodarnos.
Su voz ansiosa me asegura que estarán a la hora punta en la cafetería. Preferí elegir una cafetería en Forks que en Port Angeles.
Me pongo un poco de perfume y arreglo la melena antes de salir.
Edward está en la puerta, sus brazos de oso abiertos para esperarme.
—Recuerda esto, Bells; mientras tengas confianza en ti misma, nada puede salir mal. —él nota que quiero romper a llorar, por lo que me separa y sacude mis hombros— ¿Lista? No me respondas.
Nos reímos.
—¿Irás por mí? Dentro de dos horas.
Mis ojos se cristalizan, mi nariz se vuelve roja y Edward le da un suave pellizco para animarme.
—Iré, mi amor. No te preocupes.
Nos besamos con demasiado ímpetu y tengo que apartarme antes de que se haga más tarde.
.
Mi madre se ha puesto su blusa favorita y los aretes de oro que papá le regaló en su último aniversario.
No se vestía tan guapa desde antes que Elizabeth se marchara para siempre.
—Te ves bien, hija. Me alegra saber de ti. —dice ella, para comenzar. Papá mueve su bigote, acomodándose en la silla y levantando la mano para llamar al mesero— cuando te oí por teléfono, pensé que estaba alucinando. Tantos días sin escucharte, me estaban pasando la cuenta.
Silencio.
—E incluso le estaba diciendo a tu padre que parecía como si te acabaras de casar.
Se echa a reír.
Papá le codea.
—Reneé —advierte.
Ella suspira.
—Está bien. Tu cara lo dice todo, cariño, estás tan enojada. Merezco cada uno de tus gritos.
El mesero se acerca y los tres pedidos café cortado.
—No quiero gritarles, mamá. No quiero pelear. Solo quiero que me escuchen. No quiero explicaciones.
—Está bien, te escuchamos —papá se acomoda.
Suelto todo lo que me he reprimido en los últimos días.
Les hablo de la decepción que sentí el saber que me habían mentido.
De lo mucho que me hubiese gustado estar al tanto de la situación desde un comienzo, que merecía saberlo más que cualquier otro.
Que tienen razón, que siempre serán mis padres.
Pero que estoy enfadada, y me resulta imposible mantener el contacto con tanta regularidad. Que, aunque lo intente, incluso hablando en este momento, no puedo quitarme de la cabeza el daño que causaron. Tampoco la idea es recriminarles en la primera oportunidad.
Ellos me encuentran la razón. Y a pesar de que no quieren verme marchar, conocen lo suficiente a los padres de Jasper para saber qué con ellos, no me faltara nada.
—Te llamaremos cada vez que podamos. No quiero que te vayas y no regreses jamás. Eso ya lo vivimos una vez, Bella. No queremos perder a nuestra última niña. —a mamá se le rompe la voz— porque lo eres, lo has sido siempre. Nunca te quise menos que tu hermana. Asumo el error, pero no voy asumir nunca que no soy tu madre, porque lo soy.
.
Edward está esperándome en una esquina del único mercado en Forks, apoyado en el ventanal y masticando un trozo de chocolate.
Al verme, rápidamente se endereza.
—Hola, preciosa. —me acerco y lo atrapo con mis brazos— ¿todo bien?
—Todo bien.
—No sé si estás triste o contenta. ¿Quieres que hablemos?
Me aprieto más contra él, como si fuéramos a ser uno solo.
—Estoy tranquila. En el camino te cuento.
.
Sabía que Edward quería hacerme la pregunta incluso cuando no empezaba a contarle como fue todo. De regreso a casa y luego de haber estacionado el auto, se atrevió a decirlo:
—¿Y Esme? ¿Qué opina de esto?
No había querido indagar mucho en ello, sobre todo porque ni papá ni mamá le mencionaron. Supongo que esperaban no discutir conmigo. De todos modos, Esme no era una razón justificada para mantenerme en Forks a la fuerza.
Pregunté por Jeremy, por supuesto. Sin embargo, no pregunté con quién lo dejaron. Eso era obvio.
Aprovechamos el tiempo a solas en su casa dentro de su habitación. Edward abre la ventana y nos quedamos encima de su cama hasta que el ventilador nos ahoga. Creo que amo la pared inclinada de Edward porque puedo apoyar los pies y contar cuantas tablas de madera hay en ella.
Es la única cosa que me hace dejar de pensar.
Edward peina mi cabello con su mano.
—Vas a conocer a un canadiense y te olvidarás de mí.
Todavía con los pies arriba, me quedo mirando a Edward desde mi posición.
—Como si eso fuese posible, niño tonto.
—¿Por qué no?
Jadeo.
—A ver, espera… ¿piensas que voy a fijarme inmediatamente en alguien? ¿por eso no quieres que me vaya?
—Solo digo que…
—Oh, por amor de Dios. Deja de decir tantas burradas. —por un momento pienso que no lo dice en serio, hasta que no veo ninguna sonrisa— Edward, no puedo creer que después de todo lo que has visto en mi familia pienses que la primera cosa que quiero hacer al llegar a Ottawa es conocer a un chico.
Sigue peinándome el cabello, lo que me relaja.
—Ya lo sé, fue un pensamiento del momento.
—Hmm…
—Es en serio. Me sigue disgustando la idea de no ver a mi novia durante un año.
Bajo los pies del techo, echando la cabeza hacia atrás y mirándole.
—¿Así que soy tu novia? ¿Acaso Edward Masen tiene una novia por fin?
Me regala una media sonrisa.
—No te burles.
—No me burlo. Me encanta ser tu novia.
—¿Por qué pensaste que no lo eras?
—¿Tal vez porque nunca me lo pediste?
—¿Era necesario?
—Ed, ese es el típico pensamiento de alguien mata pasiones.
—Lo siento, seré romántico la próxima vez.
—No lo dudo, cariño.
.
Los padres de Jasper me llamaron una semana más tarde al enterarse de mi decisión.
La señora Whitlock se escuchaba igual que mi madre cuando le daban una buena noticia. Ahora entiendo por qué son tan buenas amigas. Esa manera de dar brinquitos mientras sostienen el teléfono, como si uno tuviera que soportar los gritos al oído. Lo dejé pasar.
Mientras el tiempo pasa, tengo esta ansiedad de que llegase el día, pero también estaba triste. Disfrutaba cada momento con Edward, cada detalle lo guardaba muy dentro de mi corazón, cosas que extrañaría cuando estuviera lejos.
Aunque él me hizo prometer que el contacto sería diario. Eso nos dejaba un poco más tranquilos. Existía whatsapp, Facebook, Skype. Tantas maneras para comunicarnos.
Y también, estaba el hecho de que extrañaba muchísimo a Jeremy. Necesitaba verlo antes de marcharme.
No quería que fuese un día antes.
Así que, quitando mi orgullo, llamé a mamá una tarde para que pudiésemos ponernos de acuerdo y visitarles. Ella estaba encantada. Feliz. Daba brinquitos más que la señora Whitlock.
Papá se encargó de ayudarme a sacar pasaporte y todo lo relacionado al permiso, por ser menor de edad.
La señora Masen me daba tips de cómo tratar a los canadienses. Ella pasaba allí las vacaciones donde sus abuelos en la niñez. A veces tengo que aclararme la garganta porque pareciera que se queda recordando demasiado, suspirando y sus ojos se llenan de lágrimas.
El idioma era otro motivo por el que me ponía de los nervios, yo no tenía idea de nada de sus modismos. La escuela era algo que estaba posponiendo, incluso si ya sabía a cuál iría.
Alice dice que voy a acostumbrarme rápido. Bree piensa que debo entrar a una escuela de extranjeros. Ni siquiera sé si hay alguna allí.
Papá levanta un sobre blanco frente a mi cara, sacudiéndola y sonriendo con tristeza.
—Aquí está.
Tomo el sobre con manos ansiosas. Inhalo una profunda inspiración y lo leo.
Es el boleto de avión.
Me veo decidida a sentir este boleto como… no una salida fácil a los problemas, sino como una alternativa de aceptación.
No quiero pensar que estoy escapando. No es esa mi sensación.
Quiero ampliar horizontes; conocer gente, salir, terminar la escuela.
Necesito extrañar. Necesito sentir que debo regresar.
Pongo el sobre en mi pecho, mirando a papá, que todavía noto un poco de distancia entre nosotros.
Tengo 35 días.
35 días antes de que me marche.
¡Hola!
Les traje un capi más tranquilo, bastante ligero a diferencia de otros, pero vemos que ya la decisión está tomada (con boletos de avión y todo) Bella tiene 35 días para pensarlo definitvamente. ¿Cuál creen que será su decisión final?
¿Se va, se queda?
Gracias a los que continúan siguiendo la historia.
Besoss
