Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 27

El término del semestre llegó tan pronto que todos nos vimos apresurados en los exámenes finales.

No solo estaba preparando mis maletas para viajar en dos semanas, sino que también estaba tratando de meter en mi cabeza cálculos varios, fechas prehistóricas y resúmenes interminables de lengua.

Francés estaba siendo un dolor en el culo para mí y para Alice.

Hicimos un esfuerzo tan grande como nuestro orgullo en entenderle cada palabra a Bree, y así tuviésemos diez en el examen.

Suelto un suspiro de resignación, escondiendo la cara en el libro.

—Estoy exhausta —suelto.

—¿Podemos coger unas cervezas de tu tienda, Bree? Necesito pasar mis penas con algo crudo en mi garganta. —Alice pidió dramáticamente.

Tomamos una, dos… hasta tres cervezas. Los padres de Bree se encontraban fuera del pueblo, por lo que no se darían cuenta de nada. Al menos por ahora.

El ardor quema mi lengua. Me encuentro apoyando la espalda en el respaldo de una silla plegable, mis pies cruzados encima de un taburete. Alice está riéndose a carcajada limpia de algo que no comprendo. Bree tiene las mejillas rosadas, brillantes. Sus ojos oscuros y saltones, me avisan que también, como yo, ha perdido los estribos.

Un nudo comienza a apretar mi pecho. Un nudo de tantos sentimientos que se ven envueltos en unas ganas de llorar terribles. Mis ojos se anegan en lágrimas. Me cuesta aceptar que voy a extrañar tanto a estas dos inútiles.

Dejo escapar unas cuantas lágrimas que las chicas no dejan pasar.

—Bella, las que deberíamos estar llorando somos Bree y yo. Nosotras vamos a quedarnos en este triste y tan aburrido pueblucho mientras tú saltas a los brazos de esa hermosa ciudad.

Bree acaba de soltar un sollozo.

—Y vas a conocer tantos lugares, tantos chicos guapos…

Pero Alice le interrumpe.

—Detente, que en ese aspecto hemos perdido a nuestra Bella. Edward robó las pocas posibilidades de que se lance a la conquista. —ambas se ríen— Bells, tienes que aprovechar tu soltería.

Bree y yo nos miramos, pícaras.

—Lo dice la que está embobada con las atenciones de Jasper. —bromeo.

La campanita de la puerta hace su sonido presencial.

Y hablando del rey de roma…

—Reyes… —corrige Bree, y hasta ese momento no me percato que lo he dicho en voz alta.

Sé que mis mejillas se han coloreado lo bastante para que Edward me note un poco atontada.

Jasper entra detrás de él, riéndose por el espectáculo.

A pesar de que Jasper y Edward nunca han sido buenos amigos, desde que me marché de casa, ambos se han estado viendo más seguido por mí. Jasper iba de vez en cuando a casa de la señora Masen para ver cómo estaba, o cuando Edward pasaba por mí a la escuela.

Eso hasta que tomé la decisión definitiva de irme de casa de los Masen.

No fue una decisión premeditada. Y aunque intentaron persuadirme, la situación estaba forzándome.

Sabía que el señor Masen tarde o temprano iba a molestarse más que "un poco" con mi presencia, y lo noté por cada discusión que escuchaba de él y Elizabeth dentro de su habitación. Lo que menos pretendía era formar un quiebre matrimonial, aún si su matrimonio ya estaba roto, como bien Edward me dijo para evitar que me marchase.

Sin embargo, me fui de todos modos, a más ni menos que la casa de Rose y Emmett.

La vida con los McCarthy era un constante vaivén todos los días. Sé que son bastante liberales y a la vez, sobreprotectores, pero nunca imaginé que tanto. A Rose le encanta tratarme como si fuese una hija.

No me canso de agradecer su hospitalidad.

A papá no le gustó la idea de que yo me fuese a vivir con ellos porque decía que eran bastante locos. Apenas notó los tatuajes en sus brazos, dio como conclusión que iba a perderme en el camino.

Le dije que solo serían unas semanas, eso lo dejo más tranquilo.

—Oye, Edward, llegamos justo al festín —Jasper le codea.

Pero Edward pasa de las cervezas por hoy. Se sienta con nosotros en el suelo en medio del local de comestibles de Bree, y apoyo mi espalda en su pecho, bebiendo lo poco que queda de mi lata de cerveza.

Después de un tiempo, el estudio ha pasado a tercer plano, lo que nos deja a todos riéndonos sin motivo alguno.

No podía dejar pasar el momento. Era mi última borrachera antes de irme.

Parece que han pasado cinco minutos desde que me apoyé en Edward, cuando en realidad han sido cuarenta minutos. Me rodea con un brazo y posa sus labios en mi oreja.

—Nena, deberíamos irnos.

Estoy algo mareada, pero sigo consciente.

—Oh, está bien —respondo apenada.

.


Logré ver a Jeremy un par de veces en las últimas semanas. Estaba tan grande y atrevido que me entraron unas ganas de llevármelo conmigo a Ottawa. Su rostro cada vez luce más como el de Elizabeth, aunque sus ojos definitivamente son los de Newton.

La señora Newton y Mike se marcharon de Forks en medio de las habladurías de la gente. Sabían que perdían por completo el juicio, y que Newton no tenía por donde tomar una defensa desde que asumió toda culpa. Ninguno se atrevió a acercarse a nosotros para decir nada más.

Aquel día en el juicio, me senté en un extremo con la señora Masen y Edward, porque no quería enfrentarme a Esme por ningún motivo. Ella me miraba de vez en cuando, como si estuviese enojada de que le ignorara.

Carlisle dice que Esme está pasando por una verdadera crisis. Se siente sola y abandonada. Mamá nunca me habla de ella porque sabe que no gana nada comentándomelo.

Ahora, me pasaba los días enteros junto a Edward. A veces le acompañaba en el trabajo. Los fines de semanas íbamos de pesca, al fútbol y todos los pasatiempos que no alcanzamos a hacer que él hacía con su abuelo. Lo sentía un poco triste y distante a veces, pero supongo que es parte de lo normal.

Me consentía, me repetía que nos mantendríamos en contacto.

Llegó un momento en que mis dudas comenzaron a hacer hincapié a mi decisión. A veces lo único que quería hacer era regresar a casa, o llorar, o patalear. Como si me estuviesen obligando a irme.

Hay muchas razones por las que quedarme, pero también hay muchas por las que irme.

Estaba confundida. Tenía el boleto de avión, maletas, sueños, esperanzas.

Necesitaba crecer, desesperadamente.

.


Corrí hacia fuera de la escuela, tan ansiosa como me era posible.

Edward ya estaba allí, esperándome. Se quedó un momento mirándome mientras me acercaba, sus brazos alzándose.

—¿Y…?

Espera curioso mi respuesta y mi sonrisa es imposible de ocultar.

—¡Aprobé!

Di saltitos y Edward se echó a reír. Me abrazó y dimos vueltas al aire por un momento. Estaba tan feliz de haber aprobado que no me importó que los demás pudiesen ver mis muslos al descubierto.

Condujo hasta la parte trasera de un local de comida rápida. En aquel lugar difícilmente alguien podría vernos. El sol estaba tan alto y fuerte que tuve que quitarme la chaqueta.

Con disimulo, tiré hacia arriba mi falda solo para que mi muslo se viera con más claridad. Crucé una pierna con la otra, deseando que Edward se diera cuenta. A pesar de que estaba atento a su celular, vi como miraba por el rabillo de su ojo, y una risita burlona se dejó escapar de sus labios.

—No te traje aquí a eso, Bella, pero si nos queda tiempo tal vez podría pensarlo…

Hago una pequeña mueca.

—¿Y entonces por qué me traes aquí?

Deja de hacer lo que sea que esté haciendo en su celular.

—Bueno, más bien te quiero hacer una pregunta —me indica apesadumbrado— una pregunta un poco tonta. Bastante diría… o más que bastante.

Mantengo la pierna cruzada con la otra, con intención de que él vea mi pierna. Aunque luego de su tono de voz, pierdo por completo el hilo de mis pensamientos.

—¿Qué pasa?

—Bella ¿tú vas a volver?

Su pregunta me pesca desprevenida. Es todo lo que no esperé que me preguntara.

—¿Qué?

—Eso. Quiero saber si vas a volver.

—¿Qué clase de pregunta se supone que es esa?

—La clase de pregunta que cualquiera le haría a alguien que se va del país.

Parpadeo.

—Edward, yo sí voy a volver.

—¿Estás segura?

—Por supuesto. ¿Por qué lo dudas?

Encoje los hombros. A simple vista, parece un niño de cinco años.

—Porque tienes tantos problemas. Ni siquiera miras a Esme, ella tampoco a ti. Si bien… te llevas bien con tus padres, no veo que tengas un motivo para regresar.

Me quedo sin habla, estupefacta. Había ciertas verdades en sus dichos, pero no del todo.

—Tú lo eres —le digo sincera— mi motivo para volver.

—Bella, lo de nosotros…

—¿Lo de nosotros, qué? ¿No es lo suficientemente maduro para que siga? ¿No mereces ser mi motivo para volver?

—No lo sé —sacude su cabeza.

Mis ojos se llenan de lágrimas.

—Estás rompiendo conmigo —no era una pregunta.

Los ojos de Edward se agrandan.

—¿Qué? ¡No! No es eso. Bella, ese es el punto. No quiero romper contigo.

Me paso las manos por la cara, tratando de entender a dónde quiere llegar.

—Pensé que habíamos hablado el tema de los chicos. —se apoya en el asiento sin mirarme— Edward, mírame.

No lo hace.

—Mírame… ¿por favor?

Cuando él me mira, me quedo de piedra.

He visto llorar a Edward otras veces, mas no por este motivo.

Se me forma un nudo apretado en la garganta. Tomando impulso, me quito el cinturón y me abalanzo en su regazo. Él no me mira, se queda limpiándose la cara y me apoyo en él para que me vuelva a mirar.

—Bella, me da miedo sentirme tan solo como antes cuando no estés aquí.

Así que era eso. Diablos.

Edward tenía miedo de deprimirse por su abuelo de nuevo en mi ausencia.

—Oh, cariño, cariño. —repito con dulzura, ahuecando mis manos en su rostro— No te vas a sentir solo. Han cambiado tantas cosas. Tu relación con tu madre, ¿a que sí ha cambiado? Lo ha hecho. Edward, esto es temporal, te lo prometo. Te amo ¿me escuchas? Te amo tanto.

Lo beso en la boca en ese pequeño espacio del auto. Responde al beso con sus manos presionándose en mi trasero. Las uñas hundiéndose en mi falda, tan fuerte, y suelto un jadeo.

Tira mi labio hacia abajo y gimoteo hasta que vuelve a besarme.

Después que nos separamos, Edward sacude su cabeza, lo que hace que nuestras narices se rocen.

—Soy un marica.

Me echo a reír con lágrimas en los ojos.

—No —le respondo en un susurro, mirando más allá de sus ojos—, eres mi amor.

Me besa devuelta hasta aprisionarme en un deseo interior difícil de aminorar. Puedo sentir a su corazón latir como el sonido más fresco y sano que podría escuchar jamás. Sonrío todo el tiempo que lo tengo entre mis brazos, memorizando su fragancia, su respiración.

Memorizando a Edward.

Podría quedarme así por mucho tiempo y no me importaría.

Pero, por supuesto, eso no puede ser.

De pronto la ráfaga de un viento nos hace separarnos de inmediato. No es tanto el viento lo que nos consume, sino el grito histérico de una mujer que intenta sacarme de un tirón. Adolorida, me quito de encima hasta que logra soltarme.

Esme tiene los ojos rojos y enojados.

—¡¿Qué estás haciendo?! —me grita.

Me sobo el brazo, al tiempo que Edward sale del auto.

—¿Qué estás haciendo tú, querrás decir? ¡Loca!

Doy dos pasos hacia adelante; Edward me detiene.

—Bella, no hagas nada. Esme, no veo cuál es el problema, no estábamos haciendo nada malo.

—¿Nada malo? ¡Se estaban revolcando por todos los cielos! ¡En un pueblo tan pequeño! Al menos… al menos búsquense una habitación.

Me enfurezco. ¿Qué se cree?

—Tú no eres quién para venir a decir lo que tengo que hacer. No eres nadie, ni siquiera para sacarme tan bruscamente de este auto. Sal de mi camino.

—Solo estoy tratando de evitar que cometas un error. Eres una niña aún para mantener este tipo de relaciones. Todavía eres una niña incluso para mandarte sola e irte al extranjero.

—¿Lo dices por experiencia propia? ¿Temes que me quede embarazada por error, como te pasó a ti? Tal vez tengas miedo de que sea una borracha como tú también.

Bella —reprende Edward.

Sé que está mal recriminarle todo eso, pero ella empezó.

—¿No te das cuenta que estás haciendo todo mal? Estoy haciendo lo que… cualquier persona haría si pilla a su hija revolcándose en un auto con su novio, cuando ni siquiera tiene 18 años.

Suelto una carcajada.

—No me digas que acabas de llamarme hija, por favor. Omíteme las pesadillas.

Esme se lleva las manos a la cara.

—Bella, abre los ojos. ¡Entiende!

—¿Entender qué?

Sacude su cabeza, desesperada.

—Vas a terminar cometiendo mis errores. Vas a terminar… cometiendo los mismos errores de tu hermana.

Edward frunce el ceño, situándose delante de mí.

—Espera un segundo… ¿estás borracha? —le pregunta.

Hasta ese momento no me había percatado de la lengua trabada de Esme, mucho menos de la botella escondida en su bolso.

—N-no… estoy bien. Estoy… estoy muy bien. Yo solo… yo solo no quiero que te vayas. —mira a Edward con verdadero odio— Tú… la estás llevando por el mal camino. Los hombres como tú son todos iguales. Los hombres como Eleazar no cambian. Los hombres como Michael Newton jamás se arrepienten. —mira hacia atrás, a mí— Te voy a decir cómo va a terminar esto: Primero vas a quedar embarazada y entonces Edward será demasiado cobarde como para quedarse. Después, volverá y te prometerá que cambiará. Y luego ¿sabes lo que va a pasar? Te matará. Te matará del mismo modo en que Newton mató a Lizzy. Te matará a base de mentiras, de ilusiones, te matará y dejará tu alma al vacío ¿Es eso lo que esperas en un futuro? No debes… no debes confiar en los hombres.

—Súbete al auto, Bella. —me exige Edward.

Esme le golpea el pecho.

—¡No! ¡No le digas lo que tiene que hacer, maldito troglodita! —empieza a llorar y estoy asustándome en verdad— ¡Malditos todos los hombres de este planeta!

Después de subirme al auto, Edward me sigue. Veo a Esme caer de rodillas al suelo mientras nos alejamos.

Mi corazón no deja de latir fuerte.

—Llama a tu madre —dice, sacándome de mi ensoñación— dile que venga a por ella.

Todavía sigo impactada.

—Sí, eso es justo lo que haré.

.


Mi madre llamó esa misma noche para decir que Esme estaba durmiendo en su cuarto. Poco recordaba de lo que había hecho, pero que de todos modos se sentía fatal.

Me dejó más tranquila.

Edward se quedó conmigo en casa de Rose y Emmett hasta que me tranquilicé. Estaba angustiada por todas las cosas que Esme dijo. Sin embargo, lo que más llamó mi atención es lo mal que se vio. Esme no está bien, y necesita ayuda con urgencia.

No volvimos a hablar del tema después.

En los últimos días lo único que tuve en la cabeza fue mi viaje.

Alice, Bree y yo hicimos nuestra última pijamada en casa de Alice. Jasper me llevó a pelusa al parque una tarde. Mamá me invitó a almorzar lasaña junto a Jeremy.

Estaba teniendo una buena despedida.

Esa última noche, Rose y Emmett nos ofrecieron la casa mientras ellos salían a cenar. Por lo general no llegaban hasta después de las cuatro de la madrugada.

Todo estaba en silencio…

Cenamos en mi cama y vimos televisión. Enredamos nuestras piernas, abrazados durante unas horas.

Estuve en un silencio cómodo hasta que lo vi removerse.

—Oye, Edward.

—Dime.

—Ya que estamos en eso de las dudas… —me enderezo, viéndole a los ojos— ¿cómo sé que no vas a ser tú quién me cambie?

Se queda mirándome serio, hasta que suelta una carcajada.

—Imposible.

—¿Por qué imposible? ¿Acaso no existe la posibilidad de que me olvides?

Mira mis labios y deja un suave beso en ellas.

—Por ningún motivo podría olvidar a esta Bella optimista, que me ayudó a ver la vida de una manera distinta. Es bastante difícil olvidarse de ti, porque, eres un poco ruidosa.

Le lanzo una almohada.

—Yo no ronco.

—Nunca dije que roncaras.

Eleva sus cejas y yo elevo las mías, entonces nos largamos a reír.

Con bastante agilidad, Edward se lanza encima de mí y empieza a besarme. Nuestras ropas caen a los lados de la cama estorbándonos y me aferro a las tablas del respaldo con fuerza mientras me tortura con sus caricias.

Hacemos el amor en cada oportunidad que se nos presenta esa noche. No hay manera en que podamos parar sabiendo que no nos vamos a ver por un largo periodo.

En algún momento caemos rendidos uno encima del otro. Me acurruco como un bebé en su pecho, y nos quedamos dormidos.

.


Echo un último vistazo a mis maletas, enumerándolas para ver si no se me queda ninguna.

Edward y Emmett empujan algunas al maletero, mientras noto a papá asomarse en el auto detrás de nosotros.

Con el corazón apretujado, veo a Esme bajarse también.

Cuando mamá saca a Jeremy de su silla, corro para cogerlo en brazos.

—Oh, creo que voy a llevármelo también —bromeo mientras me lo como a besos.

Esme me dirige una tímida mirada, que no respondo.

Me voy en el auto de Emmett, junto a Rose, Edward y Jeremy.

Aprovecho al máximo el tiempo con este bebé sabiendo que lo encontraré enorme cuando regrese. Emite gorjeos y saluda con la mano a Edward todo el camino.

Rose mira hacia atrás.

—Oh, pequeño Jeremy. Dile a tu tía Bella cuánto la extrañarás.

Jeremy echa la cabeza hacia atrás, sonriéndome con sus paletas delanteras ya crecidas.

En el aeropuerto, intento que las ganas de llorar pasen inadvertidas. Sé que toda esta gente que está aquí, es la que debe estar. Incluso si Bree y Alice no pudieron venir, de igual manera las siento conmigo.

Jasper pone una maleta junto a las mías, y lo miro.

—Voy contigo —me dice.

—¿En serio?

Asiente sin darle muchas vueltas.

—Son vacaciones y mis padres decidieron darme una sorpresa con el boleto.

Reconozco que saber que Jasper viene conmigo, me deja más tranquila. No es como si me gustase viajar tantas horas en avión sola. Así que, por una parte, estoy más ansiosa.

Las despedidas nunca han sido mi fuerte. Y cuando comienzan a despedirse de mí, me bloqueo. No lloro. No puedo llorar. Les devuelvo el abrazo y prometo que volveré pronto. Mamá llora tanto en mi hombro que me deja la blusa empapada. Papá intenta calmarla luego de que se despide de mí.

Ellos mencionan lo mucho que lo sienten por todo, lo cual empieza a incomodarme que se disculpen tanto.

Esme ya está llorando cuando le toca su turno. Ni siquiera se atreve a tocarme.

—Lo siento… tanto. No sé qué otra cosa decir. —no nos abrazamos— Nunca olvides que te quiero.

Asiento, no digo nada más.

Y luego es el turno de Edward.

No se ve triste, tampoco feliz. Creo que este es el momento justo en que mi corazón se rompe, y también la barrera de hielo que impide mi llanto.

—Ven aquí —me atrae hacia él.

Nos abrazamos hasta que nos avisan de nuestro vuelo en el alto parlante. Estrujo su camisa y me estremezco, deseando que pudiese tomar el lugar de Jasper.

Me separa lo suficiente para tomar mi cara y depositar un beso en mi frente.

—Te amo —musita, alargando en lo posible las dos palabras— y nos volveremos a encontrar.

Luego nos besamos. No importa cuánta gente esté mirándonos en ese acto tan íntimo. No me importa nada más que nosotros.

—También te amo —repito con convicción.

Acaricio su rostro con la yema de mis dedos, antes de que sea hora de irnos.

Me limpio el rostro y Jasper pone un brazo alrededor de mi cuello.

—¿Lista para un viaje de aventuras?

Espero que los padres de Jasper se hayan tomado la molestia de preguntarle a papá que asiento compré para que estemos cerca.

Tomo una bocanada grande de aire.

—Lista y dispuesta.

—Esa es mi chica.

Nos alejamos de allí a pasos lentos y antes de que las puertas se cierren, lo último que veo es la mirada de Edward clavada en mí, despidiéndome con la mano.


Se fue :(