Capítulo final!


Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 28

1 año y medio más tarde…

Edward POV

Los copos de nieve me recuerdan muchísimo mi infancia.

Mi madre echaba chispas cada vez que mi abuelo y yo salíamos a hacer figuras en el patio trasero. A ella no le gustaba porque yo terminaba resfriándome.

Nos entregaba unas cuantas zanahorias pequeñas y yo corría a toda velocidad por la puerta trasera, gritando eufórico: ¡Tengo sus narices!

Eran buenos tiempos. Tan buenos que son imposibles de borrar.

Hace un par de años, recordar aquello era indicio de un mal día. La nieve me ponía de un maldito mal humor. Ahora es diferente. Haberme pasado meses haciéndole creer a mi mente ser el responsable directo en su muerte, no solo provocó un cambio extremo en mi comportamiento, sino que también una separación emocional con mi madre.

Descubrí de una manera muy cruel lo horrible de ese sentimiento llamado culpa. No había manera en el mundo de que alguien pudiese convencerme de lo contrario.

Ese alguien, obviamente, no se llamaba Bella Swan.

Cuando Bella Swan llegó a mi vida, lo hizo demostrándome la fuerza del optimismo. Esa forma impensable de verle el lado bueno a algo tan malo como la muerte. Buscar esa pequeña esperanza, la luz parpadeante en la carretera. El rebrote de una planta a la que debemos cuidar tanto como a nosotros mismos.

Nunca supe realmente como le hizo, o si era alguna cosa del carácter.

Aún en sus malos momentos, nunca la vi aflojarse. Por supuesto, muchas veces perdió la fuerza para continuar, pero de ningún modo permitió que eso le arrebatase las ganas de vivir. Así que se limpiaba las lágrimas, y seguía. En ese momento comprendí que, si ella podía, yo también.

Empieza a nevar más fuerte y retiro la mirada de la ventana. Melancólico, saco la libreta y un boli de la cómoda.

Anoto algo al final del papel con una sonrisa burlona. Luego, como la mayoría de las veces, comienzo a leer todas las razones que tengo para extrañar a Bella Swan.

Nadie sabe este pequeño y freak secreto.

Razones por las que extraño a Bella con doble ele.

1.- Su sonrisa.

2.- Sus besos

3.- El marrón de sus ojos.

4.- La suavidad de su piel.

5.- Su voz.

A continuación, leo las siguientes, que, pensándolo bien, voy a tener que tacharlas si quiero que ella los lea alguna vez.

6.- Sus ronquidos, a pesar de que le dije que no roncaba.

7.- Su baba en la almohada por las mañanas.

8.- La línea en su entrecejo.

9.- Su voz de niña de tres años cuando se enfada.

10.- Su culito apretable.

Me rio de solo imaginar la reacción de Bella al leerlos.

¿Para qué voy a mentir? Extraño su culito. Me gusta porque es redondo, pequeño y respingón. A veces recordarla es demasiada tortura. Siempre me voy por las ramas…

Y eso que ha pasado año y medio.

Desde el momento en que nos despedimos aquel día en el aeropuerto, supe que ese año, iba a ser eterno. En el sentido de que se extendería. No fue una sorpresa cuando me lo dijo. No se sentía preparada para volver porque un año no era suficiente, y en cierto modo le encuentro razón. Para los motivos que tuvo para marchar, era necesario que tuviese más tiempo para ella misma. Así que lo entendí. Y ella estaba feliz de que lo hiciera.

Los que no lo entendieron tan bien fueron sus padres. Estaban seguros de que Bella estaba haciendo todo eso para no volver jamás. Se arrepentían de haberle permitido marcharse en primer lugar. Hablaban desde el dolor y la impotencia de saberse lejos. Me encargué de hacerles ver que ella no estaba haciendo eso a propósito para castigarlos, como bien señaló Esme en una ocasión que fui a visitarlos.

El impacto de la noticia duró unas semanas. Al cabo de un tiempo ya lo habían superado.

Le enviaban cartas y postales cada mes para que supiese que se encontraban bien. En ellos, también le adjuntaban fotos de Jeremy, los cuales Bella guardaba en su libreta de apuntes, revisándolas varias veces al día.

En lo referente a Esme, por petición de Bella, lleva un tiempo atendiéndose en la consulta de Carlisle Cullen. Se armó de valor para llamar a casa solo para decirle que viera un médico. Luego del suceso en el auto, Esme gritando y golpeándome, todos llegamos a la conclusión de que no estaba bien. Así que Esme, emocionada por la inesperada llamada y advertencia de su hija, decidió tomar la petición.

Poco a poco, las piezas volvieron a sus lugares. Nadie dijo que sería fácil, mas no imposible.

El celular vibra en mi escritorio.

Guardo la libreta junto con el boli antes de checar de quién se trata. Miro el reloj con el reflejo de mi sonrisa en el rostro, y me doy prisa para darme una ducha. No me quedo el tiempo que debería dentro, y me envuelvo en una toalla blanca en la cintura, chapoteando los pies en el desastre de agua que he dejado en el suelo.

Mientras me seco el cabello, vuelvo a mirar el reloj. Me pongo el pijama limpio, y me siento frente al ordenador, encendiéndolo con entusiasmo. Mis dedos pican de ansiedad al ver aparecer la llamada entrante. Presiono contestar y en segundos el rostro de Bella adorna mi pantalla.

Le sonrío, emocionado, para luego fruncir el ceño.

—¿Qué diablos tienes en la cabeza?

Se toca lo que sea que tiene en la cabeza, riéndose, y se quita algo en forma de tubo anaranjado chillón que cuelga de su frente.

—Son ondulines que me dio la señora Whitlock. ¿A que estoy guapa?

—¿Qué clase de Doña Florinda eres?

—Gracias, buen novio.

—Oye, —le digo entre risas— Sabes que te ves preciosa con todo lo que te pongas.

Entorna los ojos todo lo mejor que puede.

—He echado de menos hablar contigo por aquí. —señala medio tristona.

Por temas de estudios, ninguno de los dos ha podido sentarse frente al ordenador tanto como nos gustaría.

—Yo también —contesto con absoluta sinceridad— Benditas vacaciones por Navidad.

Ella rueda los ojos.

—Habla por ti, yo tengo que trabajar.

—¿Encontraste trabajo? ¡Bella, eso es genial!

—No estaba muy esperanzada, pero estoy sirviendo café en un lugar de gente muy maja.

—¿Ganas bien?

Se lo piensa un momento.

—Algo así, no me quejo.

Cada charla que tenemos, no importa la cantidad de habladurías incoherentes que podamos tener, para nosotros siempre será importante. Nos escuchamos el uno al otro; reímos, contamos anécdotas divertidas, hablamos de lo mucho que nos extrañamos y lo perra que es la distancia.

—¿Tonificando músculos? —me pregunta desplomándose cerca de la pantalla, luego de que tocara el tema de mí y el deporte.

Levanto mi brazo, pretendiendo tenerlos.

—En eso estoy.

Bella se cubre la cara con las manos.

—No quiero un novio de piedra, Edward, por favor.

—¿Qué tienes contra los musculosos? —finjo indignación.

—Nada, pero para eso mejor me consigo una piedra como novio.

—No me cambiarías por nada del mundo —le desafío.

Sus cejas de elevan, incitándome.

—No lo sé, dímelo tú. ¿Por qué debería seguir contigo?

Lo pienso un minuto— Puedes tener todas las flores gratis que quieras.

Se echa a reír.

—De acuerdo. Tú ganas.

Después de una momentánea celebración, nos ponemos serios.

—Entonces… ¿a dónde vas?

Yo sabía que saldría. Los ondulines no eran porque quisiese acostarse a dormir. Bella pone los ojos como si hubiese esperado toda la conversación para que me dignara a preguntar.

—Tori —responde, refiriéndose a su amiga Canadiense, con quién terminó la secundaria— Tori quiere arrastrarme a las pistas esta noche.

—Vaya. Tómate un mojito por mí.

—En tu nombre. —me guiña un ojo.

Hablamos hasta que noto la oscuridad en la ventana de mi cuarto. En este sentido el tiempo es un maldito traidor, llega demasiado pronto.

Se reclina en la silla para acercarse y lanzarme un beso.

—Te amo, hablamos luego.

—Te amo también —respondo devuelta— Y por favor, amor, cuídate esta noche.

—Lo haré, lo prometo.

A mi pesar, la pantalla se va a negro en minutos.

.


—Todo menos color rosa —Emmett es tajante, mirándome desde su boli negro que tiene para anotar los pedidos— Estoy tratando de convencer a Rosie que compremos algún color neutro y me manda a la mierda.

Abro la nevera del local de comida, tan familiar que no hace falta pedir permiso, y saco una cerveza fría.

—¿Neutro? ¿Cómo le vas a comprar algo neutro, Emmett? Estamos hablando de tu hija.

Rose y Emmett estaban ansiosos y preocupados al mismo tiempo por la pronta llegada de su primogénita. Tan nerviosos que habían comprado la mitad de una tienda apenas supieron que sería una niña. Desde entonces, la casa luce más como el castillo de Barbie. Emmett lo odia, pero nunca va a decir eso en voz alta frente a Rose.

—Bueno, neutro no. ¿Rojo, tal vez? Púrpura, amarillo. Diablos, Edward. Hay tantos colores aparte del rosa para una nena. —Seth, el nuevo camarero, nos interrumpe en la ventanilla— ¡Caramba, la pizza se quema!

Sale echo una bala de su lugar. Seth se ríe y sacude la cabeza.

Apoyo la espalda en la encimera, bebiéndome un sorbo de cerveza, mientras le envío un mensaje a Bella.

¿Resaca? -E

Su rápida respuesta me pilla desprevenido.

Creo que voy a devolver mi intestino. -B

¿Tanto así? ¿Qué tomaste? (Risas) -E

3 mojitos. 1 daiquiri de fresa. Algo parecido a ron y creo que la mitad de una margarita. -B

Woa, eso es mucho. -E

Mueeeero. -B

Me envía un corazón roto.

Emmett regresa con la pizza lista para servir.

—Y bien. ¿Qué quieres que le regale en Navidad a…?

—Florence —contesta con una tonta sonrisa de padre orgulloso— Sabes que puedes comprarle lo que quieras. Siempre y cuando…

—No sea color rosa. Lo pillo. —hago ademán de entenderlo a la perfección— Tal vez le compre una linda bañera rosa con una cinta de regalo. Rose estaría encantadísima.

Me fulmina con la mirada, levantando el índice en lo posible considerando que con la otra mano sostiene el plato con la pizza caliente.

—Escúchame bien, pequeño sabiondo, te torturaré lenta y dolorosamente si eso ocurre. Entonces a Bella no le quedará más remedio que engañarte porque no podrás satisfacer sus necesidades de mujer.

Y se va, entre risas, dejándome con la cerveza fría.

.


Mi madre canta cuando llego a casa.

Al igual que yo, también sufrió las consecuencias de la pérdida del abuelo. De pronto la casa se volvió más silenciosa que nunca. Su voz ya no retumbaba por los pasillos, agradable y dulce, como cuando todo estaba en su lugar.

Entonces se volvió una mujer tímida, callada. Demasiado observadora. Siempre ha sido observadora, pero se había vuelto una observadora innata. Y ahora, ella volvía a fantasear con viajes de verano y comidas familiares los domingos.

—Ey, tú —me llama desde la cocina. Asomo la cabeza justo para verla meter los canelones a la estufa— Rose te estuvo esperando por lo de las cajas.

Me llevo una mano a la frente, recordándolo.

—Lo siento, mamá. Lo he olvidado por completo.

Me suelta su mirada de reproche.

—Sabes que yo no puedo, y ella mucho menos.

Mamá había tenido un accidente laboral la semana pasada, luego de que tropezara en el taburete y cayera al suelo. Producto de eso se había dislocado la muñeca izquierda.

—Te prometo que iré mañana. —otra vez esa mirada— ¡Lo prometo!

—Aja.

Me encuentro a papá en la escalera, desdoblando su periódico. Mira mis zapatillas de deporte con una ceja alzada, y se va.

No creo que a estas alturas él vaya a cambiar de actitud.

Mi madre dice que papá es un alma insegura. Nunca demostró sus sentimientos a nadie porque nadie le enseñó que estaba bien hacerlo. Dice que el abuelo Masen era así; mismo aspecto, misma postura.

De verdad, no sé cómo es que mamá y él se casaron. ¿Habrá sido ella la que dio el primer paso? No me la imagino.

Recibo un mensaje de Jasper cuando he llegado a mi cuarto.

Estoy aterrizando en una hora ¿Qué tal te ves bailando en la tómbola? Alice va a salir con Bree, no quiero reunión de chicas. Hombre, por favorrrr. -J

Me rio y le contesto que sí.

Jasper se fue en julio a Seattle para entrar a la Universidad, y Alice, ni tonta ni perezosa, le había seguido. Eran vecinos en el campus, aunque según me cuenta Bella, Alice ni ocupa su cama.

Y ahora venían para vacaciones de Navidad. Por una parte, me alegra que Jasper quisiese pasar las fiestas con los padres de Bella, porque siempre lo han querido tanto como a un hijo.

Me preparo para salir. No suelo ir a discotecas, mucho menos a la Tómbola. Pero el lugar es bastante tranquilo.

Mi madre tiene este amor maternal por Jasper que cuando le dije que saldría con él, no empezó con su cháchara de cuidarme. De alguna manera, saber que sus padres están tan lejos, hace que se le derrita el corazón.

Madres.

.


Un día antes de Navidad visito la tumba de mi abuelo.

Todavía tiene el aspecto de ser reciente, porque nunca dejamos de traerle flores. Alrededor de él, muchos ya han olvidados a sus seres queridos; flores marchitas, tierra y césped secos, nombres borrosos de las lápidas.

Relleno la maceta de flores y pongo las nuevas dentro; tulipanes amarillos, sus favoritas.

Saco una tijera de podar y corto el césped largo.

Luego acomodo la fotografía de él, sosteniendo una pelota de fútbol. Me quedo recostado allí, viéndole, sin contarle nada. No necesito contarle algo. Sé que él lo sabe.

Él lo sabía todo antes incluso decidiera mencionárselo.

De pronto, unas frías manos me cubren los ojos y por un segundo salto por el tacto.

El corazón me empieza a latir deprisa, porque, aunque están demasiado frías, de todas formas me doy cuenta.

El sol se ha escondido esta mañana, dando paso a una pequeña llovizna, tan fina que empapa mi impermeable. Me doy una vuelta y me encuentro cara a cara con los ojos de Bella, de cuclillas junto a mí, tratando de mantenerse erguida y no saltarme encima.

Nos quedamos mirando mucho tiempo. Yo, comprobando que es ella. Busco sus ojos, los labios, subo hasta su nariz y bajo hasta su barbilla. Bella hace lo mismo conmigo, hasta que no aguanta más y me envuelve en un abrazo. No lo pienso dos veces antes de estrecharla devuelta, olisqueando el perfume de su pelo y descansando mi barbilla en su abrigo.

La voz se le quiebra cuando exhala.

—Tu madre me ha dicho que estabas acá.

Quito sus brazos de mi cuello, suavemente hacia atrás, sin poder creerme que sea ella.

¿Estaré imaginándomela? ¿Tantas ganas tengo de verla de nuevo que ya me estoy volviendo loco?

Empiezo a palpar su rostro con mis manos, acariciando mientras me sonríe. Deja que mi mano izquierda se mantenga en su mejilla, ladeándose en ella para descansar.

—Soy yo, mi amor. —me susurra cerca— Regresé.

Rompo a reír, con una mezcla de nervios y felicidad. No puedo dejar de tocarla mientras le contagio mi risa. En algún momento me inclino y le doy un beso; una sensación tan dulce y tremendamente familiar.

Es su rostro frente al mío. Tantas veces que esperé que sucediera, sin embargo, tenerla aquí al fin es imposible de digerir, o explicar.

—¿De verdad? —le pregunto deseando que no estuviese bromeando— ¿Te quedas?

—Me quedo —me responde con los ojos llenos de lágrimas— Te lo juro.

Nos abrazamos de nuevo. Después de memorizarla por completo, advierto que en verdad no es su rostro. No es el mismo rostro de la Bella que se fue de aquí hace año y medio. Parece más madura, más feliz. Su sonrisa sigue siendo igual de preciosa, pero sus ojos dejaron de ser inseguros. Es una mezcla entre la fe y la esperanza, grabados con determinación.

Permanecemos sentados en el césped, besándonos y toqueteándonos con las manos.

Bella deja unas flores lila en el macetero junto a los tulipanes, antes de irnos.

De la mano en la calle, me cuenta cómo ideó su plan devuelta sin contarle a nadie.

—Ahorré bastante —me dice y entorno los ojos— ¡De verdad! Te dije que el café era de gente adinerada. La propina era buenísima.

—¿El café? —pregunto confundido— ¿Y no que acababas de conseguirlo?

Se muerde los labios.

—Te mentí. —suelto un suspiro al aire, el cual le hace reír— Trabajé ocho meses allí. No te dije porque quería tener una excusa para que supieses que estaba demasiado ocupada para venir en Navidad.

Detengo nuestro andar.

—¿Llevas ideando este plan desde hace ocho meses?

—¿La verdad?

—Por favor

—Desde el primer día que llegué a casa de los Whitlock.

El único que sabía de su plan, era Jasper. Quién, además, la fue a buscar al aeropuerto.

Continuamos caminando bajo el frío clima de tres grados bajo cero. Enrosco las manos en las suyas que siguen congeladas. La nieve derretida nos hace resbalarnos un par de veces en el camino.

Cuando se acerca y me besa, le noto el cabello más corto y oscuro.

—¿Te pintaste el cabello? —se vuelve preparada para hablar, pero me adelanto— Déjame adivinar… ¿Tori?

—¡Sí! —entramos a una cafetería cercana, donde hay calefacción—Me dijo, textual: Bella, nadie en el puto mundo ha vuelto al lugar de sus raíces después de tanto tiempo sin un cambio de look. —no estoy muy seguro si es castaño oscuro o negro, porque de pronto veo tonos más claros que otros.

—Me gusta —digo, señalándole— Sigues siendo Bella.

Pedimos chocolate caliente y churros para acompañar.

Mientras Bella se desvive comiendo los churros, degustando en voz alta, me quedo inmóvil por nosotros; ha pasado un tiempo largo. Y pareciera que no ha pasado en verdad. Seguimos siendo los mismos; hablando de la misma manera, bromeando como solo nosotros sabemos hacer. Igual como lo hacíamos por Skype.

No ha pasado el tiempo para nosotros, no ha pasado tiempo en nuestra relación.

—¿Y tus padres? —le pregunto, después de que se ha engullido más de la mitad de los churros— No saben que estás acá.

—Nop

—¿Estás nerviosa de verlos?

Se limpia la boca con la servilleta, titubeando.

—No, estoy que muero por verlos. Los echo mucho de menos, sobre todo a Jere. —se inclina y acomoda las manos en la mesa, donde aprovecho para alcanzárselas y entrelazar nuestros dedos— ¿Sabes? No había querido pensar en ello hasta que me lo has preguntado.

Bajo la cabeza, al mismo tiempo que ella pasa su otra mano sobre la mía.

—¿Y Esme? —le digo, y sé que esperaba esa pregunta.

Ahora es ella la que baja la cabeza, no lo suficiente para esconder el rostro.

—Eso es diferente —admite en una voz más baja— Aunque, aquí entre nos—dice agrupando las migajas del plato— También la he echado de menos. —sonreímos, y sus mejillas se encienden— No te voy a decir que las dos vamos a tener la confianza de antes, y tampoco saltaré a sus brazos al verla. Pero estoy dispuesta a escuchar, todo lo que tenga que decir.

Toco su mejilla con ternura, de acuerdo en lo que ha dicho.

Terminamos nuestro chocolate, pagamos y damos marcha a casa.

Bella pasa su brazo por mi espalda, luego por mi cintura.

—¡Oye! —exclamo divertido, sintiendo las yemas de sus dedos apretarme— ¿Qué estás haciendo?

—Tocando tus músculos.

—No tengo músculos —contesto entre risas. Ella aprieta de nuevo para comprobar— En todo caso ¿no era que no te gustaban los músculos?

Se vuelve con ojos traviesos.

—Puedo acostumbrarme a ello. —murmura en mi oído— Y bien ¿a dónde vamos? —protesto por su pellizco, entonces le agarro de la cintura por encima de su abrigo gris, haciéndole cosquillas. Se hace a un lado rápidamente, apuntándome con el dedo— No-te-a-tre-vas.

La vuelvo a agarrar ahora para abrazarla, y beso su nariz roja y fría. Se pone de puntillas para rodearme y poder estar más a mi altura, lo que por supuesto, no consigue.

Me golpea porque acabo de llamarla pequeña, pero continuamos el tramo que separa mi casa de la cafetería.

Riéndonos, lo demás no parece importar.

Alguien aguarda fuera de casa; un hombre mayor, casi anciano, con una bolsa de papel marrón en las manos. Espera hasta que llegamos a él, quién nos tiende la mano.

—Disculpen la interrupción, la estaba buscando a usted… ¿Bella Swan?

Bella y yo nos miramos.

—¿Sí? —le contesta.

El hombre, con barba de unos días, se para frente a ella, tendiéndole la bolsa.

—Creo que esto le pertenece.

Recibe dudosa el paquete de color marrón, frunciendo el ceño hacia el hombre.

—Uhm… ¿y esto sería…?

El señor carraspea.

—Perdón, mi nombre es Marcus. Tú no me conoces, pero sé que esto te pertenece. —explica mientras Bella va quitándole el envoltorio— Mi madre es Margaret Brown, y antes de que muriese, me pidió muchísimo que hiciera esta entrega.

A Bella se le iluminan los ojos. Deja caer el papel y jadea.

—Su hermana, Elizabeth, trabajó para mi madre un tiempo. Nunca tuve oportunidad de agradecerle la compañía que le hizo, y sé que se hicieron muy amigas, incluso vivieron un tiempo juntas, por lo que varias cosas de ella quedaron allí. Y mi madre quería que, especialmente ese cuadro, se le fuese entregado.

Sobre el cuadro, la fotografía de Elizabeth abrazando a Bella mientras el sol les cubre el rostro, tan felices y ajenas a lo que pasaría después.

Bella, mirando la foto, no puede dejar de sonreír.

Oh, esta foto. Me había olvidado de esta foto. —mueve la cabeza, sorprendida— Este fue el último verano que pasamos juntas. —pasa los dedos por el vidrio de la fotografía, para al final, sostenerlo contra su pecho— Gracias, Marcus. Esto significa mucho para mí.

—El joven Jasper, quién me atendió en su casa, me dio esta dirección. Y no pude dejar pasar otro día, menos en vísperas de Navidad.

Bella le vuelve a agradecer y Marcus se despide de nosotros. Se sube a un auto rojo en la acera del frente, y se va.

—¿Te das cuenta que acabas de llegar y este hombre vino con esto para ti?

No hay manera que se le borre la sonrisa, todavía abrazando el cuadro en su pecho.

—Sí.

—¿Coincidencia?

Suspirando, descansa la cabeza en mi hombro.

—Después de todo lo que ha pasado con nosotros, Edward, no creo que sea coincidencia.

Pienso en mi madre, en sus padres. Pienso en lo loco que ha sido todo desde que nos conocimos.

Y le encuentro razón. Por lo menos para nosotros, en ese sentido, las coincidencias no existen.

.

.


Falta el epílogo y nos estaríamos despidiendo de esta historia.

Gracias por seguir y comentar siempre. Un beso