Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi propiedad.


Epílogo

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~ El dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que el bienestar se inclina a estar quieto y a no volver la mirada atrás. ~

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Cojo una varilla cercana y la meto al agua, detectando su fluidez.

Edward deposita la bici en el suelo junto a la mía. Luego, se sienta conmigo en el césped, quitándole la tapa a su botella de agua.

—¿Cómo es que no estás cansada? Yo estoy exhausto. —jadea buscando aire.

Lo cierto es que sí que estoy cansada. Mis piernas tiemblan por el esfuerzo y mi frente surca en sudor. Llevamos pedaleando más de una hora sin parar. Dimos tantas vueltas a la manzana que ya nos sabemos de memoria las calles.

Todavía agitando la varilla en el agua, recuerdo como si fuera ayer el día en que Edward me trajo a este lugar por primera vez. Las circunstancias eran muy diferentes entonces. Nosotros éramos diferentes. Los recuerdos me invaden como torbellinos. De cualquier manera, he formado un escudo protector, que ahora no suele afectarme de la misma forma.

Aquí vi la vulnerabilidad de Edward, la culpa, el desasosiego.

De pronto, noto su cercanía aproximarse hasta que nuestros hombros se rozan. Me levanta la barbilla con el dedo, buscándome la mirada.

—¿Qué pasa por esa cabecita? —habla con ternura.

Parpadeo muy cerca de su rostro.

—Este lugar —digo, extrañada— No sueles venir a este lugar. ¿Por qué estamos acá?

Si hay un lugar al que Edward no le gusta venir, independiente de haber superado la muerte de su abuelo, es este, porque aquí murió y porque los recuerdos duelen.

Su rostro se envuelve en la confusión, entonces aparta el rostro del mío para averiguar de qué estoy hablando. La sorpresa en su mirada, es suficiente respuesta para mí.

—Oh —susurra— Supongo que ha sido sin querer —me muestra una sonrisa torcida. Me encanta esa sonrisa. Acorta la distancia y me besa; un beso suave, pequeño, y cargado de amor— Vamos, quiero verte sonreír también.

Le sonrío devuelta. No me esfuerzo en sonreír. Tengo muchos motivos para hacerlo. El problema es que no está siendo un buen día en general. Primero, me avisan que probablemente habrá despidos en la heladería donde trabajo. Segundo, todavía no me envían la respuesta para saber si obtuve la beca o no para entrar a la universidad. Tercero, hoy Elizabeth estaría cumpliendo años.

Y como mi manera de olvidarme de ello, Edward y yo salimos a andar en bici.

Desde que volví de Canadá, hemos estado en "modo deportivo" para mantenernos en forma. Además, tanto esfuerzo da sus frutos, porque puedo notar los bíceps marcados de Edward cada día.

—Siempre puedes aceptar la oferta de mi madre. —me dice.

Su madre ha insistido en que trabaje con ella.

—No voy aceptar eso, Edward. Tu madre solo lo hace porque soy tu novia. Y tampoco me veo entre todas las flores, ya sabes que me he puesto alérgica últimamente.

—Ya, está bien. Pero la oferta sigue en pie.

Asiento en consideración.

—La mía dice que podría probar enviando currículum a la Guardería de Jeremy.

—¿En serio? ¿Tú cuidando niños?

Encojo los hombros— Tengo práctica en ello.

—Pero… tienes que saber que no todos los niños son como Jeremy. —me coge la mano— Algunos son mucho peores.

Nos echamos a reír.

—No puedo imaginar alguien peor que Jeremy.

—Yo tampoco —admite, y le sigue un corto silencio— Oye —llama apartándome el pelo de la cara— Cualquier jefe estaría encantadísimo de que seas parte de su equipo. Eres inteligente y muy capaz. Por favor, nunca dudes eso. No te eches a morir por perder uno.

Él sabe lo mucho que me afecta no tener trabajo. Sin él, sigo siendo una mantenida, algo que no me gusta. Y porque pienso en nuestro futuro, Edward y yo.

—Supongo que tienes razón —reconozco en voz baja— Y no quiero que te preocupes. Es un mal día ¿de acuerdo? Lo sabes.

Me agarra la cara con suavidad.

—Lo sé.

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Tres años han transcurrido desde que volví de Canadá. Cinco, desde que Elizabeth se marchó de casa para siempre. Con el tiempo uno se da cuenta que el dolor es irreversible. Aprendes a vivir con él aún si intentas frenarlo. Sé que siempre va a doler recordarla y extrañarla.

El secreto es saber dominar ese dolor para tu conveniencia. Demostrarle que no eres débil. Es la única forma para sobrevivir.

Nunca me fui a Canadá para olvidarme de mi hermana. Y en todo caso ¿existe un método para olvidarte de tus seres queridos? Si es que esa pócima milagrosa existe, yo no la quiero.

Además, no sería vida sin los altos y bajos. Estar triste o tener un mal día no te hace infeliz. Todos tenemos días malos. Todos tenemos días buenos.

Tenía muchas esperanzas el día en que volví de ese eterno viaje.

Extrañaba tantísimo a mi familia, incluida a la gente fastidiosa de Forks. Volver con mis padres me hizo entender cuánto los necesitaba. Los abracé tanto en ese minuto que olvidé todos los malos momentos que había pasado. Estaba dispuesta a que continuáramos como antes, dar vuelta la página. Seguir adelante.

Y con respecto a Esme… nuestra relación va poco a poco. Si bien tuvimos una larga conversación en mi vuelta, decidimos que empezaríamos de cero. No reproché nada de lo que me dijo, traté de que no me afectara. A diferencia de la Bella de antes, la actual se sentía curiosa de su origen. La actual aceptó que las cosas habían cambiado.

Reconoció su relación enfermiza con Eleazar, sus adicciones, su falta de amor propio. La inestabilidad emocional que le impidió criarme como su hija.

Hablamos de mi cicatriz en la muñeca, de cómo ella estaba tan perdida que no recordaba nada. Que fue mi madre la que la zamarreó para decirle que todo se había acabado, que las cosas no podían seguir así. Y ella se dio cuenta en ese minuto que, si yo estaba en el hospital, era por su culpa.

Se sigue tratando con Carlisle, del cual se la ve contenta. Y sin que lleguen a confirmarnos nada, ya todo Forks sabe que hay algo entre ellos; se pone roja como un tomate cuando se lo comento.

No estoy arrepentida de haberme ido. Existe un antes y un después en todo aspecto, muy significativo. En ocasiones siento tan potente la presencia de Lizzy en nuestras vidas, que mi piel se eriza de solo pensarlo. No sé si sea cosa mía, pero es una grata sensación, porque después de todo, ella sigue cuidándonos.

Aparte de eso, está Jeremy, que es nuestro consuelo en su ausencia. Tan alegre y perspicaz. Tan parlanchín e inteligente. Tan ella en todos los sentidos.

No importa que tan parecido sea a los Newton. Las apariencias no dicen nada de una persona. Y deseo que, el día en que Michael Newton salga de la cárcel, Jeremy sea lo suficientemente mayor para tomar sus propias decisiones. No vamos a condenarlo a vivir de mentiras como lo hicieron conmigo, aunque por supuesto, esperaremos una edad prudente para hacerlo.

Mientras tanto, dejaremos que viva su infancia como cualquier otro niño.

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Edward baja la mano de mi rostro, mirando hacia los botes.

—¿Te animas?

Las moscas pululan por la fuerza del viento. Algo en mi interior ruge de anticipación; es la adrenalina.

—Vale

Nos ponemos de pie y sacudimos nuestra ropa. Edward se encarga de que todo esté bajo control. Me tiende el salvavidas por encima de la cabeza. Mientras me subo, siento el subidón de azúcar que me provoca el bote. Alejarnos de la orilla, flotar sin tocar el agua, me fascina.

Damos una vuelta hasta quedar a mitad de camino. Le ayudo a remar todo lo que mis brazos me permiten.

—Hay algo que quiero decirte, Bella.

En medio de mi entusiasmo remando, admirando nuestro reflejo en el agua, me detengo.

—Me asusta cuando dices eso.

Le hago reír.

—No es nada malo. —asegura en un ademán— Sabes de mi traslado de Universidad a Seattle el próximo año. E independiente de si obtienes la beca o no… me gustaría que vinieses conmigo de igual modo.

Estamos frente a frente, tablón contra tablón.

—A mí también me gustaría irme contigo. Pero si no tengo la beca ¿qué voy a hacer? No voy a conseguir un trabajo apenas llegue y no pienso vivir de allegada. Si fuese a estudiar, tendría la ayuda de mis padres y…

—No serás una allegada, Bella, por favor, eres mi novia, no mi vecina.

Bueno, tiene razón.

—Edward, te amo, pero no sé si sea buena idea.

—Yo también tengo que conseguir trabajo. ¿Crees que voy a vivir del dinero de mis padres toda la vida? Es un tiempo, hasta que encontremos algo.

Si obtengo la beca, pasan dos cosas: Mis padres pagan mi estadía completa y compro todo lo necesario para mis clases. Pero si no estudio, no puedo permitirme ninguna de las dos.

—¿Y si…? —me detengo ante su exasperación— Me encantaría vivir contigo.

—¿Es eso un sí?

—No del todo.

Jadea— Pensé que el orgulloso era yo.

Una parte de mí grita sí, sí, sí, acepta. Y otro, el razonable, está dándome un sermón.

Estoy. Literalmente. Noqueando a mi lado razonable.

—Mira, vamos a hacer una cosa. —me pongo cómoda— Un mes para conseguirme un trabajo o me vuelvo a casa.

Eso no es en verdad cierto, pero me gusta dar condiciones.

Pensamos en lo que sería una vida juntos, todavía remando sin prisas, imaginando fines de semana de invierno metidos en casa, junto a la estufa los dos solos, sin madres vigilándonos, sin que tengamos que cambiarnos de una habitación a otra cuidando de que nadie nos sorprenda. Hacer lo que se nos pegue la gana.

Tener una casa es una gran responsabilidad, eso lo sé de sobra. Pero pensar en un futuro próximo a tener algo que sea mío, realizarme como una adulta, me llena de ilusión.

Sé que tarde o temprano lo vamos a tener. Ahora solo es cuestión de tiempo.

Saco el celular del bolsillo, cubriéndolo encima para taparlo del sol.

—Olvidé decirte que mi madre quiere que vayas a cenar a casa. —no le presto atención— ¿Te ha enviado un mensaje?

—Edward…

—¿Qué?

—Edward…

—¿No es mi madre?

Empiezo a sacudir los pies en el bote.

—¡Tengo…! ¡Tengo la becaaaaaa!

—¡Quéee!

Antes de que pueda decirme nada, me abalanzo hacia él como una babosa. Nos vamos hacia atrás y el bote se tambalea de tal forma que en un abrir y cerrar de ojos hemos caído afuera. Grito antes de que el agua me tape el cuerpo entero.

En pocos segundos, los dos aleteamos como peces, una vez ascendidos.

Mi nariz arde por el agua y no puedo ver bien a Edward hasta que está lo bastante cerca de mí.

—Bella, Bella, Bella —repite mi nombre— Nena, ¿estás bien?

Escupo agua salada intentando recobrar el aliento. Y luego, cuando por fin puedo verle bien a los ojos, me suelto a reír a carcajadas. La cara de susto de Edward desaparece y sus comisuras se elevan en una sonrisa de alivio. No tarda en reírse conmigo, hasta que nos duele el estómago. Nos cogemos de la mano y me abraza para infundirme todo el calor posible. O todo lo que se pueda considerando que seguimos bajo el agua.

Flotamos hasta el bote.

Pienso en nuestros celulares, moribundos.

Antes de que pueda ayudarme a subir, me jala del brazo.

—Y bien, Isabella Swan ¿Qué prefieres? ¿Casa con perro o depa?

Lo beso con todo y agua salada.

—Te prefiero a ti.

—Uy, qué cursi —se mofa.

Envuelvo los brazos en su cuello, apretándolo con fuerza.

—Uno de los dos tiene que serlo ¿no? Y para que sepas, casa con Pelusa, o no hay trato.

De ningún modo me iría sin mi gata, no otra vez.

Me sube hasta que mis pies son capaces de sostenerse en el gancho. Hago el esfuerzo en echarme hacia la parte superior y dar una voltereta hacia dentro.

Finalmente, me acerco a la orilla del bote y miro a Edward desde arriba.

—Y otra cosa, Edward. No pienso lavarte los calzoncillos.

Los labios le tiemblan por las ganas de reír.

—¿Eso es todo lo que quieres? —me pregunta.

Estiro la mano, el cual recibe, y lo ayudo a subir.

—Eso es todo lo que pido.


Quiero agradecer a las que han llegado hasta este capítulo, por leer hasta el final, por esperar que actualizara a pesar de que no siempre pude actualizar rápido.

Gracias por ser tan fieles!

Un beso enorme y nos leemos muy prontito!