Disclaimer – los personajes a continuación pertenecen a sus respectivos creadores y editoriales. Yo solo los he tomado prestados por diversión y sin fines de lucro.


Capitulo II

A cerca de bastardos, explosiones y niños

SHANGHAI, CHINA
16: 09

"Antonio Marghereti… ¡Antonio Marghereti!" Repitió con un tono tan incrédulo y de forma tan mordaz, que sus palabras se escucharon por encima de los gritos.

Shane Burke no era un hombre al cual podías exasperar con facilidad. Su carácter serio, cortante y sarcástico era impenetrable; como un muro de acero. Muy pocas cosas podían sacarlo de quicio hoy en día, durante una misión. Poquísimas. Muertes, disparos, explosiones, heridos, balazos; ninguna de esas cosas lo hacía parpadear. ¿Incompetencia y lentitud de sus compañeros? Eso sólo le hacía colocar los ojos en blanco. Con su vasta experiencia en misiones de infiltración, estrategias militares y protocolos de espionaje, las personas o mutantes que lograban cambiarle el semblante podían contarse con una mano y aun así le sobrarían dedos.

Porque el proyecto 85-BA-C; mejor conocido como Arma K, había sido entrenado por años para entender, analizar, prevenir e improvisar respuestas rápidas a los errores de ejecución de una misión. Era rápido y brillante para entender de fallos de estrategia. Podía, desde luego, acarrear con las consecuencias de una misión incongruente sin siquiera arrugar el ceño, así también como idear planes de evacuación de emergencia en tan sólo segundos.

Pero por el amor de En Sabah Nur, ¿que la misión se viera comprometida porque sus identidades salieron de una película de Hollywood?

"Lo sigues diciendo mal; ¡es Margherrrrrrreti, mon ami!".

"¡No es gracioso!" siseó Shane, consciente de que el hombre ni siquiera estaba arrepentido. Es más, se encontraba demasiado feliz. "¡Te dije nombres normales, LeBeau! ¿Es mucho pedir un poco de originalidad?"

"¿Cómo Burckocoo?"

"¡Pfff!" Se metieron por una calle muy angosta; llena de gente a la cual tuvieron que esquivar. El revuelo era considerable, teniendo en cuenta que corrían en medio de un mercado chino. Las aberturas de escapatoria eran tan pequeñas que a cada paso que daban, tiraban al suelo cestas con frutas, estantes de recuerdos y mesas con mercadería. Pero al menos aquí estaban perdiendo el rastro de la policía y fuera del riesgo de las balas.

"¡Oh vamos! ¡Sabes que fue divertido! Además es lo único que pude conseguir a las 9 de la noche después de que dijeras: partimos mañana. ¿Tienes idea de lo complicado que fue conseguir los pasaportes?" dijo LeBeau.

"Los robaste."

"¡Mi punto, exactamente!" Fue la respuesta de Remy, la cual quedó ahogada cuando ambos chocaron con un puesto que vendía recuerdos del templo. "Además… ¿cómo iba a saber yo que en Shanghai son fanáticos de Bastardos sin Gloria?"

Pues estaban a las afueras del templo Jing'an, Shanghai. China.

Antonio Marghereti y Dominick Decoccco; dos turistas presuntamente italianos, ataviados con sombreros chinos que ocultaban sus rostros; actualmente eran perseguidos por las autoridades locales por presunto hurto, destrucción y causar desorden público dentro de uno de los templos más emblemáticos de la cuidad.

La gente se abría a su alrededor como una marea poseída, dividida entre la sorpresa y el pánico, para dejarlos pasar sin ser arrollada.

Y es que después de verse obligados a crear una puerta trasera (improvisada y explosiva) en la parte de atrás del templo para escapar; el caos había escalado en segundos hasta alcanzar un 7.6 en la escala Richter.

Y ahora, una situación relativamente sencilla, estaba fuera de control.

"¡¿LISTO?!" gritó Shane.

"Espera. ¿Qué? ¡¿YA?!"

"¿LISTO, LEBEAURRETE?"

"¡Sabía que te había gustado el nombre!"

"¡AHORA!" Ordenó el rubio, y Remy se apresuró a buscar en su bolsillo.

Una carta cargada de energía provocó la explosión dramática encima de sus cabezas, liberando una nube de humo blanquecino que se expendió en distintas direcciones. De un segundo a otro, la gente, la calle y todo a su alrededor desapareció en un completo espesor blanco, generando la perfecta distracción.

Unos segundos después; cuando los policías cercaron las salidas del mercado y el humo finalmente se disipó; se los había tragado la tierra.


"Humos y espejos. A esto me he reducido. A humos y espejos…" Maldijo Shane hacia sí mismo por décima vez, abriendo la puerta 45-B de un apartamento rentado al que realmente podrían hacerle muchas mejoras. "Maldita seas; Zee."

"Pero la distracción fue un éxito; mon ami Burckocco. No sé de qué te quejas."

"Me gusta que mis trabajos no requieran de trucos ni cartas, LeBeaurrete."

Antes de que Remy pudiese replicar, una tercera figura salió de una de las habitaciones del apartamento, habiendo escuchado el ruido. John Constantine los miró despectivamente, un gran puñado de mantas envuelto en sus brazos.

"¿Se divirtieron; sucios bastardos?" fue la pregunta exasperada del inglés.

"Bastante."

"¿Era realmente necesario que le abrieran un hoyo al templo….?"

"Solo fue uno chiquitito."

"¿Y los nombres ridículos…?"

"No me digas que no te gustó Enzo Gorlomi?"

"¿La tienes?" cortó Shane, ignorando a Constantine y a LeBeau para ir directo al grano. "La distracción fue lo suficientemente larga como para…"

"La tengo, la tengo" replicó Constantine de mala manera, sacando de su bolsillo una piedra enorme de color jade. La colocó encima de la mesa apolillada del departamento, justo en el centro, antes de encenderse un cigarrillo. "Esta es."

Hermosa en todo sentido, la piedra brilló aún bajo la luz tenue de la habitación. Shane y Remy se agacharon para mirarla, esperando comprobar de alguna manera el valor de la misma… y si es que todo este embrollo había valido la pena.

"¿Y, funciona?" preguntó Shane, encarando una ceja. Se cruzó de brazos.

"Aparentemente" contestó Constantine, levantándose para caminar por la habitación en círculos. Sus hombros tensos y su postura indicaban que algo no estaba bien.

"No la veo como una piedra muy mística que digamos… parece una piedra preciosa normal" comentó Remy, levantándola. Miles de piedras muy pequeñas (que se hallaban incrustadas en la superficie de la otra piedra con un intricado patrón de oro) brillaron contra la luz. Era un trabajo realmente hermoso e invaluable de joyería. Muy poco común. Ancestral.

Al mirar alrededor observó la postura de Constantine, y la mirada sospechosa de Shane. "¿Qué ocurre?"

Constantine se limitó a señalar el montón de mantas (bastante grande) en el sillón.

"La usaste" susurró Shane, condenatoriamente. "Ya usaste la piedra para traer a Zee del infierno, ¡la usaste antes de que volviéramos!"

"Zeta no estaba en el infierno." Cortó Constantine, frunciendo las cejas y alzando la voz, sin negar la acusación de haber usado la piedra mística antes de que volvieran.

Remy, notando la tensión en el ambiente, rápidamente se colocó de pie.

"¿Estaba? ¿Qué…?"

"¡No sé qué ganas al negarlo! Ya lo hemos discutido antes, se la tragó la puerta al infierno justo antes de que la cerráramos; ¿dónde más sino podría estar?"

"Zeta está aquí" replicó Constantine con un tono cortante, falto de paciencia. "¡Está allí, más bien!" Y en respuesta, las mantas sobre el sillón comenzaron a moverse y a agitarse, dejando a la vista una silueta que intentaba liberarse de las mantas que la envolvían. Muy pronto, una pequeña figura femenina se sentó en el sillón y frotó sus ojitos llenos de sueño.

Shane Burke y Remy LeBeau dieron un paso atrás.

"¿Eso es…?"

"¡¿Qué demonios le hiciste, Constantine?!"

"No, no no. Me niego. No. Nein. Pas."

El quejido incómodo de la niña hizo que el mago apagara el cigarrillo en un cenicero improvisado y volviera hacia el sillón. Con gentileza la levantó en brazos, dejando a la vista una reconocible cabeza pequeña y pelinegra, llena de risos.

Al recibir la atención y estar segura en los brazos del mago, los quejidos de Zatanna se silenciaron al instante. Grandes ojos azules, muy despiertos pero inconfundibles, se posaron curiosos y tímidos encima de Shane y Remy.

"¡Papá!" Demandó la pequeña Zatanna Zatara, quien parecía no tener más… de un año y medio de edad. Arropada en un simple conjunto de bebe azul, se veía absurdamente adorable e inocente.

"¿Me puedes explicar… que está pasando…?"

"…" Shane optó por guardar silencio y sentarse, pues las piernas le flaquearon.

"Zeta nunca estuvo en el infierno, para empezar." Comenzó a explicar John, pasándose una mano por el cabello con desesperación. "Nuestra suposición era incorrecta. Cuando cerramos las puertas del infierno y Zeta fue absorbida al final del conjuro, no se trató de un error en mis cálculos."

La pequeña se acomodó en los brazos de John; examinando a los recién llegados con curiosidad mal disimulada.

"Un mago llamado Stephen Strange, en otro punto del universo, simultáneamente nos brindó ayuda para cerrar la puerta…"

"¿Qué significa eso? ¡¿Qué tiene que ver?!" Negó Shane.

"Significa que se creó una conexión entre dos universos. El portal que se llevó a Zeta no la llevó al infierno, sino que a una dimensión paralela."

"¿Qué?"

"¿Y qué tiene que ver eso con… con… con…?" Remy no encontró palabras para describir a la pequeña mujercita que los miraba. Era… extraño y perturbador verla asi.

Constantine suspiró.

"Utilicé la piedra para traerla de regreso, pero… invoqué a la equivocada." Respiró y se colocó de pie. Maldita sea el latín y su necesidad de especificar todas y cada una de las palabras. Con la pequeña en brazos, empezó a caminar en círculos por la habitación. El estrés era evidente en su rostro. "Acabo de secuestrar de una dimensión paralela a la hija de un enfurecido Giovanni Zatara."

Preciosos y gigantescos ojos zafiro se posaron con curiosidad en John Constantine antes de asentir. "¡Papi!"

"Oh shit…"

"Fuck."

"Estás muerto, Constantinolomi... "

"¡Lomi!" Añadio Zee, seriamente.

Simultáneamente en otro punto del universo, Giovanni John Zatara declaraba el inicio de una temporada de sangrienta cacería.


"Sha-ne, Shaaane. Vamos, linda." Ojos zafiro parpadearon con curiosidad.

"Re-my."

"Shaane."

"Reeeeemy. Vamos, mon amour. Reeemy."

"Shane. Shane. Shane. ¡Shaaaaaane!"

"Disculpa, pero mi nombre es muchísimo más sencillo."

"Mi nombre es prácticamente una sola sílaba." Gruñó Shane. "Mejor intentémoslo con Kenshi. ¿Puedes decir Kenshi, preciosa? Keeeenshi."

"¡'Enshi!" Aplaudió Zee, brindándoles una gigantesca sonrisa.

"¡Eso es! ¡JA! ¡VES! ¡Dijo mi nombre primero!" Y el hombre la levantó en brazos para mecerla de arriba abajo. La niña, contagiada por la felicidad del hombre, soltó unas risitas y unos chillidos encantados. "¿Quién es una brujita inteligente, eh? ¿Eh? Si, tan inteligente. Desde pequeña sabe con quién relacionarse y con quién no. Hohohoho."

"Ni siquiera lo dijo completo, pareciera que hubiese dicho 'si' nada más." Comentó LeBeau de mala gana, mirando el intercambio entre Zatanna Zatara y el Arma K con desdén.

"¿Quién es un mal perdedor?" Siguió Shane, haciéndole cosquillas a Zee con la punta de la nariz en su pancita. Y Zee, en medio de burbujeantes carcajadas, se abrazó con sus manitas a la cara de Shane. "Oh si, ¿quién es un mal perdedor?"

"¡No soy un mal perdedor! ¡Eso sólo fue suerte!"

Un resoplido bastante sonoro (parecido a una risa), llamó la atención de Shane, Remy y la pequeña Zee. Inmediatamente, las facciones de la brujita se iluminaron.

"¡Con-tan-tinee! ¡Contaaantine!" Dijo la niña, alzando los brazos. E inmediatamente, Shane Burke y Remy LeBeau voltearon para fusilarlo con la mirada.

Constantine sonrió una sonrisa ladeada muy divertida, antes encender un cigarrillo. "Supongo que algunas cosas nunca cambian."

"Cállate, Constantinolomi."

"Nadie te preguntó."

Ninguno se dio cuenta del muñeco de peluche que John escondió dentro de su gabardina. Ninguno, eso es, salvo los ávidos ojos de la pequeña Zatanna Zatara, quienes contemplaron como el Malvado Hombre de la Gabardina se alejaba de la habitación y se hacía más chiquito y más chiquito, llevándose su precioso conejito blanco…

"¡CON-TAN-TINE! ¡CONSTANTINE! ¡MÍO! ¡WAAAAAAAAAA!" Gritó la niña, extendiendo sus manitas.

Y John (a punto del infarto cardíaco), se vio obligado a volver en tres zancadas y a entregarle el infame juguete que portaba su nombre.

Ignoró olímpicamente las carcajadas de LeBeau y Burke, cuando la pequeña Zee abrazó a su Constantine con orejas y no volteó a mirar dos veces a John.