La migraña era lo más tedioso de haber consumido metanfetamina esnifada, subía muy rápido y era la hostia pero luego te dejaba hecho un trapo. Gamzee se golpeó la cabeza en el punto exacto del dolor, la sien izquierda.

— Tío ¿qué haces? — preguntó un tipo totalmente cubierto por andrajos en el fondo de la habitación.

—No lo sé — dijo Gamzee incorporándose. Pero en realidad aquel hombre no estaba hablándole a él, probablemente estaba puesto y en su mundo.

Gamzee se frotó los ojos y miró a su alrededor. Una luz anaranjada se filtraba por las ventanas cubiertas de tablones de madera, lo que le decía que aún era de noche. ¿Qué hora debía ser? El chico sacó su teléfono móvil del bolsillo y se percató de que debía haber consumido toda la meta o que se la habían robado. Lo cierto es que si estaba allí debía haber añadido alguna otra substancia a su mejunje habitual, pero no se acordaba demasiado. Tampoco importaba, tenía que volver a casa. Finalmente sacó el teléfono y miró la hora, eran las cinco de la mañana y Karkat había llamado unas treinta veces. Tenía que salir de allí de una vez.

Salió de aquel edificio ruinoso y a medio derruir aún algo enajenado. ¿Había ido allí en su coche? Miró la calle arriba y abajo buscando su Cadillac rojo del 72, se lo había regalado su hermano mayor y no quería perder un coche tan genial. Además la bocina hacía un ruido característico que sacaba a Karkat de quicio, un dulce placer sin añadido químico. Nervioso, se dio cuenta de que no llevaba encima las llaves y casi podía jurar que no había pillado el coche, pero no estaba seguro.

En la esquina del edificio del frente había un tipo castaño, con una camiseta verde, que fumaba un pitillo. Tenía pinta de ser de la poli, era normal en aquel lugar lleno de yonkies. Pero aquello no era un problema para Gamzee, hijo del Gran Highblood podía hacer lo que quisiera y lo que quería era un puñetero cigarrillo. Se acercó al tipo y señaló la mano de este.

—Oye, ¿me das uno?— preguntó lentamente y tratando de coordinar su voz.

El pseudo poli asintió y le mostró la cajetilla abierta. Gamzee sonrió a la par que tomaba uno de aquellos cigarrillos y lo posó sobre sus labios, se lo agradeció con cierta indiferencia y empezó a andar calle arriba. Estaba ya en la parada del autobús cuando se percató de que no había encendido el condenado cigarrillo. El chico buscó en sus bolsillos, cabía la posibilidad de que tuviera un mechero, pero solo encontró su cartera y el teléfono.

Gamzee sacó la cartera y miró cuánto dinero llevaba. Estaba bastante vacía, de hecho apenas tenía cinco dólares, pero el recordaba llevar mucha más pasta cuando salió de casa. Guardó de nuevo la cartera y se golpeó la cara con las dos manos, aquella noche había estado con su hermano y sus amigos, no podía haber hecho nada demasiado ilegal con Kurloz cerca. ¿Pero entonces por qué no recordaba nada y se había levantado en aquel tugurio?

El autobús paró frente a sus ojos, casi como a cámara lenta. Gamzee subió y soltó sus últimos cinco dólares de libertad hasta que hablara con Vriska y le diera algo más de dinero. Dada su drogadicción, él mismo le había pedido que regulase el flujo de su dinero, para no gastárselo todo en porquerías y mantener un poco el rumbo. Era duro, ya que la mayor parte del tiempo él trataba de matarla contad de conseguir relajarse un poco con alguna de aquellas substancias, pero Vriska era estricta con él y más desde que se mantenía limpia.

El chico se sentó al final del autobús y colocó el cigarrillo sobre su oreja, no iba a fumárselo. De todas formas se lo había dado un poli. Algo inquieto volvió a mirar su teléfono móvil. Las llamadas de Karkat, él solo lo llamaba con tanta insistencia cuando las cosas se ponían muy feas, de lo contrario se limitaba a esperar para gritarle cuando estuviera en casa. Sonrió pensando que era su mejor amigo. Le costaba creer en que se podría haber metido, pero trató de devolverle la llamada.

"El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura", decía aquella voz amorfa que podría haber sido la de cualquier mujer aleatoria. Por un momento se imaginó que algo serio le había pasado a Karkat y entonces pidió fuego a un desconocido que había en el autobús. No podía soportar aquella ansiedad, pobre Karkat. El conductor le vio a través del gran retrovisor y empezó a gritarle algo, pero el chico no le entendía muy bien, así que en vez de encender el cigarrillo lo colocó de nuevo sobre su oreja y se acercó al tipo.

— No puedes fumar aquí — dijo el tipo muy tajante.

—Pero solo estamos usted, ese tipo y yo —contestó Gamzee como si aquello fuera lo más lógico del mundo. El conductor paró el autobús y señaló un gran cartel sobre su cabeza. El cigarrillo tachado, Gamzee suspiró. — Sabe, creo que me bajaré aquí.

Gamzee alargó la mano hacia el botón que abría las puertas, lo pulsó y salió del vehículo. El conductor le miró salir con cierto tedio, pensando que el mundo de las drogas destruía a los chicos cada día más y el gobierno no hacía realmente nada para pararlo.

Tras andar un poco al fin llegó al bloque de pisos donde vivía. Era un edificio de construcción antigua, pero se conservaba en buen estado a excepción de alguna baldosa un poco rallada y un grafiti que había hecho el mismo años atrás. Subió en el ascensor hasta la cuarta planta y se dirigió a la puerta trece. Adoraba vivir en una puerta trece, desde que vivía ahí todo le había ido genial.

El chico no llevaba llaves, pero Karkat siempre dejaba una bajo el felpudo para Terezi. Sacó la llave mal cosida contra la alfombrilla que tenía una casita violeta pintada, abrió la puerta y tras volver a dejar la llave en su lugar entró en casa.

El comedor era bastante grande, con un televisor de plasma "guay" y un sofá de color azul. Junto al sofá estaba el viejo tocadiscos de Terezi, se lo había regalado a Karkat, y justo al lado la caja de la pasta del trabajo.

La caja de la pasta del trabajo siempre era un problema para Gamzee, pues siempre la miraba con recelo. Pillar ese dinero era un problema porque era de Dualscar, pero a veces quería mucho pillar ese dinero, por eso Vriska solía guardarlo con un candado que solo tenía una llave. La llave solía guardarla Kanaya, la casi novia de su compañera de piso. Pero lo verdaderamente inquietante de aquella caja era que en aquel preciso momento estaba abierta, y no solo eso, si no también vacía.

Gamzee se acercó a la caja de color rojo con decoraciones asiáticas y miró su fondo. ¿Se habría gastado él toda la pasta gansa de Dualscar? Gamzee no quería pensar más, así que colocó aquel cigarrillo dentro de la caja, justo en el centro. No quería asumir las consecuencias que pagaría Vriska si él se había fundido todo aquel dinero, que en principio era para comprar un montón de mercancía en pocas semanas. Y es que aquellos trocitos de tabaco prensados en papel se lo había dado un poli, así que solo podía traerles suerte, porque en las pelis los buenos siempre ganan. Y tras razonar aquello se estiró en el sofá a dormir un rato.

Un par de horas más tarde, en otro lado de la ciudad de Las Vegas, un chico se acaba de vestir y estaba listo para asumir su día. Pero quería regalarse cinco minutos de autocompasión, porque su vida tampoco era tan fácil.

Tavros se sentó en la cama y lanzó sus muletas al suelo con desgana, no era propio de él hacer las cosas de aquel modo pero se sentía estúpidamente mal y si quería evitar llorar tenía que sofocar su ira de aquel modo. Semanas de esfuerzo ¿Qué semanas? Meses dejándose la piel, estudiando y trabajando duro para nada, para que una estúpida profesora le diera una palmadita en la espalda y dijera "Otra vez será Nitram", y la verdad, la opinión de aquella mujer era lo de menos, pero un cuatro coma nueve no era una nota que él se mereciera. Era posible que tuviera atragantada aquella estúpida asignatura de "Legislación y Deontología farmacéutica", que se le hubiera atragantado desde el primer momento y que le costase más que las de microbiología o química, pero es que aquel suspenso era una pena de muerte para su futuro. Adiós a la beca de estudios, adiós a la posibilidad de terminar algún día aquella carrera y adiós a la universidad para siempre. Aún tenía la opción de la segunda convocatoria, pero las probabilidades de aprender lo que no había logrado en tres meses en unas semanas eran bajas, y no necesitaba un master en estadística para adivinarlo.

Con lágrimas en los ojos miró de nuevo el examen suspendido apoyado en su mesilla de noche y lo arrugó entre sus manos, para luego lanzarlo al cubo de la basura que había junto a su escritorio lleno de apuntes y libros mal ordenados. El chico miró a su alrededor, la habitación estaba hecha un desastre, la ropa se amontonaba sucia por el suelo, las sabanas apestaban un poco y tenía varios vasos sucios sobre la mesilla de noche.

En aquel preciso instante el teléfono de la habitación sonó. Tavros miró el identificador de llamada, era su madre. No tenía ganas de hablar con ella, así que dejó saltar el contestador, además llamar a las siete y media de la mañana no era algo decente.

— Tavros, no has llamado en un mes ¿Estás bien? — su voz sonaba preocupada, y es que después de tres años fuera de casa aún no se había acostumbrado. Tener un hijo con parálisis cerebral había sido un disgusto y una preocupación constante hasta que este se marchó, pero a Tavros le molestaba aquella abnegación innecesaria por cuidarle. Era un grado muy bajo y podía vivir sin la ayuda de su madre. — Iremos a verte en dos semanas, acuérdate.

—Sí, pesada— dijo casi para sí mismo y se estiró en la cama. Tenía que empezar a ordenar y tratar de estudiar al máximo aquella estúpida asignatura, pero lo cierto es que ya lo había dado todo por perdido.

Quizá podía ampliar sus horas trabajando en el hospital de pinche de farmacia y continuar de aquel modo hasta el día de su muerte. Porque estaba claro que a casa con sus padres no iba a volver ni a punta de cuchillo. No tenía por qué decir adiós a sus amigos de la facultad, ni a los del hospital. En realidad no iba a vivir peor, solo tendría que buscar un piso menos céntrico y quizá con un baño compartido. El chico suspiró, pero que decía, claro que iba a vivir peor sin la jodida beca de estudios y sin sus padres pagando el alquiler. A fin de cuentas si hacía horas en el hospital era porque quería tener algo más de libertad y relacionarse con el entorno de trabajo.

Nah, para qué se mentía, si no había dejado aquel trabajo asqueroso era por un único motivo, Dave Strider. Aquel cirujano plástico que caminaba por los pasillos casi como si no tocara el suelo, con su pelo rubio perfectamente bien colocado y aquella nariz tan recta y puntiaguda. No podía mentirse a sí mismo, se pasaba las horas embobado preparando las dosis de los pacientes preguntándose si el doctor Strider iría personalmente a recoger las hormonas para el transexual de la habitación 207, o si era cierto aquello que contaban de que se había enrollado con todas las enfermeras de la planta de maternidad. ¡Quien fuera enfermera de la planta de maternidad!

Oh, claro, aquella era otra tontería más que no había sabido como contarle a sus progenitores. Porque no era que si fuera heterosexual fuera a ir corriendo a sus padres y decirles "Papá, Mamá, soy heterosexual" y es que ¿Por qué tenía que decirles que era gay? ¿Por qué sentía que debía justificarles las cosas con las que se masturbaba? Y es que desde que había dejado el instituto, y en consecuencia a su ex-novio Equius, no se había comido un rosco.

¡Ah! Se gritó a si mismo deseando que un tren le atropellase, tenía que dejar de pensar y ponerse a estudiar. No era normal no poder parar el torrente de pensamientos… Y ahí estaba Dave Strider otra vez, el imposible y no homosexual Dave Strider obstruyendo sus pensamientos y fastidiándole la existencia.

Una parte de él quería culpar a su estúpida enfermedad crónica, decir que si no tenía posibilidades reales con nadie era debido a que parecía retrasado y además siempre iba lento con las muletas, pero no. Sabía bien que el problema no era ese, el problema estaba en que no era capaz de asumir de una vez por todas que era un jodido perdedor. Por mucho que se esforzase, no había regalos, nadie iba a alabarle por su esfuerzo… Porque en la retina de todos solo estaba ese chico moreno de piel, que se rapaba la cabeza y usaba chupas de cuero para llamar la atención, que llevaba unas muletas y que a menudo le costaba expresarse verbalmente, de modo independiente y no anexado a los demás problemas.

Finalmente, recogió sus muletas y tras meter todo lo necesario en su mochila de color marrón, salió por la puerta de aquel pequeño apartamento.

NA: Lecciones de Satoki Andoride para lectores aburridos… Nunca aceptéis la invitación a una disco piji, eso de que tengas que ir arreglado siempre es sinónimo de que te quieren mentir. Cortesía de la sagaz Kittie que es consciente de que un comercial jamás se viste de seda porque su producto sea realmente bueno.

Ir a Razz mola más, por eso de poder ir en deportivas, pero aquí estoy yo… Preguntándome qué mierdas me pongo para que no me digan "llama de Udun, no puedes pasar" y joderle la fiesta a todos los colegas. Y dicho esto, voy a mirar mi maleta mal colocada sobre una silla con cara de póker.