Capítulo 1: Por aquellos gloriosos días.
Corría la primera mitad del siglo XX. Hitler había sido nombrado canciller y mi familia apoyaba su candidatura para ser el Führer de Alemania, lo que nos proporcionaba un alto estatus en la sociedad.
Lo cierto era, que mi familia pertenecía a la raza aria, y mi padre, a la famosa Schutztaffel, el comando de protección del país, lo que hacía que el que sería nuestro futuro líder frecuentase nuestra residencia en Múnich, o al menos yo creía que esa era la causa.
Esas visitas se prolongaron durante varios años, haciendo que la amistad entre mi padre y Hitler se volviese más estrecha. Sin embargo, mi madre no parecía muy interesada en hablar con aquel hombre, y sus motivos tenía. Mi madre descendía de judíos, claro, que eso nunca salió de los muros de mi casa, ya que nos condenarían a todos, a pesar de ser arios, a los temidos e impronunciables campos de concentración.
Mi padre, al poco tiempo, se convirtió en un importante oficial nacionalsocialista, conocido tambien como Guertena, pintor personal de Hitler, quién realizó numerosos retratos del Führer y de sus amantes, tambien bastante numerosas.
Recuerdo uno de aquellos fríos días de Múnich; jugaba con una de las criadas de mi familia en el jardín, si no recuerdo mal, solo tenía unos nueve años. El rugir del motor de un coche nos hizo mirar hacia el portón, mientras que este entraba a nuestra residencia. La decoración de aquel coche dejó claro quién era nuestro visitante. Un coche negro y recién encerado, con esvásticas en pequeñas banderas que ondeaban con el viento. ¿Quién sería nuestro visitante sino el Führer?
-Es él... -Musitó mi compañera de juegos, de la que apenas recuerdo el cariñoso apodo con el que la llamaba, mi dama de azul, llamada así por el característico color de sus ojos azules.
Recuerdo tambien que me escondí tras ella. ¿Para qué engañarnos? Tenía miedo. Ese hombre solo venía a mi casa para hacernos regalos a mi madre y a mi, y ademas, para hablar con mi padre de sus nuevos planes, nuevos asaltos y nuevas conquistas.
En lo que a mi respecta, siempre me traía regalos como lápices de colores y lienzos sobre los que dibujar, pues sabía que yo había heredado el afán por el arte de mi padre.
Esa vez no trajo nada, si siquiera se paró a saludarme, simplemente entró en la casa con paso firme y decidido. Varios soldados esperaban a su Führer en la puerta, con las armas cargadas, mirando al frente como dos estatuas de piedra.
Mi dama de azul, al ver la situación, me tomó de la mano, llevándome a la parte más alta de la casa.
-¿A dónde vamos, dama de azul? -Pregunté con la inocencia de cualquier niña pequeña.
-Vamos a jugar al escondite, señorita. -Susurró ella, la notaba nerviosa.
Entramos en la buhardilla y me escondió tras el viejo piano desafinado.
-Está bien. Para ganar este juego, no puedes dejar que los hombres del señor Hitler te encuentren, ¿de acuerdo? Cuando escuches su coche alejarse, sal de aquí, ¿si? Pero no lo hagas antes, si no, perderemos el juego.
-¿Y tú? ¿Dónde te esconderás? -Pregunté al escuchar sus instrucciones.
-Yo me iré a otro lado, pequeña. No te preocupes.
Asentí en silencio, observando como se marchaba, cerrando la puerta.
Hitler había entrado en la habitación de mi madre. La escuché gritar y forcejear, hasta que un disparo silenció todo. Tras el, los gritos de mi padre, y de nuevo, el sonido de una bala al atravesar la piel.
-¿¡Dónde está Mary!? -Gritó Hitler a mi dama de azul.- ¡Es inútil esconderla!
-Ya no está aquí, señor. Llega tarde. -Mintió ella, y después, la oí caer al suelo.
Entonces esperé un par de minutos, hasta que escuché de nuevo el motor alejarse. Era la señal de que podía salir.
La primera que ví fue a mi dama de azul en el suelo, con una daga adornada con una esvástica clavada en el estómago. Aún respiraba.
-Señorita, márchese de aquí, es peligroso que se quede mucho tiempo. -Susurró la mujer, indicándome que fuese a casa de mis vecinos a refugiarme.
Asentí, y antes de marcharme besé su frente.
Busqué a mis padres, marchándome al ver algo que no fue de mi agrado. Ambos en su habitación, con una bala insertada en su corazón y cabeza.
Mi vecina me acogió hasta que pudieron contactar con la única familiar que quedaba viva, mi tía y mi dama de amarillo, una maldita aria nacionalsocialista, que parecía haber olvidado lo ocurrido en mi casa aquel día.
Entonces fue creciendo en mí rabia y dolor, movidas por un fuerte deseo de venganza, así que... Meine Führer, prepárese, pues es ahora cuando muevo mis fichas en su tablero de ajedrez.
