El "bep-bep" del despertador resonó en la cabeza de Vriska. La chica alargó el brazo por encima de su compañera de cama y apagó el despertador para después abrazarla a ella.

Kanaya se estiró, notado el cálido brazo de la otra chica sobre su piel, y encendió la luz a la par que apartaba a la morena de largos cabellos de ella con delicadeza. Se sentó en la cama y buscó por el suelo su ropa, en pos de ponerse algo por encima antes de ir a la ducha. Tenía que ir a trabajar, era su segundo año de residencia y si quería hacerse cargo al fin de alguna cesárea ella sola tendría que demostrar que valía para ello.

— Kan, no vayas hoy — dijo Vriska enroscándose a la cintura de la otra y mordiéndole la cadera—. Quédate conmigo, solo hoy.

La Serket se incorporó ligeramente en la cama y se apretó contra la espalda morena de Kanaya, sin dejar que se pusiera la camiseta que sostenía e las manos. Besó ligeramente sus costillas y levantó la cabeza a la par que la otra chica arqueaba el brazo para arcaizar su hombro.

—Sabes que no puede ser — susurró dulcemente Kanaya agachándose un poco para besarla en los labios. Vriska la soltó de golpe y se hizo un ovillo entre el edredón y la manta, dándole la espada. No estaba acostumbrada a las negativas de la Maryam—, si fuera cualquier otra cosa ya estaría ahí, a tu lado, pero en cosas de trabajo no.

— Me da igual, ve a mirar coños feos — contestó de mal humor. "Ojalá se aburra mucho en su asqueroso trabajo" pensó Vriska. Se sentía infantil pensando aquellas tonterías, pero si no se quedaba le esperaba un día muy aburrido. O eso creía ella.

— No te enfades— Kanaya se estiró junto a la morena y la besó en la mejilla— ¿Y si desayunas conmigo?

—Está bien, aunque ya sé que es una treta para que te prepare yo el desayuno — afirmó la morena levantándose de la cama y mirando a Kanaya salir de la habitación en dirección al baño.

Vriska se puso unas bragas y una camiseta vieja de Gamzee, le gustaba usarlas como pijama cuando no dormía con alguna persona interesante y la ropa sobraba. Se dirigió al comedor y miró a uno de sus compañeros de piso dormir boca arriba en el sofá, casi como si se hubiera caído tal cual del cielo a aquel trozo incomodo de polipiel azul barata.

Sin pensar mucho más pasó a la zona de cocina. Le encantaba aquel piso, entre otras cosas porque desde aquella cocina con barra americana podía ver salir a Kanaya del baño y prepara el desayuno con aquella expectativa le gustaba. Era posible que las chicas no fueran propiamente una pareja, pero probablemente Kan era la persona que más la ataba a continuar limpia. Nada de drogas a pesar de trabajar con estas, sus neuronas y su cuerpo no se veían desgastados por aquellos productos que tan jodidamente desquiciada la habían tenido hacía unos cuantos años atrás. Si, quizá podía decir que casi quería a aquella ginecóloga "en prácticas" que la hacía mejor persona y no se metía con sus propias decisiones, ni en su trabajo.

La chica cortó un par de naranjas, encendió el exprimidor eléctrico y metió unos cuantos trozos de pan de molde en la tostadora. Todo parecía perfecto hasta que levantó la mirada al escuchar que Kanaya cerraba el agua de la ducha. Su mirada se posó en aquella caja de color rojo donde guardaba el dinero para las transacciones de Dualscar, amado padre con ironía incluida. La caja estaba abierta y aquello era sin duda un error de cálculo.

Vriska se golpeó la cabeza con la mano abierta. ¿Cómo se había podido olvidar de cerrarla con llave? Y había dejado a Terezi en la casa con Karkat en el baño. Aunque carecía de importancia, Karkat era un calzonazos cuando se trataba de aquella chiquilla egocéntrica que de vez en cuando ayudaba con el negocio. La morena apagó el exprimidor eléctrico y se acercó a la caja. Poco antes de mirar en ella fijó sus ojos en Gamzee, ¿cómo era posible que con el ruido que metían ella y Kan no se despertase? Vriska negó con la cabeza, aquel chico no tenía remedio.

—¡Será Hija de puta! — gritó de golpe la Serket al ver que en la caja únicamente había un cigarrillo. Ni un solo dólar de los que necesitaba para la transacción de la metanfetamina, nada.

— ¿Qué ocurre? — dijo Kanya saliendo del baño envuelta en una tolla gris y desgastada. Su pelo corto estaba mojado y algunas gotas de agua resbalaban por sus brazos.

— La zorra de Karkat se ha llevado la pasta, eso ocurre — contestó Vriska poniéndose el cigarrillo en los labios y buscando una pequeña caja de cerillas que sabía que estaba por la mesilla del comedor. Eran aquellos momentos en los que más echaba de menos poderse meter una raya de coca para tranquilizarse.— No están en su cuarto ¿Verdad?

— Relájate primero, podemos encontrar una solución pero antes…— empezó a decir la Maryam que señaló a Gamzee. En la opinión de Kanaya era más probable que Gamzee se hubiera fundido la pasta, que alguien como Terezi la hubiera robado.

Vriska suspiró y dejó el cigarrillo sobre la mesa sin encender apoyado en el cenicero de cristal, cortesía del casino Luxor. La chica miró a Gamzee y se sentó sobre este con las piernas abiertas. Agarró los brazos del chico y levantó su sudadera violeta para mirarle los brazos, al parecer aquella pasada noche se había pinchado algo por lo que era poco probable que no recordara una mierda, pero le había dado dinero así que creía poco posible que se la hubiera gastado él.

Kanaya negó con la cabeza al ver los brazos del chico y se marchó al cuarto de Vriska ignorando la situación. La Serket se agachapó contra el cuerpo de Gamzee y besó su nariz en pos de despertarle con suavidad, pero el Makara no se despertaría tan fácilmente. La morena suspiró, siempre tenía que ponerse drástica. Entonces sonó la cachetada, le acaba de soltar una bofetada y parecía que funcionaba.

— ¡Ay! Vriska…—se quejó el chico entreabriendo los ojos y pasándose la mano por la cara. Le picaba un poco la zona por aquel bofetón.

— Ni Ay ni Uy, ¿Has cogido tú la pasta de Dualscar? — preguntó ceñuda la morena sin levantarse del cuerpo de Gamzee.

—No, si la caja siempre está cerrada — contestó el Makara. Tenía la cabeza algo embotada y apenas recordaba cómo había llegado a casa.

Vriska alargó sus brazos hacia atrás y sacó el contenido de los bolsillos del pantalón de Gamzee. En primer lugar miró el contenido de la cartera, estaba vacía y solo había en esta una foto de ellos dos cuando eran pequeños junto con Eridan. La chica odió a Gamzee brutalmente por llevar esa foto, pero le devolvió la cartera guardándose ese trozo de papel para ella. Seguidamente abrió su teléfono y se fijó en las múltiples llamadas de Karkat.

— Ayer… ¿Hablaste con Karkat? — preguntó de nuevo la chica. Se levantó de encima de Gamzee, dejándole incorporase y se encaminó a la cocina. La tostadora sacaba humo y era posible que no hubiera un Dios capaz de comerse el pan de molde que ella misma había puesto a tostar.

—No lo sé, Vris — Gamzee se levantó y se sentó en uno de los taburetes de la barra americana. Hizo amago de tomar uno de los vasos de zumo de naranja pero Vriska le golpeó en la mano.

Vriska le pasó una de las tostadas y un cuchillo para que rascase un poco la zona ennegrecida, mientras ella hacía lo mismo con el otro trozo de pan. En aquel momento Kanaya salió del cuarto, vestida y aún con el pelo mojado se acercó a la barra y se apoyó en esta desde el lado del comedor y hacia la cocina.

—Quizá podrías preparar tú la meta, tengo un amigo que podría echarte una mano— dijo Kanaya para acercarse a Vriska y darle un beso leve en los labios. Había estado buscando una posible solución al problema que no comportara decirle la verdad a Dualscar. — Llego tarde, cuando salga te llamaré.

La Maryam tomó el vaso de zumo y se los bebió de golpe para justo después salir por la puerta del piso bajo la atenta mirada de los otros dos. La morena acercó su vaso de zumo a Gamzee, que se mojó los labios en este y miró fijamente los ojos azules de la chica. Hacer la meta ellos mismos significaba hacer una llamada que Vriska no quería hacer, pero que sin lugar a dudas solo recibiría una afirmativa si era ella quien pedía la ayuda pertinente.

—No tengo el teléfono de Eridan — dijo la Serket de golpe tirando a la basura la tostada que había preparado para Kanaya.

Odiaba a su hermanastro de todas las maneras posibles en las que se podía odiar a alguien con la que compartes sangre. Eridan Ampora, el favorito de Dualscar, el niño predilecto que hacía las cosas a la perfección. Gamzee dejó su teléfono móvil sobre la poyata de la cocina y tras mojar el pan retostado en el zumo le pegó un bocado a la tostada.

Vriska miró el teléfono dudosa. No le gustaba que Gamzee la viera así, pero conocía de sobras la mala relación que compartían, no era algo que le viniera de nuevo. La chica suspiró y cogió el teléfono, buscó en el directorio el número de su hermanastro y pulsó el botón verde de llamada. Llevaban casi más de un año sin dirigirse la palabra.

Eridan Ampora se encontraba sentado en su coche. Estaba estacionado frente a una pequeña casita de las afueras, discreta pero moderna. Era la casa de Feferi, quizá su mejor amiga quizá algo más que eso, el chico ya no tenía ni idea de en qué fase estaba su extraña relación. Estaba pensando precisamente en eso cuando su teléfono sonó despertándole de sus fantasías con aquella chica de cabellos castaños a la que llevaba a trabajar cada mañana desde que le había dicho que su coche estaba estropeado.

Él miró el identificador, era raro que Gamzee le llamara a aquellas horas. Consideraba al Makara casi como un hermano pero siempre era un coñazo de tío, más si iba colocado por lo que le cortó la llamada. No podía hablar con él, en pocos minutos Fef estaría en el coche y no tenía por qué saber nada de la existencia otro amigo más con curiosas aficiones de drogadicción. El teléfono volvió a sonar, vibrando entre sus dedos, por lo que instintivamente descolgó el teléfono y lo colocó sobre su oreja.

—No puedo hablar, llámame en otro momento maldito hijo de puta —dijo al auricular, estaba a punto de colgar cuando se dio cuenta de que no hablaba con Gamzee.

—Que te jodan, hermanito—. La voz de Vriska algo rasgada e imitando un tono dulce que en realidad no tenía hizo que un escalofrío recorriera su espina dorsal. — Llámame cuando tengas quince minutos.

La línea se cortó dejando a Eridan un tanto descolocado, no quería saber nada de aquella morena problemática. Antes de que pudiera tan siquiera pensar en nada Feferi entró en el coche sentándose en el asiento del copiloto y saludándole con su pletórica sonrisa.

— Buenos días — dijo ella y besó al chico en la mejilla, deseaba besar sus labios pero contenía sus impulsos. Feferi adoraba a aquel Ampora, a veces grosero y egocéntrico pero también dulce y encantador cuando quería. — Ayer el vecino revisó mi coche, cree que este fin de semana podrá arreglarlo.

Eridan ya había encendido el coche y ponía rumbo al hospital, aquella noticia le sentaba como un jarro de agua fría. Ahora tendría que buscar otra excusa para ver a la Peixes.

— Eso está bien, porque así al fin no tendrás ninguna excusa para postergar nuestra primera cita formal — dijo él fingiendo indiferencia. La chica miró al conductor algo consternada.

— Eri, ya te he dicho muchas veces porque esa cita no puede darse— contestó con voz apenada Feferi. No podía salir con un traficante, no siendo una ginecóloga y obstetra de renombre como era ella. — Deja de trabajar en actividades ilícitas y tendremos esa cita.

— Fef, no deberías decirme como tengo que vivir — contestó el Ampora molesto. No soportaba aquello, era muy irritante. Le había contado la verdad porque le importaba, y desde que se lo había dicho se habían acabado los besos románticos, el sexo y las tardes paseando juntos cogidos de la mano. No había dicho nunca de ser pareja, pero si había habido algo, Eridan lo notaba morir día a día. — Eso es lo que sé hacer, es mi trabajo.

Tras decir aquello se quedaron en silencio durante el resto del trayecto. Era incómodo para ambos. Al llegar al hospital, Eridan estacionó el coche cerca de la puerta de personal y evitó mirar a la chica. Odiaba cuando se despedían enfadados.

—Eridan —dijo ella con voz firme y posando una de sus delicadas manos sobre el hombro del chico. Él se giró a mirarla y se fijó en los ojos fucsias de la chica. Feferi sonrió y acercó sus labios a los del chico depositando un suave beso sobre estos. No quería que su relación terminara, pero a menudo se daba cuenta de que no había otra opción. — Vuelve a buscarme mañana, por favor.

Y tras decir aquello la médica bajó del coche y se adentró en el edificio. Antes de marcharse Eridan cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre el respaldo del sillón. Odiaba a todas las mujeres que habían pasado por su vida cada día más, preguntándose si la madre que nunca había conocido había sido también tan imposible como las demás.