Capítulo 2: Por estos gloriosos días.

Nada ni nadie cambian en Alemania. Las calles y avenidas de Múnich siguen siendo igual de frías y obsoletas como antaño, y yo, sigo siendo la misma niña de ojos azules y cabello dorado, solo que con unos diez años de más, aunque eso es irrelevante.

Mi vieja casa, y mi vieja calle, totalmente calcinadas. Tal vez sea eso lo único que sí ha cambiado. Tras el asesinato de mi familia un incendio calcinó todo lo que antiguamente fue un lugar rebosante de risas y felicidad de unos padres y su hija. Pero ya no queda nada de eso, todo ha quedado reducido a cenizas, junto con mis recuerdos y mis esperanzas.

Sin embargo, aunque todo eso ya no exista, aunque sepa que tarde o temprano el viento de llevará las cenizas de mis recuerdos, estaré preparada pues será esa ráfaga de aire la que avivará el fuego de mi corazón y me ayudará a cumplir lo que prometí ante la tumba de mis padres, en aquel triste y escondido mausoleo de una parcela apenas transitada del cementerio. Tal vez el Führer pensara que cuánto menos se supiese de mis padres, menos se cuestionaria sobre lo ocurrido en aquella tarde de invierno en la que la nieve se tiñó de rojo carmesí.

Pero eso nunca evitó que las malas lenguas hablasen sobre lo que pasó o inventasen historietas para explicar el por qué yo fuí la única superviviente de la masacre vivida entre las paredes de los, ahora, calcinados cimientos de mi casa. Incluso escuché que la gente pensaba que yo misma había asesinado a mis padres, algo ridículo, por supuesto. Todos sabían lo mucho que yo quería a mis padres y lo muy unidos que estábamos, desde luego, esa idea es inconcebible.

Dejando ese tema de lado, siempre voy a llevar flores a mis padres, pero no me agrada mucho la idea de pisar el camposanto sabiendo cuáles son mis futuras intenciones. Así que prefiero ir a mi antigua casa, intentando cerrar los ojos y recordar a aquella pequeña niña, jugando por ahí con su dama de azul, escuchando a su madre deslizar los dedos por las teclas del majestuoso piano, y esperando a que llegase su padre del trabajo, para poder abrazarle fuertemente.

Pero esos dulces recuerdos terminan interrumpidos al venirme a la mente esa escena repleta de sangre y muerte.

Siempre me gusta visitar todos los rincones de mi casa, con un ramo de rosas amarillas en la mano, como oy, para depositar una por cada una de las personas que perdí. Una por mi padre, en el suelo de su habitación, otra para mi madre, en la cama del mismo sitio; otra, para mi dama de azul, en la puerta de la buhardilla, y por último, otra rosa tras el piano del lugar más alto de mi casa, porque ahí, murió una parte de mí junto con la inoncencia de una niña pequeña.

-Ya está bien por hoy... -Susurro tan bajo que parecía ser un pensamiento.

No quiero llorar, no de nuevo, ya habían pasado diez años y debía superarlo; mis lágrimas no iban a hacer que volviese a ver la sonrisa de los que quería.

Debo de pensar en lo que he de hacer hoy, no en el ayer, y ni siquiera en el mañana, nada me asegura que todo vaya a salir como yo planeo.

Por ejemplo, mi tía iba a llevarme a una fiesta, con absolutamente toda la corte nacionalsocialista alemana. Si, es un tremendo honor "conocer" al Führer. Sí, enorme, tanto que me pasaré la celebración entera mirando a las musarañas.

Aunque, ingenua de mí, ojalá hubiese sabido que esa fiesta marcaría el inicio y el fin de mi partida de ajedrez con la mismísima Alemania.