Capítulo 3: Mi perfecto mundo fabricado.
Velas, flores, buena música, buena comida, todo perfectamete digno para el majestuoso y recién nombrado Führer y líder del III Reich de Alemania.
Mi querida dama de amarillo ha hecho demasiado hincapié en que fuese dando buena imagen a la familia, o más bien a ella misma, asi que me ha obligado a vestir uno de esos incómodos vestidos largos de tela plisada verde, junto con unos tacones negros. ¿Para qué parecer más alta si apenas superaré en altura a la mayoría de los invitados? Todo es una tremenda pérdida de tiempo, incluso el acudir a la condecoración del asesino de mis padres lo es, pero todo sea por nuestro Führer.
Desde luego, no puedo estar más incómoda; aunque la verdad es que lo único bueno que había en el lugar era que ese verdugo no había hecho acto de presencia, y mejor que no lo hiciese, no me gustaría acabar tan pronto en una cámara de gas sin ni siquiera haber puesto en marcha mi magnífico proyecto. Aunque, para ser sincera, ¿por dónde debería de empezar? ¿Provocar a Adolf Hitler? Sería muy fácil encender la chispa de la revolución en Alemania, pero eso no sería divertido. Quiero que ese maldito hombre experimente las flaquezas de su propio sistema, que vea que está rodeado y que tarde o temprano su vida caerá en las manos de la muchedumbre.
Los invitados parecen una jauría de perros intentando acercarse a su dueño, en este caso e Führer, para que les dé de comer; después de todo son un puñado de asesinos que invierten su tiempo en felicitar al asesino de tantas personas inocentes.
El olor a alcohol y a humo de los borrachos puros de los actuales oficiales nacionalsocialistas llenan la habitación, hasta tal punto que las náuseas me obligan a utilizar la única vía de escape que tengo: la puerta del jardín. Sí, tal vez el tomar algo de aire me relaje un poco.
Bajo las escaleras despacio, ya que no hay manera de que me acostumbre a unos zapatos tan altos.
Con un largo e intenso suspiro, me siento en uno de los bancos que había frente a una majestuosa fuente. Por un momento, me parece que las lágrimas que recorren mis mejillas eran simples gotas del agua de la fuente. Supongo que hoy he sentido demasiadas emociones: tristeza, nostalgia, dolor y rabia. Rabia por no poder parar este genocidio; rabia por estar muriéndome por dentro al ver el rostro de ese hombre.
Pero ahora no es momento de llorar, pronto podré fabricar mi mundo perfecto.
Seco mis lágrimas con impaciencia, mientras que una sombra se acerca por mi espalda:
-¿Se encuentra bien, señorita? -Pregunta un joven soldado, sonriédome, tendiéndome un inmaculado pañuelo.- Tome, usélo.
Sonrie, ¿por qué me sonríe de esa forma? ¿Cómo puede un soldado sonreír de esa manera tan pura? Las dudas me asaltan como una ametralladora nacionalsocialista asesinar a miles de personas.
-Gracias... -Susurro timidamente mientras tomo el pañuelo.
Por un momento, mi mirada se cruza con la del muchacho, esos ojos grises me atraviesan, siento como si pudieran ver a través de mí.
-¿Puedo acompañarla?
Asiento, sintiéndome algo nerviosa y confundida como para poder hablar; aparto el pañuelo de mis ojos, viendo como se había manchado levemente de maquillaje con el que mi dama de amarillo había cubierto mi rostro para esconder mis cansados y tristes ojos.
-¿Cómo se llama, señorita? -Pregunta sin borrar esa dulce sonrisa, la cuál no podía dejar de observar.
Me parecía demasiado curioso el ver a un hombre con una mirada tan dulce en los tiempos que corren.
-Mary. -Respondo sin más preámbulos, ocultando mi apellido.- ¿Y usted?
-Garry. -Dice sonriéndo de nuevo.- Y dígame, Mary. ¿Hay algún apellido tras es bello nombre?
-Tal vez. Aunque si lo hay, no tiene mucha importancia. ¿Y qué hay de usted? -Cruzo miradas con él, pero a los pocos segundos aparto la mirada al ponerme nerviosa.
-Lo mismo he de decir, señorita. -Dice riendo, buscando mi mirada.- ¿Por qué estaba llorando?
La pregunta me deja algo sorprendida, ese hombre me parecía cada vez más interesante.
-Por nada en especial, simplemente me molestaba el humo de los puros y he tenido que salir un momento.
-¿Mary? -Pregunta mi dama de amarillo, gritando desde el balcón.
-Vaya, parece que la solicitan. -Sonrie y se levanta, a la par que yo.- Ha sido un placer conocerla, espero que nos volvamos a ver cuando no esté de servicio.
Entonces, se esfuma, tal y como ha venido, ocultándose entre las sombras.
Resoplo y voy hacia donde se encuentra mi tía, mientras que guardo el pañuelo de aquel chico en mi bolso.
-Vamos, he de presentarte a alguien. -Dice agarrádome la muñeca con fuerza.
Avanzo tras ella a paso rápido, siento que en cualquier momento mis pies van a ceder y voy a caer al suelo, pero para mi sorpresa mi tía se detiene al lado de un grupo de jóvenes, al parecer de mi edad.
-Isabella, querida. -Dice dramáticamente, llegándome a dar hasta vergüenza ajena.- Te presento a mi sobrina. Mary, esta chica es Isabella, familia cercana del Führer, ¿sabes? Tiene tu misma edad, ¿por qué no charlais un rato?
Cuando por fin la cotorra de mi tía se marcha, miro a la chica; sus ojos son tan marrones que se asemejan al color de la sangre, y su pelo castaño cae a ambos lados de sus hombros. Desde luego era una mujer muy elegante: su vestido rojo se ceñía a la perfección a su cintura. Es una dama de rojo.
-Encantada, Isabella. -Sonrío hipócritamente.
-Por favor, Mary, llámame Ib, y no seamos hipócritas. Todos sabemos que estás tan incómoda como yo en esta fiesta.
Vaya sorpresa, así que yo no soy la única incomprendida.
-Mi madre me ha obligado a venir por ser la sobrina de Adolf Hitler, aunque parezca mentira. -Dice la chica, riendo.
Parecía simpática, pero habia algo que me hacía desconfiar, ¿quizá el que fuese la sobrina del asesino de mis padres?
Tras hablar horas y horas con esa mujer sobre las manías y defectos de su familia, mi dama de amarillo me llama. Es hora de volver a casa, por fin. Me despido de la misteriosa dama de rojo y tambien del soldado que me sirvió de consuelo y a la vez de confusión momentos antes.
El chico besó mi mano y yo le sonreí. Sin embargo, cuando me marchaba, sentí una fría y punzante mirada roja en mi espalda, que parecía querer atravesarme.
