NA: Este capi es totalmente de Kanaya. Yo me excuso por adelantado. Kan y Rose son mis chicas imposibles, he tratado de escribir unos mil quinientos fanfics de ellas pero siempre me hacen sentir totalmente insatisfecho y los mando a la carpeta de despojos insalvables. En este más o menos consigo que se sostenga pero tampoco acaba de gustarme el trabajo que hago con ellas. Son chicas demasiado listas para mí. Las chicas listas molan demasiado… ;D

Kanaya jugueteaba con el bebé de la habitación 134. Era una niña preciosa, regordeta y con una sonrisa encantadora, a la que había ayudado a nacer hacía escasos treinta minutos. La acaba de traer una de las enfermeras, limpita y con su primer pañal puesto, para ser llevada frente a su madre que debía morirse de ganas de verla.

Lo típico era que la misma enfermera llevara al bebé, pero había sido un parto particularmente difícil y Kanaya prefería llevarla ella misma. La jefa, Feferi Peixes, no hubiera estado más de acuerdo. Le gustaba mantenerse en contacto con sus pacientes y cuidarlos como si fueran de su propia familia, aunque aquello no fuera propio de un buen médico. Así la había enseñado a ser como obstetra y cuando terminara la residencia, independientemente del hospital en el que trabajase, Kanaya quería seguir procediendo de aquel modo.

La médica entró en la habitación con la niña en los brazos. La madre no estaba en la camilla, pero el doctor Dave Strider estaba allí sentado esperando, con ropa de calle y con su sonrisa de playboy habitual.

— Al fin la traéis, ya tenía ganas de verla — dijo levantándose del sillón y estirando los brazos para coger a la bebita.

— ¿Es su hija Doctor Strider? — Preguntó Kanaya con curiosidad. En el informe que previamente había revisado ponía que la madre se apellidaba Lalonde y era soltera. Una madre valiente a los ojos de Kanaya, que también era hija de una mujer que había decidido sacar adelante a su familia sin ayuda de una pareja.

Dave negó con la cabeza.

—No, eso sería bastante espantoso — Contestó una voz dulce pero firme a las espaldas de la Maryam. La madre de la niña se acercó a Dave y miró al chico a los ojos. — Es bonita de veras, no tiene que ver con que sea su madre ¿verdad?

Rose se estiró en la cama, se sentía aún un poco dolorida del parto.

— Es muy bonita, hermana — dijo Dave besando la frente de la niña y entregándosela a Rose, para después girarse hacia la doctora. Le extrañaba que no hubiera abandonado ya la habitación. —¿Qué querías Maryam?

Kanaya se sonrojó un poco, consideraba aquella una escena muy entrañable, pero también muy personal. La médica se acercó a la cama y sonrió a la madre.

— Tan solo comentar que ya le hemos hecho unas cuantas pruebas— empezó a decir la morena. Con las dificultades del parto, Feferi había recomendado examinar al bebé a consciencia, un síndrome de Sheehan o algún tipo de enfermedad cerebral podía haberla afectado.— Y parece que la niña está bien, sería recomendable hacer chequeos durante los próximos tres años pero parece que todo está correcto.

Kanaya tenía ganas de golpearse, había repetido que todo estaba bien tantas veces que se sentía demasiado torpe como para decirse a sí misma que era una mujer con un título universitario y no era un ser tonto y amorfo.

Rose sonrió a la médica. Normalmente no le gustaban los hospitales y mucho menos desde que su madre había muerto en uno esperando un trasplante de hígado por una cirrosis hepática causada por el consumo de alcohol, pero aquella doctora le hacía sentirse cómoda. Kanaya se giró hacia la puerta directa a irse cuando se paró de golpe y volvió a mirar al doctor Strider y a la señora Lalonde.

—¿Cómo se llama la niña? Si no es mucho preguntar — dijo Kanaya. De golpe se sintió un poco torpe, si es que aquello era posible, en los informes debía poner el nombre que planeaban ponerle a la niña. Preguntar aquello era demasiado personal.

—Roxy, si, Roxy — contestó Rose mordiéndose un labio. No estaba segura de ponerle el nombre de su madre, pero una parte ínfima en ella carente de racionalidad le decía que así debía llamarla.

La médica sonrió y salió de la habitación algo azorada, no entendía por qué se sentía de aquel modo con aquella mujer. Parecía una madre soltera común, pero en sus ojos se veía mucha fuerza e inteligencia. Era como una atracción absurda, la había visto parir, quizá una de las cosas menos sexys que incluían órganos genitales y sin embargo se estaba replanteado sin venir a cuento que le resultaba atractiva. Caminó hacia un están de descanso, que sorprendentemente estaba vacío, quizá tenía que ver con que el doctor Strider estaba ocupado con una mujer demasiado pequeña para tener relaciones sexuales, y se estiró en la cama. Debía ir a pasar la consulta de Feferi Peixes, que siempre evitaba ir mandando a un subordinado y se quedaba trabajando en su despacho, pero aún tenía quince minutos para eso.

El busca de la Maryam sonó con su pitido habitual. La chica pensaba que debía ser una emergencia así que lo miró enseguida, pero solo era Vriska pidiéndole que la llamara. Kanaya suspiró, se sentía un poco abrumada en aquella relación que parecía no tener ni pies ni cabeza. Vriska no se aclaraba a decir qué eran exactamente, y no era que Kanaya necesitase una etiqueta, pero a menudo se sentía usada por su compañera de cama.

Aún estirada en la cama, Kanaya estiró su brazo hasta la mesilla donde reposaba un teléfono y marcó instintivamente el teléfono de la morena.

— ¿Está todo bien? — dijo Kanaya mirando su reloj de pulsera. Tenía diez minutos para llegar a las consultas puntual.

—Has mencionado algo de un amigo del trabajo que podía ayudarnos…— dijo al otro lado del hilo telefónico, olvidando decir tan siquiera un hola. En el fondo era normal, pensó la médica para sí misma, se jugaba bastante si no conseguía el material que aquel Capo que no sabía ser un padre le había pedido.— ¿Podríamos concertar una cita con él? Conocerlo y ver si es de fiar, no sé.

— Si, pero es un buen chico— afirmó Kanaya pensando en Tavros, el chico de la farmacia del hospital.— Es gay, tiene parálisis cerebral, pero muy leve y creo que si quisieras asustarle para que cerrase la boca sería fácil.

—Tiene un buen perfil pero…Prefiero asegurarme — contestó Vriska. Aquel tipo, por la descripción que Kan le acaba de dar al menos, parecía un alelado ¿Y sabría cocinar? Parecía poco probable— ¿Has dicho que es gay? Dile que Gamzee tendrá una cita con él, será una cita doble con nosotras… Ya sabes.

—No creo que Gamzee sea su tipo— sentenció Kanaya. Conocía los gustos refinados del chico y no, el Makara no podía compararse con Dave Strider. Hasta ella y su poca afición por el género masculino podía darse cuenta de aquello.

—Kanaya, eso es lo de menos— dijo Vriska para colgar y dejar a la ginecóloga anonadada. Tenía que concertar una cita entre Tavros y Gamzee, y además estaba segura de que el segundo ni siquiera estaba al corriente de los acontecimientos.

Kanaya volvió a suspirar, definitivamente sí, Vriska la usaba un poco demasiado. La chica se levantó de la cama y encaminó sus pasos hasta la farmacia del hospital. Si llegaba un poco tarde a las consultas tampoco pasada nada, después de todo el seguro iba a pagar lo mismo y se daban pocos casos de enfermedades graves. La chica se sintió un poco desgraciada por pensar aquello, pero las consultas era el trabajo más pesado que había experimentado en el hospital.

Tavros levantó la vista de su mesa llena de apuntes de deontología y vio a Kanaya apoyada sobre el mostrador de aquella ventana que se habría al pasillo del hospital. Su piel morena y sus negros cabellos destacaban con aquel lugar de colores tan blancos e impolutos.

— Todas las medicaciones de tus pacientes están ya servidas — dijo Aradia sentada en un taburete junto a la nevera de reactivos. Era la farmacéutica real de aquel hospital y jefa del tímido chico que ahora la miraba curioso.

—Lo sé, mis enfermeras son las mejores— sonrió Kanaya y miró a Tavros. En realidad aquel chico le caía bien, era agradable y parecía inteligente a pesar de su timidez. — Vengo a ver a Tav.

— ¿Quieres café? — preguntó Tavros arrastrando la silla del escritorio hasta la cafetera. Kanaya siempre iba allí a por el café, era mejor que el de la sala de médicos.

—La verdad es que venía a pedirte una cita — dijo la Maryam enigmáticamente. Tavros la miró extrañado, él no se consideraba tan femenino como para gustarle a una chica que por norma general no salía con hombres.— No conmigo, con un amigo.

—No sé si tengo tiempo para citas— contestó sonrojado el chico. Aradia se levantó y pasó un brazo por la espalda de Tavros.

— Vamos, Tav ¿Cuántos siglos hace que no sales con nadie? — Aradia lo decía para animarle, pero lejos de lograrlo solo hacía sentir al moreno más y más acomplejado.

Su relación con Equius había terminado en el desastre, solo porque Tavros no había querido que le acompañase a la universidad. No había querido romper con él, pero tenía claro que necesitaba espacio. Equius no era un tipo violento, pero podía ser agresivo en sus respuestas y no se había tomado nada bien aquella negativa a sus expectativas de vivir juntos en la ciudad, compartir economías y ser casi una pareja de casados. Ni siquiera habían dicho a sus familiares que eran pareja, ¿cómo iban a vivir juntos si no eran capaces de aceptar públicamente que estaban juntos? Tavros no creía que aquello hubiera podido tener un final feliz.

— De verdad, no creo que esté listo para salir con nadie — insistió Tavros. La simple idea de pensar en un hombre guapo que le rodease la cintura le hacía estremecerse, pero no se sentía capaz de asumir una cita real. Le aterraba ser el mismo con nadie ajeno a su círculo seguro de conocidos y amigos, y eso sin contar lo mucho que le aterraba ser rechazado por la parálisis cerebral.

— No te preocupes, Gamzee es un poquito impresentable y no creo que espere que os caséis ni nada— trató de tranquilizarle la morena. — Es un buen chico.

— Lo importante es.. ¿Está bueno? — preguntó Aradia apoyándose en el mostrador, casi más animada por la vida amorosa de Tavros que por la suya propia.

Kanaya se quedó pensativa. En su mente la nariz de Gamzee se dibujó siguiendo el surco labio nasal que desembocaba en los labios quizá un poco demasiados gruesos para el gusto de la morena. Sus rasgos eran definitivamente armónicos, sobre todo por aquellos ojos de pupila morada y sus fuertes mandíbulas, pero definitivamente era quizá demasiado masculino para su gusto. Si ella hubiera escogido un chico seguramente hubiera sido más dulce, más parecido a Tavros.

—No sé ¿Sí? Metro ochenta, constitución atlética, de huesos grandes... — Kanaya puso cara de circunstancia. Definitivamente no sabía que contestar. No hubiera recomendado a Gamzee ni a su peor enemigo, no por su aspecto si no por otros factores negativos, como la drogadicción, la reacción violenta espontanea que aparecía fruto de la misma adición o su constante enajenación mental que lo hacía totalmente incapaz de asumir un compromiso. No decir sinceramente todo aquello la estaba matando.

— Tienes que pensar que el ex de este chico era todo un bombonazo — dijo Aradia que en realidad solo había visto a Equius en una foto. — Ya sabes, capitán del equipo de futbol, cuidadísimo y más metido en el armario que una polilla hambrienta.

— Bueno, está claro que no te propongo una cita con Dave Strider pero… — Kanaya arqueó las cejas y miró a Tavros expectante. — Mi chica y yo estaríamos, así que podrías huir fácilmente si te horrorizaras.

Tavros dibujó una sonrisa ambigua en sus labios, en realidad no tenía nada que perder. Solo podía salir herido en el ego, el cual estaba bastante carente en su vida, así que…

— Está bien, supongo que si — contestó él sonrojándose un poco.

Aradia sonrió, la verdad era que aquel ayudante era un poquillo torpe pero le apreciaba bastante. Se alegraba de que hubiera aceptado aquella cita, ella más que nadie se había fijado en que llevaba siglos mirando a hurtadillas a Dave Strider, esperando fantasías irreales, muy probablemente porque se sentía solo y no porque le gustara de verdad.

— En cuanto concrete algo con mi chica, te aviso — Kanaya le giñó el ojo a Tavros y se encaminó a las consultas. Miró su reloj un instante antes de entrar al despacho. Solo llegaba diez minutos tarde, podría haber sido peor.