Capítulo 4: Campos de concentración.

Han pasado dos días desde que conocí a Garry en aquella fiesta, y ni yo misma entiendo por qué su sonrisa no se borra de mi cabeza. La veo ahí, dibujada en todas partes, esa sonrisa y esos ojos grises rebosantes de dulzura y gentileza Aún conservo su pañuelo, lo he lavado y tambien he borrado cualquier rastro de mi llanto, dejándolo tal y como me lo dió, tan blanco que deslumbra,

-Señorita Mary. -Dice la criada de mi tía interrumpiendo mis pensamientos.

Ella es mi dama de verde, pues posee dos densos prados por ojos.

-La señorita Isabella, -Continúa.-, está al teléfono, quiere hablar con usted.

¿Isabella? Menuda sorpresa.

-Enseguida bajo. -Digo bajando rápidamente al salón, donde se encontraba el teléfono.

-¿Si? -Digo, tomando el teléfono.

-Hola, Mary. ¿Cómo estás? -La escucho reír- Verás, mi tío me ha invitado a su residencia para tomar té, y me ha dicho que invitase a una amiga, así que he pensado en tí. ¿Qué te parece?

-Ah, por supuesto. -Digo sonriendo. No es muy normal en mí salir con amigas, por lo que me resulta hasta emocionante.

-Pues perfecto. Pasaré a recogerte en un coche alrededor de las seis. Nos vemos.

Entonces, cuelga. Por un momento le estaba agradecida a mi tía por haberme presentado a aquella chica. Iba a ir a la residencia de Adolf Hitler para tomar té con su sobrina.

El viento sopla a mi favor, a partir de ahora me será extremadamente fácil acercarme al Führer y hacerle sentir el dolor que está causando a millones de personas.

Ahora he de pensar cómo impresionar a esas personas, y, ¿quién mejor para eso que mi dama de amarillo?

-¿Qué vas a dónde? -Pregunta impresionada, dando saltitos de alegría.

-Si, lo se. Pero necesito que me ayudes a causar buena impresión.

-Cuenta conmigo, todo sea por mi sobrina.

Si no llego a morderme la lengua, habría soltado un "hipócrita" delante de ella, pero mejor no empeorar nuestra relación.

Me lleva a su habitación, donde empieza a sacar de los cajones lo que parece un instumento de tortura medieval cuya finalidad no es otra que ondular el pelo.

-Escoge uno. -Dice sacando varios vestidos de su armario.

Miro todas la opciones. Todos eran vestidos sencillos, por rodilla, de diario pero muy elegantes. Al final, me decanto por un modelo de color verde aceituna, mi color favorito, con adornos negros y dorados.

-Perfecto. Digno de una mujer aria. -Dice, sonriendo, mientras que comienza a ondular las puntas de mi cabello.

Sinceramente, no me agrada mucho ser una mujer aria. Solo sirve para que soldados y civiles me miren lascivamente. Todos, menos Garry.

-Muy bien, estás preciosa.

Me miro en el espejo; mis mejillas estaban rojas debido a haber estado pensando en mi soldado de ojos grises.

Son las cinco y media, así que decido vestirme. No me reconozco al ver mi reflejo. Lo único que veo es una mujer aria que esta a punto de tomar té con el Führer.

-Señorita Mary. La señorita Isabella está esperándola fuera. -Me avisa mi dama de verde.

El vestido se ceñía a mi cintura perfectamente, lo cuál me hace andar como una mujer nacionalsocialista con aires de grandeza.

Salgo de la casa, observando ese coche. Era el mismo que antaño solía visitar mi casa, solo que con una diferencia: al lado del coche, me espera esa mujer de ojos como la sangre.

-Hola querida. -Dice Isabella, abrazándome.- Madre mía, estás preciosa.

-Gracias... -Digo tímidamente. No estoy acostumbrada a tantas confianzas.

Entonces, subo al coche, y en poco tiempo llegamos a la residencia privada de Adolf Hitler, la cuál tenía en frente un pequeño e improvisado campo de concentración. Desvío la mirada, pues no tengo muchas ganas de ver a tantos judíos y prisioneros de guerra suplicando por algo de comida, y más teniendo en cuenta que mi propia familia y yo podríamos haber acabado en uno de ellos en caso de que hubieran descubierto las raíces familiares de mi madre.

Isabella me mira at través del espejo retrovisor del asiento delantero. Sonríe con malicia y musita algo que apenas alcanzo a oír:

-Esto va a ser divertido.