Capítulo 5: Diversión.
Me siento algo mareada, ver tanta gente cautiva entre rejas hace que sienta cómo se me hiela la sangre. Por Dios, estaba a punto de tomar té con el verdugo de esas personas. Incluso a veces me siento como una egoísta por querer vengar a mis padres. ¿Quién vengará a la gente que ha muerto y a la que seguramente morirá?
Mis pensamientos se ven interrumpidos al frenar el coche adornado con esvásticas.
-Buenas tardes, señorita Isabella. -Saluda el soldado, dándole paso al automóvil.
-Buenas tardes. -Responde ella, cambiando su tono de voz. ¿Acaso intenta parecer interesante?
Sonrío al soldado y ese me saluda también, haciendo una especie de reverencia, lo cuál parece molestar a Ib.
-Dime, Mary. Tú familia proviene de arios nórdicos, ¿verdad?-Pregunta la mujer de ojos como la sangre, mientras que el coche vuelve a arrancar.
-Bueno, eso dicen los certficados de nacimiento de mi familia. -Susurro, mirando el extenso bosque que rodea la residencia del Führer.
-Sí, eso parece... -Chasquea la lengua.- Siento tanto protocolo, -Dice, refiriéndose al soldado de antes.-, pero mi tío es muy estricto con la seguridad de esta finca.
-Ah, no te preocupes. Es normal que quiera saber que la seguridad de su familia es fiable. -Respondo, queriendo sonar convincente.
-¿Tú crees? Yo opino que por lo único que vela es por su propia seguridad, aún sabiendo de que algún día un atentado le quitará la vida. -Me mira desafiante a través del espejo retrovisor, como antes. Intento no parecer intimidada, pero esa mujer me gustaba cada vez menos; de momento, debo aguantar, es mi único modo de acercarme a ese hombre.- Pero en fin, allá él. Si considera oportuno gastarse millones de marcos en su seguridad, que lo haga. No seré yo quién se entrometa en sus gestiones.
Me limito a asentir y a recopilar información que Ib me sirve en bandeja. Que Hitler no reparase en gastos en ese aspecto supondrá un problema. Aunque eso no va a impedir que siga intentándolo.
Tras varios minutos, llegamos a la residencia, la cuál era preciosa: paredes y suelo del más bello mármol, decorado con plantas autóctonas, lujosos muebles y amplios ventanales.
Desde luego, y por lo que puedo observar, si no se va acompañado de alguien que frecuente la enorme mansión, es bastante fácil perderse.
El segundo piso estaba repleto de habitaciones a ambos lados del pasillo, todas con "impresionantes" y "maravillosas" vistas al campo de concentración.
Subimos a la última planta, dónde se encontraba el estudio del Führer, que a diferencia del resto de la casa, tenía una decoración sobria y apagada, con una terraza en la que había una mesa con varias sillas, las que deduzco, son para nosotros.
-Ven conmigo. -Dice Ib, llevándome al balconcito, donde una figura masculina fuma un puro, con una copa de lo que a simple vista parece vodka, algo del mismo nivel de elegancia que el Führer, sin duda. La chica se acerca a su tío, abrazándolo por la espalda.- Tío Adolf, ¿cómo estás?
-Hola tesoro, me alegro de verte.-Responde el hombre, lanzando el puro aún encendido por el balcón.
-Igualmente. -Ib me toma de la muñeca, invitándome a acercarme a ese hombre.- Te presento a Mary, la chica de la que te hablé.
-Un placer, Meine Führer. -Sonrío de oreja a oreja, agachando levemente la cabeza en señal de un falso y fingido respeto.
-El placer es mío, señorita. -Toma, mi mano, besándola mientras que sonríe.- Vaya, vaya, esto es lo que yo llamo una belleza aria.
Oculto mi mueca de disgusto e intento reír, agradeciéndole el cumplido.
-Por favor, siéntese. -Retira mi silla, para que me siente; vamos, todo un caballero.- Ib, ¿te sentarás al lado de tu amiga?
Isabella niega con la cabeza:
-Prefiero dejarle las magníficas vistas del campo de concentración a Mary.
Me fijo en la mirada que de nuevo me dedica Ib, contemplando, que tanto su tío como ella tienen el mismo tono de ojos, junto con el mismo filo frío y cortante, como dos espadas.
-Bien, ¿qué queréis tomar? -Pregunta el hombre al escuchar ese silencio sepulcral que solo era interrumpido por los gritos de sus soldados.
-Té verde, por favor. -Le digo sonriendo al líder de Alemania.
-Yo quiero lo de siempre, un café sin azúcar.
-Muy bien, pues marchando unas bebidas para mis preciosas invitadas. -Dice el Führer dándose la vuelta para preparar nuestras bebidas, lo cuál me extraña, ¿por qué hacía él el trabajo de los criados?
-Hoy le ha dado el día libre a todos sus trabajadores. A mi tío no le gustan mucho las aglomeraciones de gente. -Me explica Ib, respondiendo a mi pregunta sin formular.
Entonces el hombre vuelve a la terraza, con nuestras bebidas y una pequeña bandeja de pasteles.
-Gracias. -Digo cuando deja mi té sobre la mesa.
-Tío Adolf. -Dice Ib, acercándose al Führer cuán niña pequeña.- ¿Por qué no le muestras a Mary tu gran puntería?
-¿Ahora? -Pregunta el hombre bebiendo de su copa de vodka.
-Sí, por favor. -Dice ella, mirándome de reojo.- Estoy segura de que le gustará.
El Führer toma su Luger P08, la típica pisola que solían portar los soldados de la Schutztaffel.
-¿Cuántos quieres? -Pregunta el hombre, cargando el arma.
-Tres me parecen bien.
Entonces, el hombre, bebiendo su último trago de vodka, apunta hacia las vallas de aquel corral para humanos. Agarro la taza de té con fuerza cuando escucho las tres balas salir del cañon de la pistola, cerrando los ojos. Sin embargo, esta se me se escapa de las manos, cuando veo los cuerpos de tres niños pequeños con la insignia característica de los judíos, desangrándose en el suelo del interior del campo de concentración.
