Capítulo 6: Sonrisa.
Las gotas de sangre, derramada por la porcelana rota, se escurre entre mis dedos, al igual que las lágrimas por mis mejillas. Tres disparos, tres pequeños y simples trozos de metal, incrustados en sus inocentes, y ahora, inertes cuerpos. Me pregunto si alguna vez esos niños llegaron a sonreír.
Sin pensarlo, y sumergida en el abismo de las profundidades de mis negros pensamientos, me levanto de la mesa, buscando desesperada un baño donde desahogarme y limpiar mis manos de sangre. Parecía que la culpable de esos asesinatos había sido yo, y desde luego, podría haberlo evitado, pero no encontré el valor para hacerlo. Ese hombre apretó el gatillo, llevándose a tres almas inocentes más.
Las tres inocentes vidas de unos niños judíos que han sido educados en la religión de sus padres y por ello han de pagar. ¿Qué tipo de coherencia tiene eso si no es más que un mero asesinato? Aunque sea para el bien de la raza aria, no es justificación para asesinar a unos pequeños que aún no han comenzado ni a vivir sus vidas. No han experimentado el dolor al tropezar con un obstáculo, y jamás tendrán la oportunidad de volver a sentir el sol en su piel, ni siquiera de enamorarse.
Mi reflejo en el espejo parece sacado de esas famosas novelas de terror. Me dispongo a arreglar el destrozado maquillaje de mis ojos. Ríos negros como el petróleo trazando líneas en mis mejillas. Cuando consigo armarme con el poco valor y efímeras fuerzas, vuelvo, para hablar directamente con el Führer, haciendo de tripas corazón.
-Lamento el desastre, -Susurro mientras que recojo los trozos de porcelana rota.-, la verdad es que me encuentro algo indispuesta. Si usted está conforme, podríamos tomar té otro día. -Miento, sin dirigir ni una sola mirada a Ib.
El hombre accede, invitándome el mismo a llevarme a casa, lo cuál rechazo. Ya he tenido suficiente Adolf Hitler por hoy. Prefiero que cualquier soldado me acerque a mi casa.
Y así es, el soldado de la cabina conduce el mismo coche adornado con esvásticas mirando al frente. No habla, no gesticula, y no se atreve a preguntar por la causa de mi llanto. Mejor así, no daré explicaciones a un simple soldado de las SS.
Cuando llegamos a mi zona, le pido en susurros que me lleve a mi antigua calle, cera de la floristería en la que compraba todas las semanas mis rosas amarillas.
Con las rosas en mano, comienzo mi rutinario paseo por el lugar calcinado, depositando cada rosa en su lugar correspondiente, y tal y como planeo, me sobran tres.
Bajo a lo que antiguamente era un jardín, ahora lleno de arbustos y malas hierbas. Dejo las rosas junto con otras pequeñas flores que habían brotado a través de las cenizas.
-¿Sabe que la llaman "Gelbe Rose"? -Dice una voz masculina, que me obliga a girarme.
-¿Garry? -Pregunto al comprobar la identidad de ese hombre, viendólo acercarse a mí con las manos en los bolsillos de su gabardina negra.- ¿Qué hace aquí?
-Bueno, sonará raro, pero, la he seguido. Estaba en la residencia del Führer, ¿no? Me preocupé al ver que se iba tan repentinamente.
-¿Usted? ¿Preocupado? Si apenas me conoce. -Respondo.
-Sí, tal vez tenga razón. Apenas la conozco, pero me gustaría poder hacerlo. -Sonríe y dirige su mirada gris a mis manos ensangrentadas.- ¿Qué ha ocurrido?
-Tuve un problema con las tazas de porcelana del Führer.
-Vaya, pues no tiene muy buena pinta. -Toma una de mis manos con bastante delicadeza.- ¿Quiere venir a mi apartamento? Está cerca de aquí. Le curaré las heridas con mucho gusto.
No se qué se me pasó por la cabeza cuando accedí a acompañarle.
Me lleva por unas calles que ni siquiera conozco. Por un momento, un escalofrío recorre mi espalda, al pensar que ese soldado, en cualquier momento podría arrinconarme en cualquier sitio y hacer lo que Adolf Hitler hacía con mi madre y con tantas mujeres arias. Pero no, él no es así. Garry es un hombre cuya sonrisa haría temblar a los países Aliados.
Llegamos a una calle poco transitada, pero concurrida de pisos humildes a ambos lados de esta. Él abre la puerta y me invita a pasar.
-Por favor, póngase cómoda mientras que preparo todo.
Garry abandona la habitación, yendo a una pequeña despensa. Me quito la chaqueta con cuidado de no mancharla de sangre y espero sentada en el sofá. La decoración del apartamento es sencilla, no muy sobrecargada, pero tampoco muy sobria.
Mi soldado de ojos grises vuelve con una pequeña caja, la cuál contiene vendas y varios botes de alcohol y algo de agua oxigenada. Se había cambiado de vestuatio, pasándo de llevar la pulcra chaqueta de su uniforme, a llevar solo la camisa negra del mismo, medio desabrochada, lo que hace que sienta mis mejillas arder.
-Siempre tengo esto a mano. -Se justifica.- Siendo el capitán de las SS debo de estar bien preparado.
-¿Capitán?
Eso sí que es una sorpresa, y a algo que le encantaría oír a mi dama de amarillo.
-Así es. Capitán de la Schutztaffel. -Dice, tomando mis manos para vendarlas poco a poco.- Tiene unas manos preciosas, Mary.
Sonrío levemente ante su último comentario. ¿Cómo podía hacerme sonreír un soldado?
-Anda, pero si sabe sonreír. -Rie, y con gran destreza termina de vendar mis manos, haciendo que el dolor sea casi imperceptible.
-Muchas gracias, Garry. Debería marcharme ya. -Digo cogiendo mi chaqueta, pero él me detiene agarrando mi antebrazo.
-No tan deprisa, Mary. Tenemos que hablar.
