Capítulo 9: Atentados.

Mi tía no mencionó palabra cuando llegué anoche a casa; simplemente se aseguró de que lo hubiese pasado bien, a lo que obviamente, mentí. No quería que supiese que había presenciado un asesinato y menos que había estado en la casa de un capitán de las SS.

Hoy me he despertado bastante cansada. He intentado evadir mis pensamientos con la pintura, pero ni eso ha sido capaz de evitar que mi mente redibujase la sangre derramada por esos niños y la sonrisa de Garry.

Muchas veces me he parado a pensar que no es normal el afán que siento por ese soldado de ojos grises, pues no es más que un peón de esos bastardos capaces de matar para crear una nueva raza y asegurar su supervivencia.

Dejando ese tema de lado, me preocupa bastante que mi tía no haya cruzado palabra conmigo en todo lo que llevamos de mañana. ¿Estará molesta con algo que haya hecho? Y si es así, ¿qué he podido hacer para molestarla?

Ni siquiera me atrevo a preguntarle; está más concentrada en las graves notas del piano, y cada vez que comete un fallo en las hermosas partituras de Beethoven, golpea con fuerza las teclas, produciendo un estruendo que retumba en cada una de las habitaciones de mi casa.

Definitivamente le ocurre algo, y para saber qué es lo que puede estar sucediendo, lo mejor es recurrir a mi dama de verde.

La mujer está centrada en sus tareas rutinarias, limpiando la cocina.

-Perdone, ¿sabe qué le ocurre a mi tía? -Pregunto a la chica, de la cuál no sé ni su nombre, a pesar de conocerla desde que me trasladé a la residencia de mi dama de amarillo. La verdad es que mi relación con ella nunca podrá asemejarse con la que yo tuve con mi dama de azul.

-Si le digo la verdad, no tengo la menor idea, señorita. Esta misma mañana ha recibido una llamada de gran importancia. Desde que colgó el teléfono está así.

-Entiendo. ¿Y sabe de quién era esa llamada? -Pregunto.

-Parecía ser un hombre de edad avanzada. No me ha querido decir su nombre, pero la señora sabía quién era perfectamente.

-Bueno, no la entretengo más. Muchas gracias por su ayuda.

Voy al salón, lejos de la ruidosa habitación de la que provenían los alaridos y enciendo nuestra pequeña pero nueva radio, buscando una cadena que me sirviese de distracción.

"Hoy, día 23 de enero, nuestro Führer, Adolf Hitler ha sufrido un atentado del cuál ha salido ileso sin contar pequeñas lesiones como cortes y quemaduras. Afortunadamente, los culpables han sido detenidos y han sido ejecutados a primera hora de la mañana. El cabecilla de la operación, el general de las SS, ha sido el primero al que se le ha aplicado la pena de muerte mediante la horca, y su cuerpo será enterrado en breves momentos cerca de Auschwitz, donde también intentó que los prisioneros se rebelasen y como consecuencia consiguieran escapar fuera de los territorios alemanes.

A pesar de todo, hemos de dar gracias de que el Führer..."

Alguien apaga la radio, y como suponía, era mi dama de amarillo.

-Él era un buen hombre, Mary. Ayudó a muchos inocentes a escapar y a vivir como personas normales. Y así es como ha acabado, muerto, bajo tres metros de tierra, con el único reconocimiento de sus familiares y amigos más cercanos. -Dice entrecortadamente, mientras que intenta aguantar el llanto.

Lo único que se me ocurre hacer es abrazarla, tal y como ella hizo noche tras noche cuando mis padres murieron.

-Ve a despedirte de él. -Sugiero.- Es lo máximo que puedes hacer ahora. Era tu amigo, ¿no? No puedes quedarte aquí encerrada llorando. Ve con la dama de llaves, así tendrás con quién llorar.

Me mira a los ojos, secándose las lágrimas. Se le nota muy dolida.

-¿De verdad, Mary? ¿No te importa quedarte sola?

-Corre, o no llegarás a tiempo. -Respondo, sonriéndole.

Ella se marcha rápidamente para vestirse, mientras que yo llamo a mi dama de llaves para que se prepare. Le doy dinero para un taxi y le pido que cuide de ella. Por muy hipócrita que suene, la necesito, pues es la única familia que me queda.

Cuando mi tía se marcha, caigo en la cuenta de que Garry vendría en menos de una hora, tal y como acordamos.

Probablemente mi dama de amarillo tardaría en volver varios días, pues Auschwitz quedaba lejos y el viaje en taxi es largo y cansado. Lo más seguro es que pasen la noche en alguna pensión u hotel cercano al lugar.

No tardo mucho en arreglarme, pues tampoco quería ir muy formal. Me pongo mi falda verde y alta, por la rodilla como casi todos mis vestidos, con una blusa blanca y una pashmina de color azul, importada de Tetuán.

Cuando termino de vestirme y peinar mi pelo en un moño como esas chicas francesas, salgo fuera de casa, y ahí estaba él; tan puntual y tan guapo como siempre, aunque no lleve el uniforme de su trabajo.

Su semblante es serio, tal vez por lo ocurrido con el Führer y con ese valiente general. Sin embargo, su expresión cambia cuando me acerco a él, regalandome una enorme sonrisa.

Entonces abre la puerta de su coche, invitándome a entrar:

-Adelante, mi hermosa princesa aria.