Rufioh apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón a la par que se quitaba las gafas de sol. Llevaba varios días sin dormir demasiado, y no por algo malo, pero estaba cansado. No había llamado a nadie desde que Vriska le había enviado de mensajero, quizá pensaran que estaba muerto y aquello era un tanto mejor.
Guardó las gafas de sol en la guantera y bajó del coche agarrando la bolsa de papel llena de artículos del supermercado. El chico se fijó en la hierba de su jardín, estaba demasiado alta y las flores de la entrada estaban muertas ¿Cómo había dejado que aquello pasara? ¿Tan miserable se había sentido en los últimos meses como para abandonar su entorno de aquel modo? Perdido en sus pensamientos, una voz le sobresaltó.
—No contestas al teléfono — dijo Horuss colocándose frente al chico.
—N-no... Es que me pegaron una paliza y… — empezó a improvisar el Nitram. No se le ocurría que escusa poner para no haberle llamado. Lo cierto era que le apetecía un poco alardear de lo que verdaderamente había estado haciendo, pero no era cauto hacerlo, así que se reprimió.
—¿La Megido? Bueno, dicen que Caliborn la quiere muerta… — contestó Horuss haciendo alusión a un mero cotilleo. Lo cierto era que no tenía ni idea.
Una risa estúpida se escapó de la boca de Rufioh, no podían matarla ahora que él la había encontrado. Se sentía un poco imbécil, porque apenas hacía tres días que conocía a aquella mujer y ya tenía taquicardias con solo escuchar su nombre.
—Pobrecilla, no será tanto — dijo forzando una sonrisa que disimulara el nerviosismo que de golpe le había asaltado.
Horuss se acercó un poco más a Rufioh y le examinó, notaba algo raro pero no sabía decir por qué. ¿Tendría muchas marcas de aquella supuesta paliza? ¿Habría sido Damara Megido realmente la autora?
—¿Estás bien? — preguntó pasándole un brazo por el hombro y arrastrando a Rufioh hasta colocarlo a su lado. Hacía algún tiempo habían sido algo más que solo amigos, pero desde que aquello había terminado el moreno se había ido alejando cada vez más. Le molestaba ver al Nitram tan distante, como si realmente su relación no hubiera significado nada para él.
—Sí, si — dijo el Nitram separándose del otro chico y sacando las llaves de su bolsillo para abrir la puerta—. Te invitaría a pasar, pero está todo hecho un desastre y…
Rufioh empujó ligeramente la puerta y se rascó la cabeza con la mano que sujetaba la llave. Se le daba tan mal mentir que no sabía si aquello colaría.
—No, no pasa nada — Horuss realmente esperaba que le invitara a entrar, pero no iba a insistir. — Llama a Dualscar antes de que te quiera a ti también muerto.
El moreno entró en la casa y suspiró aliviando porque no hubiera insistido en entrar, que no hubiera hecho como el Zahhak hacía de costumbre. No sabría explicar la presencia de Damara en la casa.
Caminó hasta la cocina y miró a Damara, sentada sobre el mármol comiéndose un sándwich. Apenas llevaba una camiseta ancha que le pertenecía a él, sus piernas desnudas colgaban mientras apoyaba los pies descalzos contra el armario de cocina. Estaba concentrada en las rebanadas de pan de molde, como si no hubiera oído la puerta, pero enseguida levantó la cabeza y miró al chico dejar la bolsa de papel sobre la otra encimera.
— ¿Por qué has tardado tanto? — preguntó ella pseudo-enfadada, dejando el bocadillo a un lado y bajando del mármol.
—N-n-no he tardado, solo es que…— Damara se acercó al chico y besó sus labios como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo, cortando la frase de él. Rufioh la rodeó con los brazos y apoyó el cuerpo de ella contra el suyo, notando aquel peculiar arrebato de calor que ella conseguía en un instante. La chica deslizó sus manos desatando los botones del pantalón de él.—Damara, podemos hablar cinco segundos antes de que…
Damara le empujó y volvió a coger su sándwich con desgana.
—¿De qué quieres hablar ahora?
— De que tu… ahora exjefe quiere matarte — repitió las palabras de Horuss.
— Eso es una tontería, sabe que de matarme cierta información llegaría a oídos de gentes que le putearían vilmente — dijo sentándose en el mármol opuesto y revisando la compra que había realizado el chico a la par que masticaba. Así se había establecido el contrato entre Caliborn y ella, la protegía a cambio de silencios.
Rufioh se acercó a ella y apoyó la cabeza sobre su pecho mientras la rodeaba con los brazos. Se sentía ligeramente aterrado y no sabía cómo expresarlo sin asustarla. Sabía que era estúpidamente precipitado decirle lo mucho que le gustaba y pedirle que se quedara con él, pero al mismo tiempo quería hacerlo y se sentía como el más idiota de todos los idiotas.
—Muñeca, no sé — susurró el Nitram arrastrándola hasta el borde de la encimera y apretando sus cuerpos. Levantó la cabeza y la miró fijamente a los ojos, sentía que iba a leer todas aquellas tonterías que pensaba, pero lo necesitaba tanto.— No me siento en disposición de perderte ahora mismo.
Damara sonrió, era tan tierno que le daba ganas de vomitar pero en cierto modo le gustaba. Le rodeó con sus piernas a la par que tiraba los restos del sándwich a un lado.
—No me va a pasar nada, Nitram — dijo acariciando la redonda cara del chico y besándole en los labios despacio. Ella bajó sus manos con lentitud y acabó de desatar los pantalones del chico, que respondió agarrándola por las caderas sin terminar de besarla y mirándola con cierta vehemencia.
El Nitram arrastró a Damara hasta el borde del mármol a la par que hundía su cabeza en el cuello de ella y mordía débilmente su piel. La Megido apretó su cuerpo contra el de él buscando que la penetrara, a lo que él respondió empujando las caderas hacia arriba. La chica gimió débilmente al notarlo en su interior y clavó sus uñas contra la carne de Rufioh por encima de la ropa. Él volvió a embestirla con fuerza dejando escapar un jadeo, sus movimientos eran lentos medio fruto del cansancio, medio fruto del placer. Era confuso que la necesitara tanto, como una droga, y en cierto modo ella se comportaba del mismo modo.
Un grito agudo escapó de los labios de la chica, trataba de no pensar, pero ¿Por qué le gustaba tanto aquel lerdo? Sin soltarle y obligándole a mantener sus cuerpos lo más pegados posible, trataba de que su cabeza solo se centrara en sentir. Obligándose a creer una vana respuesta, como que era porque el sexo era bueno, porque él era demasiado tonto y antes de pensar otra cosa él volvía a embestirla rompiendo el hilo de sus pensamientos. Le odiaba, esa era la jodida respuesta, le detestaba por necesitar tanto aquella estúpida conexión con el tío tonto de los recados.
Rufioh se quitó la camiseta algo agobiado por el calor, despojó a Damara de la suya dejando su piel completamente al descubierto y volvió a embestirla a la par que ella le volvía a rodear con sus brazos.
— Vas a moverte más rápido de una vez— jadeó Damara de forma imperativa a la par que movía ligeramente sus caderas desde su posición.
Él obedeció apoyando su cabeza sobre el hombro de la chica, dejado escapar su aliento sobre esta y fijando sus ojos en los redondeados senos de ella. Pasó sus brazos alrededor de las nalgas de ella y la empujó contra él a la par que la embestía varias veces. Las piernas de la chica temblaron ligeramente, de forma incontrolada su cuerpo se acercaba poco a poco al clímax, y él lo notaba sobre su miembro cada vez que empujaba dentro de la humedad de ella, esperando sus gemidos casi con ansia.
Damara tiró del pelo de Rufioh echando su cabeza hacia atrás y obligándole a abrir los ojos. Quería que la mirara mientras se corría, entregarle los únicos segundos de vulnerabilidad que él iba a poseer de ella… Le gustaba pensar aquello.
Frente a la nevera abierta, en la otra punta de la ciudad Feferi cogía un par de cervezas frías. La morena cerró la nevera y tras dejar las botellas sobre la encimera de su cocina se miró en el reflejo metalizado de esta. Se sentía como si aquella imagen distorsionada que le devolvía la superficie pulida de la nevera fuera ella misma, pero estaba decidida a continuar con su plan.
Pasó sus dedos por los laterales de la cabeza arrastrando su sedoso cabello, colocándolo, y seguidamente se humedeció los labios. Solo era jugar un poco, como haría cualquier noche en un bar si le gustaba alguien. Tenía que alejar a Eridan de ella, y Mituna era una opción perfecta para hacerlo definitivamente, lo opuesto al Ampora. Era policía, suficiente amable como para dedicar su tiempo libre a repararle el coche y no estaba nada mal.
Las palabras a Eridan habían sido banales, simples y directas. "No puedo estar contigo porque soy una ginecóloga de renombre, la opinión pública no me trataría bien si se descubriera" había dicho. Lejos de eso, era todo mucho más complejo. La Chica recordó la mañana que la había despertado con un beso, dulce como solo Eridan sabía ser cuando quería, y le había contado toda la verdad sobre su trabajo. Salir con el Ampora se traducía a vivir con la duda de si iba a volver con vida de sus viajes o en una caja de madera. Significaba que quizá habría una redada y le pillarían, haciendo que ella se pasara la vida contando las horas y los días para verle en una sala de visitas sin poder besarle tan siquiera. Una mujer cabal, inteligente y con un poco de amor propio no estaba dispuesta a soportar aquello. Era intrínsecamente necesario olvidar al Ampora.
Feferi tomó las botellas de nuevo y caminó hasta el garaje, donde expectante Mituna miraba la puerta de entrada a la casa. El chico la miró apoyado en el capó del coche, se sentía un poco hastiado pero tenía que interpretar su papel. Si lo pensaba, era un buen trabajo, pero al mismo tiempo era una porquería. La chica era guapa, tenía unos ojos inusualmente bonitos y tampoco es que fuera a pasarlo mal poniéndola a cuatro patas y follándosela. Dualscar siempre le daba aquellos trabajos a Rufioh, porque se le daba mal mentir pero llama la atención de las tías. Él solo era un puto poli corrupto, no quería ser el puto del narco, pero no había más remedio.
Mituna extendió el brazo y cogió la botella de cristal entre sus dedos.
—Yo creo que lo he reparado ya — dijo él poniendo una sonrisa amable y golpeando suavemente el capó del coche.
La ginecóloga se acercó sentándose a su lado, se sentía un poco nerviosa y no tenía muy claro por qué.
— No sé aún como agradecerte tu tiempo — dijo ella devolviéndole la sonrisa y se apartó el pelo hacia atrás dejando ver su cuello. Lo cierto era que nunca le costaba demasiado que un tipo se interesara en ella, así que no tenía muy claro que palabras escoger.
El Captor se percató en sus movimientos coquetos, parecía que iba a ser fácil. Se sentía extraño, cómo si hubiera una trama en algún lugar. Nunca nada era tan sencillo. Ladeó su cuerpo ligeramente y tomó un sorbo de la cerveza sin apartar la mirada de ella.
—Podrías invitarme a cenar — Mituna torció una sonrisa pícara que dejó entrever sus dientes.
Aquella sonrisa confió a la Peixes que dejó ir su mano izquierda hasta el brazo de él. Ella se sentía algo incomoda, pensaba en cómo Eridan la había entrado en aquella fiesta meses atrás y se sentía idiota por apartarle de su vida. Pero no había otra manera, la terapia debía ser radical o nunca tomaría la determinación que necesitaba para abandonarle.
Mituna respondió al contacto deslizando sus brazos por la estrecha cintura de Feferi. Ya casi tenía la primera fase de su misión completada.
