Capítulo 11: La Rosa Blanca.
No, no es él quién traiciona a su patria. Él no sabe cuáles son mis verdaderas intenciones. La única traidora aquí soy yo, enamorándome de un capitán de la Schutztaffel, traicionando mis ideales e incluso a mis padres.
Garry intenta adivinar mi respuesta mirándome a los ojos con su tenue sonrisa capaz de apartar cualquier mal o preocupación. Pero yo no sé que responder. ¿Acaso no he vivido siempre como una mentirosa? Siendo otra mujer, con otro apellido, hija de otros padres y con unos ideales totalmente opuestos a los míos. Tal vez podría fingir un poco más, y así, también podría estar cerca de Garry, tal y como deseo. Aunque hay un problema. ¿Qué pasará si me descubre? ¿Hará lo que no hizo aquella vez con su pistola? ¿O por el contrario acabaré confinada en una cámara de gas?
Entonces sería mi fin. Un buen final para esta triste historia y amarga guerra que nadie ganará nunca. La única forma de vencer que posee el hombre en estos días es buscar una opción más sencilla que la vida: la muerte. Pero eso no es para mí.
-Garry, discúlpame. ¿Podrías llevarme a casa? Debería descansar un poco, anoche no dormí muy bien. -Le susurro mirando al suelo del coche, esperando que no mencione el tema de la respuesta que le debo aún.
-Como prefieras, Mary. -Sonrie, y tal y como espero, me lleva a mi casa sin mencionar palabra alguna.
-Gracias por todo Garry, siento que no hayamos podido ir a dar un paseo.
-Ah, no te preocupes por eso. Retomaremos la cita otro día.
Mi mente me traiciona, comparando a Garry con aquel hombre, el Führer, el cual también quería retomar nuestra cita pendiente. ¿Cómo se puede comparar a Garry con ese verdugo que disfruta asesinando?
-Si, está bien. -Digo intentando ocultar mi nerviosismo.
Antes de marcharse, me vuelve a besar, haciendo que mi corazón se vuelva a desbocar.
Garry se marcha, pero yo decido no encerrarme aún en la casa de mi dama de amarillo. Mejor dar una vuelta para pensar.
Llego a mi antigua casa, con mi habitual ramo de flores en la mano. Parece hacer más frío que otras veces.
-Últimamente varios coches del Führer frecuentan la zona, ¿no crees? -Me pregunta una mujer poco arreglada, que parece tener la edad de mi tía.- Y siempre acompañan a una mujer aria con hermosas rosas amarillas en las manos. -Sonríe, ¿se refería a mí? Tal vez.- Creía que tú no eras de los suyos.
La miro detenidamente. Es una mujer alta, de pelo castaño y ojos verdes, con un incontable número de pecas en el rostro.
-¿Quién es usted? -Pregunto, mirándola de frente.
-Alguien que te conoce más de lo que tú piensas, Gelbe Rose.
¿Gelbe Rose? ¿Cuánta gente me conoce por ese nombre?
-Tal vez tu no me conozcas, pero los que vivían allí solían hacerlo, y bastante bien. -Señala la casa calcinada.- Ven conmigo, ¿quieres? Tengo algo que podría interesarte.
Comienza a caminar por las calles más sucias y oscuras de Múnich, donde la pobreza se hacia notar con más intensidad.
Miro a mi alrededor, aferrándome con fuerza al ramo de rosas, como si de alguna manera sus espinas fueran a protegerme.
La mujer se para frente a una puerta astillada y a medio pintar, con un letrero medio descolgado, que tenía grabado el número de la vivienda: 114C.
-Antes de nada, permíteme que me presente. -La mujer sonríe de lado.- Mi nombre es Sophie Scholl, actual dirigente de La Rosa Blanca.
