Capítulo 14: Intrusos.
-Creo que ya es hora de que te marches. Recuerda todo lo que hemos hablado. -Me acompaña hasta la puerta.- Y otra cosa; si alguien te pregunta, no nos conocemos, ¿está bien?
-Si. -Digo nerviosa, poniéndome mi chaqueta.
Cierra la puerta cuando salgo del sitio. Todo había sido demasiado rápido y extraño. Está claro que es ahora cuando debo de hacer mis jugadas y avanzar. No estoy sola, en ninguno de los aspectos, y pienso aprovechar la oportunidad que tengo para contraatacar.
Cuando llego a casa ya había anochecido. Incluso las luces de mi casa estaban encendidas. Supongo que mi tía ya habrá vuelto de su viaje, lo cual me parece bastante extraño, puesto que no había pasado ni un día.
Con bastante precaución entro en casa, escuchando ruidos que provenían de la cocina. Antes de ir a comprobar quién estaba en mi cocina, voy a la habitación de mi dama de verde, para coger una escoba en caso de que tuviera que defenderme, aunque de poco me iba a servir si el intruso estaba armado.
Entonces, entro en la cocina, dejando caer la escoba cuando encuentro a una pequeña niña aria rebuscando entre los armarios algo que llevarse a la boca. La pequeña, cuando me ve, cae al suelo del susto, dando pequeño quejido de dolor.
-No, espera. No voy a hacerte daño.
Me acerco a ella despacio. Estaba herida, con su ropa rasgada y con cortes por todos lados.
-¿Tienes hambre? -Le pregunto tendiéndole mi mano para que se levante.
La niña no responde, solo asiente enérgicamente.
-Entonces vamos a prepararte algo de comer. Ve conmigo. -Digo sentándola en una mesa del salón.- Espera, no tardaré.
Vuelvo a la cocina y preparo algo de pasta, lo único que sé cocinar sin que la cocina salga ardiendo.
Cuando termino, sirvo un plato y lo llevo al salón, dónde estaba la niña.
-Puedes comer todo lo que quieras.
La niña ni me mira, está completamente concentrada en su plato de comida, devorándola como si no hubiese probado bocado en semanas.
-¿Cómo te llamas, pequeña? -Pregunto con la intención de que pronunciase alguna palabra.
-Me llamo Jaia. -Dice la pequeña, con un hilo de voz casi imperceptible.
Jaia. Como me tenía; es una chica judía. Lo más seguro es que haya escapado de algún campo de concentración.
-Y, ¿de dónde vienes, Jaia? ¿Y tus padres?
La niña deja de comer y mira al plato cabizbaja.
-Se quedaron allí...
-¿Allí? ¿Dónde? -Pregunto mirándola a los ojos.
-En Treblinka.
¿Treblinka? Un campo de exterminio. Es un milagro que esta niña haya salido viva de allí.
-Vamoa a hacer una cosa, a llevarte con una persona que te puede ayudar a recuperar a tus padres.
Una vez la niña termina de comer, la subo a mi habitación, para curar sus heridas y ponerle uno de los vestidos que yo solía llevar de pequeña. Parecía una verdadera niña aria.
La llevo por el mismo camino que había recorrido antes, de la mano, andando rápidamente por las sombrías calles de Múnich.
-Vamos más rápido, Jaia.
Tal vez debería haberla llevado por la mañana, al amanecer, con algo de luz del sol y sin este frío que hiela los huesos.
Mis pensamientos se confirman cuando un hombre con un uniforme de la Schutztaffel nos detiene, mostrando al hacerlo, la reluciente esvástica de su brazo.
