N.A.:Y aquí está el capítulo que opino que más conmoción va a crear entre los lectores.

Sin más dilación, disfrutad del capítulo.

-Este capítulo contiene escenas bastante fuertes.-

~DasGoldenTruth~


Capitulo 21: Pasos en falso.

El coche adornado con esvásticas en puertas y maletero, llega a su destino en menos de lo que pensaba. El conductor baja y abre mi puerta, para ayudarme a salir del coche, cosa que agradezco, ya que salir con los enormes y malditos tacones que hacen una perfecta combinación con mi vestido es algo complicado.

Miro toda la zona que alcanzaba a a ver desde mi posición, confudiéndome bastante al no ver al Führer para recibirme. Tal vez me esté esperando en su estudio.

-Por aquí. -Me dice el mismo conductor, quién me guía por toda la mansión hasta un pequeño despacho que más bien parece el "cuarto de las ratas".- La recibirán aquí, lamento las molestias.

-No se preocupe, no es ninguna molestia. -Respondo al hombre, que tras una pequeña reverencia se marcha con una expresión melancólica, como si hubiera ocurrido algo malo.

Es entonces cuando las puertas se abren de par en par, dejando ver a una mujer de largo cabello castaño y ojos rojos como la sangre.

«Esto no pinta nada bien, Mary

Esa chica que conocí en aquella fiesta, estaba en la mansión de su tío, en lugar de él. Sinceramente, no sabría decir que es peor.

Isabella está apoyada en la mesa central del pequeño y descuidado despacho, jugando con una llave entre sus dedos.

Un soldado la acompaña, apoyado al otro lado de la mesa, con las manos en los bolsillos. El hombre es alto, rubio, y con ojos azules como cualquier soldado de las SS, ario y con una soberbia que alcanzaba límites inesperados. La verdad, es que esos ojos son capaces de desgarrar a cualquiera que se le cruce de por medio, tanto, que el miedo me invade lentamente.

-Hola, Mary. Cuánto tiempo, ¿no? -Dice la mujer sonriendo de lado, acercándose a la puerta, dejándome lo bastante lejos de ella como para no salir corriendo.

-¿Esta es la chica de la que hablaste, Isabella? Tampoco es para tanto. -El hombre se incorpora, desabrochando varios botones de su camisa.- Hablaste sobre una mujer aria, no sobre una niñita que apenas ha madurado.

-Limitate a hacer tu trabajo, Weissbeck. -Dice la chica, lanzándole la llave.- Procura no hacer mucho ruido, no me gustaría montar un espectáculo entre el personal de la mansión.

Isabella se marcha, cerrando las puertas con llave, cosa que culmina el soldado, mientras que yo me alejo de él en un acto de pura cobardía. ¿Qué es lo que pretendía Isabella?

-¿Dónde está el Führer? -Pregunto timidamente, con la leve esperanza de que el hombre se encuentre en la residencia, y así poder evitar lo que estaba a punto de suceder.

-Sencillamente, no está. -Se acerca a mí, con paso firme, pero lento, desabrochando por completo su camisa, dejando entrever varias cicatrices y sus músculos marcados.- Se fue esta misma mañana a Italia para celebrar una conferencia junto con el Duce. No fue muy difícil hacerte creer que un falso empleado del Führer te había invitado a pasar la tarde en su residencia.

-¿A qué te refieres? -Pregunto dando varios pasos hacia atrás hasta chocar con una estantería repleta de libros.

-Te voy a confesar una cosa, ¿Mary? ¿Es ese tu nombre? Bueno, no importa mucho, la verdad. -Se acerca a mí, cerrándome cualquier salida o escapatoria.- No es que me guste arrebatarle la inocencia a una cría que apenas sabe de la vida, pero si son órdenes de mi señora, no tengo más remedio que cumplirlas, ¿entiendes?

«Aléjate de él, Mary.»

Es inútil, no puedo hacerlo. Sea cuál sea el cometido de este soldado, parece que va a cumplirlo a la perfección; Isabella estará muy contenta.

El miedo se apodera de mí, pero eso no evita que mi cuerpo se mueva automáticamente para lanzarle a ese tal Weissbeck varios libros de la estantería en la que estaba apoyada, produciéndole un pequeño corte en el labio.

-Parece que aún no sabes cuál es tu posición, mujer. -Dice limpiándose la sangre que emanaba de sus labios, recorriendo con su afilada mirada todos los rincones de mi cuerpo, helando mi sangre.

Aprovecho la oportunidad que me brinda el haberle herido para escapar bajo sus piernas, deslizándome entre ellas para alcanzar la puerta rápidamente. También me quito mis altos zapatos de tacón, para usarlos en caso de que tuviera que defenderme.

Weissbeck se acerca a mi posición con la misma velocidad con la que yo me he alejado, rodeando mi cintura con uno de sus fuertes y largos brazos.

-¡Suéltame! -Grito con fuerza, clavando uno de mis zapatos de tacón en el brazo que oprime mi estómago, arrancándole un grito de dolor.

Cuando me suelta, intento girar el pomo de la puerta, en un intento de que esta se abriese, cosa imposible, ya que la llave la custodiaba ese soldado y sería difícil recuperarla saliendo ilesa.

Entonces el hombre que momentos antes me había arrinconado, me coge por la cintura, enfadado, como si de un saco lleno de patatas me tratara, para dejarme sobre la fría y rígida mesa del pequeño despacho.

«Nunca debiste entrar.», replica Yona, a quién ahora le doy toda la razón del mundo.

Nunca debí entrar, ni siquiera debí de aceptar la invitación. Todo es tan confuso... ¿Por qué querría Isabella hacerme esto? ¿Acaso tiene algo que ver con Garry? Ella siempre estaba muy unida a él cuando los conocí, pero su relación unca fue como la que tengo yo ahora con mi soldado de ojos grises. Isabella es una persona muy egoísta si es eso lo que le ha llevado a ordenar esto.

-¿Tengo que enseñarte cómo se debe de respetar a un miembro de la Schutztaffel o eres tan incompetente como para no comprenderlo? -Dice el soldado con firmeza, usando su mayor grado de egocentrismo en sus palabras, sujetando mis muñecas evitando que pueda moverme.

-¡Suéltame! -Repito gritando, y como respuesta, recibo un fuerte golpe en el estómago, el cual hace que silencie mis gritos y note el metal del sabor de la sangre en mi boca.

-Procura ser una buena chica y no te haré mucho daño.

Dichas esas palabras, el tal Weissbeck pone una de sus piernas entre las mías, sintiendo venir lo peor. El dolor se extiende desde mi estómago a todo mi cuerpo, esta vez sin poder mover ni siquiera los labios para musitar una súplica para que me libere de sus ataduras.

Weissbeck se apodera de mí como si nada: de mis labios, con sus besos incesantes cuyo sabor me provoca náuseas; y de mi cuerpo, con sus sucias caricias que lo único que transmiten es lascivia.

Me desnuda, prácticamente arrancando mi ropa, trozos de tela en el suelo, y mi falda, hecha añicos junto con mi blusa. El soldado parece disfrutar de lo que ve.

Yo le miro a los ojos, y él mira mi cuerpo, un duelo de miradas en el cual él resulta ganador, hundiendo su cara en mis pechos, aspirándo su olor y probando su sabor con besos y mordiscos que más de una vez me producen gritos de dolor, así como varias heridas de las que brotan un pequeño arroyo de sangre.

Cuando observa que comienzo a resistirme a sus manos y labios, moviendo mis piernas y brazos, me propina otro golpe, esta vez en la mejilla, haciéndome sentir el escozor en esa parte que Garry acarició tantas veces al besarme.

¿Por qué él no está aquí? Garry..., le necesito, justo ahora y él no está para salvarme. El príncipe azul tiene cosas más importantes que hacer que salvar a la pequeña e imprudente princesa que se ha entregado a las garras del malvado dragón. Y es ahora cuando esa princesa sabrá lo que es sentir en sus propia carne el dolor que se siente al errar.

Weissbeck baja sus pantalones, que producen un fuerte sonido al chocar con el parqué del despacho. Abre mis piernas con fuerza sin ningún tipo de problema, pues yo me mantengo inmóvil, esperando que todo pase rápido y deseando no sentir nada.

Ilusa de mí al penar que el dolor al sentirse poseída por un hombre como este no sería una tortura.

Cuando se adentra en mí sin miramiento o permiso alguno, me arranca unos gritos de dolor tan fuertes que siento que mis cuerdas vocales estan a punto de desgarrarse.

Él jadea y sonríe con lascivia, mientras yo cubro mi rostro para evadir que vea mis lágrimas recorriendo mis mejillas.

Sus embestidas son fuertes, y mi cuerpo frágil, además, no son mis pechos o mis heridas lo único que sangran; siento como si algo en lo más profundo de mí se hubiese desgarrado, y eso me produce un fuerte escozor y dolor.

El orgulloso soldado busca el placer solo para sí mismo y lo está consiguiendo. Arrebatarle lo más preciado a una mujer, su honra, debe de ser muy divertido por lo que él da a entender. Ya no es miedo lo que recorre mis venas, sino odio y repugnancia.

Cuando el termina de satisfacer sus propias necesidades a mi costa, sale de mi interior, haciéndome gritar de nuevo, pero no con la misma fuerza; esta vez mi voz está desagarrada, y mi cuerpo no reacciona.

Como broche de oro, besa mis labios con una delicadeza que no ha mostrado desde nuestro primer encuentro, sonriendo de lado, haciendo que junte mis propios dientes en señal de rabia. Había usado mi cuerpo, maltratándolo como si fuera una sucia y corrompida muñeca de trapo, cuyas entrañas se encuentran esparcidas por el suelo.

-Muy bien, Mary. Has sido una buena chica. -Susurra el hombre que había visto mi parte más vulnerable, oprimiendo uno de mis pechos.- Espero que podamos repetir esto en otro momento.

Entonces se escuchan tres golpes proviniendo de la puerta, a lo que Weissbeck reacciona poniéndose de nuevo su ropa.

-¿Hábeis terminado ya? -Pregunta la voz de una mujer, la cual asocio con la dama de rojo, esa chica de ojos como la sangre, que solo parecía buscar mi mal.

El soldado sonría y abre la puerta, usando esa llave que había guardado y alejado de mi alcance todo este tiempo.

-Adelante, has llegado justo a tiempo. -Responde el hombre, mirando entrar a la chica, cuan perrito faldero.

El sonido de sus zapatos de tacón resuenan en la habitación. La miro a los ojos, y ella también me mira, sonriendo satisfactoriamente.

-Veo que has hecho un buen trabajo Weissbeck. -Dice ella acercándose al hombre, poniendo una mano sobre su pecho y otra en su nuca, para atraer sus labios a los suyos, uniéndolos en un beso indecente.- Después te daré tu recompensa.

El soldado sonríe, ansiando que llegue el momento de su recompensa.

-Y ahora, lo mejor será que mandemos a esta fulana al burdel del que ha salido. -Continúa Isabella, acercándose a mí, llamando al servicio de habitaciones a través del teléfono del estudio, para que un coche, me lleve de vuelta a mi casa.

Desde luego, nada sale bien. Ahí estoy, sobre la fría mesa de un despacho escondido en la residencia privada de un asesino, desnuda y magullada, sintiendo a corrupción recorrer mis entrañas.

Nada sale bien, y lo ocurrido, solo son las consecuencias de haber caído tras mis pasos en falso.