N.A.:A partir de este capítulo, subiré uno cada semana. Por norma general, los subiré todos los sábados, aunque en caso de que no suba ninguno será por motivos de estudio o de salud. De todas maneras procuraré subir uno todas las semanas.
Disfrutad del capítulo., y gracias por leer.
~DasGoldenTruth~
Capitulo 22: Sin ningún tipo de arrepentimiento.
Antes de que me llevasen magullada y herida a mi casa sin poder mover apenas un músculo, una mujer irrumpió en la habitación sin ni siquiera tocar a la puerta. Era alta, rubia, y de bellos ojos azules, el ideal perfecto de una mujer aria. Se acercó a Isabella con paso firme, haciendo resonar sus altos zapatos de tacón en el parqué desgastado, dando a entender que no estaba de humor.
El monstruo que había abusado de mí momentos antes, parecía nervioso; miraba al suelo, con la respiración agitada. No era capaz de mirar a esa mujer a los ojos.
-¿Vas a explicarme que has hecho, Isabella? -Dijo la misteriosa mujer, cruzándose de brazos mientras que la dama de rojo miraba al suelo apretando los dientes.
Al ver que esta no respondía, la mujer de cabello dorado como el sol se dirigió al orgulloso soldado:
-Sal de aquí ahora mismo. Tendrás suerte si no doy parte sobre tu actitud al mismísimo Führer.
El hombre acceder sin mencionar palabra y se marcha de la habitación. ¿Quién era esa mujer capaz de causar esa clase de respeto tanto en Weissbeck como en Isabella? Y, además, ¿qué relación poseía con Adolf Hitler?
-Y tú, ya hablaremos más tarde junto con tu tío. -Dijo levantándole la voz a Isabella.- No quiero volver a verte en lo que queda de día.
La chica de ojos carmesí miró con desprecio a la mujer de ojos azules, quien le dedico una mirada del mismo calibre. Después, y antes de marcharse, me miró a mí, sonriendo satisfecha, contenta de haber cumplido su objetivo. Entonces, giró sobre sus propios tacones para marcharse tal y como había llegado, con paso seguro y orgulloso.
Tras esto, la mujer no mencionó palabra, simplemente se acercó a mí, sonriendo dulcemente, como esperando que yo también lo hiciera. ¿Pero cómo hacerlo? Quería olvidar lo que mis ojos habían visto y lo que mi cuerpo había sentido. Esa horrible sensación de sentirse propiedad del peón de un asesino, el cuál disfrutó de causarme un terrible daño, tanto físico como psicológico.
-No te preocupes, querida. -Dijo al fin la mujer, cubriéndome con una sábana.- Ven conmigo, ¿quieres? Te curaré esas heridas.
Me acompañó a salir por la puerta; me cogía por la cintura, puesto que mis piernas se resignaban a no responder.
Después me llevó a una habitación, la cual supuse que era suya, y con algo de algodón y agua oxigenada comenzó a limpiar mis heridas externas, ya que las heridas que Weissbeck causó en mi interior no las podría sanar nadie nunca.
-Tranquila, normalmente curo a los soldados heridos en el campo de batalla, así que intentaré hacerte el menor daño posible.
¿Quién era esa mujer cuya amabilidad se reflejaba en sus ojos? Y, ¿cuál era su posición como para permitirse el lujo de desarmar a un soldado con su simple mirada?
No mencionó palabra sobre lo ocurrido, lo cual agradecí, pues no quería llorar más; era demasiado duro derramar lágrimas por un monstruo que decidió usarme para sus juegos sucios.
Tras vestirme con uno de sus vestidos, me acompañó ella misma en el camino de vuelta a casa, agarrando fuertemente mis manos.
-¿Sabes? Me recuerdas muchísimo a una amiga de la infancia. -Dijo sin que yo respondiese.- Estudiamos juntas mecanografía y fotografía, pero ella se fue a vivir a Múnich, y yo me quedé en Berlín, con Adolf. -La oí suspirar, mientras hacía una pausa.- ¿Cómo te llamas?
-Mary. -Dije rompiendo mi intenso y largo silencio.
-Así que tú eres Mary. -Sonrió de nuevo, oprimiendo mis manos con más fuerza.- Mary, no vuelvas a venir, ¿de acuerdo?
Más que unas palabras alentadoras acompañadas por una sonrisa, aquello me pareció una sutil amenaza, lo que volvió a hacer que me preguntase sobre la identidad de esa mujer de cabello rubio y ojos azules.
-No sabes lo próximo que podría hacer Isabella, y menos ese soldado. -Continuó.- Además, no me gusta mucho que jovencitas arias como tú visiten la residencia privada de Adolf. La última vez que vino una chica como tú, acabó acostándose con el Führer, y eso no me gusta ni un pelo.
Quise decirle que estaba equivocada, gritarle que mi intención no era más que arrebatarle la vida a aquel verdugo, asesino de miles de personas inocentes, de judíos, de comunistas, y de mis padres.
Sin embargo, me mordí la lengua, incluso Yona me obligó a guardar silencio. Sería un jaque mate en toda regla; descubrir mi identidad junto con mis verdaderas intenciones dejaría indefensas a mis propias piezas en el tablero, incluyendo esas personas que me importan.
Cuando llegué a casa no mencioné palabra. No hablé; me encerré en mi habitación a pesar de ser aún temprano, sin derramar ninguna lágrima y sin dejar escapar de mis labios ningún suspiro de arrepentimiento.
