N.A.:Bueno, bueno, aquí está ya el capítulo 23. Ya se vuelven a resolver algunas dudas, aunque aún queda más por saber sobre Ritter Aigner. Espero que os guste el capítulo, y como siempre, gracias por leer. Nos vemos la semana que viene con el capítulo 24.

~DasGoldenTruth~


Capítulo 23: Ritter Aigner.

La noche pasó lenta y fría, pero no me costó dormirme. El cansancio decidió colarse entre mis sábanas y me obligó a rendirme a sus brazos.

A pesar de las horas que he pasado durmiendo, me he despertado adolorida, con las marcas de Weissbeck en mi cuerpo. Los moretones y las heridas adornan mi pálida piel, y los trato de ocultar con varias capas de ropa, dando gracias de que sea invierno.

Mi dama de verde y mi tía Viveka siguen durmiendo aún, y tal y como hice ayer, me marcho de casa con el estómago vacío para despejarme y tomar algo del fresco aire de la madrugada.

Camino bastante cansada y a paso lento por las calles aún oscuras de Múnich, y cuando llego a mi destino, la casa calcinada, busco refugio entre los matorrales que había frente a esta, abrazándome a mí misma en un intento de apaciguar el frío que calaba en mis huesos.

Las personas comienzan a amanecer, encendiendo las luces de sus hogares, para emprender su rutina, mientras que otros, terminan su turno nocturno.

Los jóvenes más rezagados vuelven a casa tras haber pasado toda la noche bebiendo y celebrando el victorioso auge de Adolf Hitler en Europa. Dos de ellos se acercan a mi posición, y por lo que puedo observar, se trata de un soldado de las SS, junto con una mujer no muy alta, de cabello castaño..., y ojos como la sangre. Tal vez... ¿Ese hombre es Weissbeck?

-Deberías volver con tu tío. -Dice el soldado, intentando zafarse del agarre de su acompañante.

-Pero es que..., ya sabes que no me llevo muy bien con él, Garry. -Responde ella, con un timbre de voz poco usual, como intentando demostrar algo que no es.

¿Garry? ¿De verdad se trata de Garry? Me gustaría lanzarme a sus brazos para sentir el calor de alguien a quien de verdad le importo, pero con este aspecto y con la compañía que tiene en estos momentos, tal vez no sea lo más sensato.

La chica, Isabella, se acerca a Garry, posando una mano en su pecho, intentando hacer con mi soldado de ojos grises lo que hizo con Weissbeck.

-Isabella, ¿qué estás haciendo? -Dice el capitán, tomando a la chica por las muñecas, para alejarla de sí mismo.- Ya hablamos de esto. Olvídate de mí de una vez.

-Pero, Garry... -Responde ella, intentando abrazarle de nuevo.

-Nada de peros, Isabella. -La interrumpe.- No soy para ti.

La mujer de ojos carmín rasga su mirada, separándose de Garry y arqueando una ceja, para volver a cambiar el tono de sus palabras.

-¿Sabes? Desde que ejecutaron a tu padre estás muy arisco. ¿Como se llamaba? Ritter Aigner, ¿no es así? Es una pena que le acusasen de traidor. ¿Has ido a visitarle? ¿O tal vez estabas demasiado ocupado con una de tus mujeres arias?

-¡Basta ya, Isabella! -Grita Garry, haciendo que la mujer retroceda.- Eso no es algo que sea de tu incumbencia. Y ahora vámonos, te llevaré de vuelta a casa.

-No será necesario. -Responde ella, dándose la vuelta sobre esos tacones, los mismos que calzaba ayer.- Volveré por mi cuenta.

La chica de ojos como las rosas granate se marcha del tablero, dejando a Garry a solas, quien suspira con el ceño fruncido, mirando a mi antigua casa calcinada, como compartiendo mi dolor.

Es entonces cuando decido salir de mi escondite y acercarme a Garry, pero el fuerte estruendo que él ocasiona al golpear una farola que se acababa de apagar hace que me asusta, y por lo tanto caiga hacia atrás y deje escapar un pequeño grito de dolor.

Él se acerca a mí algo extrañado, parecía que de momento no me había reconocido, aunque claro, eso no duraría mucho.

-¿Mary? ¿Eres tú? -Pregunta mientras se arrodilla a mi lado.- ¿Qué haces aquí a estas horas?

«Eso lo debería preguntar ella, y más sobre qué hacías con esa maldita víbora.», reclama Yona, aunque, claro, la ignoro.

-Hola Garry... -Respondo intentando levantarme, en vano, pues mis piernas han decidido no responderme de nuevo.- Salí a dar una vuelta. El ambiente estaba muy cargado en mi casa y necesitaba relajarme.

-No te preocupes, yo te ayudo.

Dice mi caballeroso soldado de ojos grises y me toma por la cintura, levantádome del suelo sin ningún esfuerzo. Sin embargo, y sin poder evitarlo, vuelvo a protestar por el dolor, ya que las zonas por las que Garry me había agarrado, estaban cubiertas por la firma personal de Weissbeck.

-¿Qué ocurre, Mary? -Pregunta él, preocupado, sin soltarme.

-No es nada, tranquilo, solo me he arañado con una rama. -Miento, sin mucha eficacia.- Gracias.

Garry suspira y me suelta de su agarre, pero toma mi mano, con fuerza.

-Has escuchado la conversación, ¿verdad?

Ante esa pregunta no sé que responder, simplemente asiento, mirándole a los ojos.

-Tal vez sea hora de contarte más sobre mí, ya sabes, para conocernos mejor. -Dice sonriendo.- ¿Me acompañarías a mi apartamento? Estaremos más cómodos ahí.

-¿A tu apartamento? -Pregunto algo nerviosa, pues la última vez que estuve allí acabé con una pistola en la garganta.

-Sí, tranquila, esta vez dejé las armas en el campo de concentración.

Campos de concentración. La sangre se me hiela y palidezco al mínimo instante en el que escucho el nombre de ese horrible lugar que servía de ratonera para personas, con trampas, muertes y trabajos forzados.

De hecho, y tan solo por unos instantes, se me había olvidado el hecho de que Garry vestía su impoluto uniforme de las SS, hacía gala de su cruz de hierro, sus condecoraciones, y de la inquietante esvástica, la cuál adornaba su brazo.

-¿Entonces qué me dices? -Cuestiona de nuevo al ver que yo no respondo.- ¿Quieres venir conmigo y saber más sobre mí?

-Sí, por supuesto.

Tras recorrer el mismo camino que aquella vez, solo que ahora en coche, me abre la puerta de su acogedor hogar.

Cuando llegamos ya había amanecido, con lo cual, lo que era aquella vez una solitaria y oscura calle, es ahora un lugar transitado por jóvenes y mayores, que se disponen a realizar sus tareas cotidianas. Cómo añoro esa vida, llena de felicidad y luz, sin miedos o alguien que atentase contra la vida de unas personas que lo único que hicieron fue querer a su hija.

Conforme entro por la puerta, me acerco al sofá, pero Garry me detiene, para quitarme la chaqueta, a lo que yo me niego, pues dejaría ver mis heridas y moretones.

-¿Quién es Ritter Aigner? -Digo aún sin sentarme, mirándole a los ojos.

Él rie mientras que se sienta en el sofá, en el sitio que ocupó la última vez que estuve en esta habitación.

-Veo que quieres ir al grano. Anda, siéntate y ponte cómoda. -Suspira antes de comenzar a hablar.- Ritter Aigner fue el general de la Schutztaffel, y también mi padre. Él nunca quiso que los demás supieran que eramos padre e hijo. Supongo que no quería que su influencia en el ejército alemán me perjudicase, pero bueno, por mucho que él lo intentase evitar, me afectó y bastante. Con unos dieciséis años llegó una carta a mis manos. Me habían seleccionado para formar parte de las SS. Mi padre lo intentó evitar, pero no lo consiguió. Él no quería que pasase mi adolescencia entre bombas y bayonetas. Mi padre solo quería que llegada la hora me marchara de Alemania, pero no le hice caso y acabé convirtiéndome en el capitán de las SS.

«Ritter Aigner, general de las SS, eso me resulta familiar.»

-Garry, ¿qué le ocurrió a tu padre? -Le pregunto a mi soldado de ojos grises, tomando sus manos con fuerza.

-Bueno. -Suspira mirando mis manos.- Lo ejecutaron con el pretexto de que había traicionado al Führer y a su patria. Pero eso no era así. Mi padre solo quería salvar a las gentes de Alemania de la perdición. Él sabía que el país caerá dentro de no mucho, y que arrastrará a sus ciudadanos consigo. La verdad es que yo no lo entendía. ¿Por qué tuvo que pasar esto para que abriese los ojos? Incluso pertenecía a un grupo de Resistencia al Nacionalsocialismo, ¿cómo no pude darme cuenta? Es ridículo.

-¿Un grupo de Resistencia? -Pregunto asustada, preocupándome por mi propia seguridad. Si Garry sabía acerca de los movimientos de Resistencia al Nacionalsocialismo sería peligroso continuar a su lado.

-Sí, es increíble. Si no recuerdo mal, su nombre era La Rosa Blanca.

«La Rosa Blanca...», susurra Yona, pues yo me he quedado sin palabras.