Capítulo 27:La galería de los recuerdos.
Los días de verano de Alemania siempre eran agradables. Ni muy fríos ni muy cálidos. Justo como le gustaba a la pequeña Mary.
Sin embargo, había algo que disgustaba a la pequeña de ojos como el cielo: las discusiones de sus padres y el Führer, junto con sus visitas semanales. ¿Por qué ese hombre visitaba con tanta frecuencia su casa? La respuesta era sencilla, pero difusa: los cuadros. Los cuadros de Herr Weiss Guertena, algo que atraía mucho la atención del señor Adolf Hitler. El caprichoso Adolf Hitler, que había decidido, sin consultar a nadie, tener para sí mismo todas las obras artísticas de Europa, o al menos, todos los que su "Museo del Führer" pudiese albergar.
Y los cuadros y esculturas de Guertena no eran una excepción.
Y tal y como odiaba la pequeña Mary, los dos factores de su incomodidad, se unieron en uno, para provocar que la niña aria desease no haber conocido al Führer nunca.
-¿Acaso estás loco? ¡Nos condenarás a todos! ¡Incluída tu hija! -Gritó la mujer de cabello como el oro, enfurecida.
-¿Y qué pretendes? ¿Que huyamos después de haber conseguido tanto prestigio? ¡Eso sí que sería un suicidio! ¡Y más aún si se diera a conocer sobre tus raíces judías! -Contestó el hombre, poniendo mayor ímpetu en esa última frase.
-Judía o no, sigo siendo la madre de tu hija, y eso deberías respetarlo. -Replicó la mujer en un tono más bajo que el que había usado su marido.- Vamos, reconsidéralo. Dale a ese bastardo lo que quiere y marchemos a territorio Aliado, allí no nos harán daño.
-No daré mis obras a nadie, Rivka. No insistas más. Serviré al Führer como soldado, no como artista. Nos quedaremos en Alemania, y Mary crecerá amando a su patria.
-Entonces moriremos gaseados como ratas. -Sentenció la mujer antes de marcharse disgustada y molesta.
Lo que esa mujer odiaba era sin duda la testarudez de su marido, y él, odiaba el pánico que su mujer sentía hacía el peligro. Ambos odiaban el camino que su matrimonio concertado estaba llevando, pero el amor que sentían por su hija era lo que les mantenía unidos. Querían que Mary, su única hija, fuera feliz en todos los aspectos, aunque eso llevara consigo una serie de sacrificios; como que la pequeña de ojos azules debiera crecer como una mujer aria, fiel seguidora del Führer, para así poder vivir sin ningún riesgo contra su vida o su seguridad. Se casaría con algún soldado desconocido, y le daría hijos arios al Führer, como habían hecho todas las familias desde que Adolf Hitler alcanzase el poder.
Aunque tal vez esa no era la vida que Mary quería llevar. Ni siquiera alguien se preocupó por hacerlo. Nadie, menos su padre, quien veía a través de los ojos cristalinos de su hija.
Mary, desde muy pequeña, soñó con ser libre y poder volar. Viajar a todos esos países que había visto plasmados en esas postales que su padre recibía de cuando en cuando. Quería encontrar a su príncipe azul, como en los cuentos de hadas, para carsarse con él entre los animalitos del bosque, para ser felices, comiendo perdices.
Pero la mente inocente de una niña pequeña es tan dulce y tan tierna, que cualquier cosa fuera de lo normal podría corromperla, y con ello, hacer que sus maravillosos planes de futuro se sumen en una espiral de dolor.
Y, para la mala suerte de la pequeña Mary, eso ocurrió.
Sin embargo, en algún lugar escondido de su corazón, guardó sus ansias de libertad y de felicidad, las cuales usó en numerosas ocasiones para darse fuerzas a sí misma.
Cuando ella perdió a sus padres, su mundo perfecto se derrumbó. Nadie se molestó en recoger los trocitos del agrietado corazoncito de Mary, los cuales se desparramaron por el suelo, haciendo que su madre, su padre y su dama de azul, se llevaran algunos consigo. Y eso, lo que provocó en Mary fue un intenso dolor y malestar al sentir tal vacío en su pecho.
Lo que le ayudaba a dormir en la noche tras aquella tragedia, era cerrar los ojos, para imaginarse aquellos días al lado de sus padres. Su padre le decía en sueños: "Mary, si te mueves, no podré pintarte bien", a lo que ella respondía con una fuerte y estrepitosa disculpa, mezclada con su risa y su enorme sonrisa.
Mary adoraba que su padre la pintase, de pie, sentada, en el campo, en la ciudad o en casa, el lugar no importaba, siempre que el que deslizase los pinceles en el lienzo fuera él: Weiss Guertena.
Su relación era más que una familiar; eran amigos, confidentes el uno del otro. Él confiaba en su hija, y ella confiaba en su padre. Su cariño, era inmenso.
En numerosas ocasiones, el testarudo Guertena se había planteado el hecho de cómo afectaría su puesto de trabajo y sus inminentes ascensos al futuro de su hija. Tendría que verse obligada a vivir una vida previamente fijada, sin atajos o desvíos, una autopista hasta su propia destrucción. Porque, ¿qué es una vida así sino un camino directo hacia la locura? Guertena siempre lo había pensado: la causa por la que todas esas mujeres se habían unido por voluntad propia a un hombre que ni conocen, era la necesidad de visitar a un médico especialista. Así era Guertena, rudo y contundente, sin medir sus palabras.
Lo que Guertena tenía planeado para su hija era un camino acolchado con rosas, guiándola por el sendero cuya meta era la felicidad, para acompañarla en este, y evitar que cualquier mal pudiese dañarla.
Pero la guerra es la guerra, y trae consigo "pérdidas" irrecuperables. El camino de rosas se marchitó, haciendo aparecer baches y curvas. La vida que Guertena soñó para su Mary dejó de existir, y se abrieron dos caminos a seguir: la sumisión o la felicidad propia.
Mary dudó sobre cual escoger, avanzó primero por la sumisión, retrocediendo y volviendo al lugar en el que esos dos senderos se dividían. Pero finalmente, escogió de manera sabia, y avanzó por el tortuoso camino de la felicidad propia. Cayó una y otra vez, hasta que logró comprender, que esa felicidad que tanto añoraba, no se encontraba en otro sitio que en esas personas que conocía y que a veces dejaba atrás. Sus padres, sus amigos de párvulos, (de los cuales, la mayoría por influencia de sus familiares, la tachaban como asesina), o su dama de amarillo.
Viveka Kirchner, esa mujer taciturna de ojos como el hielo, que decidió darle cobijo a su sobrina, a pesar de que la madre de la pequeña, no la consideraba su hermana, sino una fulana capaz de entrometerse en una de las familias del Führer, de enamorarse de un hombre casado, que además tenía un hijo.
Pero Viveka no fue renconrosa. ¿Qué culpa tenía la pequeña Mary de la locura de los adultos? Ella solo era una niña cuando sus padres murieron. Incluso confundía la sangre que brotaba de las llagas de sus padres con pintura roja. ¿Qué clase de persona sería Viveka si no acogiese a su única sobrina en su casa? Una de ellos, exactamente. Sería como una de esas mujeres a las que solo les importa cómo afectaría a su reputación el cuidar a una niña cuyos padres han sido asesinados por ser acusados de traidores.
¿Pero cuando le importó a esa mujer algo? Vivió siempre a su ritmo y a su manera, olvidándose de todo lo que pudiese perjudicarla. Cuando se enamoró de ese hombre, de Ritter Aigner, su propia familia la rechazó como tal, porque eso no era ético. Eso no era lo que sus padres le habían enseñado desde pequeña. Su deber era casarse con un soldado, y al ser aria, tener hijos con él. Aunque lo peor vino cuando alguien comunicó a su familia algo que ni la mismísima Viveka podría haber remediado.
Tras haber tenido varios encuentros íntimos con el general de las SS, la mujer de ojos azules se desvaneció en mitad de la calle, despertándose un día después en el Hospital de Múnich, el único en la zona. No había nadie, simplemente Ritter, quien descansaba sentado en la silla. Había estado ahí con ella día y noche, sin soltar su mano.
-Ritter... -Se atrevió a susurrar, acariciando la mano de su compañero de locuras.
Él entonces se incorporó lentamente, mirando a la mujer a los ojos, para dedicarle una de sus mejores sonrisas. La abrazó con fuerza, haciendo notar la preocupación por la que había pasado.
-Viveka, que sea la última vez que me asustas tanto. -Susurró el hombre acariciando el pelo de su amada, la cual correspondía al abrazo acariciando su ancha espalda, cubierta por la chaqueta del uniforme de las SS.
-Pero Ritter, ¿qué ha ocurrido? Soy la única que no sabe nada.
-Bueno, varias personas te trajeron aquí porque te desmayaste en mitad de la acera. Al principio se creía que había sido una bajada de tensión, pero después los médicos lo descartaron.
Después, Ritter se separó a leves centímetros de Viveka, para posar su mano en el vientre de la mujer aria.
-Estabas embarazada. -Continuó él, con la voz quebrada por la aflicción.- Pero algo se complicó. Los médicos buscan el por qué.
-¿E-Embarazada?
Ni ella misma encontraba la razón del por qué había perdido el hijo del hombre a que amaba, pero la razón era sencilla. La bellísima mujer aria, el ideal perfecto de madre que el Führer andaba buscando, era ésteril. Y eso causó que sus familiares la repudiasen. Viveka Kirchner no podía ser madre, y eso era inconcebible. Nadie debía de saberlo, todos debían de ocultarlo. Solo traería mala fama. ¿Solución? Olvidar que alguna vez tuvieron una hija llamada Viveka. Un golpe duro tras otro, lo que hizo a la mujer más fuerte, fría y calculadora, pero no incapaz de sentir.
Es por eso por lo que decidió abandonar al que había sido el amor de su vida por su sobrina. Su única familia y la única que sería capaz de comprenderla algún día. La única capaz de comprender el dolor al sentirse sola y sin apoyo.
Porque los recuerdos son así, un algoritmo de sensaciones, dolor, gloria, tristeza, felicidad, cuya solución es y siempre será la experiencia y el saber que con cada tropiezo, el espíritu se hará más fuerte.
