N.A.: ¿Podemos hablar de lo mucho que me gusta el señor Artyom Zhukosvki? (Es todo un reto aprender a escribir su apellido.)
O sea, este personaje es demasiado... ¿Hombre? No se si sería esa la palabra adecuada. Maldito ruso, es un personaje que va a dar bastante juego.
(Siento cambiar tanto el tipo de narración, pero me resulta raro escribir sobre lo que ocurre en una punta de Alemania cuando Mary está en otra.)
Bueno, sin mas preámbulos y como siempre, espero que disfrutéis del capítulo.
~DasGoldenTruth~
Capítulo 29:La Madre Rusia.
-Llegaste demasiado tarde. -Dijo la mujer dejando escapar de sus labios una frágil y tenue hilera de humo.- Nos podrían haber volado la cabeza.
-Vamos, no seas así. -Respondió su amiga, mirando al joven que las miraba con indiferencia.- Salimos con vida, eso es lo importante.
-¿A qué llamas "salir con vida", Sophie? -Contesta la mujer de cabello dorado arrojando el cigarro aún sin acabar por la ventana.- ¡Ni siquiera sé si mi sobrina está siendo forzada por algún maldito bastardo nazi en estos momentos!
Entonces la mujer de ojos verdes y el rostro cubierto de pecas mira al suelo, buscando entre las pelusas que se amontonaban en la alfombra alguna respuesta que pudiese apaciguar el caldeado ambiente de la habitación.
-Viveka, ella no tiene culpa de lo que sucedió. Ninguno esperábamos que tendría lugar alguna redada. -Habla por fin el hombre, mirando a la aria, que estaba enfurecida.
-No me engañes, Artyom. Tú lo sabías perfectamente. -Dice la mujer señalando al hombre de nacionalidad rusa.- Por eso me regalaste las entradas. ¡Me querías en la boca del lobo! ¡Y ahora mi sobrina está desaparecida!
-Viveka, maldita sea, ¡no pierdas los estribos! -Gritó la mujer más pequeña pero de mayor edad, con lágrimas en los ojos.
Irenka comprendía perfectamente a su amiga y la desesperación que sentía. Sabe perfectamente qué es dolor y qué es lo que se siente al no saber nada de sus seres queridos. Lo sabe. Mejor que nadie en esa sala. ¿Acaso no perdió ella a sus padres al comienzo de la guerra? ¿Acaso no perdió a su hermano frente a sus ojos? Irenka, no, Sophie Scholl lo ha perdido todo. Incluso su propia identidad.
-De momento, lo que debemos hacer es no perder la calma. -Sugiere Artyom, haciendo una leve pausa para mirar a Viveka, quien se sienta resignada y de mala gana en el sofá.- Si tu sobrina es como me has comentado, no habrá tenido ningún problema para escapar. No me digáis ahora que un pequeño tiroteo os ha asustado.
La mujer aria de ojos como el hielo mira con odio su pierna, repleta de sangre y con un torniquete. Al intentar proteger al hombre ruso cuando llegó en su rescate, una de las balas de los nacionalsocialistas alcanzó a rozarla, hiriéndola de manera que solo consiguió andar unos metros.
Ahí es donde comenzó a temer por la vida de su ya no tan pequeña Mary.
-Ambas habéis pasado por situaciones peores, ¿no es así? -Continúa el hombre ruso, sentándose frente a las dos mujeres.- Como aquella vez en Auschwitz.
-Tú no sabes nada sobre lo que vivimos en Auschwitz, Artyom. Sufrimos graves pérdidas, y como broche de oro, fracasamos. -Susurra ahora más calmada Viveka, abrazándose a sí misma, mirando a la pequeña y frágil en apariencia Irenka, quien perdió a Hans Scholl, su hermano, aquella vez en Auschwitz-Bikernau.
-Pero os mantuvisteis en pie, Viveka, eso es lo que importa.
La joven de ojos azules guarda silencio. Demasiados recuerdos se han puesto de acuerdo para pasar por su mente. Ese recuerdo con nombre: Ritter Aigner. Porque tras su muerte pasó a ser eso, un recuerdo. Un simple recuerdo que dejó marcada a Viveka de por vida. Esos ojos azules jamás abandonarán su mente. Esas caricias jamás se borrarán de su piel. Esos ardientes y pasionales besos jamás se evaporarán de sus labios.
Viveka Kirchner se enamoró perdidamente, y eso nunca se marchará.
-¿Cómo llegaste a nosotras, Artyom? -Pregunta Viveka, rompiendo el tenso silencio que embriagaba cada esquina de su improvisado refugio.
-Bueno, oí que se abriría un nuevo local en el barrio, y yo necesitaba un lugar donde ahogar mis penas. Alguien me comentó que había algo muy interesante en la propietaria del nuevo bar. No me equivocaba. -Comenta el hombre, sonriendo tras haber hecho sonreir a la fémina aria.- Un buen detalle eso de colocar una rosa blanca en el marco de la puerta. ¿No crees que atraerás a gente indeseada al lugar?
La mujer se encoge de hombros.
-Si con gente indeseada te refieres a los Chicos del Swing o a la Europäische Union, no me importaría que llamasen a mi puerta.
-Esa ha sido tu intención desde un principio, ¿no es así? -Responde el hombre de ojos grises, esbozando una sonrisa que consigue llamar la atención de Irenka, quién se había sumergido en sus pensamientos.
-Puede que sí o puede que no. No desvelaré mis planes a un comunista, compréndeme. -Susura la mujer, riendo sarcásticamente.- Además de que aún no se me ha olvidado que casi nos matan por tu retraso...
Susurra antes de lanzar una daga con el emblema de la esvástica a los pies de Artyom.
-Un pequeño regalito de tus amigos los nazis. Me debes una, ¿no crees?
-¿Eso piensas? -Sonrie el hombre usando un tono burlesco en sus palabras.- Tal vez debería haber dejado que continuases disfrutando la "fantástica" ópera con el redoble de las balas como músicos y con los soldados como intérpretes.
-Qué buen sentido del humor tienes, Artyom. -Responde Viveka, enarcando una ceja, como solía hacer cuando algún comentario le molestaba.
-Solo me gusta ser simpático, Viveka. Seguro que no has conocido a muchos rusos como yo.
-La verdad es que no he tenido el gusto. Ya sabes, los únicos rusos que he tenido "el placer" de ver, han bombardeado calles y avenidas de Alemania.
-Cada cual tiene su profesión. -El hombre hace una pausa para ofrecerle a Viveka un cigarrillo, el cual acepta.- Tú, por ejemplo, te dedicas a llevar siempre una pistola escondida entre tu ropa interior. Me aterra preguntar dónde.
-¿Y tú? ¿Siempre te dedicas a seguir a las mujeres a la ópera, o solo lo haces en tu tiempo libre?
-Solo lo hago si esa mujer me interesa. -Responde el hombre, sonriendo a la aria lascivamente, cosa que la intimida un poco.
-¿Acaso entro yo en tus intereses?
-Bueno, eso creía. Hasta hoy. -Susurra, dirigiendo su mirada a Irenka, quien estaba a punto de dormirse y apenas se percataba del tema de la conversación.- No sabía que tenías unas amigas tan encantadoras.
Viveka, antes de responder, da una larga calada al cigarrillo, arqueando una ceja.
-¿No piensas que aspiras a demasiado?
-Puede ser. Ahora contestame tú a algo, ¿no crees que va siendo hora de que levantes cabeza y busques a alguien que le reemplace?
La mujer, sorprendida ante la pregunta, mira al ruso a los ojos, sintiendo un nudo en el estómago.
-¿Quién te ha hablado de él?
-Tengo mis contactos. -Susurra el comunista con el cigarro en la boca, mirando a la chica a los ojos.- Respóndeme.
Viveka mira al suelo, perdiéndose entre los hilos descosidos de la alfombra.
-¿Tú olvidarías a alguien por el que has dejado de ser quien eras? ¿Olvidarías a esa persona que te enseñó a amar?
-Lo haría si el hecho de recordarle me perjudicara.
La mujer se mantiene en silencio, abrazándose a sí misma.
-Vamos, Viveka. -Continua.- Mírate, ves su mirada reflejada en cualquier cosa, incluso ves su sonrisa en los demás. El murió e incluso antes de eso tú decidiste olvidarte de él. ¿No crees que es hora de pasar página?
-Es tan fácil decirlo. -Susurra ella, sonriendo.- ¿Cómo podría hacerlo?
-Tal vez necesites ayuda.
Dicho esto, el joven comunista de gran estatura se acerca a Viveka quien le mira confudida. Este la toma del mentón y deposita un tenue y fugaz beso en sus labios.
-Lamentablemente, yo no podré ayudarte. Deberás encontrar a otra persona por tu cuenta.
-Maldito comunista...
La conversación siguió su curso hasta que la joven y el hombre se percataron de que la pequeña Irenka había caído en los brazos del dios Morfeo. Acurrucada y tiritando, parecía tener una pesadilla. Entonces, Artyom, con cuidado y sin hacer ningún ruido se colocó al lado de la pecosa, para rodearla con sus brazos y evitar que pasara frío.
Viveka, por su parte, se había tumbado en el sofá, y antes de dormirse, echó una fría mirada al joven ruso, que miraba embobado a la chica que dormía en sus brazos.
-¿Qué ocurre? ¿Tú también tienes frío? -Preguntó el joven en un susurro, riéndose de la mujer aria.
-Buenas noches. -Sentenció, echándose en el sofá y quedándose dormida al instante.
Por lo menos, Artyom Zhukovski había conseguido que Viveka dejase de preocuparse por un momento del estado de su sobrina.
Mientras tanto, en la otra punta de Alemania, una agotada Mary descansa en el salón de su amado, en sus brazos. No puede dormir, no puede pensar. Solo disfruta escuchando el latir de su corazón y su respiración acompasada, mientras que acaricia su cuello y su pecho.
-Mary, si estas cansada deberías ir a dormir. -Susurra el soldado de ojos grises, acariciando la cintura de su princesa aria.
-Pero es que... -Susurra la chica también, acurrucandose más en su pecho.- Aquí estoy muy a gusto.
Entonces, la chica de ojos azules toma a su soldado del cuello de su camisa, para besar sus labios. Había deseado con locura un momento así. Mary había deseado estar en los brazos de Garry, de su Garry, en completo silencio, solo interrumpido por sus respiraciones.
Las pequeñas y pálidas manos de Mary se cuelan en la camisa del capitán, quien se estremece con su tacto. Sabía que si Mary continuaba con sus caricias aquello no acabaría muy bien.
-Vayamos a descansar Mary, mañana tengo trabajo. -Susurra el hombre tras un suspiro.
La chica asiente, levantándose del regazo de Garry.
Aún llevaba el vestido puesto, aunque ahora estaba arrugado y mal colocado por varias razones: una, por haber estado corriendo por los pasillos de hotel del teatro; y dos, por el intento de Garry de tomarla en una de las habitaciones del mismo.
Garry la acompaña hasta su habitación, con una amplia cama de matrimonio. ¿Para qué querría Garry una cama tan grande si vive solo? Entonces, la respuesta a esa pregunta, consigue sonrojar a Mary.
El soldado le presta una de sus camisas blancas del uniforme, la cual le quedaba a la rubia como un camisón.
-Buenas noches, mi princesa aria. -Susurra el hombre posando un beso en la frente de su enamorada.
-¿Dónde vas? -Pregunta ella, tomándole del brazo.
-Dormiré en el sofá, no te preocupes.
La chica, con resignación, suelta entonces el brazo del soldado de ojos grises, quien abandona la habitación para dejar descansar a Mary.
Ella se acurruca entre las sábanas de la cama de su capitán de las SS. Olían a él, y su olor hacia que Mary comenzase a imaginar en sus sueños, qué podría haber ocurrido en esa habitación de hotel si nada o nadie les hubiera interrumpido.
