N.A.:Tras siglos sin actualizar, aquí vengo con el nuevo capítulo. Siento muchísimo la demora, pero más vale tarde que nunca, ¿no es así? Espero que con la finalización del curso y con el comienzo de las vacaciones de verano pueda mantener el fic al día.
Como siempre, disfrutad del capítulo y muchas gracias por leer.
~DasGoldenTruth~
Capítulo 33:El judío y el soviético.
"Cuando se está en medio de las adversidades, ya es tarde para ser cauto", solían rezar las ancianas judías de Alemania.
Lástima que al imprudente de Arik no le pronunciasen esas palabras lo suficiente.
En el preciso instante en el que al judío se le ocurrió propinar tal golpe al soldado, todo parecía perdido. El joven nazi, cayéndole la sangre por la barbilla, agarraba con tal fuerza el cuello de la camisa del judío que parecía que en cualquier momento la tela fuese a rasgarse. O eso, o que al soldado le diese el impulso de tomar su arma y apuntar a la sien del hombre de ojos como el carbón.
Pero para la sorpresa de todos, incluso para el judío, el soldado ni siquiera mencionó una de sus típicas amenazas.
Una simple orden hizo que sus acompañantes abandonaran el local, que fueron seguidos por él mismo. ¿Qué fue lo que hizo al soldado marcharse de tal manera? ¿Miedo?
No, no era miedo; era el haberse sentido pisoteado, humillado por un judío que tarde o temprano solo serviría como abono para las plantas.
Cuando el soldado abandonó el lugar, entre los clientes reinó el silencio unos segundos más, hasta que una prostituta se lanzó a los brazos de Arik con un dramatismo propio de una actriz.
A Viveka eso le hizo levantar una ceja.
Después de eso, todos aplaudieron y vitorearon al judío por su heroico acto, cuando lo único que hizo fue derribar al soldado, cosa que hasta la mismísima Viveka podría haber hecho.
-Se acabó el espectáculo. -Dijo el soviético en un susurro escalofriante; se le notaba enfadado.
Dicho esto, el ruso tomó del brazo al judío, sacándolo de tal barullo a rastras.
Las dos mujeres lo siguieron, Viveka con los brazos cruzados e Irenka abrazándose a si misma, se sentía demasiado pequeña entre tanto hombre.
Mientras, el judío se despedía de la clientela lanzando besos, tanto a sus queridas prostitutas como a esos hombres que tenían al judío como insensato e imbécil.
Una vez fuera, Artyom soltó de mala gana el brazo del judío.
-Su nombre es Mary Kirchner. Diecinueve años y aria. Procura no tardar...
-Un momento, un momento. Para el carro. ¿Quién ha dicho que vaya a ayudaros? -Interrumpió Arik al soviético.
-¡Lo prometiste! -Respondió con indignación Viveka.
El judío se acercó a la mujer con una sonrisa de medio lado.
-En ningún momento descubriste tus cartas, querida. ¿Cómo sabré entonces quién ganó la apuesta?
-Mis cartas eran mayores que las tuyas.
-¿Ah si? ¿Y cómo se que no me estás mintiendo? -Preguntó Arik con burla, haciendo que el enfado de la alemana creciese por momentos.
-Tenía escalera de color con un nueve como número más alto. -Respondió la joven, cerrando los puños con rabia.
-Claro, claro, y también tenías una flor imperial, ¿no es así?
-Ya es suficiente Arik. Has perdido y debes ayudar a la señorita. -Dijo con tranquilidad el soviético.
-Artyom, hace muchísimo tiempo que no sigo órdenes.
Entonces, el aludido se acercó amenazante al judío.
-¿Has olvidado quién te sacó de esa cloaca, Czernikowski? Tal vez debería devolverte con ellos, tal vez así recuerdes a quién le debes un par de favores.
El judío trago saliva sonoramente ante la respuesta de Artyom, quién le miraba con el ceño fruncido.
Ciertamente el hombre de ojos como el carbón le debía su vida al soviético, que sin duda le había salvado de une muerte segura en los hornos de Dachau.
Ocurrió al comienzo de la guerra, cuando los campos de concentración comenzaban a ser construidos, cuando los guetos inundaban ciudades y pueblos, cuando miles de personas inocentes fueron condenadas a una muerte prematura por un delito que no habían cometido.
Arik Czernikowski, como otros tantos judíos, era llevado desde su tierra natal, Dusseldorf, hasta Dachau, un nuevo campo de concentración que estaba por estrenar.
"Probaremos los hornos con la siguiente carga de basura", bromeaban los jóvenes y egoncéntricos soldados de las SS esperando a que los judíos llegaran a su destino.
Mientras, un infiltrado soviético, disfrazado con un uniforme alemán fumaba un cigarro, observando con sumo desprecio las conversaciones de los nacionalsocialistas.
"Ya llegará el momento en el cual seáis vosotros los que prueben los hornos soviéticos", pensaba el ruso, pisando con rabia el cigarro que estaba fumando.
El cargamento ya había llegado, y todos los judíos temblaban ante la majestuosidad de las chimeneas que ya comenzaban a expulsar un horrible y molesto humo.
El jefe de campo se sentó impasible ante la gran aglomeración de prisioneros y soldados cerca de uno de los portones de aquel lugar que muchos conocían como matadero.
Otro día más rodeado de la misma gentuza, debía de pensar.
Sin embargo, el ególatra disfrutaba de su trabajo. Decidir sobre la vida o la muerte de esa basura llamada judíos debía aumentar aún más el amor propio que sentía por si mismo.
Las órdenes comenzaron a fluir por los labios del alto cargo, de manera que hombres y mujeres quedaron divididos en dos filas, unos a la izquierda y otros a la derecha, respectivamente.
A su vez, esas dos filas eran fraccionadas por edades: niños, adultos y ancianos, de los cuales probablemente solo los segundos se salvarían, a excepción de las niñas, que serían usadas para satisfacer las sucias necesidades de los soldados del partido nacionalsocialista.
La mayoría de los prisioneros que avanzaban de uno en uno hasta la posición del jefe de campo, tenían en mente su destino: esas duchas de las que nadie salían, y finalmente aquellos hornos que borrarían cualquier vestigio de su corta y amarga existencia.
Pero ese no sería el destino de la mayoría.
Cómo bien se leía en los carteles de Dachau, aquello se trataba de un campo de concentración, y con ello, un lugar en el que se verían obligados a realizar trabajos forzados con la ridícula esperanza de conseguir ser libres algún día.
Aunque ese día nunca llegaría.
Con el paso de las horas, el tamaño de la cola iba disminuyendo. Con un simple gesto o giro de muñeca, el camino que debía seguir cada prisionero era decidido por aquel soldado.
-Nombre. -Dictó el soldado.
Pero el judío cuyo turno había llegado no respondió.
-Nombre. -Repitió el jefe de campo, alzando la vista, cruzándose con la desafiante mirada de su prisionero.
Y de nuevo, ninguna respuesta.
-¡Dije que cuál es su nombre, maldita escoria! -Gritó con un enfado bastante notorio el soldado cuyo buen humor comenzaba a quebrarse.
Pero el judío se negaba a responder, al igual que se negaba a ser la mascota de un nazi que ni siquiera podía salir a la calle sin que le recordaran el "buen" trabajo que estaba haciendo por su patria.
El espía soviético observaba desde su posición como el judío miraba desafiante a cada uno de los soldados, hasta que su mirada se paró en él.
"Lo sabe", pensó el ruso en un primer momento.
Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el jefe de campo posó su arma sobre la sien del judío, que como respuesta puso tranquilamente sus manos tras su propia espalda.
-Está es su última oportunidad.
-Arik... -Susurró el judío.
-¿Perdone? -Dijo de malas maneras el soldado, quitando el seguro del arma.
-Arik Czernikowski.
Tan rápida fue su respuesta como las acciones que le llevaron a derribar al soldado, el cuál yacía en el suelo con un trozo de cristal al cuello.
-¡Mi nombre es Arik Czernikowski! ¡No lo olvides, bastardo! ¡Arik Czernikowski! -Repitió la víctima convertida en verdugo, forcejeando con el jefe de campo.
Los demás soldados, alertados al escuchar tanto barullo, dejaron sus posiciones libres para socorrer a su superior, que luchaba por no acabar con ese trozo de cristal incrustado en el cuello.
Tal vez, si no hubiera sido por dos de los soldados nacionalsocialistas, el impulsivo judío habría tallado en la frente del jefe de campo su nombre.
Pero no le habría dado tiempo ni a escribir su inicial.
Sin embargo, a lo que sí dió tiempo mientras que Arik Czernikowski montaba su espectáculo, fue que niños e incluso familias completas lograran burlar las vallas electrificadas del campo de concentración de Dachau.
-Fusiladle.
Y con una sola palabra del jefe de concentración, que aún se encontraba aturdido en el suelo y con una mano sobre una pequeña herida que Arik le había ocasionado, el judío tuvo sobre él varios rifles, apuntando en cabeza, cuello y esa zona que Arik consideraba tan importante en un hombre.
-Un momento. -Interrumpió el oculto infiltrado tras la esvástica del uniforme.- Causaría una gran conmoción entre los demás prisioneros que lo ejecute aquí mismo.
El jefe de campo caviló un momento el comentario del aparente soldado alemán,que en realidad, poseía toda la razón del mundo.
Los prisioneros, tras pasar los portones de Dachau, habían sido arduamente convencidos de que en aquel lugar trabajarían sin descanso, y a cambio de ello, conseguirían la libertad. Pero como se suele decir, ojos que no ven, corazón que no siente.
-Muy bien. Tú mismo, acaba con él tras los barracones. Que no haya testigos. -Ordenó el hombre ahora más repuesto y sentado de nuevo sobre su silla.
El soviético tomó del brazo al judío, que seguía resistiéndose a pesar de saber que contra el "soldado nazi" no tendría ninguna oportunidad.
Tras los barracones, el ruso cargó el arma y apuntó a la sien del judío, que, de rodillas, se concentraba en el suave mecer de la hierba.
En poco segundos, el estruendo de un disparo hizo que las aves del lugar emprendieran el vuelo en busca de un lugar seguro.
-Siguiente. -Continuó su tarea el mandatario una vez escuchó el disparo que había acabado con el menor de sus problemas ese día.
Pero aquella bala no impactó en el judío, ni siquiera contra la pared.
-¿Qué... Qué demonios? -Susurró el judío comprobando que todas las partes de su cuerpo estaban intactas, incluida su valiosa virilidad.
-Sh... -Sonrió de lado el ruso.- Me pareces demasiado interesante como para dejarte morir, ¿sabes?
-Un... Un momento, -Titubeó el judío retrocediendo un paso.- No... No creas que yo soy de ese tipo de judíos que ceden su trasero por unos minutos más de vida.
El soviético arqueó una ceja.
-Me estás malinterpretando.
-¿Eh? -El judío ladeó la cabeza, algo confundido, pues por un momento se había propuesto ceder su cuerpo al soldado.
-Maldita sea... -Susurró el soviético pasándose una mano por la frente al ver que el judío que había escogido como cómplice no había sido el más apropiado.
Minutos -y casi horas- después, Artyom explicó al judío qué quería de él.
-¿Qué sea tu cómplice?
-Así es. Nadie conoce Alemania mejor que un alemán. -Mientras decía esto, puso una mano sobre el hombro del judío.- Quiero que seas mis ojos, Arik. A cambio te daré una nueva vida y la seguridad que necesitas.
Y aceptó.
-Vamos, Artyom, no seas antipático. -Dijo al fin el judío tras recordar su primer encuentro con el ruso.- Además, de eso hace ya muchísimo tiempo.
-Entonces, ¿volverás a ser mis ojos, Arik? -Preguntó Artyom, mirando seriamente al judío, el cual le respondió con una sonrisa de lado.
-Harán falta más que un par de copas y prostitutas para pagarme este favor, maldito ruso.
-Eso no lo dudes, mi buen amigo.
Finalmente, Arik comenzó la búsqueda de Mary por toda Alemania. Desde la ópera hasta a casa calcinada, desde la floristería hasta Kehlsteinhaus, la residencia de verano de Hitler.
Sin embargo, no hubo rastro de la chica.
