Castle volvió a caer en una serie de sueños indescriptibles, en los que lo único que conseguía ver de vez en cuando era la cara de Kate. A veces estaban bebiendo vino y hablando en el sofá, otras estaban haciendo el amor dulcemente, otras investigando juntos en la comisaría... pero siempre y en todas ellas la recordaba con una radiante sonrisa y sus chispeantes ojos de color cambiante.

Notó la espiral del laberinto que se recorre al recobrar el conocimiento llegar a su fin. Abrió los ojos y consiguió ver con claridad. Se encontraba en una especie de... fábrica. Maquinaria con botones de colores mugrientos por el uso, cintas transportadoras recorriendo la instancia de arriba a abajo, y una fría luz proveniente del techo que se reflejaba en el acero inoxidable que predominaba en el lugar.

Recordaba una... bañera... Se sorprendió al ver que ya no estaba en ella, pero seguía calado hasta los huesos y atado. El elegante traje de lana fría pesaba lo suyo completamente empapado de agua. Irónicamente, cuando se lo compró le gustó porque parecía James Bond y volviendo a la realidad, su situación ahora era muy propia de 007, pues se encontraba colgado de las muñecas y notaba que le estaban izando.

- Oh, señor Castle, ¿le he despertado? - le comentó una voz familiar con falsa cortesía.

El hecho de acordarse de sus tonterías de agente secreto, y que iba en su Mercedes camino a su boda en los Hamptons le dio la pista de que ya no estaba bajo los efectos de las drogas. Lo doloroso era que se estaba empezando a ser consciente y sabía que ahora empezaría a volverse loco pensando en si Kate estaría bien. Intentó girarse para ver al 'maestro de ceremonias' pero no pudo.

Sintió que las sogas de sus muñecas se le clavaban en la piel con cada nuevo tirón. Entonces se dio cuenta de su precaria situación empeoraba por momentos. Quiso aguantarse el grito de dolor y en su lugar emitió un gruñido de rabia. Rozaba el suelo con la punta de sus pies desnudos así que a penas podía aguantar algo de peso sobre ellos. Sus brazos y muñecas soportaban la mayor parte de la carga y el dolor era desgarrador. Era cierto que un hombre despojado de sus zapatos se encuentra indefenso, tal y como él había escrito en sus libros.

- Bueno, pues esto ya está. - dijo la voz justo después de parar el mecanismo.

Oyó unos pasos acercarse con el eco dramático que resonaba en las paredes de la gran sala. El escritor giró la cabeza para ver al cabrón que se las estaba haciendo pasar putas y... se extrañó al ver la cara de un tipo que no conocía absolutamente de nada. El tipo se paró delante suyo con una sonrisilla tonta, se tomó un segundo para observar a su víctima y se rió a carcajadas. Castle, que fruncía el ceño cada vez más confuso, optó por esperar a que se le pasase el ataque de risa.

- ¿No me reconoces, verdad? - le preguntó secándose las lagrimas de los ojos.

Ahí le estaba contemplando con esa estúpida sonrisa con dientes prominentes. Le hubiese dado un puñetazo para saltarle todos los piños, como aquella vez...¡Oh!

- Tyson. - Fue lo único que pronunció Castle. Escupió la palabra con asco, pero se reprimió toda una colección de insultos.

- ¡Sorprendente señor Castle! - gritó el recién identificado Jerry Tyson mientras aplaudía al escritor. - Creo que voy a reclamar a mi cirujana plástica porque me ha reconocido enseguida - dijo con gravedad.

- Oh... No, por favor, no quiero causar problemas. Además, te he reconocido por los buenos modales - dijo Castle no pudiendo reprimir las bromas que se le ocurrían cuando estaba en estado de pánico.

- Me alegro que esté de buen humor, porque lo va a necesitar, señor Castle.- dicho esto Tyson dio unos ceremoniosos pasos para acercarse hasta el arcaico panel de mandos y puso la mano encima de un botón, sin llegar a pulsarlo. El escritor le miró de reojo, esperando lo peor.

- Supongo que - dijo Tyson - un hombre tan ilustrado como usted habrá apreciado que nos encontramos en un matadero. Millones de cabezas de ganado se han ido sacrificando a lo largo de décadas. Pero no se preocupe, no, que no lo voy a matar.

El muy cabrón apretó el botón.

El escritor sintió un hormigueo que empezó en sus muñecas y rápidamente se propagó por los brazos y el resto del cuerpo. El calambre le tensó los músculos a su paso provocándole un desagradable rechinar de dientes al contraerse las fibras de su mandíbula. Durante los eternos segundos que duró la descarga sintió sus pulmones desinflarse de aire, que se transformó en un agudo grito, y perdió totalmente el control de sus esfínteres.

Cuando la descarga cesó, se sintió en la gloria, a pesar de percibir el sabor a sangre en su boca, oler a pis y de soportar el peso de su cuerpo con sus maltrechos brazos. Tyson se apartó de la maquinaria.

- De pequeño oía los mugidos de las vacas desde mi habitación. - dijo con melancolía. - Decían que la descarga era tan fuerte que no sufrían al ser sacrificadas. Usted lo ha probado al mínimo, Castle ¿que piensa? ¿cree que es cierto?

El escritor se estaba recuperando intentando respirar con calma y a un ritmo normal, pero le estaba resultando muy complicado al estar colgado.

- Oh, casi lo olvidaba... - dijo volviendo sobre sus pasos y desapareciendo de la vista de Castle.

Volvió al cabo de unos minutos con un periódico en la mano, que desplegó y abrió por una de las páginas intermedias. Pasó varias hojas y cuando llegó a lo que buscaba, lo dobló y se lo puso delante de la cara. Los intentos por enfocar las letras por parte de Rick fueron en vano.

- Lee, escritor. Merece la pena... - no obtuvo mucha atención de Castle - Bueno, mientras te espabilas, te lo dejo aquí. Yo tengo que presentar mis condolencias.

Se alejó dejándole el periódico apoyado en una antigua cinta transportadora, cerca de donde él colgaba. Antes de salir apretó otro botón que lo descendió unos centímetros, lo suficiente para que Castle, agotado, pudiese apoyar la planta de los pies en el suelo.

- Y ten la delicadeza de no intentar ninguna tontería en mi ausencia, ¿entendido?

Sonó un portazo a sus espaldas y después se hizo el silencio otra vez. Inmediatamente dio tirones a sus ataduras. Observó las cuerdas de escalada y el arnés que le inmovilizaba las muñecas unido a una cadena metálica que bajaba del techo. Podría trepar por la cadena, balancearse y... No se escaparía ni aunque fuera un gimnasta del Cirque Du Soleil y menos aún agotado como estaba.

¿Cuánto tiempo llevaría allí? No tenía hambre ni sueño, pero supuso que era debido a la adrenalina. Giró la cabeza hacia el periódico y se acercó dando pequeños saltitos, pensó en que podría ver la fecha y... se quedó estupefacto cuando leyó el titular de una noticia: "Richard Castle fallecido en trágico accidente".