Un momento. Esa noticia no podía ser verdadera. Él estaba ahí, vivito y coleando, en la medida de lo posible. Se agachó todo lo que pudo para alcanzar a leer la letra más pequeña.

El afamado novelista Richard Castle (45) falleció en el día de ayer en un trágico accidente de coche cuando se dirigía a su propia boda en los Hamptons con la oficial de policía Katherine Beckett (34)...

Castle pensó que Beckett mataría al periodista que había tenido la osadía de publicar su edad. Siguió leyendo.

...Su vehículo se salió de la calzada por exceso de velocidad según la policía local. Sus restos calcinados...

Espera. No podía haber restos calcinados. No. No suyos, al menos.

...sus restos calcinados confirmaron su identidad tras someterlos a pruebas de ADN...Según fuentes de confianza, tanto familiares como su prometida pidieron contra-análisis y otro tipo de pruebas a la jefatura forense de NY que no sirvieron más que para confirmar la identidad del fallecido...

Esto se ponía peor por momentos. Pruebas de ADN amañadas. O quizás le había tomado alguna muestra mientras él había estado inconsciente y las había intercambiado. Un trocito de carne requemado, no necesitaría más, pero ¿y la comprobación de la dentadura?. Sabía que Tyson era listo, pero esto no podía estar pasando. No.

Tyson había conseguido engañarlos a todos. No. No podía ser. No podía engañar a Beckett.

Beckett.

Kate, su hija y su madre pensaban que estaba muerto.

Muerto.

No, no, no, no. Sintió su respiración agitarse, una presión en su cabeza le indicaba que estaba entrando en estado de shock. Él contaba con que Kate investigaría y que removería cielo y tierra para encontrarlo. Mierda. Tomó consciencia de que estaba sólo en esto. No tenía ni idea de cómo se las había apañado Tyson para montarlo, pero se ciñó a los hechos: Nadie sabía que estaba vivo y en manos de un psicópata asesino en serie.

Se agitó con desesperación. Tiró de sus ataduras. Cesó un momento cuando sus muñecas empezaron a dolerle de verdad. No podía estar pasando esto. Volvió a tirar hasta que gritó de dolor mientras las heridas en la piel empezaron a sangrar. Desistió. Estaba empezando a perder la cabeza por la desesperación.

Tenía que concentrarse. Tenía que lograr salir de ahí. Lo había hecho decenas de veces, como inspiración para escribir sus libros o como simple diversión. Imaginar una situación imposible y lograr escapar de ella con ingenio.

Miró a su alrededor. Cintas transportadoras, paneles de control, un periódico a mano. La parte de su cerebro que siempre estaba de cachondeo pensó que la situación le recordaba a un videojuego tipo aventura gráfica, en el que lanzaría con la boca un caramelo que activaría un mecanismo que movería la cadena que le sostenía y... al final el periódico tendría un sorprendente uso que no se le había ocurrido a nadie nunca... ni a él tampoco ahora.

La otra parte de su cerebro, la más realista, la que Beckett había sacado a la luz tras años trabajando juntos, se centró en coger aire con sus pulmones y pedir ayuda a gritos.

Tras unos pocos intentos sin recibir ninguna respuesta, optó por cambiar de táctica. Pensó en qué haría Beckett... y no se le ocurrió nada. Otro cambio de táctica... pensó en qué haría él si Beckett estuviera con él ahora. Como cuando estuvieron esposados hace un par de años... Él intentaría distraerla, sí. Y ella le mandaría callar y sería la que tuviese la brillante idea de... de... usar el maldito panel de mandos para... bajar la puta cadena que le estaba clavando las cuerdas en las muñecas.

Bien. Ese era su objetivo. Quizás si se balanceaba con ritmo pudiera alcanzar con un pie el botón que Tyson había apretado para bajarlo. Hizo un amago, pero sus muñecas doloridas no le permitían aguantar su peso. En ese momento hubiese pagado por ser el atlético Ricky Castle (25).

Pensó que quizás poniéndose de puntillas pudiese agarrarse a la cadena y entonces aguantar su peso. Hizo un esfuerzo sobre humano para estirarse. Le vino a la mente las sesiones de fisioterapia que mitigaban el dolor de su espalda de escritor y le parecieron un juego de niños comparado con esto. Consiguió atrapar el último eslabón con sus adormecidos dedos y asirlo con algo de fuerza.

Bien, ahora venía lo más difícil, aguantar su peso... bueno, su tonelaje... Maldito seas Richard Castle (45). Se hubiese conformado con ser el aún potable Rick Castle (35). Resopló y torció el gesto hasta sentirse en suspensión y entonces movió los pies adelante y atrás lentamente, gruñendo con cada vaivén.

No iba mal, no. Tras cuatro o cinco balanceos, pensó que ya estaba suficientemente cerca como para estirar el pie derecho y... El crujido que oyó cuando intentó hacerlo había sido su hombro izquierdo dislocándose. El alarido de dolor que emitió se debió de oír a kilómetros a la redonda. Quizás lo había oído alguien, pero Castle, mareado por el dolor, vomitó y perdió el conocimiento sin que tuviese oportunidad de comprobarlo.