Una noticia buena: ya no tenía los tobillos atados. Y una mala: En menos de un segundo una sierra lo sesgaría de abajo a arriba.
Ante la desesperación su cerebro actuó rápido: cabeza atrás, piernas hacia arriba... y con un impulso Castle logró una voltereta hacia atrás como no le había salido en la vida. Eso sí, se cayó de la cinta al suelo como un saco de piedras y sintió agudos dolores por varias partes de su cuerpo. Pero eso era bueno dadas las circunstancias.
Con la emoción del momento no cayó en la cuenta de que las máquinas no se habían encendido solas casualmente. Y cuando vio a una mujer rubia encima suyo con un extintor a punto de golpearle, lo único que pudo hacer fue maldecir a la novia, compinche y cirujana plástica de Tyson antes de oír el ¡PONG! en su frente y volver a caer inconsciente.
Richard Castle había perdido la cuenta de cuántas veces había vuelto a la consciencia en ese maldito matadero. Esta última vez estaba siendo especialmente dolorosa. Notaba las venas de su cabeza palpitar, y con cada latido, un horrible pinchazo le taladraba el cerebro. Lo único que le animó es que estaba vivo y consciente, lo que descartaba lesiones graves.
- ¡Esto podría haber sido fácil señor Castle!
Oyó el eco de la voz por toda la gran sala, así que no supo dónde estaba Tyson. Mirando alrededor suyo se dio cuenta de que volvía a estar colgado de las muñecas y lo estaban izando a bastante altura. Pensó que si este era el trato que daban a las reses se plantearía seriamente volverse vegetariano.
- ¡Que conste que esto se lo ha buscado usted solito por su mal comportamiento!
En las alturas, el gancho que transportaba a Castle se movió sin prisa pero sin pausa a su destino. El escritor, pensó en preguntar qué rayos le iban a hacer, pero helado por el terror, prefirió seguir en la ignorancia. Sabía que Tyson no quería matarlo, pero se preguntaba hasta qué punto lo iba a hacer sufrir.
Se fue acercando a una gran máquina, que no le impresionó mucho, la verdad. Básicamente era un contenedor con una compuerta en la parte superior que él podía ver perfectamente desde arriba.
- Haz los honores, cariño. - dijo Tyson, presumiblemente a su novia.
Entonces un renqueante ruido se oyó en la sala. La compuerta de la máquina se abrió y en su interior Castle pudo ver toda una serie de engranajes dando vueltas. Le recordó a un camión de basura, pero mucho más violento.
- Tranquilo, no pienso matarle.
A Castle la afirmación no le llenó de tranquilidad. De hecho encogió las piernas porque no le gustó la forma de aproximarse. El gancho dejó de moverse cuando se encontraba justo en la vertical de la compuerta. Miró hacia abajo con terror, pero no le dio el gusto de gritar.
- La pregunta es ¿Qué porcentaje de Richard Castle quedará de una pieza después de esto?
Dicho esto el gancho fue bajando con la lentitud propia que se espera en una situación de este tipo. El escritor se zarandeó y refunfuñó como un animal cazado que va a ser devorado, en su caso por una máquina trituradora de huesos.
- ¡No sea cómico! ¡Guarde la compostura! ¿A que es para partirse, cariño?... ¿cariño? - Tyson preguntó pero no vio a su fiel doctora.
Echó un vistazo al escritor, sacudiéndose en las alturas como un conejo mientras bajaba, y dio unos pasos en dirección al control de mandos. No había ni rastro de...
- ¡Policía de Nueva York!
- ¡Arriba las manos!
- ¡No se mueva! ¡Al suelo!
Los ojos de tres agentes, dos hombre y una mujer, que él reconoció al instante, le miraron con dureza y odio. Levantó las manos y giró sobre sí mismo. Lo tenían rodeado, pero sólo eran tres.
- ¡Tyson! ¡Al suelo! ¡Ahora! - el característico grito ronco de la detective resonó en toda la sala. Ni siquiera apartó la vista cuando Castle, dándose cuenta de la situación empezó a llamar la atención pidiendo ayuda.
- Voy a tener que reclamar a mi cirujana. - dijo Tyson justo antes de lanzarse al panel de control y golpear una palanca.
En el segundo que transcurrió después pasaron muchas cosas: El gancho que sostenía a Castle bajó rápidamente. Beckett disparó tres veces a las piernas de Tyson. Espo se abalanzó sobre él tumbándolo e inmovilizándolo. Ryan pulsó el botón para parar la trituradora. Y se hizo un silencio sepulcral.
- ¡Castle!...¡CASTLE! - gritó Kate enfundándose el arma y corriendo hacia la máquina.
Espo y Ryan observaron cómo Beckett subía la escalerilla adosada a la pared del contenedor de la trituradora en un tiempo record. Desde abajo no veían a Castle, debía de haber caído dentro de la máquina.
Se temieron lo peor.
Cuando la detective llegó arriba se quedó paralizada con cara de incredulidad, ellos preguntaron desde abajo:
- ¿Beckett?
La detective no contestó,pero oyeron a Castle quejarse diciendo 'Pero ayúdame, mujer...'. Kate hizo una señal de OK con la mano y tanto Espo como Ryan volvieron a respirar.
Lo que tanto había sorprendido a Beckett era que Castle había logrado evitar caer por la cavidad, estirándose como un palo, de tal manera que tanto brazos como pantorrillas estaban apoyadas en el marco de la compuerta. El escritor se mantenía estirado con mucho esfuerzo, que se reflejaba en su cara, completamente colorada.
- Es que... ¡No se cómo ayudarte! - dijo sonriendo mientras observaba los engranajes de la máquina, parados pero acechantes.
En ese instante Ryan, que se había hecho con el manejo de la grúa, volvió a izar el gancho, y volvió a levantar a Castle.
- Estoy más que harto, de verdad... - dijo el escritor mientras sentía sus ligamentos volver a tensarse.
