Capítulo dos: ¿Quién eres tú?

Después de mucho esfuerzo y muchas vueltas, conseguí que nuestro rastro fuera indetectable y nos encaminé hasta mi despacho.

Gracias a la ventaja de haber actuado de improviso, pude pillarlos con la guardia baja. En consecuencia a la rapidez de acción y a la penumbra, esperaba que mi rostro no hubiera estado al alcance de grabarse en la memoria de ninguno de ellos. En momentos así agradecía al cielo por haber nacido con los reflejos y los sentidos de un gato.

Una vez nos adentramos en el edificio y entramos en la habitación, me aseguré de cerrar con llave las puertas, descender las persianas y correr las cortinas. Hasta que no estuve segura de que estaba todo cubierto, no me volví hacia él. Encendí la lámpara de mi escritorio para darle un poco de luz al lugar y poder, por primera vez, ver correctamente a quien había salvado.

Estaba parado en medio de la habitación, envarado y apretando incómodamente los labios, sin saber qué hacer.

Cuando lo vi antes, rodeado de tantos matones, me pareció pequeño y esmirriado, pero al verlo en ese momento, no pude evitar pensar que quizás había sido un efecto producido por las sombras y la comparativa con los otros hombres. Alto era, desde luego. Calculando aproximadamente, era veinte centímetros más alto que yo. Respecto a la musculatura, era difícil decirlo. Llevaba varias capas de ropa, muy holgadas y mullidas, también un poco desgastadas; por lo que aseverar su verdadera forma se me hacía difícil. Aun así, de primeras, y rememorando la fuerza del agarre de su mano, podría decir que era fuerte. Quizás no tanto como aquellos tres minotauros, y mucho menos para pelear contra ellos, pero estaba segura de que lo era.

Me fijé con detenimiento en su rostro. Tenía el cabello caoba, muy alborotado y largo, tapándole totalmente la frente y parte del cuello. Nada parecido a la moda repeinada y corta que se llevaba en Manhattan. Parecía tan suave y vibrante, tan natural y lleno de vida, que me picaron los dedos de los repentinos deseos de acariciarlo y peinárselo. Me insté a mí misma a volver en mis sentidos. Esa no era el tipo de cosa que podía hacer, ¡y menos con un desconocido, por Dios!

Aun así, no se apartaba de mí la loca idea de que tenía el tamaño perfecto para hacerle algunas pequeñas trenzas.

Para apartar esos pensamientos de mi mente, me fijé en otros detalles, como en la fina cicatriz que le cruzaba parcialmente el mentón, labios finos y sonrosados, o las pecas que se extendían por su nariz y por sus mejillas. Me detuve finalmente en sus ojos, un verde turmalina precioso. Eran grandes y puros, como los de un niño. En ese momento entendí la expresión "los ojos son el reflejo del alma".

Cuando focalicé mi mirada en la suya, se irguió incómodo. Obviamente me había estado estudiando, al igual que yo había hecho con él. La diferencia es que a mí no me daba vergüenza, no necesitaba ocultarlo. Él, en cambio, parecía inquieto y nervioso en mi presencia.

—Gracias —dijo, con voz suave, pero en alto.

Me sorprendió su agradecimiento, no porque estuviera fuera de lugar, sino porque llevábamos tanto tiempo evaluándonos en silencio que me había olvidado de todo. Degusté el sonido de su voz. Muy paciente y tranquila, pero tenía un deje alegre de fondo que me hizo preguntarme como sonaría su risa. Me recordó al gorgoteo del agua al caer fluidamente en los ríos.

—No te preocupes, no ha sido nada. —disculpé, sentándome sobre la mesa.

Le escuché tomar aire y le miré, enarcando una ceja, divertida.

—Pero sí me gustaría saber qué ha pasado ahí fuera y también quién eres tú.

—Yo…—comenzó a decir, trémulo.

Aprecié en él unas reacciones muy similares a Mary Spafford. Involuntariamente, me recordó a un corderito asustado. Si no estaba acostumbrado a esta clase de problemas, era muy probable la adrenalina estuviera desapareciendo de su sistema y se encontrara confuso y aletargado.

— ¿Por qué no se sienta aquí conmigo? —le sugerí, palmeando el espacio libre a mi lado.

Me observó ceñudo, moviendo inquietamente los pies. Parecía un deje nervioso.

—Venga, vamos. —le insté. —Lo prometo, soy amiga.

No sé si creyó en mis palabras, pero se acercó y se sentó a mi vera. Pude escuchar el suspiro agotado que escapó de sus pulmones. Sus hombros se hundieron y se presionó con fuerza los ojos, signo del cansancio. Me recordó enormemente a mí misma esa mañana.

—Mi nombre es Hiccup —dijo al fin.

— ¿Hiccup?

—Sí, yo tampoco creo que mis padres me quisieran mucho cuando lo decidieron —contestó con humor, sonriendo débilmente, lo que me hizo reír.

—Es un buen nombre, es único. Se dice que un nombre único hace que la gente tenga expectativas excepcionales respecto a ti[2].

—Sí, supongo. —reconoció, desganado.

— ¿Qué más?

— ¿Eh?

— ¿Eres solo Hiccup?

— ¡Ah! No, claro que no. Soy Hiccup Horrendous Haddock III —contestó, apoyando su codo en su muslo y su mentón en su palma, para poder verme a la cara con comodidad.

Me sorprendió la expresión de su rostro. Aunque aún estaba, obviamente, incómodo y confundido, había un brillo travieso y retador en sus ojos.

—La gente tiene que tener unas ingentes e inabarcables expectativas sobre ti.

Empezó a reírse, tenuemente, pero con ligereza, ante mi salida de por la tangente. El sonido era aún mejor que cómo me lo había imaginado. Era mucho más fresco y limpio. Aunque tenía la profundidad de la voz de un hombre, tenía la inocencia y la honestidad de un niño.

—Mis padres se escudan en la tradición de nuestra familia. Se supone que un nombre horrible alejará a los monstruos y la mala suerte ¿Y tú?

— ¿Qué?

— ¿También tienes un nombre excepcional señorita Hofferson?

— ¿Cómo sabes mi apellido? —interrogué curiosa.

—Por el grabado de tu puerta. —contestó con sencillez, haciendo un gesto con la cabeza que le movió sutilmente el pelo.

— ¿Fuiste capaz de verlo? ¿Con esta oscuridad?

—Sí, bueno…—comenzó a decir, inquieto, rascándose la nuca. —Tengo buena vista. Ya sabes, soy una persona excepcional por lo que mi vista es excepcional.

Me carcajeé ante su intento de sonar pagado de sí mismo. Había sonado tan falso que resultaba obvio que trataba de bromear conmigo.

— ¿Eres solo Hofferson? —cuestionó, repitiendo mis palabras, con curiosidad.

—Me llamo Astrid.

—Ajá.

Hizo un gesto extraño, una mueca que iba desde la sorpresa a la comprensión.

— ¿Qué? —interrogué, entrecerrando los ojos y mirándole fijamente.

—Nada, solo estaba pensando que, con ese nombre, la gente también debe tener muchas expectativas en ti.

— ¿Por qué lo dices? —inquirí, sin apartar mi mirada sagaz de él.

—Bueno, el nombre Astrid procede de la cultura nórdica, del nórdico antiguo en realidad, y significa "belleza divina". Es un buen nombre y concuerda contigo, sin embargo…

— ¿Sin embargo?

—Siento decirte que, con un nombre así, no estás protegida contra los monstruos ni contra la mala suerte.

Lo dijo tan seriamente que me costó un segundo asimilar la broma. No tardé en romper a reír.

— ¿Sabes una cosa? Tienes una forma muy curiosa de decirle piropos a la gente.

— ¿A qué te refieres? —preguntó, haciéndose el despistado.

—Bueno, esa última aportación se puede resumir en que crees que mi nombre es bonito y que, si no entendí mal, y, créeme, lo dudo; que yo también lo soy.

Parpadeó varias veces, anonadado y, viendo cómo se calentaban sus mejillas y sus orejas, un poco avergonzado. Parecía que con cada parpadeo el color de su sonrojo aumentaba. Me recordó al camarero del club. Ambos tenían esa respuesta natural tan tierna. La parte malvada de mí me instaba a seguir picándole con una risita.

Hiccup apretó los dientes, quizás por miedo a empezar a boquear como un pez.

—Comentaste que habías leído la placa de mi puerta, ¿verdad?

El castaño asintió, pero no dijo nada. Quizás la vergüenza no le había permitido recobrar el habla.

—Entonces, sabes cuál es mi profesión, ¿no?

Volvió a asentir. Clavé mi mirada en él, aguardando a que volviera a hablar y respondiera a mis preguntas con algo más que con gestos.

—Sí —dijo, finalmente. —Eres detective.

—Y muy buena, además. Me tomo mi trabajo muy en serio, casi se podría decir que lo llevo en la sangre. Así que, con lo excepcional que eres te harás una idea de que no te voy a dejar ir hasta que respondas a mis preguntas, incluso a las que has hecho caso omiso antes, disimuladamente. Además querido, no tienes a donde ir, ¿no es así?

Clavó las esmeraldas que tenía por iris en mí, durante mucho tiempo. Si hubiera mirado el reloj me habría dado cuenta de que no, de que apenas estábamos sumidos en el lapsus de tiempo de un minuto, pero estaba tan enfrascada en su expresión, repentinamente tan seria y tan intensa, tan cargada de emociones, que me quedé estática. Por primera vez en mi vida, después de múltiples enfrentamientos y escaramuzas a punta de pistola o ante el filo de la navaja, comprendí lo que tendría que sentir una oveja ante un león. Me endurecí, mostrando mi resistencia, sabiendo que no podía permitirme dar señas de debilidad.

Pasada una eternidad enfrascada en un minuto, cual descabellado invento del mundo de las Maravillas, Hiccup suspiró y adquirió una expresión de derrota, desganada.

—Supongo que te lo debo. —admitió, cansado. — ¿Qué quieres saber?