Capítulo tres: Soy el fin del mundo

—Toda la historia. Los antecedentes incluidos.

—Supongo que tendré que contártelo todo, desde el principio, para que tenga algún sentido. No es una historia muy larga, te lo prometo.

»Nací al otro lado del charco, en Berk, una pequeña isla perteneciente Noruega, hace 25 años. Berk es un bonito lugar para vivir, muy vinculado con la naturaleza. Es un área protegida por su ecosistema único, ¿sabías?

»También es un lugar muy anclado en las tradiciones. En las vikingas, concretamente. Se entrena a todo el mundo como bravos guerreros. Hasta hay pruebas de montañismo, sin instrumentos, solo con las manos, por supuesto; carreras por el bosque con los ojos vendados; o lanzamientos de hacha.

— ¿Lanzamiento de hacha? ¿Lo dices en serio? ¿A día de hoy? —le interrumpí, superada por la curiosidad.

— ¿Te ha llamado la atención? —cuestionó, entretenido por mi reacción. —Sí, lanzamiento de hacha. Al estilo vikingo, además. Pueden variar obviamente, pero las básicas rondan los 90 cm., y se caracterizan por su asta larga. Al estar hechas de hierro, pueden tener un peso… considerable —paró su descripción para analizarme. —Creo que se te daría bien.

— ¿No vas a decirme qué es una tarea muy peligrosa para una mujer? —pegunté con sorna, recordando el estúpido discurso que me habían soltado innumerables personas. Antes de que les mostrara cuan mortífero podía llegar a ser mi tacón, por supuesto.

— ¿Estás bromeando? —cuestionó, mirándome como si estuviera loca. —He visto cómo has derribado tú sola a esos tres hombres en una fracción de segundo. Te iría muy bien allí.

»Bien, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Las tradiciones. Resulta que las seguimos tan al pie de la letra que todos los jóvenes, desde que cumplen los catorce años, deben aprobar el entrenamiento básico. Como resultado, se nos considera una isla militar. Algunos de los mejores estrategas y altos cargos de las fuerzas armadas noruegas proceden de la isla. Todo el mundo ahí es enorme, como un gigante, y puede destrozar troncos con sus propias manos.

—Un ejército envidiable —comenté, admirando de soslayo al joven que tenía a mí lado.

Algo en mi intuición, la misma que valoraba las opciones que tenía contra un oponente, me indicaba que él era más fuerte de lo que aparentaba con su pacífica presencia. Sin embargo, no se parecía en nada al prototipo que él mismo me estaba describiendo.

Por la expresión risueña y divertida de su cara, fue capaz de leerme los pensamientos.

—Sí, lo sé. No me parezco mucho a ellos. Me parezco demasiado a mi madre. Tan alegre, tan radiante, tan melodramática. —reconoció, rodando los ojos.

Sus comentarios me hicieron reír. Había perdido la cuenta de las carcajadas que habían abandonado mis labios esa noche, lo cual era extraño, porque estaba acostumbrada a mantenerme con una sonrisa pícara impenetrable.

—Aunque es muy buena con las armas, nunca ha seguido el patrón vikingo. Ha creado su propio estilo, se podría decir.

»En fin, gracias a mis obvias diferencias con el resto de estudiantes, ir a la academia fue muy difícil. Mi padre intentaba constantemente que siguiera su ejemplo, quizás para que no tuviera problemas en adquirir su título en un futuro, pero me sentía incapaz. Al igual que mi madre, simplemente no podía luchar como ellos.

— ¿A qué te refieres con título?

—Mi padre es el líder de Berk. Es el enlace directo entre el ejército y nuestra villa. Funcionamos como una unidad aparte. Casi podría decirse que somos un ejército privado. Él único que puede aceptar misiones y dirigirnos, es él.

»Salvo en determinados casos, el título siempre ha sido hereditario. La familia Haddock ha sido la comandante de Berk por generaciones. Mi padre temía que yo fuera uno de esos casos, que desviara la responsabilidad a otra familia.

»Al final, cuando la pubertad tardía comenzó a hacer efecto y encontré mi propia forma de defenderme, logré hacer un trato con mi padre. Me iría a investigar, a ver mundo. A descubrir qué podía ofrecerle a mi tierra por mí mismo.

»Con esa intención llegué a Estados Unidos y comencé a trabajar como diseñador industrial en la Universidad de Nueva York. Y ahora llegamos al punto que verdaderamente te interesa. Teniendo en cuenta lo que quería demostrar, enfoqué la mayor parte de mis investigaciones en la mejora de la calidad de vida de mi tribu y al desarrollo de diferentes dispositivos de defensa. Eso era lo único que quería conseguir. Un lugar mejor para vivir.

»Sin embargo, uno de mis descubrimientos atrajo atención no deseada. Apreciaron propósitos para él que yo no me había planteado siquiera, pero que estaban muy lejos de ser honestos o solidarios. Intentaron comprar la patente, pero me negué. Sabiendo que gente como ellos no se rendirían, destruí todo. Maquetas, planos, ensayos, notas. Todo ardió en llamas.

»Después de eso, agarré las pocas pertenencias que tenía y hui. No podía volver a Berk, tendría que enseñar mi pasaporte y no podía permitir que nadie supiera quién era yo. Tampoco podía salir de la ciudad, no tenía dinero ni coche. Así que me escondí en aquel salón abandonado, esperando ayuda.

—Pero ellos te encontraron primero —asumí —, y al haber destruido la investigación, el único lugar dónde aún podrían encontrarla sería…

—Así es —reconoció, dándose ligeros golpes con el índice en la sien. —Aquí.

— ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué hiciste?

Se cruzó de brazos, para luego frotarse quedamente la barbilla, meditando. Me dieron ganas de darle un golpe. Después de contarme toda esa historia, ¿ahora le surgían dudas?

—Consiste en una bomba hidráulica de alta presión. Gracias a los elementos y procesos adecuados, es capaz de mover grandes infraestructuras con muy poca energía. Es un proceso muy barato, porque utiliza el agua como combustible.

—Sin embargo, los que te atacaron lo vieron como una forma rápida de ganar poder.

—Exacto —reconoció, apesadumbrado. —Fue igual cuando Alfred Nobel inventó la dinamita. Lo hizo con el propósito de ayudar a la gente, de salvar vidas. En cambio se ha convertido en uno de los juguetes favoritos de la guerra. No podía permitir eso y lo destruí todo.

—Pero no fue suficiente. Mientras tú estés en el mapa, las posibilidades de obtener la bomba siguen existiendo.

—Eso es algo que no puedo permitir. Estando el mundo como está ahora, recién salidos de la Segunda Guerra Mundial, con todas las tensiones que existen. Si alguien lo consiguiera…

—Se le subiría el poder a la cabeza y a la mínima chispa…

—Tendríamos una Tercera Guerra Mundial.

Lo observé estupefacta y boquiabierta. La adrenalina bullía dentro de mí con el mismo o más frenesí que con el encuentro que habíamos tenido hacía apenas unas horas.

Cuando me lo había encontrado en aquel callejón, me había esperado un secuestro anodino, con el propósito de obtener dinero, no una lucha de poder ¡Mucho menos la carga de una nueva guerra!

Recordaba el espanto que había supuesto la última. Y eso que Estados Unidos había salido bien parado. En ese momento, la gente estaba recogiendo de los rescoldos humeantes lo que quedaba de sus antiguas vidas, buscando la forma de reconstruirlas y salir adelante. Si sucediera algo así nuevamente, la humanidad no sería capaz de ponerse en pie jamás. Sería el fin.

Observé a Hiccup en silencio. Presté especial atención a la palidez de su tez, a las marcadas ojeras bajo sus ojos y a la tirantez de su piel, producto de una alimentación para nada adecuada. Apostaría lo que fuera a que se había matado de hambre para evitar ser descubierto y que el remordimiento y la tensión no le permitían pegar ojo por la noche. Lo más triste era que, si su historia era cierta, todo había empezado con la inocencia de un niño que solo quería hacer del mundo un lugar mejor. Sin embargo, en ese momento temía que sus acciones desencadenaran todo lo contrario.

Automáticamente, mi mente se replanteó cómo podría ayudarle. Sacudí la cabeza, buscando volver en mí. Como no funcionaba, me levanté. Empecé a dar vueltas en la habitación, sintiendo su atención fija en mí.

Era una detective, muy buena, sí, pero ya eso era todo. No era una agente secreta ni nada por el estilo. Podía descubrir infidelidades, ladrones, incluso asesinos, pero esta enorme confabulación para gobernar el mundo, era simplemente demasiado para mí. Sentí un abrumador peso sobre mis hombros. Compadecí a Hiccup al momento, al pensar en la pesada carga que él debía estar aguantando. Me paré frente a él, demasiado cerca para lo que dictaban las normas sociales, pero no me importó. Sus ojos mostraban sus sentimientos al instante, me lo había demostrado durante nuestra estancia en mi despacho, y ni siquiera el mejor mentiroso del mundo podía reflejar las emociones de esa manera. Al menos, sin que yo lo descubriera.

Intimidado por mi cercanía, intentó retroceder, pero según lo hacía yo me acercaba más a él. Llegamos a un punto en el que él había tenido que apoyar las palmas de sus manos en la mesa, evitando caerse de espaldas sobre la superficie. Mis manos hicieron lo mismo, aunque el propósito era evitar caerme encima de él. Estaba tan cerca de él que, un centímetro más, y acabaría sentada a horcajadas sobre su regazo. Nuestros torsos se rozaban, al igual que nuestras narices. Aproveché la proximidad para leer con claridad sus facciones, buscando la verdad.

— ¿Por qué me has contado todo esto?

—Porque tú me lo preguntaste —contestó con sencillez, sin comprender mi pregunta.

— ¿En serio? Después del lío en el que te has metido, ¿cómo sigues siendo tan inocente? —interrogué enfadada, acercándome más a él.

—No lo sé, fue simplemente que…—comenzó a decir, reculando, intentando recobrar algo de espacio. Intento inútil, porque enseguida lo volví a acortar.

— ¿Qué? —exigí saber.

—No sé qué es, si tu nombre, tu personalidad, tu apariencia o tu misma esencia, pero…

— ¿¡Qué!? —exclamé, al ver que volvía a su mutismo.

—Me recuerdas a mi hogar —admitió, tiñéndose su rostro de un débil sonrojo.

Me quedé parada, en esa misma posición, perpleja. Podía esperar muchas respuestas, pero no esa.

— ¿Cómo?

Hiccup se puso serio. Se enderezó, obligándome a imitar su movimiento. Cuando estuvo totalmente erguido, nos descubrí aún más cerca de lo que habíamos estado antes durante mi interrogatorio. Quizás porque él no intentaba retraerse al mínimo movimiento de mi parte.

Gracias a su altura, superior a la mía, me miró desde arriba con el ceño fruncido. Con sutileza, con mucho cuidado, me tomó por los hombros. Antes de que pudiera reaccionar, me apartó delicadamente de él.

—No es nada —dijo, levantándose de su asiento y caminando a varios pasos de distancia de mí.

No hacía falta ser un genio para saber que se arrepentía de su desliz y de que yo había tocado una mina.

Recapacité sobre a que se podía estar refiriendo con su referencia al hogar ¿Quizás la calidez? ¿La comodidad? ¿La camaradería? ¿La seguridad?

Reflexioné sobre nuestra relación desde el mismo momento en el que nos habíamos cruzado. En la sensación tibia y reconfortante de su mano en torno a la mía; de la fácil conversación, fluida y afable, casi cariñosa, nada normal en mí; la cercanía, casi involuntaria, demasiado cercana para lo establecido, para lo que estaba acostumbrada y, sin embargo, tan natural. Gracias a la peligrosa situación de la que habíamos escapado y a la curiosidad por saber lo que estaba ocurriendo, no me había percatado de la extraña conexión que había surgido entre nosotros en el mismo momento en el que nos tomamos de las manos. Era como un hilo muy fino, vibrante, cargado de emociones, muy cálido.

Quizás, él había sido más perspicaz que yo. Se había percatado de esa sensación mucho antes que yo y se le habían escapado esas palabras.

Al comprender eso, suspiré, rendida, sabiendo que no tenía escapatoria.

Hiccup estaba parado en medio de la habitación, con la mirada fija en las cortinas. Sospechaba que su mente no estaba precisamente allí, conmigo. Era más probable que estuviera envuelta en sus locos planes para poder escapar de ahí y volver a Berk, el único entorno seguro que conocía.

— ¿Sabes quién es el cabecilla de todo esto?

Se giró en mi dirección. Aún conservaba su semblante serio, pero pude apreciar la esperanza brillar tenuemente en sus ojos.

—Sí, ¿por qué?

— ¿Por qué va a ser? Ahora que lo sé, no puedo dejar todo esto en tus manos. Menos con lo inocente que eres, incapaz de pensar mal de nadie.

Hiccup me regaló una sonrisa genuina, una que hizo que mis mejillas se calentaran sospechosamente. Agradecí internamente que la luz de la lámpara diera una iluminación tan tenue a la habitación. Al menos lo hice hasta que recordé la "excepcional" vista de Hiccup. Crucé miradas con él y le descubrí con una sonrisa que bailaba entre la curiosidad y la perspicacia. Carraspeé incomoda.

—En fin, ¿quién es?

—Se trata de Drago Bludvist.

—Un momento —lo detuve, en shock. — ¿Has dicho Drago Bludvist? ¿El empresario? ¿El dueño de la mayor corporación armamentística del país?

— ¿Crees que cualquiera puede planear dominar el mundo? —cuestionó con sorna.

—Para bien o para mal, has tenido más tiempo que yo para entender toda la situación. Yo, en cambio, estoy haciendo este puzle mental en una hora.

—Lo siento, lo siento —se disculpó, alzando las manos en son de paz.

Introduje las manos en mi cabello y lentamente comencé a retirar las horquillas que me sostenían uno de los laterales. Moví mis dedos con suavidad, aprovechando el roce para darme un masaje relajante. Habían sido demasiadas emociones para tan pocas horas de sueño.

—Sabes que no va a ser nada fácil, ¿verdad?

—Absolutamente. En realidad, va a ser una pesadilla.

—Sí, va a ser el trabajo más complicado de mi vida —afirmé, encaminándome hasta mi silla, tras el escritorio.

— ¿Trabajo? —preguntó confuso.

—Claro, soy una investigadora privada. Vivo honestamente de esto. Además, al parecer, vamos a tener que sumar los cargos de guardaespaldas a la factura. Después de todo, a diferencia de mis otros trabajos, voy a viajar contigo —Crucé las piernas y me recliné en el asiento, cómodamente.

Hiccup se puso repentinamente pálido. Se envaró en su posición. Tanto, que pensé que sus músculos se habían convertido en piedra.

—P-pero —tartamudeó —, yo no tengo nada. No puedo pagarte.

—Sí, lo sé. Me lo dijiste antes —contesté, asintiendo. —Por eso he estado pensando otras —me detuve un instante, buscando las palabras adecuadas, mientras acomodaba los codos en la mesa y mis mejillas en el dorso de mis manos entrelazadas — formas de pago.

Hipo retrocedió, mirándome extrañado, con el ceño profusamente fruncido. Lucía acongojado y temeroso.

— ¿Podrías no mirarme así? Me haces sentir como el malvado villano que intenta arrebatar la virginidad a una dulce y gentil doncella.

— ¿Perdona? —riñó, abriendo ampliamente la boca a causa de la estupefacción.

Su expresión resultaba tan cómica que estuve a punto de atragantarme con mi propia risa.

—Ya he decidido lo que quiero.

— ¿Y qué es?

—Un hacha —aseveré, seriamente.

— ¿Un hacha? —repitió, sorprendido.

—Sí, tu relato me ha dado mucha curiosidad. Además, ya que estamos ante un caso excepcional, merezco un pago igual de excepcional.

»Pero, también entiendo que las circunstancias son las que son, así que voy a hacer una excepción en mis normas de pago. Por regla general hago una valoración previa de lo que costará el servicio y pido el 50% de su valor antes de la realización de cualquier acción. Sin embargo, teniendo en cuenta que el pago de esta operación es indivisible y que se trata de una petición extraña, para la que no has tenido tiempo de prepararte, permitiré una singularidad en esta ocasión. Podrás abonar el pago al finalizar la misión y obtener resultados.

Hipo me miró fijamente durante cinco segundos, sin parpadear, antes de romper a reír. La risa fue tan fuerte que sacudió sus hombros. Intentó amortiguar el estridente sonido con sus manos, pero le temblaban tanto que no hacían mucho por la labor. En realidad, todo su cuerpo temblaba, siguiendo el mismo baile agitado que sus pulmones.

Fruncí los labios y enarqué una ceja, esperando que el repentino ataque remitiera. Vio mi expresión, con ojos llorosos, pero aun así le costó varios minutos detenerse.

— ¿Se puede saber qué es tan divertido? —insté, molesta, cuando empezó a recobrar el aliento.

—Bueno —comenzó a decir, reacomodándose el cabello que le entorpecía los ojos —, antes me señalaste que yo tenía una forma muy particular de hacer halagos, ¿verdad?

—Así es, ¿y?

—Bueno, tú tienes una forma igual de particular de mostrar tu curiosidad y pedir las cosas —contestó, acercándose a mí.

Hiccup se apoyó en la mesa antes de inclinarse hacia mí. Aunque no estaba siendo tan agresivo como lo había sido yo minutos antes, es más, respetaba mi espacio vital, pude sentir un incómodo tirón tensarme los nervios. Mis músculos se agitaron otra vez.

—Mira, si realmente salimos de ésta, no solo tendrás un hacha, yo mismo te la fabricaré. Será el arma más mortífera y hermosa que se ha creado alguna vez en suelo vikingo. Es más, yo mismo te enseñaré a usarla.

— ¿Lo dices en serio? —cuestioné, repentinamente emocionada.

Me quise dar de golpes con las paredes ante mi clara muestra de interés. A Hiccup pareció agradarle, porque sonrió de oreja a oreja.

— ¿Es un trato? —preguntó, tendiéndome la mano.

—Trato —contesté, devolviendo el gesto, permitiéndome disfrutar del reconfortante contacto.