Capítulo cuatro: La ayuda viene del norte
Aprovechamos lo que quedaba de noche para descansar. Acomodamos una serie de mantas y cojines que guardaba en el armario sobre la moqueta. No había tenido tiempo para airearlas, así que olían un poco a humedad, pero a Hipo no pareció importarle. Cayó rendido nada más hundirse en la almohada. Incluso tuve que arroparle. Observé de reojo el reloj que adornaba mi pared, soltando un suspiro agotado. Las tres y cuarto de la madrugada.
Sabíamos bien que teníamos que ponernos en marcha cuando la luz inundara las calles y movernos siempre en zonas muy transitadas, evitando ataques físicos. Les interesaba que Hiccup estuviera vivo, así que no intentarían herirle con un disparo a larga distancia. Demasiado arriesgado. No, intentarían algún tipo de ataque en tierra. Una emboscada en una calle intransitada o aprovechar un descuido para capturarle. Por ello, debía estar muy alerta, estar al tanto de lo que ocurría en cada lugar, en cada momento, hasta conseguir poner a Hiccup a salvo.
Según él, no había sido el único en decidir viajar a Estados Unidos para conocer el mundo. Había un compañero de incógnito en un club cercano a la calle donde lo había encontrado, buscando aprender nuevas técnicas de seguimiento y captación de información. Había intentado dar con él, pero la limitación de movimientos al intentar esconderse no habían hecho mucho por él. Probablemente por esa razón había sido encontrado tan pronto.
Cogí mi pistola y la guardé bajo mi almohada, cerca de mi mano, esperando recobrar energías en un sueño intranquilo.
Nada más llenarse las calles del bullicio propio de una mañana en Manhattan, Hiccup y yo salimos de mi edificio, buscando guarecernos entre el gentío. Bajo mis indicaciones, dimos varios rodeos. Estábamos atravesando el camino más largo, pero también el más seguro, para volver al punto de partida.
Después de una hora y media caminando, llegamos a la calle.
— ¡Es ahí! —exclamó Hiccup, señalándome un local en medio de la calzada.
Lo miré sorprendida al reconocer que era el mismo lugar en el que había realizado mi último trabajo. Nos encaminamos rápidamente por un lateral del edificio, encontrándonos con unas escaleras metálicas que nos llevaban, directamente, a una anticuada puerta de madera. Hiccup tocó presurosamente la puerta, en un ritmo extraño, casi musical.
Esperamos un minuto, expectantes a que la puerta se abriera.
— ¡Qué raro! Estoy seguro de que era…
Hiccup no pudo terminar la frase, porque al momento la puerta se abrió. Ante nosotros se mostró un hombre joven, de anchas espaldas, barriga redondeada y brazos poderosos y marcados. Su altura era muy similar a la del vikingo que tenía a mi lado. El cabello rubio y corto le caía desordenado, emitiendo pequeños destellos dorados cuando se cruzaba con el sol, al igual que sus pequeños y brillantes ojos azules, que tenían un aspecto muy dulce en su cara sonrosada y redonda, llena de pecas.
Parpadeé, sorprendida, esforzándome por no mostrar ninguna emoción, cuando me di cuenta de que era el mismo joven que me había servido la noche anterior.
Inmerso en el silencio, se hizo a un lado, permitiéndonos el paso. Una vez que nos adentramos en el lugar y la puerta estuvo firmemente cerrada, el joven se volvió hacia nosotros y estrujó a Hiccup entre sus brazos.
—¡Gracias a Odín, Hiccup! Llevamos meses sin saber nada de ti. Nos tenías preocupadísimos —reprochó, mientras estrujaba al ojiverde como a un osito de peluche.
—Han sido días muy complicados Fishlegs —explicó, casi sin aire. —Si me dejas recuperar el aire, te lo explicaré todo.
Algo que había que reconocer de Fishlegs era que se trataba de un joven muy inteligente y de un excelente oyente. Escuchaba con atención cada palabra del relato de Hiccup, interrumpiéndole únicamente para hacer preguntas muy concretas, siempre de cosas que Hiccup había pasado por alto decir.
Cuando Hiccup me nombró en su historia, la ronda de preguntas se centró principalmente en mí, aunque de vez en cuando lanzaba a Hiccup una mirada de soslayo cargada de significado. Sus cuestiones hacia mí eran mucho más certeras y agresivas, aunque no lo tomé como una ofensa, sino como una acción de sentido común. En realidad, me alegraba saber que Hiccup era el único de su tribu lo suficientemente ingenuo para confiar tan ciegamente en la gente.
— ¿Puedes acompañarme un momento, Hiccup? —pidió Fishlegs, levantándose de su asiento una vez que terminamos de hablar.
Hiccup asintió. Antes de perderse con Fishlegs en otra habitación, me apretó afectuosamente el hombro y me sonrió. Después, me dejaron sola en el pequeño salón.
Era una pequeña habitación, con un sofá verde musgo, en el que habíamos estado sentados Hiccup y yo; un sillón a juego que había ocupado Fishlegs; una mesa de madera brillante entre ellos; y dos sencillas lámparas de pie. Dos ventanas, tapadas por espesas cortinas, acompañaban cada lado de la puerta. No había cuadros ni fotografías en las que pararse a pensar, solo un reloj de cuco anclado en la pared. Me dejé llevar por el cadencioso movimiento de las agujas del reloj mientras esperaba.
Al final, después de media hora de espera, el par de vikingos salió de la habitación, retomando sus asientos. Ambos cargaban con serios semblantes.
—Hemos contactado con el comandante —dijo Fishlegs.
— ¿Tu padre? —pregunté, mirando a Hiccup.
—Le hemos contado todo —aseguró, en respuesta.
—El comandante Stoick ha realizado una respuesta de emergencia —empezó a explicar Fishlegs, entrelazando sus dedos. —Vamos a sacar a Hiccup del país.
— ¿Cómo? Hiccup teme enseñar su pasaporte ¿Pensáis cruzar la frontera con México ilegalmente?
—No haremos nada de eso —aseveró Hiccup. —Berk no destaca por sus comercios en el ámbito internacional —comenzó a explicar.
—Tenemos más relación con el mercado nacional —completó Fishlegs.
—No obstante, la demanda está cambiando. De vez en cuando hacemos negocios con otros países, incluido éste. Mi padre tiene anclado en el puerto un buque mercantil berkiano, cuya plantilla está íntegramente compuesta por ciudadanos de la isla.
—Estarás protegido por tu gente —reconocí, maravillada.
—El plan original era que partiera dentro de dos semanas, cuando estuviera completamente abastecido, pero se ha decidido alterar un poco los planes —admitió avergonzado.
—Eso es obvio —sentenció Fishlegs, con voz amable. —El comandante tiraría al mar todos los tesoros del mundo solo por protegerte.
Hiccup sonrió tímidamente, quizás avergonzado, quizás feliz.
— ¿Cuánto tiempo tenemos?
—Apenas dos horas. Es lo más rápido que se puede preparar el buque para la marcha. Tendremos que coger el coche para llegar al puerto.
Ni Hiccup ni yo pudimos comentar nada más. De repente, la puerta y las ventanas volaron por los aires. El ruido se repitió en la lejanía, en lo que parecía el piso superior. Tres hombres, altos como castillos y fornidos como gorilas, se adentraron en la habitación.
Al momento, me puse frente a Hiccup con mi arma en la mano. Cargada y lista para disparar. Observé de reojo como Fishlegs imitaba mis movimientos, mientras Hiccup replegaba unas extrañas varillas de metal, enlazadas a un mango acerado y recubierto por cuero. Al momento, la extraña espada ardió en llamas. No pude evitar que la incredulidad se adueñara de mi cara. Hiccup se percató y me sonrió con picardía antes de lanzarnos de lleno en la cruzada que teníamos delante.
La prioridad era escapar. Y teníamos que hacerlo antes de que los intrusos que estaban en el piso superior se unieran a nosotros.
Los mastodontes que estaban ante nosotros habían entrado con la pistola en mano, pero el numerito de la espada de Hiccup los había sorprendido lo suficiente como para darnos un segundo de ventaja. Fishlegs y yo comenzamos a disparar, obligándoles a intentar guarecerse y esconderse. Al verse imposibilitados por el escaso mobiliario, se movieron ágilmente por la habitación, respondiendo nuestros disparos. Uno me rozó el hombro, dejándome un picor ardiente en la piel, mientras que otro agujereó peligrosamente la carne de mi muslo. Ahogué el gemido de dolor que estuvo a punto de escapar por mis labios.
Hiccup se adelantó hacia uno de los matones y alzó la llameante espada, dando una certera estocada sobre el arma del contrincante, partiéndola en dos y fundiéndola. Pateó su estómago con una rudeza sorprendente y, cogiéndolo del brazo, lo dobló y le hizo una llave que lo mandó de lleno al piso. Había aprovechado la diferencia de pesos y estaturas en su beneficio. Por último, golpeó su nuca con el mango del arma, dejándole inconsciente al instante.
Mientras, Fishlegs terminó con todas sus balas. Sin perder el tiempo, le lanzó certeramente la pistola a la cabeza, dando de lleno, al otro hombre; luego arremetió contra él con el poderío de un toro, estrellándolo contra la pared.
Aprovechando el bullicio de nuestro alrededor, y la distracción que le había ocasionado a mi contrincante, le di un certero tiro en la mano en la que mantenía sujeta su pistola, haciéndola volar por los aires, y otro en la pierna. Gimió del dolor, viéndose obligado a hincarse en el suelo debido a un espasmo. No desaproveché el tiempo y le asesté un fuerte golpe en la cabeza con la culata de la pistola.
Con los tres minotauros inconscientes y con los intrusos del piso superior cada vez más cerca, decidimos poner pies en polvorosa. Salimos del edificio a toda velocidad en busca del coche de Patapez. Era antiguo, pero lo suficientemente fiable para sacarnos de allí.
—Maldita sea —maldije, malhumorada, una vez ya estuvimos en la carretera.
— ¿Qué sucede? ¿Están detrás? —preguntó Fishlegs.
—Aún no —informé, mirando por la ventana trasera del coche —, pero no tardarán en estarlo ¿Cómo pude no darme cuenta de que nos seguían?
—Porque estoy seguro de que no están utilizando los métodos convencionales —aseveró Hiccup, con el semblante serio.
— ¿A qué te refieres? —cuestionó Fishlegs.
—Su jefe posee la mayor empresa tecnológica y armamentística del mercado actual. Estoy seguro de que están aprovechando esta situación para poder poner en práctica todos sus juguetitos de espionaje.
—Como Drago Bludvist y yo, algún día, nos encontremos cara a cara, le voy a enseñar qué puede hacer con sus juguetitos —refunfuñe, malhumorada. —Por cierto, hablando de juguetes, ¿me puedes explicar qué era lo que sacaste antes?
Hiccup me miró divertido desde su asiento del copiloto mientras alzaba en el aire un objeto plateado. Consistía en el mango de cuero de la espada, pero los laterales acerados habían cambiado de posición, convirtiéndose en una vaina.
— ¿Esto? —preguntó. —Es una espada de fuego, la inventé hace unos años, antes de irme de Berk.
— ¿Por qué no lo usaste anoche, cuando te asaltaron? Además, te he visto pelear, podrías haberte defendido perfectamente de aquellos tres cavernícolas.
—Aquel lugar era muy seco, muy inflamable. Temí que las cosas resultaran peor si intentaba defenderme ahí dentro. Esperaba desenvainarla cuando salimos de ese lugar, cuando…
—Cuando yo aparecí —le interrumpí, consternada.
—La verdad, no pude evitar extrañarme cuando me contasteis todo lo sucedido anoche. Obviamente, contra todo el ejército de matones de Drago Bludvist, imposible, pero contra tres de ellos… Siendo el mejor guerrero de Berk, me parecía muy raro que necesitaras ayuda —reconoció Fishlegs.
— ¿El mejor? —interrogué, repasando mentalmente los hábiles movimientos y la fuerza en el combate que había demostrado en la casa de Fishlegs. — ¿No me habías dicho que tu estilo era muy diferente?
—Diferente, pero muy efectivo. El más apropiado para sus capacidades físicas y psíquicas, lo que le han permitido aventajarse respecto al resto de guerreros de la aldea y destacar —informó Fishlegs velozmente, antes de que Hiccup tuviera oportunidad de decir nada.
Me enfurruñé en mi asiento, meditando sobre esa nueva perspectiva del asunto. Hasta el momento, todo en mi plan de acción tenía sentido. Si Hiccup era un alma débil que necesitaba protección, mi papel estaba claro. Sin embargo, en ese momento descubría que no tenía nada que ver. Él era perfectamente capaz de protegerse solo. Entonces, ¿para qué demonios me había metido en aquella peligrosa y desequilibrada cruzada?
—Astrid —me llamó Hiccup, cansado de mi silencio. Se había vuelto sobre su asiento, hincando las rodillas, para poder mirarme a la cara. —No podría haber hecho nada de esto sin ti.
— ¿En serio? —cuestioné escéptica. —Yo te veo perfectamente capaz de protegerte a ti mismo.
—No todo es cuestión de fuerza física. Estaba tan gastado mentalmente, que ya no tenía esperanzas. El miedo a ser descubierto y a arruinarlo todo me había superado en tantos sentidos que ya no me veía capaz de hacer nada. Si no llega a ser por ti, que me obligaste a volver al mundo real, a moverme, a intentar cambiar las cosas, estoy seguro de que no estaría aquí.
Lo observé perpleja. Sus ojos eran serios y cristalinos. Sus palabras estaban bañadas en la verdad de sus ojos.
Estuve a punto de responderle, pero no tuve tiempo. Una bala atravesando limpiamente el cristal trasero se llevó toda nuestra atención. Miré a través, encontrándome con un coche negro, último modelo, persiguiéndonos a toda velocidad.
— ¡ACELERA! —grité con todas mis fuerzas, mientras cargaba mi pistola y empezaba a disparar a los persecutores.
Fishlegs obedeció mi orden y comenzó a conducir en extrañas ondas, tratando de evitar convertirnos en un blanco fácil.
Nos acercábamos cada vez más al puente basculante que separaba la ciudad del puerto, pero también se reducía la distancia entre los dos coches. Ante la cercanía de un barco, el puente comenzó a alzarse. Al paso que íbamos, seríamos capaces de cruzar, casi de forma milagrosa. Sin embargo, ellos también. Al ver como Fishlegs apretaba con fuerza el volante, comprendí que él había entendido lo mismo que yo.
Miré a Hipo durante un segundo, uno que me pareció dulcemente largo e insufriblemente corto a partes iguales. Sabía muy bien que no era normal sentir ese revoltijo de emociones en mi interior por una persona que acababa de conocer. Era raro. No obstante, quizás la adrenalina y el miedo a la muerte estaban acelerando las cosas.
Quería que sobreviviera a toda esa porquería, que viviera, que fuera libre. Y para eso, teníamos que librarnos de la carga que teníamos detrás. Por fin sabía por qué había encontrado a Hiccup, por qué me necesitaba.
— ¡Hiccup! —le llamé, deseosa de cumplir un último deseo antes de recobrar la cordura.
Hiccup se giró en mi dirección. Al momento, uní mis labios con los suyos. Era una sensación agridulce. Mi cuerpo lanzaba vítores al aire ante la sensación suave y reconfortante de los labios cálidos de Hiccup, pero, a la vez, sufría al saber que, muy posiblemente, sería el primero y el último. Me separé de él en el momento justo para poder hacer la locura que tenía en mi mente.
—Mantente a salvo —susurré, antes de darme la vuelta y patear el ya dañado cristal, que se quebró con el mínimo golpe.
Salté por la ventana, cayendo de lleno en el otro coche. El impacto dolió horrores, apostaba tener algo roto. Incluso sabiendo como caer, era imposible no destrozarse en el proceso. Sin embargo, había logrado mi objetivo. Debido al repentino choque, el coche se había desviado de su rumbo, derrapando, dándoles el tiempo suficiente para poder huir sin ser atrapados. Aproveché los disparos que me quedaban en mi pistola para poder imposibilitar cualquier intento de arreglar eso. Los perseguidores no podrían pasar el puente en esa ocasión y, desde ese momento hasta que lograran descenderlo de nuevo, los berkianos tendrían tiempo suficiente para embarcar y marcharse.
—¡ASTRID! —exclamó Hiccup en un grito desgarrador que se perdió en la lejanía mientras el coche se perdía en el otro lado del puente, lejos de mi vista.
El abollado coche negro sobre el que me encontraba acabó retrocediendo a regañadientes a suelo llano entre terribles volantazos que daba su conductor, luchando por mantener el control del vehículo. Yo, mientras tanto, me agarraba con uñas y dientes a la superficie magullada, dejando un rastro de sangre y uñas rotas en el proceso. Cuando consiguieron detener el derrape, apagaron el motor y maldijeron furiosos. Pude sentir sus miradas oscuras en mí antes de, pese a todos mis esfuerzos, desmayarme.
Continuará.
¡Chan, chan, CHAN! Creo que más de uno va a detestarme por ese 'continuará' jajajajaja.
Este fic, Mortal Night, supone la primera parte de la saga Mortal. Prometo no tardar mucho en publicar la segunda parte.
En fin, espero que os haya gustado, que lo hayáis disfrutado tanto como yo, y que me escribáis con vuestras opiniones.
Pues, con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!
