Tres días, tres largos y lluviosos días de potente primavera fueron los suplentes ante la ferviente ausencia de Aome. Tres días en los que Sango, Miroku y Shippo invirtieron su tiempo en un "juego de mesa" que su amiga les había dejado tiempo atrás para ocasiones como esa. Inuyasha, por otra parte, seguía ofendido con sus amigos por haberlo puesto en cruel evidencia por lo que, sin decir palabra, desapareció. Él sabría cuándo regresaría Aome, además, siempre se esfumaba cuando Aome iba a su época.
Sango y Kaede nunca tuvieron tantos temas de conversación. La joven se sorprendió de la interminable sabiduría de la anciana, quien había hecho de aquellos tres días una lección permanente. Pero siempre había algo que sólo incumbía a las mujeres y té de por medio, charlaban largas horas, eso cuando el juego de mesa la volvía loca de aburrimiento.
Miroku se había enamorado al menos cincuenta veces de cincuenta mujeres diferentes, pretendiendo tener cincuenta hijos con cada una. Shippo lo observaba, no sólo acostumbrado, sino también fascinado de cómo aquel hombre "libidinoso", como lo llamaba Inuyasha, tuviera la dignidad suficiente como para continuar con su infatigable propósito. El monje lució en rojo la forma de una mano en su mejilla durante los tres días.
Y en algún extremo de aquellas extensas tierras, un demonio, el más poderoso de hecho, continuaba con su éxodo, siempre fielmente acompañado por Jaken y Lin, quienes, por cierto, habían encontrado infinitos motivos para charlar. Sesshomaru se sorprendió, aunque él jamás admitiría haber demostrado un mínimo de interés por ellos y su diálogo, de que Lin estuviera tan conversadora y de que Jaken siguiera sus planteamientos con un tono y una dedicación casi paternales.
Esto lo ha ocasionado esa mujer, concluyó.
Desde aquel día junto al pozo hacía tres, Jaken era otro y lo sorprendió controlando sus pequeños impulsos por hacerla callar, dispuesto, supuso, a ser benevolente con la niña. Bien por ellos, la convivencia sería más pacífica para todos. Incluyéndose a sí mismo, el gran Sesshomaru, a veces presto a desaparecer para poder encontrar silencio y absoluta paz.
Pero qué decía. Ese era su subconsciente hablando. Él jamás se iría, jamás dejaría que se hallasen en peligro, nunca los expondría.
Sesshomaru se descubrió teniendo una conversación con su yo misericordioso alias el subconciente. Los sentimientos no eran más que una trampa en la que los débiles caían. Y él, el magnánimo Sesshomaru, jamás se vería ante la dificultad que representaban; él tenía otros intereses, otras ideas y objetivos, los sentimientos no tenían por qué intervenir en su camino.
Su yo misericordioso lo tildó de ingenuo y Sesshomaru dio por finalizada la charla.
Se miró sorprendida al espejo. ¿Qué eran esos recuerdos que arremetían contra ella?
Aome, sé lógica.
En el ranking de motivos por los cuales había regresado a su época estaba como número uno el descuido, por no llamarlo de otra manera menos decorosa, de Inuyasha. Luego sus estudios, después su necesidad de una verdadera ducha y finalmente ropa limpia. Ella debía pensar en todo eso, no en el singular episodio del pozo.
A pesar del parecido en sus ojos ámbares, los de él eran diferentes, más penetrantes y afilados.
Aome, sólo cepíllate los dientes.
Tras todas las ocasiones en que se había enfrentado a él (ella y sus amigos, principalmente Inuyasha), nunca había sentido genuino miedo, tal vez algo de preocupación pero nada extraordinario; empero, aquella cercanía, la forma extraña en que la miró (inclusive su herida), había sido algo perteneciente a otra naturaleza, de eso no le cabía duda. ¿Qué había significado eso? ¿Sería que no quería hacerle daño por Lin?
¿Sigues pensando en eso, Aome? ¿Qué tal si sientes culpa por ese examen de matemática tan asqueroso que diste? ¿Qué tal algo de vergüenza? ¡Eres un desastre y tú sigues pensando en Sesshomaru!
Decir su nombre de manera "abierta" se sentía raro. Y así, como una perfecta máquina que opera de manera automática, pensó en Inuyasha. Pensó que sentía rabia cuando la confundía con Kikyo; y quería odiarla a ella por ser la verdadera y única dueña de su corazón pero no podía, ella no sabía odiar. Ni siquiera le guardaba rencor, ni siquiera sentía envidia.
Puso el cepillo de dientes con violencia dentro del vasito y salió rápidamente del baño, envuelta en su toalla. Sabía que cuando pensaba en ello, las lágrimas embestían. Tan sólo quería aprender a controlar ese impulso y poder fingir, finalmente, que aquello no representaba ningún inconveniente para ella. Comenzó a llorar. Le dolía en lo más profundo de su corazón reconocer que sus sentimientos jamás serían correspondidos. El amor de Inuyasha y Kikyo era más viejo que el tiempo y el lazo que los unía más fuerte que el odio de la sacerdotisa por él. Nada había para hacer. Tan sólo esperar a que ambos encontraran paz.
Se puso el camisón que su madre le había regalado para su cumpleaños y se escondió en sus sábanas. Su último pensamiento antes de caer rendida al cansancio fueron los ojos estridentes de Sesshomaru, pero había sido en su subconciente y no lo recordaría.
A la mañana siguiente regresaría al Japón feudal. No podía postergar más aquel retorno, tenía otras responsabilidades.
—¡Aome, por fin llegaste!
El aroma de tierra húmeda la invadió y la reconfortó sobremanera. La vegetación aún estaba rociada por la incesante lluvia de los días pasados; y tras aquella sacudida del firmamento, las aves cantaban con singular alegría y se paseaban por la hierba en busca de aquellos insectos que habían huido del agua que se había filtrado bajo la tierra. Aome contempló el paisaje más limpio y más ligero, y sintió algo semejante a la paz y de manera perfecta la armonía que el silencio y el murmullo simultáneo de la naturaleza ofrecían. Ese sitio era perfecto.
—¿Qué haces ahí, Shippo?
—Esperándote, qué más —el zorrito se puso de pie y se acercó a ella—. Fue muy aburrido sin ti, Aome.
—Lo siento, Shippo, era necesario que regresara.
—Lo sé. Yo también me hubiese escapado si el tonto de Inuyasha me hubiese hecho algo así.
Aome se ruborizó y luchó por forzar una sonrisa ante la inocencia de Shippo. Para distraerse, y de paso desviar los comentarios evidentes de Miroku y particularmente Sango, los deleitó con las nuevas delicias que su madre había preparado para todos. Consintió a todos, incluso a Inuyasha.
Actúa con naturalidad, sólo dale la comida, sonríele. Eso, muy bien. Excelente, Aome, ahora puedes considerar la actuación como un medio de subsistencia.
Se sintió satisfecha con su conducta y decidió, hacia el final del día, que era hora de volver a lo de siempre y retomar su natural buen humor. Así, Inuyasha dio por finalizado el conflicto y regresó él también a lo habitual. El orden parecía haberse restaurado.
Sin embargo, aquel orden, aquello que llamaban "frecuente" significó para Aome uno de los momentos más complicados, ya que Inuyasha se enfrentaba al latir peligroso de su sangre de demonio y porque, de alguna manera, la presencia de su hermano mayor la hizo estremecerse al adivinar sus intenciones de acabar con él. Y tal vez, sólo tal vez, por otro motivo también.
El cielo se oscureció, rugió y tronó con vigor. Y él apareció, luciendo como si aquella fuese una simple tarde de verano, donde nada extraordinario estuviese ocurriendo. Reveló sin contratiempos y con calma en su voz que él había sido el mismísimo ser que había hecho el encargo de esa arma maldita. Y sonrió burlón al escuchar a Totosai advertirle sobre sus energías malignas, aquellas que podían poseerlo como lo habían hecho con su herrero. Por lo que, para disipar dudas, en un movimiento veloz la sujetó y la alzó, satisfecho con su pequeña actuación.
Aome se estremeció y juró por un momento que sus miradas se habían cruzado.
—Desenvaina, Inuyasha, quisiera comprobar algo contigo.
Ella sabía hacia dónde iba dirigida esa petición y temió por la vida de Inuyasha, lo sabía en peligro, lo reconocía inferior a Sesshomaru y a su nueva adquisición, Tokijin. Podía sentir el anhelo de ese demonio de hacer desaparecer a su hermano menor. Pero había una batalla en el interior de Aome, algo que no alcanzaba a comprender en su totalidad y que nada tenía que ver con la espada.
Sesshomaru se esforzó por centrar su atención en Inuyasha. Sí, había desviado su mirada por tan sólo unos segundos, porque de manera inconsciente la había buscado. Pero tras sujetar a Tokijin y verse inmerso en su poder, volvió a aquello que había buscado. Sus pericias tan sólo habían comenzado y no sólo estaba allí para matar a su medio hermano, sino que quería saber más de aquella sangre que había tocado superficie y que allí permanecía, latente, como si en cualquier momento fuese a brotar violenta.
Aguardó a que los indomables impulsos de Inuyasha arremetieran. Sabía que lo atacaría, que su imposibilidad de sopesar lo llevarían a la muerte, o al menos a atacarlo abiertamente, siendo sencillo adivinar sus intenciones. Además, el evidente esfuerzo que manejar a Tessaiga representaba para Inuyasha lo entretenía.
¿Buscándola, oh gran demonio?
Esa voz burlona que ya había escuchado lo hizo vacilar por un momento, pero fue imperceptible incluso para él mismo. Sonrió, complacido al comprobar que Tessaiga era demasiado pesada para su dueño y se la arrebató con un veloz movimiento, haciéndola volar lejos de ellos. Buscó la reacción de la mujer y rápido regresó a su combate. Gozoso vio cómo Inuyasha volaba muy lejos y Tessaiga hacía su abrupto aterrizaje clavándose en el terreno con un estrépito.
Pronto se cansó de sus juegos y lo sentenció, tomando carrera con su espada amenazante. Y lo sintió otra vez, aquella sangre de demonio idéntica a la de su padre, incluso a la de él. No salía de su espasmo, pero tampoco desistió de su objetivo. Cuando creyó que llegaría a él, el viejo herrero Totosai intervino y los humanos se llevaron a Inuyasha.
Escuchó al monje llamarla y su solo nombramiento lo hizo pensar en otra cosa que nada tenía que ver con lo que acababa de ocurrir. Se enfureció cuando no pudo matar a Inuyasha, pero se olvidó del odio cuando su nombre flotó en el aire. Y así perdió su oportunidad. O tal vez había sido esa ínfima cuota de temor que sintió cuando su hermanito resultó transformarse.
Quién pensaría.
No sólo tuviste miedo, sino que además, como si no hubiera sido poca cosa, no tuviste tu mente en su totalidad en la batalla.
Sacudió esos pensamientos inútiles y se alejó de aquel escenario.
Y no volvería a saber de ella o del aroma de su sangre hasta tiempo después, no sabía cuánto, pero las lunas habían desfilado con magnífica claridad centenares de noches, por lo que sentirla de nuevo en el aire le hizo perder, otra vez, el hilo de sus pasamientos.
Sabía que aquella mujer, extensión de Naraku, tenía que ver en los acontecimientos. Un niño llamado Kohaku la había herido en su brazo y sintió su sangre viciar el aire circundante como si fuese vapor. Se sintió aprisionado por el aroma fuerte que le era tan familiar; se coló por sus pulmones con brío y se descubrió inhalando profundamente.
Inmediatamente ocupó sus pensamientos en otra cosa. Más concretamente en el Árbol Sagrado de magnolias, aquel ser cuya sabiduría sobrepasaba límites insospechados. Deseaba saber más de aquello que se había desencadenado dentro de Inuyasha al verse separado de alguna manera de Tessaiga. Admitía que esa nueva eventualidad había propugnado su curiosidad.
Y buscó nuevamente a Inuyasha, queriendo comprobar aquello que el Árbol Sagrado le había dicho.
No olvides limitarte a eso. No querrás distraerte con alguna otra cosa.
Había sido fácil dar con él. El olor de su sangre de demonio y el de los cientos de cadáveres le indicaron con prontitud la ubicación exacta. Paseó su mirada por aquella peculiar exposición. En el trayecto, sus ojos se desviaron de manera mínima hacia donde estaban los humanos y el pequeño demonio zorro. La vio con Tessaiga entre sus manos, con el rostro lleno de incertidumbre. Seguramente se sentiría afligida de tener que ser testigo de aquella faceta patética de Inuyasha.
Decidió que se entretendría con Inuyasha, ya que nada parecía detenerlo, el dolor no representaba ningún obstáculo, el llamado de sus amigos eran sonidos huecos que nada significaban para él. Y cuando lo vio desvanecido en el suelo, luego de intenso enfrentamiento, su cuerpo de demonio, ella corrió hacia él. Sus ojos estaban húmedos.
—¡Detente! —exclamó, colocándose junto al cuerpo inconsciente de Inuyasha.
Él la miró con detenimiento, deseando que jamás hubiese hecho eso. Y sólo para serenarse ante la súbita demostración de aprecio hacia ese híbrido, dijo:
—Al fin dejó de moverse.
—¡Malvado, no te acerques! —otra vez esa voz casi chillona que lo hacía perder los estribos. Otra vez le hacía frente. Si desprecio era lo que siempre había sentido hacia su medio hermano, en ese momento se convirtió en auténtica inquina.
—Si quieres que se detenga desvanece su transformación con Colmillo de Acero.
Esto es el colmo. ¿Qué acabo de decir?
Es verdad. Lo que hubieses hecho en otras circunstancias es asesinarla y luego a Inuyasha. Pero ya vez, gran Sesshomaru, no eres lo que solías ser.
—Si vuelve a recuperarse otra vez comenzará a atacarlos.
Allá, lejos en su subconsciente, pensó que no quería que ella se viera expuesta. Sabía que Inuyasha era un verdadero peligro, que su sangre de demonio lo cegaba completamente, aislando su mente y corazón. Era una amenaza para cualquiera que cruzase su camino.
Excepto tú, claro está.
Sesshomaru logró ignorar la voz sarcástica de su yo misericordioso cuando el resto del séquito de su medio hermano aparecieron frente a él.
—Hace un momento pudiste matarlo con tu espada —habló el monje—, pero lo único que hiciste fue alejarlo. ¿Por qué no le hiciste nada? Se supone que tú odias a Inuyasha. Dudo que ahora haya nacido el amor por tu medio hermano.
Frunció el ceño, ya molesto de verse en la necesidad de entablar conversación con ellos. Respiró profundo y tratando de controlar su frustración, dijo:
—Algún día lo mataré. Sin embargo, ahora de nada me sirve acabar con alguien que ni siquiera sabe quién es.
Dio media vuelta y se marchó. Hasta ahí había llegado su paciencia.
Aome lo observó alejarse, sinceramente agradecida de que hubiese desistido de darle muerte. Parece que solamente vino a detener a Inuyasha. Se había percatado de que matarlo no había sido su inicial intención, al menos no en esa ocasión. Se sentía contrariada, algo estaba mal y lo sentía dentro suyo. Reconocía el antagonismo entre ambos hermanos, sabía que Inuyasha era, ante todo, su amigo y lo último que deseaba es que algo le ocurriese, especialmente en manos de su hermano mayor. No quería verse en la necesidad de convertirse en la enemiga de Sesshomaru, no quería motivos para despreciarlo.
Lin lo recibió con aquella calidez e inocencia que lo hacían convertirse en otro sujeto. Con el sosiego restaurado, la miró:
—Lin, ¿has sido una buena niña?
Ella asintió con alegría. Algo habló sobre Jaken y vio al pequeño demonio aproximarse, también feliz de que hubiese regresado. Vio que las palabras salían de su boca pero no lo escuchó, de repente se había visto envuelto en el recuerdo de aquellos cadáveres esparcidos, mutilados por las garras de Inuyasha.
