Las semanas hacían su apresurada carrera y Aome y sus amigos continuaban con las peripecias para encontrar a Naraku. Mas, esa noche de luna nueva nada se haría pues Inuyasha atravesaba aquella faceta que odiaba y que lo hacía sentir vulnerable. Se esforzó por ocultar su frustración pero había sido en vano, Shippo había encontrado cientos de maneras de hacer su velada insoportable y Miroku observaba divertido, absteniéndose de hacer comentarios.
Las mujeres, por su parte, disfrutaban del obsequio de aguas termales y decidieron relajarse, para reponer fuerzas.
Sango tenía infinitos deseos de cuestionar a su amiga. Algo había cambiado en ella y creía que ya no tenía que ver con Inuyasha. Durante todos esos días se había vuelto loca pensando si los sentimientos de Aome se hubiesen agotado de no ser correspondidos.
—¿Has decidido ser feliz?
La joven abrió los ojos y dejó su ensimismamiento. Miró a su amiga y habiéndola tomado con la guardia baja, no supo qué responder de forma inmediata. Pero sí supo rápidamente hacia dónde estaba dirigida esa pregunta, sabía que tenía que ver con su pequeño tormento llamado Inuyasha.
—Te noto diferente, Aome.
—¿Por qué lo dices?
—Será que tienes cosas nuevas en tu cabeza.
Aome se sonrojó, pero el carmesí de sus mejillas se vio camuflado por el que ya habían provocado las aguas termales. Se sintió aliviada por ello. ¿Será tan obvio? Temió pensar que no había nada que pudiese ocultarle a Sango, ya que no tenía las palabras ni el coraje necesarios para decirle con confidencia que algo había sucedido con Sesshomaru hacía un corto tiempo atrás.
Intentó dibujar una sonrisa para desviar su atención.
—No sé a qué te refieres, Sango.
Algo menos inteligente no, ¿verdad?
—Será que cuando estás tranquila es fácil de ver. Eres muy transparente.
La exterminadora sabía que algo había y su amiga estaba teniendo dificultades para ventilarlo.
—Sea lo que sea, puedes confiar en mí.
—Gra-gracias, Sango.
Vivir de la actuación es una pésima consideración. Aome, descarta esa idea inmediatamente.
Había regresado de su época con más obsequios. Había pensado de forma incansable qué le regalaría a Shippo para su cumpleaños, ese zorrito que le alegraba cada día de su vida merecía algo especial. Finalmente se decidió por un famoso tetris, de aquellos que había gozado en su niñez; estaba segura que lo disfrutaría, además había tenido la brillante idea de llevar los ingredientes necesarios para prepararle un pastel como aquellos que preparaba su madre. O al menos haría el intento.
Su mochila era una verdadera situación. El peso que implicaba era demasiado para ella, y como bien averiguó, ninguno de sus amigos había advertido su retorno. Justo cuando creyó que tendría que recurrir a sus pulmones, un rostro curioso se aproximó al pozo. Aome sonrió divertida y con un deje de sorpresa, pues era raro verla otra vez por aquellos sitios.
—¿Lin?
—¿Necesitas ayuda?
—¿Puedes ayudarme?
Tantas preguntas desconcertaron a la pequeña y Aome lo advirtió.
—¿Puedes ayudarme con mi mochila?
El rostro de Lin desapareció repentinamente y Aome no supo qué hacer, si llamarla a gritos o aguadar, lo último fue lo que hizo por cortos minutos y cuando decidió que llamaría con todo el vigor de sus pulmones a Inuyasha, una mano grande su deslizó a la profundidad del pozo, tomó la mochila y la sacó. Aome pensó que se trataba de su amigo y escaló hacia la luz de la tarde. Cuando se encontró con un día avanzado, un cielo rosado y el silencio propio del momento, creyó que no creía lo que veía.
—Sesshomaru —dijo en un susurro apenas audible.
Él la miró porque no sabía qué rayos decir. Se sintió avergonzado de sí mismo por haber accedido tan rápidamente a la petición de Lin, pero sus ojos húmedos y su voz de lamento pudieron con él, aunque se encargó de demostrar frustración para aparentar diferente.
—Lin dijo que tenías problemas.
—Problemas no, sólo una dificultad.
Sesshomaru no dijo nada, pero Aome supo que su respuesta había sido de lo más idiota.
—Gracias —dijo con prontitud, para hacer desaparecer el comentario poco inteligente.
Otra vez, el youkai se reservó una respuesta. Tan sólo se miraron de manera extraña, ambos sabiéndose estúpidamente enfrentados, sin palabras coherentes para compartir. Y es que cómo pensaban hacerlo tras los eventos antagónicos que habían compartido; después de que Sesshomaru intentó matar a Inuyasha, Aome no lo veía sencillamente como su hermano, sino como una potencial amenaza. Y él se sentía como un auténtico idiota.
Oh sí, vas muy bien, Sesshomaru, mantén esa actitud tan inteligente.
Y en esa oportunidad, no había nada para decir en su defensa.
—Gracias por no matar a Inuyasha-
—Ni lo menciones —se apresuró a contestar, fingiendo molestia—. No lo hice por él, ni por ti, no por nadie.
¿Había sido necesario especificar que no había tenido que ver con ella?
No, claro que no. Hiciste un comentario de lo más inútil. Felicitaciones.
Sesshomaru, viéndose en la más que evidente situación incómoda, giró sobre sus talones para retirarse y tragarse la vergüenza lejos de sus ojos oscuros, pero ella, en un impulso por no dejarlo partir (el motivo de ese deseo no estaba claro para ella), le pidió que aguardara.
Giró nuevamente, esperando que aquello fuese breve.
Aome creyó por un segundo que tenía que pedirle perdón por obstruir su camino, sentía que le estaba ocasionando problemas.
De hecho así es, y el sentimiento es recíproco. No olvides que Sesshu es uno de tus archienemigos.
Aome se sintió ridícula al tener esos pensamientos.
—¿Qué? —le apremió, impaciente pero inescrutable a la vez.
Bien, Aome, ¿ahora qué?
—¿Puedo darle algo a Lin?
Se agachó para revolver sus cosas, sabiendo que no había nada en particular que hubiese para ella y que tal vez tendría que privar a uno de sus amigos de alguno de sus manjares de la modernidad para dárselo a la niña. Elevó la vista rápidamente para analizar la reacción de Sesshomaru y no vio nada fuera de lo normal. Puedes alegrarte, no te pasará nada, quiso decir.
Lin sonreía dichosa al saberse próxima a adquirir algo además del pescado que ella misma pescaba. Miraba de soslayo a su amo, lo veía indescifrable, sus ojos no decían nada y su postura altiva tampoco. Pensó que tal vez no le gustara la idea de que la amiga de su medio hermano la agasajara con algo. Pero es que ella le parecía amable y muy hermosa, le parecía que era ideal para su amo, pues sólo a ella su amo miraba así, con algo más además de nada, porque así eran las miradas de Sesshomaru: llenas de nada y sin embargo, atestadas de cuestiones que escapaban su compresión. Poco entendía de sus reacciones cuando Aome estaba cerca, pero reconocía que algo había.
—¿Puedo? —ahora era ella quien apremiaba, con una bolsa de deliciosas galletas en sus manos.
—Haz lo que te parezca —dio media vuelta y comenzó a caminar.
Aome frunció el ceño molesta. Podría haber sido más cortés, darle las gracias, apreciar el interés que mostraba por la niña, ¡algo! Pero no, Sesshomaru era demasiado orgulloso, demasiado altanero, demasiado engreído y soberbio para decir algo amable. No fuera a ser que algo de hombría se le escapara de la boca con un «gracias».
—Sí, no hay de qué, Sesshomaru —espetó con sátira, despreocupada de la viable reacción del joven de acabar con su vida.
Él se volvió para devolverle la mirada. Lin ya tenía sus galletas y ya había dado las gracias, pero la joven no la había escuchado, porque miraba ofendida a su amo. Sesshomaru miró a Lin, porque sabía que no podía hacer nada brutal y demasiado sangriento en frente de ella, se vería mal. Entonces pensó que la humana lo había hecho con todas las intenciones: tentar su paciencia sabiendo que Lin la protegería de alguna manera.
—No es a mí a quien has hecho un favor —dijo, como si fuera obvio—. No te he pedido nada tampoco. Así es que no seas absurda y no pretendas-
—¿Me llamaste absurda?
—¿Me has interrumpido? —ese había sido su impulso, no él. No él.
Aome bullía de rabia. Le dio un golpe al piso tan fuerte que su zapato se salió y se revolcó a pocos metros de él, y ella deseó con todo su vigoroso y tenaz corazón que la tierra la tragase allí mismo y en ese instante. Él siguió el recorrido del zapato en silencio, creyendo que si la humana era absurda, aquel pequeño evento era el colmo de la irracionalidad.
—Ni te molestes —habló ella, en ese tono y con esa voz chillona que lo sacaba de sus casillas.
Miró cómo se acercaba y se agachaba para tomar el zapato. Allí mismo, a escasa distancia suya, Aome se calzó y se lo quedó mirando llena de indignación.
—Deberías aprender modales —miró a Lin y sonriéndole le dijo:—. Enséñale modales, ¿quieres? Tú sabes de qué hablo.
Lin tenía una galleta a medio camino y su otro brazo, pequeño y tierno, sujetaba el paquete que tenía el tamaño de su torso. Miró a Aome confundida y a su amo, que parecía a punto de estallar en mil pedazos de la rabia.
Sesshomaru no creía lo que escuchaba.
—No involucres a la niña. Cualquier inconveniente que te genere, dirígete a mí y tal vez te permita quejarte.
—¿Tal vez?
—¿Por qué eres tan odiosa?
—¡¿Qué?!
Sesshomaru creyó que sus tímpanos saldrían catapultados e inyectados en sangre.
—¿Por qué gritas?
—¡Odioso eres tú que te crees el ombligo del mundo! —aquello no terminaba ahí, el youkai reconoció su error al hostigarla— ¡No creas que te tengo miedo, Sesshomaru! ¡Tus estúpidos silencios y tu pésima educación no me generarán molestias a mí, recuerda mis palabras!
Sus músculos se tensaron y por un movimiento irreflexivo, casi la toma del brazo para zamarrearla como se merecía. Era una niña atrevida. Y ella adivinó sus pensamientos, o así le pareció a él, porque miró lo que casi hace y lo escrutó con más odio.
—¿Qué pensabas hacer?
—¡Lin! —el alto volumen de su voz asustó a la pequeña y casi deja caer sus galletas, pero fue veloz y se quiso felicitar por sus afilados reflejos pero la situación no prestaba— Vámonos.
—Sí, amo —pasó junto a Aome (ella seguía frente a él)—. Gracias.
—No hay de qué —la miró y le sonrió con tanta ternura que le parecía inverosímil a Sesshomaru, después de haberla visto ponerse roja como tomate de la pura ira.
—Considérate afortunada, pues hoy no estoy de humor para acabar con tu vida, miko.
—¡Oh, sí! ¡Muchas gracias!
Fue hasta su mochila, moviendo las caderas de manera rítmica, y de forma tal que no se le escaparon los detalles al, finalmente, hombre. Tomó su mochila con esfuerzo, y aparentando que no era una molestia, la alzó sobre su hombro, escuchando algunos huesos tronar y se marchó.
Jamás le diría a Sango lo que había ocurrido. Se la estaba comiendo la vergüenza en ese momento de sólo recordar. Ocultó la mitad de su rostro debajo del agua, queriendo olvidar lo que había ocurrido y lo que le había hecho sentir después, que no era nada claro ni concreto, pero que estaba, y simplemente con estar le generaba cuestionamientos difíciles. ¿Qué le estaba pasando?
¿Y qué habría pensado él? ¿De verdad la hubiese matado allí mismo? Porque había jurado que esas no habían sido sus intenciones ni por asomo. Tal vez su osadía le molestaba.
¿Tú crees? Estamos hablando del tipo más orgulloso, más, incluso, que Inuyasha.
Era una cuestión de genética, no le cabía duda. Sesshomaru era un sujeto complicado, inescrutable, misterioso y callado. Pero cuando hablaba había algo en su tono de voz y en la manera que fruncía los labios al modular, sumada aquella mirada tan profunda y hermosa…
¿Hermosa? ¿La mirada de Sesshomaru es hermosa? Continúa, Aome, vas muy bien así.
Ese ámbar afrodisíaco y perfecto.
—¿Aome?
Abrió los ojos rápidamente, tragando agua. Salió a la superficie con velocidad, tosiendo la humillación de haber tenido pensamientos indecentes.
—¿En qué estabas pensando? —Sango sonreía.
Aome prefirió no responder.
