La primavera hacía lo suyo y se encargó de hacerle recordar a sus vasallos, es decir, la vida en su conjunto, que la lluvia era su evento predilecto, después de la época de floración. Inuyasha no mostraba inconveniente alguno con los días de diluvio, ni siquiera Shippo o Kirara, quienes por motivos casi evidentes, aprovechaban esos momentos para refrescarse. Pero el grupo humano daba indicaciones de contradicción para con los acontecimientos de la Madre Naturaleza a través de comentarios explícitos y concisos. Miroku era el que más se esforzaba por sacar de sus casillas a Inuyasha de manera sistemática, hasta que lo consiguió:

—¡Deja de quejarte, Miroku! —exclamó, volviéndose para enfrentarlo debidamente— ¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres un sitio donde no te pegue la lluvia?

—Precisamente, mi estimado amigo —sonrió el monje, con una sonrisa triunfal en el rostro.

Inuyasha pataleó, maldijo y ahogó improperios. Era absurdo creer que la lluvia era un impedimento para continuar con lo que les competía. La temperatura era agradable, nadie tenía frío, ¡podían seguir! Y quiso convencer de eso a Miroku, pero era tarde, pues el monje ya contaba con el favor de las mujeres, y con eso, nada tenía para discutir. Con Sango no buscaba pleito, menos con Aome. Mucho menos con Aome. Así que con diligencia y presteza, Inuyasha buscó un sitio para que sus amigos pudieran resguardarse del diluvio. Y dio con una cueva de dudosas características, pero que fue cálidamente recibida por los ocupantes pronto a convertirse.

Pero no estarían solos.

—Es la niña que está con Sesshomaru —dijo Sango.

—¿Y dónde demonios está él? —exclamó Inuyasha, impaciente por un enfrentamiento.

Lin permanecía en silencio, sin saber qué decir frente a tantas personas. Ah-Un apareció en la boca de la cueva cuando advirtieron nuevas presencias, pero al reconocer a la joven sacerdotisa, se alejaron. Shippo parecía especialmente curioso con la niña, y con el hecho de que fuera ella la única criatura humana que Sesshomaru tolerara.

—¿Estás sola? —le preguntó con ternura.

—Sí.

—¿Tienes hambre?

—Shippo, ¿qué haces? —recriminó Inuyasha.

Aome le dirigió una mirada diabólica, callándolo.

—Ven, Lin, acércate —le animó, ofreciéndole comida.

Inuyasha salió de la cueva, él era feliz en la copa de algún árbol, no necesitaba del amparo de una ridícula cueva. No necesitaba de los deliciosos alimentos de Aome, pues ni hambre tenía. Tal vez un poco. Pero su orgullo no lo dejaría ir a ningún sitio. Mejor era esperar a que parara la lluvia, así podían continuar con su trabajo. Incluso sería mejor ir por ahí, para aprender más de Tessaiga, aunque creyera que todo lo sabía. Era sólo una excusa creada en su subconsciente para alejarse y tragarse el momentáneo enfado.

La velada en el interior de la cueva resultó ser una especie de festejo por algo que nadie conocía. Pero se estaban divirtiendo en grande. Shippo hacía reír con agradable frecuencia a Lin y ella pronto se sintió en confianza, dejándose llevar por lo anecdótico de sus experiencias con el Señor Jaken y sólo provocó carcajadas en todos los presentes.

Aome decidió en un momento que era propicio llevarle algo a Inuyasha antes de que Shippo acabara con todo lo que había para comer. Al salir descubrió que el diluvio se había convertido en una llovizna sumisa que caía como nieve desde el cielo gris. Aquel aroma característico después de las descargas del firmamento le resultaba sobrecogedor y se dijo que jamás podría cansarse de aquello, era demasiada la paz que se sentía. Aome sonrió porque aquella era genuina paz. De a poco recobraba el equilibrio.

—¿Inuyasha? —llamó, buscándolo, caminando por los alrededores.

¿Adónde se habrá metido ahora?, pensó, también considerando que se había enfurecido por lo obvio y decidiera alejarse, como siempre hacía. Cual niño malcriado.

—¡Inuyasha, te traje comida!

Pero no obtuvo respuesta. En lugar de eso, otro ser apareció, brillante por la llovizna y mudo como era su imperecedera costumbre. Su cabello caía más pesado sobre su rostro y de éste caían surcos que la lluvia había dibujado. La miró con desinterés y luego hacia su derecha, sitio donde estaba aquella cueva, ahora ya no ocupada sólo por la niña. Pensó que era curioso el hecho de que a raíz de la existencia y ocasionales divagues de Lin, siempre se topara con la sacerdotisa. Ella, por su lado, miró lo que tenía en sus manos, luego a él, luego la cueva. La aparición de Sesshomaru encerraban lógicos motivos.

—Iré a buscarla —dijo, como si hubiese leído su pensamiento.

—No te pedí que lo hicieras —comenzó a acercarse a ella, sólo para desviarse centímetros antes para tomar la dirección hacia al cueva.

Aome respiró profundamente varias veces, asegurándose que no armaría otro escándalo. No más aditamentos a sus momentos embarazosos.

Compórtate, Aome, ya no estás para escenitas.

—Como quieras —adquirió el aire "tu presencia no me altera… pero sí" y se le adelantó, acelerando el paso para llegar antes.

Sesshomaru frunció el ceño. Tenía que empezar a buscar excusas para no verla, o al menos no estar a solas con ella el tiempo suficiente para ponerse a sí mismo en ridículo. Porque debía ser sincero, cada vez que esa miko aparecía o entablaba una escueta e incongruente conversación con ella, por más belicosa que fuese, siempre arribaba a ese momento en el que se percataba, incluso ella (le constaba), de que había llegado a lo más bajo que su orgullo le hubiese permitido jamás. Siempre encontraba el medio para pelearse con ella como si fuese otro adolescente más, siempre se sorprendía siguiéndole la corriente.

No más de eso, Sesshomaru, tú eres un youkai íntegro. Un asesino consagrado, las mujeres no pueden hacerte flaquear. La voz de su yo misericordioso no cesaba. Comenzó a creer que perdería la cordura.

Tampoco le gustaba verla caminar porque la mirada se desviaba y… Mejor era no pensar.

—Lin, vinieron por ti —la escuchó decir. También oyó lamentos de un infante sobre su pronta partida.

Absurdo.

Desde donde estaba, el youkai aguardó. Prefería no verse, nuevamente, frente a los amigos de la sacerdotisa. Prefería estar allí, en la distancia, sabiendo que Lin aparecería irremediablemente. Pero se estaba demorando. La humana estaba inclinada hacia adelante en la entrada de la cueva, riendo por algo y conversando con los demás. ¿Lo estaría ignorando? Frunció el ceño. Y adiós paciencia. Se acercó cauteloso, esperando que su presencia fuese advertida así se evitaba la molestia de pronunciar palabra. Nadie dijo nada, pero la denominada Aome giró para fijarse qué estaba aconteciendo detrás de ella.

—¿Podrías esperar? —y regresó a lo que estaba ocurriendo dentro del recinto.

Sesshomaru no podía creer lo que acababa de oír.

—¿Qué has dicho?

—Que esperes —respondió, sin mirarlo a la cara.

—¿Acaso…?

—¡Amo Sesshomaru! —la voz de Lin frustró cualquier intento de Sesshomaru de defender su orgullo herido. La miró, estaba particularmente feliz. Tenía un bulto hecho con un gran retal de tela y dentro había alimentos. No habían hecho más que cuidar de ella y proporcionarle comida.

Elevó la vista, Aome lo observaba. Y estaba sonriendo.

—¿Qué? —inquirió.

—Oh, nada —se cruzó de brazos—. Fue un placer hacerle compañía a Lin.

—¡Muchas gracias! —la infante hizo una reverencia y se adentró en el bosque, sabiendo que el Señor Jaken estaría esperándola en algún sitio, y sin esperar al youkai.

Sesshomaru la vio partir con ese andar que sólo ejecutaba cuando estaba muy feliz. Y ella era su única preocupación por lo que advertía y prestaba especial atención cuando Lin estaba contenta, porque eso era todo cuanto quería para ella: felicidad. Y esa miko había sabido proporcionarle algo de aquello. Ahora estaba en deuda.

Simplemente fantástico.

—Gracias —dijo, regresando la vista.

—Gracias a ti por protegerla —zona de peligro para Sesshomaru—. Ella te aprecia mucho, ¿sabes?

Lo sabía, y el sentimiento era recíproco. Pero no quería decirlo, no tenía intenciones de ninguna índole, forma o color de exteriorizarse así. Ella seguía mirándolo. Y él parecía una criatura carente de expresión y emoción, como si todo le significase nada, pues nada lo alteraba, nada llamaba su atención. Aome sentía que estaba teniendo una seudo conversación con una roca.

—Me basta con saber que cuenta contigo —habló, con una tierna sonrisa en los labios.

Después del último episodio, Sesshomaru sentía que era otra mujer la que veía. Su corazón era amable y su espíritu bien intencionado, su naturaleza benévola era visible incluso para él. Podía ser un perfecto ejemplo de histeria y hosquedad, pero había algo en ella que llenaba de paz a los que la rodeaban; y sus orígenes extraños la convertían en una criatura exótica. Llamativa.

Aome no sabía qué miraba. Si no supiese mejor, diría que Sesshomaru la estaba analizando. O era tan sólo su súper interno deseo de que así fuese. ¡Aome, escandalízate! ¿Qué cosas dices? Pero es que a pesar de sus inherentes discusiones cada vez que se topaban el uno con el otro, podía apreciar, casi a simple vista, el verdadero temple ameno de Sesshomaru, el sujeto que parecía no velar por nadie ni nada, tan sólo él y sus ambiciones adjuntas. Y no, él había acogido a una niña, una humana precisamente, y le daba protección y, a su modo, cariño. Había humanidad en él, había crecido algo cercano a un sentido de familia, de pertenencia, al brindar a Lin, e incluso a Jaken, un sitio junto a él.

Sesshomaru apartó la mirada, advirtiendo la presencia de alguien.

—Adiós —dijo sin más, marchándose.

Segundos después aparecía Inuyasha.

—¡¿Sesshomaru estuvo aquí?!

—¿Ah, sí? —repuso, jugando a la distraída que tan bien le salía.

—Inuyasha, llegas tarde —anunció Miroku.

—¿De qué hablas? —lo furioso no se le iba— ¡¿Ya se comieron todo?! ¡Shippo, fuiste tú!

Aome miraba la escena, pero no la observaba. Su mente divagaba en otro episodio, reciente, muy reciente. En su memoria bailaban un par de ojos de oro que la escrutaban con cuidado y tesón. Había querido escucharlo decir algo, por escueto e indiferente que hubiese sido; con tan sólo sentir el murmullo grave de su voz… Con tan sólo verlo mover los labios en un armonioso movimiento. Simplemente eso.

Sólo sus ojos estaban atentos a lo que acontecía en la cueva, en la que Inuyasha discutía con Shippo, en la que Miroku observaba la escena divertido, donde Sango miraba al monje, pero también a ella, reconociendo lo que había sucedido con Sesshomaru. Pero esos detalles se le escapaban a Aome.

La joven sacerdotisa dejó su antigua angustia, aquella enmarcada por los acontecimientos que de a poco se añadían, complementándose entre ellos; entre los que figuraban el imbatible amor entre Inuyasha y Kikyo, el mismo destinado al declive y a la miseria, pero firme como la voluntad de ambos de ignorar dicho amor; duradero como el tiempo que había transcurrido y que parecía, por algún motivo, congelado en aquellos días de dolor para ambos, días que condenaron a Inuyasha a la inconsciencia acompañada por las décadas y un árbol, días que llevaron a una precaria y triste muerte a Kikyo.

Aome no pensaba en todo eso. Únicamente en los favorables eventos del destino de llevarle a sus momentos la presencia de quien no debía desear ver. Los dilatados y demorados silencios del youkai la llenaban de involuntaria fascinación y curiosidad; curiosidad de él, pues en un momento era como un libro abierto, y al siguiente se convertía en un enigma. Uno fantástico.

Buscaba los charcos para poder hundir sus pies. Reconoció la inconsecuencia que aquello suponía, pero era reconfortante, era como un tónico. Lin iba delante de él, saltando de gozo, con aquello que le habían obsequiado, mirando de vez en cuando hacia atrás, asegurándose de que no estaba sola, o mejor dicho, que no lo había dejado solo. Su amo tenía aquella expresión otra vez. Y Sesshomaru estaba ajeno al conciso estudio de la niña, pues en su mente había otra cosa. Había ropas verdes, una desordenada cabellera azabache y un par de ojos que lo escrutaban sin temor.

Era sin dudas una criatura extraña y dueña de algo que envolvía el aire y lo hacía diferente. Era una paz cercana a la que sentía cuando Lin cantaba, pero revestida de anhelo. Anhelo por experimentar más de eso, de aquello que hacía que deseara más y más, y cada vez con más fogosidad, la presencia de aquella miko. Ver sus movimientos, a veces veloces, a veces someros, era como presenciar una danza, acompañada de una música muda pero perfecta. Escuchar su voz, a veces férrea, a veces atenta, era como una representación de una magnífica melodía.

Se descubrió provocándola para ver los cambios obtusos pero cadenciosos en su rostro, cómo sus ojos cambiaban la energía en todas sus facciones, cómo hacía presión con ellos para removerlo a él. Pero él se deleitaba. Y sus expresiones calladas y taciturnas no revelaban absolutamente nada, ella jamás podría adivinar lo que ocurría en su cabeza, nadie podría descubrir nunca aquello que latía dentro de sí.

Y eso, aquello que sentía y pensaba, allá lejos donde su subconsciente gobernaba, él lo desconocía, pues era su afán de negarlo tan grande que terminó por convencerse.