El cielo azul mantuvo la sonrisa en el rostro de Lin durante la mayor parte del día, y Sesshomaru juzgó apropiado buscar un buen lugar a la vera de algún río y detenerse para que se alimentara. Él tomó asiento bajo la sombra de un árbol mientras miraba a Lin y Jaken hundir los pies en el agua, en busca de pescado. Ella se divertía en grande y Jaken seguía su juego mientras intentaba atrapar algún pez. Hasta que algo captó su atención.
Se puso de pie y comenzó a caminar en esa dirección. El río avanzaba veloz y el sonido que hacía al chocar con las rocas era muy reconfortante, pero Sesshomaru lejos estaba de dejarse envolver por la paz del ambiente. Especialmente cuando vio cómo una gruesa capa de hielo comenzó a extenderse río arriba.
—Toran —no la habría confundido nunca.
—Ha pasado mucho tiempo, Sesshomaru —sonrió, aproximándose.
—Así que aún vives.
—¿Qué forma es esa de saludar? —rió— Esta vez tengo intenciones de arreglar las cosas.
—Nosotros arreglamos las cosas hace mucho tiempo. Pero si insistes, no será como hace cincuenta años.
—Veo que sigues siendo el mismo grosero de siempre. Sin embargo, estoy de acuerdo que no será lo mismo.
Respiró profundamente.
—Nuestro amo te espera.
—¿Amo? —repuso.
—Sí, nuestro Comandante —y con ojos desafiantes agregó:—. Tu padre murió hace mucho pero nuestro amo será resucitado. Finalmente.
Esa idea dio mala espina a Sesshomaru y entornando la mirada, cuestionó:
—Resucitado ¿para qué?
Toran respondió como si toda su vida hubiese deseado que le preguntaran.
—Para atacar las tierras del oeste una vez más —lo miró, borrando toda traza de sátira—. Y… podría decirse que por venganza contra ti y los tuyos.
—Entonces esta vez le quitaré el aliento de forma permanente.
—¡Me alegra escuchar que estás dispuesto a pelear! —celebró.
La mano de Sesshomaru voló hasta Tokijin en un acto reflejo y Toran agregó, siempre con aquella expresión de suficiencia en el rostro:
—Espera, no te apresures —lo reprendió—. No aquí.
El viento comenzó a soplar fuerte.
—¡Ven a nuestro castillo! —el hielo que había formado sobre el río comenzó a despedazarse— Y trae la ayuda que necesites.
Impávido, la observó hasta que desapareció y la otrora paz se restaurara. La voz de Lin cortó el hilo de sus pensamientos a medida que se aproximaba. Se volvió, puso al tanto a Jaken de la situación y dio la orden a la niña de permanecer en ese sitio. El altercado al que se sometería no podía involucrarla, ni siquiera se permitió pensar en lo que podría ocurrir si esos despreciables gatos supieran de su existencia.
El gran Sesshomaru no sospechaba de lo que ese reencuentro con el pasado le proporcionaría a su presente peculiar.
Aproximándose, los olores comenzaron a mezclarse. Gatos, lobos, humanos, Inuyasha y… el aroma de esa miko también se sentía en el aire. Pensó que esa circunstancia sería un sencillo ajuste de cuentas, terminar algo que había quedado inconcluso y nada más, pero por alguna razón esa mujer se cruzaba en su camino una vez más.
Un hedor insoportable comenzó a predominar en la atmósfera. Desenvainó a Tokijin y blandiéndola, dispersó el olor y se abrió paso a través de las construcciones. Para su desagrado allí estaba su patético medio hermano y sus compañeros. Elevó la vista y sobre un tejado estaba otro de los gatos.
—¿Qué ocurre, Karan? —inquirió— Es conmigo con quien tienes asuntos pendientes.
—Apareció el hermano mayor —sonrió complacida—. Nada podría ser mejor sin ustedes dos. ¡Hijos del Gran Demonio Perro, los estaremos esperando en el castillo!
—Sesshomaru, ¿por qué estás aquí? —lo cuestionó Inuyasha.
El aludido lo miró con el disgusto de siempre. Fue en ese instante que advirtió que la miko no estaba entre los humanos, sus ojos fueron y vinieron en el panorama, buscándola, pero definitivamente no estaba allí, lo que lo hizo llegar a la conclusión más obvia.
—Esa es mi línea. Váyanse de aquí.
—¿Qué?
—No permitiré que te involucres en esta guerra.
—¡No necesito tu permiso! Aome fue secuestrada por esos gatos…
—¡Tonto! —repentinamente furioso, desprendió la energía de Tokijin contra el inútil de su medio hermano, queriendo reprocharle su ineptitud. Miles de pensamientos cruzaron su cabeza al pensar que aquella mujer estaba a merced de esos gatos, que aquel hanyou había demostrado su inoperancia magistralmente. Lo escuchó reprocharle algo pero lo interrumpió con vehemencia, dejando, atípicamente, de manifiesto su ira— ¡Silencio, Inuyasha!
Vio la sorpresa en el rostro de su medio hermano y recuperando su habitual calma, agregó:
—Sólo recuerda que perdiste tu corazón ante una mortal y terminaste bajo un sello. No tienes derecho de participar en esta batalla.
Comenzó a caminar hacia el sitio de la reunión, pensando que estaba allí en honor a su padre, no por rescatar a una humana. Su padre era la única razón por la que estaba allí, porque aún lo añoraba después de todo ese tiempo, incluso después del desaire de no permitirle poseer Tessaiga. Ajustaría esa cuenta arcaica, reposicionaría el nombre de Inu no Taisho y el suyo, Sesshomaru, y continuaría con su vida, dejando explícito al mundo que su linaje no era para ser tomado a la ligera, que su padre no había sido un demonio cualquiera, que él no lo era tampoco. Se consideraba digno de ser el primogénito de alguien tan honrado como el General Perro.
—Me ordenaron venir, ¿y no me dejarán ver su aclamado amo?
—Bueno —intervino Toran—, no estamos listos para esto todavía. ¿Será mi compañía suficiente?
Jaken intervino, irguiendo el Báculo de Dos Cabezas, pero sus llamas no fueron suficientes contra el hielo de Toran y Sesshomaru intervino a tiempo antes de que los filos de su rival llegaran a él.
—Definitivamente tienes un arma peligrosa —señaló ella, sonriente.
Una lanza formada con los espirales del hielo apareció en sus manos y avanzó arremetiendo contra él. Sesshomaru detuvo su ataque con Tokijin, sin demandarle aquello ningún esfuerzo.
—Me trae recuerdos de nuestra última pelea, la que terminó en un empate —habló—. Pero no será así esta vez.
—¿Empate, dices? Tú te retiraste.
—Muchos de tus hombres murieron…
Decidiendo que había escuchado suficiente, blandió con más fuerza y deshizo el contacto. Pero cincuenta años habían transcurrido desde la última vez que se enfrentara a ella que debió suponer que no era la misma. Había esquivado su ataque y se reincorporaba al campo de batalla con un grácil movimiento.
—Además, en aquel momento no fui determinante —sus pies tocaron el suelo y lo miró fijamente—. Tenemos a nuestro amo.
Aquellas palabras supusieron la orden pues los gatos que habían permanecido como espectadores comenzaron a movilizarse hacia él y él, porque no desaprovechaba oportunidad para recordar lo superior que en realidad era, alzó a Tokijin sobre su cabeza y con un rápido y mortífero movimiento acabó con todas esas vidas.
—Es diferente ahora —y Toran desapareció.
—Jaken —habló, volviéndose. Pero no obtuvo respuesta.
Resolviendo no perder tiempo, se encaminó al castillo, espada en mano. Y allí, dándole una fría bienvenida estaba Karan. Sonrió internamente ante la ironía. Fue con su fuego que lo recibió, pretendiendo sandeces al enfrentarlo tan descuidadamente. Esos gatos no aprendían que contra el gran Sesshomaru no tenían oportunidad de victoria alguna. Así fue que se deshizo de ella. Pero lo gatos se cuidaban unos a otros y como sospechó, Toran apareció en escena. Esquivó su ataque y la escuchó hablar con una petulancia que no se correspondía con su situación de desventaja.
—Estoy sorprendida. Pensé que serías más débil que antes.
—¿A qué te refieres?
—El brazo —señaló con mofa—. Después de todo, ¿quién fue el que lo cortó?
Molesto con su atrevimiento, arremetió, sólo para corroborar que esa mujer no era la misma de hacía cincuenta años. Efectivamente, no lo era.
—La fiesta comenzará muy pronto —habló desde la distancia—. Ven cuando lo dispongas.
Y desapareció otra vez. Aquella faena ya le parecía que se estaba extendiendo demasiado, muchos habían sido los trucos que esos gatos le jugaron, muchas las oportunidades en que lo habían retrasado deliberadamente. No perdería más tiempo. Ingresó sin premura y vio a la tribu de las panteras reunida frente al cadáver seco de su amo, vio desde aquella distancia los fragmentos de la perla, la luna llena auspiciar el momento. Todo estaba dispuesto para la resurrección, a excepción de un detalle.
Quiso atacar el cuerpo disecado pero una barrera lo protegía. Supuso que nada le restaba que esperar. Toran tuvo la desfachatez de amenazarlo nuevamente y tras sus palabras, el rugido de su amo y sus demandas hicieron vibrar la tierra bajo sus pies. Dio un paso hacia delante cuando vio las intenciones de aquel viejo demonio de hacerse con uno de los humanos (particularmente uno de ellos) que estaban allí para sacrificio pero Inuyasha apareció moviéndose rápidamente y con Tessaiga… Ese color.
Deshizo la barrera de los gatos, dibujando más de un rostro sorprendido. Sintió a Jaken acercarse y hablarle pero él no parecía escuchar, o no todas sus palabras llegaban a sus oídos. Sólo fue el silencioso testigo del reencuentro entre la miko e Inuyasha. La sonrisa dibujada, el alivio manifestado. Y luego las manos del lobo que se hacían de las de ella, sonriéndole con obvias intenciones, deliberadamente actuando así frente a su rival, que no era otro que su medio hermano. Esa miko tenía una peculiar capacidad para cautivar corazones.
Vio con indiferencia cómo su medio hermano cortaba la mano del demonio gato, no escuchó las órdenes que sus rivales exclamaban, sólo se quedó de una pieza y en silencio viendo cómo la mujer se abría paso entre los gatos, segura y con determinación en los ojos…
Volvió a la realidad cuando vio a Inuyasha en el suelo, inmovilizado. Decidido a intervenir, blandió su sable para estabilizar la situación y recordarle a su estúpido hermano menor que no se interpusiera. Claro que pretender oraciones coherentes de él era una utopía y tal como supuso, lo desafió, acabando con su paciencia.
—¡Es suficiente! —exclamó, atacándolo.
Su querella, no obstante, era inoportuna. El tiempo que se tomaron para distraerse el uno al otro fue suficiente para que el gran demonio gato recuperara sus fuerzas. Su querella, no más que un ridículo capricho, era un obstáculo en sí misma. Incapaces de dejar de lado sus diferencias, luchando cada uno por su lado, le valió al gran Sesshomaru ser repelado por su enemigo.
Sintiéndose humillado, habiendo llegado al límite de su paciencia, guardó a Tokijin y tomó una nueva decisión. La vibra de Yako latió en su interior con gran vehemencia y seguidamente, Tenseiga, comunicándose con su dueño. Quería ser blandida. Sin tener en claro aún por qué su padre le había dejado ese arma particular, acató. El gran gato cayó, disecándose. Pasó caminando junto a su medio hermano y habló:
—El resto depende de ti y de Tessaiga —su trabajo allí había culminado. Había escenas que no quería ver más.
En las montañas…
En el bosque…
En el viento…
En mis sueños…
La escuchó cantar un momento, ver sus pies moverse al compás de su melodía, su sonrisa perenne en su infantil rostro, los días soleados que siempre iban en conjunción con ella.
—Lin —la llamó—, vamos.
La niña se apresuró para alcanzarlos, prosiguiendo con su cántico, brindando armonía a los oídos de su amo. Sesshomaru pensó durante largo rato el episodio que experimentó con Tenseiga, la singularidad que supuso, lo inédito, podría agregar. Su posesión aún se presentaba como un enigma, sabía que todavía quedaba un trecho para terminar de entender las intenciones originales de su padre, pero lo comprendería. Algún día.
Y cuando sacó todas las conclusiones posibles, cuando terminó de especular y teorizar, el rostro aliviado de esa mujer apareció en su cabeza como un destello incandescente. Se enfadó consigo mismo por esa trágica desviación mental, por caer, caer, en eso nuevamente, pues reconocía que no era la primera vez que pensaba en ella y sospechaba que no sería la última, juzgando la reacción extraña que sintió dentro suyo cuando vio ese momento vivido con su medio hermano.
No estaba siendo coherente. Él no era así. Él pensaba fríamente, era ordenado, meticuloso cuando debía reflexionar. Pensar en esa mujer no sólo era absurdo, sino caótico. Ella era la representación misma de una tempestad, era el viento, el ruido y el desorden. Esa miko representaba perfectamente el opuesto de Sesshomaru.
Se reprochó gravemente su falta y la apartó de sus pensamientos. En la medida que le fue posible.
