Definitivamente matemática no es mi fuerte… Y al ritmo que llevo mis estudios tal vez nunca lo sea.
Subía por el pozo mientras se resignaba. Mochila al hombro, manjares varios en su interior, pensamientos puestos en los últimos exámenes. Qué afortunada se sentía al no ser reprendida por su madre debido a su pésimo desempeño académico. Lo que la hacía sentirse culpable.
Se sentó un momento en el borde del pozo, dejando la mochila en el suelo, recuperando su aliento. Tiene que haber una forma de que pueda salvar las distancias y aprobar uno que otro examen. ¡Esto no puede continuar así! Respiraba profundamente una y otra vez, vencida por su precaria situación de estudiante secundaria. Sus cuestiones en el Japón feudal eran sumamente importantes, lo sabía y su familia lo sabía, pero su realidad, que pertenecía a otro siglo completamente distinto, ponía de manifiesto otras obligaciones, también relevantes. ¿Cómo priorizar? Pensar la cuestión era sumamente agotador y sabiéndose a escasos metros de reunirse con sus amigos, sentenció al exilio sus preocupaciones académicas, dibujó una sonrisa optimista en el rostro y se encaminó hacia la aldea.
Pero no se alejó mucho del pozo al sentir la presencia de Kikyo en las cercanías. Escuchó el sonido similar a un susurro que emitían las colectoras de almas que la acompañaban y se volvió. Allí estaban ella y su triste belleza. Aome se sorprendió al verla allí, tan cerca de esa aldea, sabiendo que Inuyasha podía detectarla en cualquier momento; no sabía si le correspondía decir algo o aguardar. Estaba confundida.
—¿Quieres ver algo, Aome? —habló con frialdad.
—¿Eh? —dio un paso hacia atrás.
—¿Por qué no te ocultas y ves lo que ocurre a continuación?
Más pasos hacia atrás y pronto el bosque ofició de escondite. Y como un perfecto reloj, al instante apareció Inuyasha, agitado por la carrera, ojos bien abiertos, absorto en lo que observaban con anhelo.
—Kikyo —susurró suavemente—, ¿qué haces aquí?
Ella se llamó a silencio, viendo y estudiando las reacciones del hanyou. Podía ver en los ojos dorados de Inuyasha lo mismo que supo ver hacía más de cincuenta años, cuando se hicieron bellas promesas, cuando parecía que tendrían una oportunidad. Él se acercaba lentamente, embebido en esa imagen completamente, tanto, de hecho, que no había advertido la presencia de Aome a escasa distancia de allí.
Y la espectadora silenciosa observaba con zozobra. Deseando no ver más, comenzó a alejarse y sus pasos alertaron a Inuyasha sobre su presencia. El joven volvió el rostro, avergonzado y con cierto temor de que Aome hubiese visto todo, sólo para comprobarlo. La llamó pero sin obtener respuesta y cuando quiso hablarle a Kikyo, ésta se había ido. Una mujer y su reencarnación tomaron caminos opuestos, ambas alejándose de él. Inuyasha lejos estaba de presentir aquella situación como una alegoría.
Varios días transcurrieron después del incidente vivido con Kikyo y Aome había neutralizado la única oportunidad en la que Inuyasha intentó tocar el tema alegando que no le debía explicaciones y que, aunque esto era mentira, lo entendía perfectamente. Él, inseguro con su diplomática respuesta, optó por permanecer en silencio y seguir con su actitud de siempre. Aome había puesto mucha voluntad para conseguir que la atmósfera no se alterara y con el correr de los días, la armonía se había restaurado.
Su humor terminó su rehabilitación cuando en su viaje se toparon con Koga, rostro que siempre le alegraba ver. Además de que se entretenía viéndolo discutir con Inuyasha, ya que ambos podían ser sorprendentemente originales cuando se insultaban. Claro que en cuanto podía deshacerse de su amigo hanyou lo hacía, sólo para acercarse a ella y hablarle. Y en esa oportunidad no fue diferente; tomó una de sus manos con dulzura y le dirigió unas amables palabras. Su intercambio trivial terminó con ella ofreciéndole algo para comer y la consecuente intervención de Inuyasha, en desacuerdo con su cortesía, y las obvias agresiones físicas posteriores.
Aome no tuvo tiempo para distraerse mucho con ellos cuando uno de los amigos de Koga hizo una peculiar pregunta:
—Oye, Aome, ¿has oído hablar de Sesshomaru? —y pudo jurar que hizo una breve descripción de él pero no la escuchó, algo en la pregunta la descolocó momentáneamente y toda esa sacudida fue advertida por Sango.
Ante el silencio que se creó esperando que respondiera, se apresuró a agregar:
—Es el hermano mayor de Inuyasha.
—¿Qué clase de sujeto es Sesshomaru? —prosiguió.
—¿Qué clase…? —alterada, no supo formular una oración de forma inmediata y lo cierto era que tampoco sabía qué decir de él, con todas las facetas extrañas que le había conocido no podía formarse un juicio certero, menos aún divulgarlo. Qué decir del hombre que en determinadas circunstancias la había hecho titubear, replantearse pensamientos y dudado sobre sus sentimientos en general.
Viendo que esperaban su respuesta, comenzó a enumerar lo más banal y básico:
—No se lleva bien con Inuyasha, tiene una espada maligna llamada Tokijin, es extremadamente fuerte y un poco desalmado.
La conversación se extendió un poco más pero en cuanto encontró la oportunidad para dejar el tópico, lo hizo, yendo hacia Inuyasha y Koga.
Absorto en sus pensamientos, jamás pensó que un par de débiles lobos se atravesarían en su camino para decretar con patética solemnidad que estaba cerrado y que debían volver. Ridículo. Jaken preguntó con calma qué debían hacer, Lin se dirigió a él con un extraño tono en la voz y luego de nuevo ese par, formalmente presentándose, como si aquello fuese de su interés. Los miró con un desdén e indiferencias tan fríos que viendo su efecto y el gusto que le provocaba, insistió en su intimidación. Hasta que se aburrió.
—Háganse a un lado —demandó.
Pero sorprendentemente insistían en su postura por lo que dio inicio a su acercamiento.
—He dicho que se hagan a un lado.
Al pánico que manifestaron le siguió la aparición de un tercer lobo. Desfachatado y sin modales como comprobaría con su descortés forma de dirigirse a él.
—¿Tú quién eres? —Koga se acercó e hizo un comentario que Sesshomaru no terminó de entender pero que lo hizo intuir.
Se distrajo cuando Lin le habló otra vez y con ese tono de voz peculiar. Sintió el miedo en ella y supo que eran aquellos mismos lobos los que la habían atacado hacía un tiempo atrás. Llegar a esa conclusión sólo le hizo pensar en el daño que le infringiría a ese trío patético por todo el que le habían ocasionado a la niña.
—Retrocede, Lin —dichas esas palabras se aproximó al más hablador de los tres con claras intenciones, pero una inesperada interrupción aplazó su idea. Un demonio igual de patético que esos lobos cuyo destino encontró su fin en el filo de Tokijin.
Pero aquel no era el único y con la vida de Lin peligrando, se volvió para protegerla pero el lobo llegó antes y se deshizo del demonio. Acto seguido, pasó a su lado sin nada más para decir o hacer. Sesshomaru los dejó partir y su único motivo para hacerlo fue el hecho de que no atentó contra Lin, de otra manera habría acabado con esas tres vidas sin mayores dilaciones. Intentó no dejarse llevar por la imagen de ese lobo llamado Koga tomando las manos de la miko, ni tratarla con aberrante familiaridad… Exactamente, ¿en qué estás pensando, Sesshomaru?
Afortunadamente, con el pasar del tiempo había readquirido su capacidad de controlar sus pensamientos, incluso aquellos que no deseaba pensar, y tan fácilmente como se descubrió rememorándola, la hizo a un lado, enfocándose en lo verdaderamente importante. Y continuaron con su travesía hasta que el sol comenzó a ocultarse y la profunda respiración de Lin le indicó que había caído rendida al sueño sobre la montura de Ah-Un. Se detuvo junto a unos árboles cuyas raíces se habían unido en un nudo, oficiando de reparo; allí le indicó al demonio de dos cabezas que se echara, y a Jaken le ordenó que permaneciera en ese sitio. Él iría a meditar a otro sitio.
Desde esa distancia podía escuchar los susurros lejanos de una aldea que daba por finalizada esa jornada y se disponía a descansar. Sesshomaru continuó caminando hasta que se topó con un claro y la luna creciente que brillaba con vigor en su cielo despejado iluminaba con sublimidad el ojo de agua que había en el centro de tan magnífica representación natural. Se aproximó y adoptó la posición de loto sobre una ancha roca a la vera y allí, en soledad y rodeado por un perfecto silencio, se abstrajo.
Pero sus instintos jamás bajaban la guardia y cuando sintieron que alguien se aproximaba, abandonó su meditación y aguardó, sin perder la postura. Lo que primero calificó como un potencial rival, culminó en el apercibimiento del inconfundible olor de la miko. Abrió los ojos en el momento exacto en que ella ingresaba a esa área iluminada, viendo la sorpresa en su rostro al divisarlo allí en el medio como una estatua de piedra.
Pero Aome creyó que parecía una aparición, algo salido de una obra renacentista, un ser etéreo, hermoso. Impávido como siempre, quieto y en silencio, le devolvía la mirada.
Tengo la sensación de que acabo de interrumpir.
Sesshomaru se puso de pie, dando por finalizada la sesión.
¡Ay, sí! ¡Interrumpí!, se avergonzó.
—Perdón —se disculpó—, no era mi intensión molestar.
No recibió respuesta.
—Hoy —sonrió ella, recordando—, me preguntaron por ti.
—¿Mm?
—Ginta y Hakkaku, parece que diste una impresión interesante.
Los lobos, recordó.
—Peculiar tu selección de amigos —comentó con frío sarcasmo.
La sonrisa de Aome se evaporó y una facción de absoluta frustración se apoderó de su rostro.
—Es en vano intentar sostener una conversación cordial contigo —comentó, más para sí misma.
—Me pregunto, entonces, por qué lo intentas siquiera.
Me escuchó.
—Pensé que como gente civilizada que somos habíamos demostrado que tal cosa es posible —se cruzó de brazos—. Hay objetivos que son comunes y hemos comprobado que pensamos igual en varios aspectos. No es necesario sostener una rivalidad que no aporta beneficios a nadie.
—No estarás pensando en hacerme tu amigo también, ¿o sí, miko?
Esa ácida mordacidad fue interpretada por la joven como la faceta de buen humor de Sesshomaru. Ya tendría que estar acostumbrada a esa forma de ser, no obstante, le molestaba.
—¿Y qué si así fuera?
Su interlocutor dibujó una sonrisa burlona. Esta mujer es sin duda absurda.
—No te culpo por no ver la inconsecuencia de tal intensión —bajó de la roca, dispuesto a irse.
—¿Eso qué quiere decir?
Fiel a su estilo, Sesshomaru se ahorró de dispensar contestaciones innecesarias y se fue antes de que esa charla encontrara otra forma de prolongarse. Lo cierto es que sus meditaciones no habían concluido y quería retomar. Aome optó por simplemente dejarlo ir, más palabras serían ignoradas y su dignidad quedaría diseminada en ese bello claro. Una vez sola, se acercó a la pequeña laguna y bebió de su agua. La noche silenciosa la encontró incapaz de conciliar el sueño y con la imagen de Inuyasha y Kikyo en su cabeza, había decidido dar un paseo nocturno.
Sólo para encontrarse inesperadamente con él.
Al alba, Sesshomaru, viendo que Lin ya había despertado, le indicó que aprovechara la cercanía de la aldea para hacerse de algunos alimentos, y en lugar de ordenarle a Jaken que la acompañara, fue él quien la siguió hasta los lindes y oculto entre el follaje y la maleza permaneció esperándola.
Vio, más allá, a Inuyasha y a sus amigos, a ella, conversando con cordialidad. A los minutos el lobo llamado Koga hizo acto de presencia y vio una de las más patéticas escenas de toda su semana. El lobo ofreciendo flores apelando a una más que rudimentaria gallardía, pero sin romper el contacto visual, dejando explícitas, otra vez, todas y cada una de sus intenciones para con ella. Y como esos seres ridículos eran criaturas de hábito, lo hizo frente a Inuyasha, hostigándolo.
Lin retornó de su colecta y a medida que regresaba con ella escuchó las últimas palabras de los humanos, algo sobre que Aome había sido quien generó un cambio positivo en Koga, que gracias a ella… que porque ella se lo pedía… ella era el motivo de…
Patético. Y qué absurdo adjudicarle tantas facultades extraordinarias a una simple mujer, poniéndola en un pedestal de ¿qué? No era más que una joven de mal carácter y burdos modales que no sabía cuál era su lugar. Nada especial había en ella. Nada en absoluto.
¡Perdón por la demora! Mi computadora me abandonó, la muy maldita pasó a mejor vida sin previo aviso. Es culpa de la computadora, lo juro. Gracias por sus comentarios, me hacen feliz :)
