Había algo de purificador en la gélida brisa. Algo que la llenaba de paz, que la restauraba al equilibrio, algo muy hermoso y que había anhelado durante el tiempo suficiente. De pie en aquel balcón natural, con el vacío a sus pies, podía apreciar el paisaje con la consciencia que le había hecho falta; en esa oportunidad lo veía todo con una claridad diferente. Los colores se habían simplificado a miles de tonos de grises, el silencio propio del invierno invitaba a oírlo y dejarse envolver por su manto. Quería para siempre permanecer así, sin nada que la alterase otra vez.
Respiró profundamente, permitiendo al aire frío ingresar a sus pulmones, sintiendo que se purificaba por dentro también. Necesitaba corroborar que había abandonado aquel sueño, o tal vez mejor, superado aquel sueño. La vida le había demostrado que el cambio no discrimina temporalidades, la había llevado quinientos años atrás para enseñarle algo de vital importancia, algo que la acompañaría por el resto de sus días, que la determinaría.
El episodio con Kikyo en el Monte de las Ánimas terminó por convencerla, había sido aquel un punto de inflexión. De ese momento en adelante se dijo que lo dejaría ir, a él y a su pasado que no lo había soltado; se dijo que no se aferraría al yerro que supuso pensar que algún día Inuyasha correspondería sus sentimientos, bien había comprobado, sus ojos se lo habían mostrado, que tal cosa no encontraría concreción jamás. Y sentirse desdichada por eso, pretender llorar de dolor, despotricar la injusticia… No. Había llegado a esa instancia en buenos términos, había hecho paz con todo eso. Tanto era lo que quería a Inuyasha que sólo deseaba que fuera feliz, que encontrara dicha en donde fuese y con quien fuese.
De pie en ese balcón natural, con su corazón latiendo sosegado, Aome presenció la puesta del sol y con la última luz, secó sus lágrimas y sonrió, decidida.
Pasos en la nieve que se acercaban hicieron volverse a la joven y en su rostro se ensanchó la sonrisa ante la visión de la pequeña Lin.
—¡Qué bonita te ves, Lin! —exclamó, agachándose para estar a su altura.
—¡Gracias! —sonrió—. El Amo Sesshomaru me regaló este kimono para el invierno.
Aome se enterneció.
—Mis amigos y yo haremos una cena especial hoy, ¿te gustaría acompañarnos?
Lin miró hacia atrás con cierta preocupación, insegura sobre qué respuesta dar, aunque convencida de que le encantaría pasar más tiempo con esa joven tan amable.
—No te preocupes —escuchó su voz—. No queremos hacer enojar a Sesshomaru. Si quieres puedes ir a preguntarle, estaré en la aldea.
—¡Sí! —sonrió.
Despidió a la joven y allí se quedó la pequeña, meditando cómo le preguntaría a su amo.
—¡Lin! ¡Lin! ¡Lin! ¿En dónde estás? ¿Cuántas veces te he dicho que no deambules sola? ¡El Amo Sesshomaru me sacará la cabeza del cuello si te descuido!
—¡Señor Jaken! —y el pequeño demonio apareció, furioso como casi siempre.
—¿Por qué te fuiste sola, Lin? ¿No entiendes que es peligroso?
—Lo siento, Señor Jaken, es que vi a la señorita Aome y quería…
—¡Ni menciones ese nombre! ¡Que el Amo Sesshomaru no te escuche decirlo! Debemos volver, Lin, ahora mismo.
—Pero…
—Nada de peros, no seas una molestia para el Amo Sesshomaru, Lin.
—Es que, Señor Jaken…
—¡Lin! —interrumpió una vez más, llegando al límite de su paciencia.
Y a la de su aclamado Amo.
—Jaken —habló con gravedad—, deja de gritar.
—Amo… —el demonio retrocedió instintivamente a medida que el gran youkai se aproximaba a ellos.
Todavía podía sentir el aroma de la miko. Miró a través del paisaje nocturno y luego a la niña, mirándolo apremiante.
—Si quieres ir, Lin, ve.
—¡Gracias, Amo Sesshomaru! —y la niña se alejó con premura, emocionada ante la perspectiva de pasar una velada con la señorita Aome.
—¿Amo? ¿De verdad la dejará ir?
—Y tú la acompañarás —dicho esto, se adentró nuevamente en la oscuridad del bosque dejando a un Jaken debatiendo hasta qué punto seguiría las órdenes de su preciado amo, quien lo había enviado a un sitio que era lo mismo que el muere con ese insecto de Inuyasha cerca. ¡Esa niña caprichosa! ¡Y el Amo que le cumple todo lo que quiere!
—Llegó tu invitada —dijo Inuyasha, deliberadamente pasando por alto el hecho de que Jaken también estaba allí.
—¿En serio? —se alegró Aome, saliendo a su encuentro— ¡Lin, qué bueno que pudiste venir!
—Gracias por invitarme —habló tímidamente.
Al tiempo Shippo se acercó y viéndose ella en presencia de otro niño se relajó y pronto el grupo entero la hizo sentirse como en casa, como alguien más de la familia. Lin quería mucho al Amo Sesshomaru y al Señor Jaken, ambos cuidaban de ella y sabía que la querían, a su modo, y jamás sintió carencias ni desdichas; si tenía una vida, era gracias a ellos. Pero la atmósfera en ese sitio, ese hogar, las risas, las conversaciones, las bromas, los gestos cálidos, era algo como hacía mucho tiempo no veía. Y le agradaba. Le agradaba mucho.
—¿Dónde está Jaken? —preguntó Aome, advirtiendo su ausencia.
—Tal vez se tuvo que ir —repuso Inuyasha, indicando con su tono de voz que él tenía algo que ver.
—¿Qué hiciste, Inuyasha? —Aome se puso de pie y salió con comida para el pequeño demonio. Ese día no estaba para querellas, sólo quería que todos pasaran un buen momento, y eso lo incluía a Jaken, por extraño que pareciera.
—¿Jaken? —lo llamó— Jaken, le traje comida…
Pero el demonio no apareció. La joven refunfuñó, pensando que había generado altísimas expectativas al creer que Inuyasha no haría nada cruel. Disponiéndose a regresar, se detuvo, pensando que el frío de esa noche le gustaba y aprovechando la oportunidad, inhaló y exhaló profundamente. Luego miró la comida y se lamentó por Jaken.
Miró hacia la oscuridad y la alta figura de Sesshomaru apareció entre las sombras.
—¿Vienes a buscar a Lin? Aún no estamos terminado de…
—No —le interrumpió, viendo los alimentos en sus manos—. ¿Dónde está Jaken?
—Eh —sonrió con nerviosismo—, no estoy muy segura. Pero Inuyasha no tuvo nada que ver.
—Claro que no.
Aome sonrió con sinceridad, divertida ante el severo sarcasmo del youkai. Lo miró, distinguiendo sólo su cabello y sus ojos en aquella fría oscuridad, y pensó que ese Sesshomaru no era el mismo de hacía un tiempo atrás, lejos había quedado el ser desalmado y cruel que no velaba por nadie sólo por sí mismo. El tiempo lo había convertido en una suerte de padre para una niña desamparada, si aquella no era prueba suficiente, nada lo sería.
—¿Me estás analizando?
Aome se sonrojó, divertida.
—Hago un balance mental —confesó.
—¿Sobre qué?
¿Me está preguntando? ¿Sesshomaru está sosteniendo un diálogo conmigo?
—El hombre bueno en el que te has convertido.
—¿No estarás exagerando con tu calificativo?
—No —repuso con seguridad—, me has demostrado que cambiaste para bien.
¿Le demostré? ¿A ella?
—Sabes —prosiguió—, no quisiera meterme en la crianza que le impartes a Lin pero…
—Decir que la crío sería un desacierto.
—Es lo que has estado haciendo y muy bien, de hecho, sólo que… Lin aún está creciendo y está en una etapa de la vida que… emm…
Tendría que haber pensando mejor lo que quiero decir.
—Lo sé —accedió—, sé exactamente cuáles son sus necesidades.
A lo largo del tiempo Sesshomaru también había demostrado ser un tipo pragmático, de perspectiva, sensato y frío; además de peculiarmente intuitivo y sagaz. Con un poco de reflexión sacaba las conclusiones adecuadas y obraba en concordancia. Por eso era que Aome siempre le había parecido que el gran youkai sabía cuál era la situación de Lin y qué era lo que necesitaba que él no pudiera ofrecerle; pero pasar de eso a que le diera la razón era otra cuestión completamente distinta. Sumida en ese estupor, lo miró directo a la cara por varios segundos.
—¿Qué? —apremió él.
—Nada —negó—, gracias por tu comprensión.
Sesshomaru la miró extrañado. ¿Comprensión había dicho?
—Con respecto a Lin, ¿la dejarías pasar la noche aquí? Se está divirtiendo mucho y lo cierto es que la noche está demasiado fría.
Él y su largo cabello de plata formaron un semicírculo de destellos celestiales al girar sobre su sitio y comenzaron a alejarse.
—Vendré por ella mañana.
Aome sonrió y regresó para reunirse con los demás. Dentro estaba Shippo entreteniendo a Lin con sus variados trucos, Miroku e Inuyasha curiosamente sumidos en una conversación y Sango y Kaede atentos a los más jóvenes. La sacerdotisa se unió a las mujeres y sin decir nada, dejó la comida a un lado y se deleitó con la imagen de los niños. Sango miró que los alimentos seguían allí, no obstante la tardanza de su amiga la hizo generar sospechas.
—¿Pasó algo? —preguntó Aome, percatándose el mal humor de Inuyasha.
Sango rió divertida.
—Advirtió la presencia de su medio hermano —repuso en un susurro— pero Miroku fue lo suficientemente elocuente para disuadirlo de sus intenciones.
Aome se horrorizó. Ni siquiera había pensando que Inuyasha iba a, en efecto, sentir la presencia de Sesshomaru, y en ese momento, que lo analizaba conscientemente, se le ocurrió que tal vez había escuchado toda la conversación, tan cerca habían estado de la choza. Y del horror pasó al bochorno. Así, arrebolada, levantó la vista y miró a su amigo y éste, manifiestamente ofendido, le devolvió el gesto. ¡¿Fraternizando con el enemigo?!, hubiese gritado Inuyasha, pero a pesar de ser impulsivo y de muy mal carácter, había cosas que todavía lo sensibilizaban, como la presencia de la niña.
Aome apartó la vista y buscó consuelo en su amiga pero la mirada que Sango le dispensaba tenía otro significado, más sugerente.
—¿Qué? —quiso defenderse.
—Oh, Aome, me ofendes.
—¿Has conseguido que Sesshomaru sea tu amigo, Aome? —preguntó Kaede, en evidente complot con Sango.
Desde su lugar la pobre joven podía escuchar el gruñido que nacía de la garganta de Inuyasha.
—¿De qué están hablando? —se excusó.
—¿Verdad que el Amo Sesshomaru es muy amable? —aportó Lin, y allí mismo, frente a los ojos de todos, Aome murió de vergüenza, sentimiento reforzado por el rubor inocultable que se había apoderado de todo su rostro.
Porque, además, de alguna manera estaba implícito que ella podía hablar por conocimiento de causa. Que la pequeña buscara su confirmación suponía que poseía los parámetros para emitir un juicio de valor. ¿Verdad que lo es?, seguían diciendo los ojos de Lin, e incluso Aome podía dar la respuesta que se esperaba porque efectivamente tenía el marco de referencia en cuestión. Y aquello hacía que todo fuera trágico.
Inuyasha lo sabía, él había escuchado la conversación. Afónico de rabia y celos, ahogó cada impulso que en cualquier otra circunstancia habría acatado y escuchó con la claridad de quien está frente a los conversadores. Él, siendo inusualmente cortés y diplomático y ella, que era lo peor de todo, sosteniendo la charla como si fueran viejos amigos. Qué era esa insensatez de hacerse la cordial con ese arrogante de Sesshomaru, por qué había dicho que había cambiado, ¡qué tontería era esa!; y lo más intrigante: ¡¿A qué rayos había ido Sesshomaru hasta allí?! Ni por curiosidad o aburrimiento se había aproximado a los lindes de la aldea siquiera, ¡jamás! Y ahora allí lo tenía, casi en la puerta de la choza, fingiendo querer saber sobre Jaken, concediéndole cosas a Aome… Si no supiera mejor…
—Inuyasha, relájate, o vas a explotar —le recomendó Shippo con la osadía del inocente.
Pero ya se sabe que pedir paz a Inuyasha es lo mismo que decirle que tiene la vía libre para detonar en un brote de ira. Así, Shippo sufrió la consecuencia a su ingenuo hostigamiento.
—¡Oye! ¿Por qué me pegas? Aome, Inuyasha me pegó.
—¿Por qué no te puedes defender solo, Shippo?
—Porque soy sólo un niño.
¡Malcdito zorro!
—Inuyasha…
—¿Aome?
—Abajo.
Aome se tomó en serio el momento de impartir justicia, principalmente para disipar cualquier intención pretérita de retomar sobre el tópico del innombrable hermano mayor. Bastante incómodo había sido enfrentarlo y durísimo mantener una fachada estoica.
