La primavera trajo, fiel a ella misma, las praderas cubiertas por mantos de colores, los aromas propios, la vida que vuelve después de sus distintos letargos, el sol, las amenas temperaturas. El invierno, aunque depurador para Aome, había sido crudo y riguroso, por lo que ser espectador de tanta belleza le llenaba el alma nuevamente. Sus circunstancias eran duras pero la alegría de que su lucha era loable y justa le daban la energía que necesitaba para continuar. Además había crecido. El frío le había dejado otra enseñanza.

—¡Qué bonito se ve todo! —exclamó, bajando la suave ladera hasta llegar al prado.

—Tantas flores me marean —comentó Inuyasha, sentándose.

—El olor es muy fuerte —agregó Shippo, formando junto a Inuyasha y Kirara el trío de los afectados. Era de esperar que criaturas con un desarrollado sentido del olfato no encontraran la sublimidad en un campo de flores tan grande.

—¿Podemos comer aquí? Allí hay un árbol hermoso.

—Tiene razón, señorita Aome, y tiene una sombra grande.

—¡Qué día placentero! —sonrió Sango.


—Qué olor tan fuerte… —estornudó, debilitado por los aromas.

—¿Qué huele, Señor Jaken? Yo no siento nada.

—Claro que no sientes nada, eres humana, tu olfato es mucho más débil.

—Oh —se adelantó unos pasos y se posicionó junto al youkai—. Amo Sesshomaru, ¿a usted también le molesta ese olor?

—Magnolias y lirios.

—¿En serio? —sus ojos se iluminaron— Me gustaría verlo.

—¿Cómo crees que al Amo Sesshomaru le molestaría algo tan simple? Su olfato es muy agudo pero su resistencia mucho mayor…

—¿Entonces sí le molesta?

—Oh, Lin —se rindió el pequeño demonio, demasiado cansado de los estornudos para continuar la discusión.

—Amo Sesshomaru, ¿podemos ver las flores?

El aludido miró hacia adelante, sintiendo, entre la densa marea de lirios y magnolias, el aroma de la miko. Era su aroma en primavera y no sólo eso, era su alegría la que también se sentía en el aire, le parecía que podía percibir su sonrisa en la brisa, escuchar su corazón feliz latir; y su risa, esa llegaba sin distorsiones a sus oídos, escuchaba sus respiraciones profundas, embriagándose con las fragancias del prado, sintiéndose, tal vez, dichosa de ser espectadora de tanta belleza.

Belleza.

—Sí.

Jaken murió de incredulidad allí mismo y contrario a lo de siempre, se llamó a silencio. Si tenía que comentar sobre la naturaleza permisiva que estaba adoptando para con la niña, sería fríamente exterminado y lo cierto es que le gustaba servir al youkai. Sesshomaru lo miró de soslayo con todos sus aires de asesino consagrado, adivinando sus pensamientos, y sin esperar la orden, el subordinado se movilizó rápidamente para seguir a Lin.

Y él, opuesto a lo que su cuerpo hubiese hecho, se quedó en su sitio, fuera de ojos humanos, entre las sombras de los abedules. Aquella distancia era suficiente para ver y escuchar lo que se discutía en el prado sin necesidad de exponerse a las patéticas actitudes de Inuyasha, pues nunca estaba de humor para él y aquello era algo que jamás cambiaría. Finalmente vio el encuentro entre la miko y Lin, la primera siempre le sonreía con genuinos sentimientos, siempre le preguntaba cómo estaba, siempre le ofrecía algo para comer, siempre la agasajaba cuando la tenía cerca. Siempre. La vio mirar hacia donde estaba él, y aunque el susodicho sabía que era imposible que pudiera, efectivamente, verlo, se sentía profundamente observado. La mujer no hizo mención de su nombre, no formuló preguntas que condujeran al tópico, pero lo había buscado; después de todo, nunca estaba demasiado lejos de Lin.

No lo veía pero sentía su presencia en las cercanías. Qué fútil era pretender convencerse de que no lo buscaba para verlo cada vez que se topaba con Jaken o, especialmente, Lin. Había construido un cariño sincero hacia ella, deseaba su bienestar y su felicidad, pero también era su pequeña, pequeñísima, esperanza de toparse con él, aunque fuese sólo para discutir nimiedades o, como en tiempos más recientes, permanecer en ambiguos y extraños silencios. Habían pasado meses desde su último encuentro, pues distinto a lo que había anunciado esa fría noche, no había sido él quien fue en busca de la niña. Y se había decepcionado.

—¿Nos hemos desviado del camino? —preguntó Sango.

—No necesariamente —repuso Miroku—, nos hemos estado dirigiendo hacia el oeste desde hace unos días.

—El oeste está demostrando ser muy bonito —sonrió Aome a Lin.

—Inuyasha, Shippo y Kirara tal vez no estén de acuerdo con usted —sonrió el monje.

La sacerdotisa miró hacia donde estaba su amigo, considerablemente más lejos de ellos, y sabía que la observaba sólo para ver cómo reaccionaba con la presencia de esa niña particular. Y ella sentía que estaba cometiendo un error, que su obrar era reprensible y ella egoísta. ¿Querer verlo estaba mal?

¿Quiero verlo?

Miró hacia atrás y una brisa removió las magnolias y los lirios y fue hasta los abedules más allá y él sintió su perfume otra vez y entre ese bálsamo, la duda. Dio un paso hacia delante, exponiéndose y Aome, instintivamente, se puso de pie. Parecía no existir más nadie en el mundo, el prado estaba para ellos, las flores con su fragancia para ellos, el cielo azul, la melodía de las aves, el vigor del sol sólo para ellos. Sesshomaru sentía un brío extraño dentro suyo, algo que le indicaba que debía moverse hacia donde estaba ella, dar esos pasos hasta cerrar la distancia que los separaba; podía sentir su corazón aumentar el ritmo de sus latidos, ansioso por algo que no comprendía completamente.

—¡Aome! —y la burbuja explotó.

Aturdida, volvió el rostro hacia los demás. Allá lejos estaban sus amigos, retomando su viaje a insistente pedido de Inuyasha, y era él quien la llamaba con impaciencia. Cuando retomó su última contemplación el panorama sólo le mostró a Lin y Jaken yendo tras Sesshomaru.

Ella, repentinamente derrotada, tomó su camino también. Incapaz, durante los próximos días, de apartar aquella estoica y magnífica imagen de su cabeza; lo vería en sueños y anhelaría un fortuito encuentro con todas las fuerzas de su espíritu, sólo para cuestionarse después ¿por qué? ¿Qué había en él que ella ya no podía ignorar?

Y su mente que divagaba hizo precipitarse a Inuyasha y en cuanto la tuvo a solas, le reprochó sin tacto.

—¿Qué crees que haces, Aome?

—¿De qué hablas? —la cohibía que estuviese tan molesto.

—¿Acaso crees que soy tonto, que no lo he advertido? ¡El trato que tienes con Sesshomaru!

—Trato cordial, nada extraño.

—Realmente debes crees que soy un incrédulo.

Sí, habría dicho, pero se abstuvo.

—Sesshomaru es peligroso y, en definitiva, mi rival.

Rival. Las múltiples interpretaciones a esa palabra la incomodaron al punto que su corazón se volvió loco dentro de su pecho. Sus ojos se encontraron e Inuyasha sabía que había hecho una precaria selección de su vocabulario. Pero también sabía el terreno que su medio hermano había ganado con respecto a ella. No, no era ningún tonto, ya se había percatado lo que le ocurría con Aome, le constaba que a los demás también. Pero la sola idea de ver a Aome en los brazos de Sesshomaru hacía que su sangre bullera y sus músculos se tensaran.

—No sé qué ideas te has formulado, Inuyasha, pero la única razón por la que mantengo un trato decente con él es por Lin, quien siempre está presente cuando lo veo.

—No estaría tan seguro —escupió, marchándose y, tristemente, quedándose con la última palabra.

Por segunda y vez y por obra del segundo hermano, la joven sacerdotisa se sintió derrotada.

Quería volver al prado. Verlo de pie en medio de ese espectáculo de colores, su solemnidad y majestuosa presencia entre las magnolias, entre los lirios; quería que sus ojos ámbar la encontraran y la escrutaran con esa severidad que la hacía sentirse desnuda y a merced, sintiendo que adivinaba todos sus pensamientos y sensaciones; que ella no era misterio para él, que él tenía la capacidad de hacerla abrirse por completo y mostrarse como en ese momento se sentía: desdichada, sola.

—Nada lamentaría tanto que ver cómo le permites a otros censurar lo que sientes —le dijo Sango un día—. Nadie debería tener ese poder sobre ti, Aome, ni siquiera Inuyasha.

Como si aquellas palabras hubiesen sido la llave de un colosal candado, las lágrimas se liberaron con violencia. Corrió sin dilaciones hacia su amiga y le rogó en silencio que la sostuviera.

—No sé qué es lo que me pasa —sollozó—, no sé por qué estoy siendo tan débil.

—¿Débil? —sonrió con maternal cuidado— Llorar es un acto de valentía, aceptar que hay cosas que nos hacen doler es de héroes. No retengas esa tristeza dentro tuyo, llora todo lo que sea necesario. Me aflige verte tan triste, Aome, cuando eres tú quien más ríe.

Y lloró, lloró hasta que exhausta cayó en un profundo sueño.


El éxodo continuaba y con el pasar de más días Aome encontró un relativo equilibrio. Aquellas tierras que estaba conociendo la recargaban y la hacían sentir, extrañamente, como en casa; los sonidos que ofrecía la naturaleza le parecían familiares y los paisajes, auspiciosos. Las diferentes formas del terreno ofrecían valles, praderas, escarpadas montañas y rápidos ríos, todo en una maravillosa armonía. El ancho camino que los guiaba mostró a su derecha, en determinado momento, un solitario y fastuoso castillo cuyo tamaño era algo como ninguno de los viajeros había visto jamás. El diseño de sus jardines superaba cualquier intento de explicarlo y el juego que hacía entre la ladera rocosa y la llanura boscosa arrebataba el aliento.

—Qué lugar tan hermoso —comentó el monje, absorto en la contemplación de la obra.

Aome percibió la intranquilidad de Inuyasha y lo miró:

—¿Ocurre algo?

—Creo que conozco este sitio.

—¿De veras? —preguntó Sango.

—Pero no estoy seguro —y siguió caminando, antes de corroborar que aquel olor en el aire era, efectivamente, el de Sesshomaru.

Todos comenzaron a movilizarse nuevamente pero Aome permaneció unos segundos más absorta en su observación; a pesar de la sublimidad de la construcción, percibía soledad, frío y carencias que nada tenían que ver con lo tangible. El dueño de ese castillo era, no le cabía duda, un hombre de incalculable poder y riquezas, pero también presentía en él un ser solitario. Aome sonrió con melancolía. Pensó que si algún día tuviese la posibilidad de conversar con ese hombre encontraría varios puntos de convergencia.

Lo que no sabía es que el hombre en cuestión la observaba atento y vigilante, estudiándola desde la distancia.


Aome aplazó la visita a su Japón por los caminos lejanos que los llevaban a nuevos límites pero decidió que era momento de visitar a su familia y tal vez, sólo tal vez, ponerse al día con sus estudios. Escuchó quejas de Inuyasha y le arrancó la promesa de que en tres días regresaría. No le permitió que le dijera más y lo dejó hablando solo al dejarse trasladar por el pozo.

Pensó en el pozo y en aquel día.

Pero pronto encontró en qué ocupar la cabeza cuando regresó para enterarse de que esa misma semana empezaban los exámenes. Estaba más que claro que rompería su promesa hecha a Inuyasha, no había forma de que dejara pasar esa increíble oportunidad de enmendar su precaria situación académica. Más relajada de encontrarse en casa, bajo los cálidos cuidados de su madre, sorprendida de sentirse a gusto rodeada de las dinámicas de la gran ciudad, se esforzó al estudiar.

—Si hubieses venido la semana pasada nos habrías acompañado a Akishima —comentó su madre un día mientras desayunaban—. Es una ciudad muy bonita.

—Akishima, Fussa, Hamura, One —enumeró Souta con diligencia.

—¿Estuvieron de vacaciones? —preguntó con zozobra.

—Unos paisajes muy bellos, sin duda —aportó su abuelo—. En Akishima visitamos un castillo del Período Kamakura, de hace más de mil años atrás. Magnífico, jamás había visto algo tan impresionante.

Aome se sentía fatal. Últimamente se perdía todos los momentos de recreación de su familia.

—Ah —sonrió su abuelo—, aquí está el folleto. Sin duda es algo que se debe ver por lo menos dos veces en la vida.

Agarró el papel con desgano y la imagen hizo desaparecer toda su decepción y envidia hacia su familia. Allí estaba el mismísimo castillo que había visto hacía tan sólo unos días atrás pero en un siglo completamente diferente. Y pensar que en aquel entonces ya tenía más de quinientos años… Estaba impresionada y por nada del mundo atribuyó aquella circunstancia a una mera casualidad.

Conversó con su familia por largo rato del castillo en cuestión, sintiendo que de alguna manera también había ido de visita turística, compartiendo impresiones y conclusiones durante esa mañana de domingo.

Decidió después que daría un paseo por el predio del santuario. Se daría unos minutos de ocio antes de dedicarse por completo a sus estudios. La temperatura era muy agradable y la paz que se sentía debía ser aprovechada. En armonía caminó por largo rato, su mente en blanco, su corazón en calma, tranquila consigo misma.

Algo captó su atención. Donde iniciaba la ladera cerca de la escalinata. Había alguien allí, lo sabía. Se aproximó cautelosa y entonces lo vio.

—Sesshomaru —susurró, atónita.