¿Por qué amarla?, le había cuestionado a su hermano hacía tiempo, y en efecto, por qué. Por qué se había sentido preocupado de verla deambular como un alma en pena, sin sonrisas, sin sus gritos histéricos que durante el último tiempo había anhelado escuchar, sin ojos brillantes, sin su energía particular, sin ella. La mujer que había estado observado era otra y la metamorfosis lo intranquilizaba.
Cuando escuchó al idiota de su medio hermano gritarle de aquel modo cerca estuvo de privarlo de su vida… Con qué osadía le había recriminado, censurado, él, en su absoluto descaro, quien no poseía la autoridad moral…
—Sesshomaru —susurró, atónita.
Él sólo le sostuvo la mirada, habiendo suprimido el impulso de llamarla por su nombre en el último momento.
Aome sentía fuego en los pies, anhelaba poder acercarse a él. Era incapaz de dimensionar hasta qué punto su presencia allí la hacía feliz. Uno de sus pies se movió involuntario y allí se quedó. ¿Estaba allí por ella?
—No sabía que podías cruzar a través del pozo —comentó entonces, incapaz de permanecer en silencio más tiempo.
—Hay muy poco que no puedo hacer.
Aproximarse y abrazarla definitivamente no era una de esas cosas. Controlar el impulso, tal vez sí. El anhelo que ardía dentro suyo se calmó sólo cuando sintió su perfume contra su cuerpo, cuando su cabello acarició su mentón, cuando percibió con gozo que sus brazos se cernían en torno suyo. Ese contacto, claramente ansiado por largo tiempo, duró tanto que ninguno supo saber exactamente cuánto habían permanecido allí, en esa entrañable posición. La abandonaron cuando Sesshomaru sintió el golpe suave de su pecho que le indicaba su sollozo. Se separó y la miró.
—Últimamente lloras demasiado —dijo, secando sus lágrimas con suavidad.
Aome se sorprendió y lo miró.
—No recuerdo haber llorado frente a ti.
—Que tú no me veas no quiere decir que yo a ti tampoco.
Ella se hundió en una plácida marea ámbar, nadó en sus ojos, dejándose llevar por el tranquilo vaivén, se sentía en paz. Allí se sentía bien. Él podía ver su reflejo en los de ella y más allá del brillo que le daban las lágrimas, esos ojos tenían un latido particular, un ímpetu que era el nato de ella, el mismo que se había ocultado durante el último tiempo. La quería radiante, tenaz, fuerte, quería que fuese como en esas oportunidades que le había hecho frente, que había alzado la voz contra todo pronóstico coherente de alguien con valor por su propia vida. Esa Aome que lloraba ocultándose de los demás lo inquietaba.
Se miraron hasta que lo inexorable ocurrió y sus labios se encontraron en ese Japón moderno, con el sonido distante del tráfico, el zumbido feroz de un avión en su descenso; una ambientación completamente desconocida para el youkai, pero la cual pasó completamente inadvertida por él.
Sesshomaru se separó para ver por arriba de la sacerdotisa una mujer de pie, silenciosamente observándolos. Aome se volvió también y su rostro pasó de la paleta de colores cálidos a fríos, su corazón se aceleró y los nervios amenazaron con traicionarla cruelmente.
—¿Aome?
Sesshomaru dio un paso hacia atrás, advirtiendo lo inapropiado de su actitud para con la joven, especialmente teniendo a quien suponía era la madre frente a ellos.
—¡Mamá! —exclamó en un brote de pánico.
La mujer en cuestión se aproximó a la pareja y saludó con una reverencia al joven, cortesía que el youkai devolvió silenciosa y respetuosamente. Aome no creía lo que veía.
—¿Le gustaría quedarse a cenar? —le preguntó con su siempre maternal sonrisa.
—Le agradezco pero no será posible.
—En otro momento, tal vez.
Otra reverencia por parte del youkai más poderoso y la mujer se marchó, no sin antes dedicarle una peculiar mirada a su hija. Los ojos de la aludida iban de su madre a Sesshomaru y así estuvo un par de segundos, aún con las mejillas teñidas de todos los tonos del carmesí, incapaz de concebir esa sucesión de momentos, esa dinámica en la que Sesshomaru guardaba tan severo respeto a una humana, claro que tratándose de su madre no esperaba nada menos, pero aún así… Con sus sentidos podría haberla advertido con la suficiente antelación para ocultarse y no ser visto pero había optado por permanecer y saludarla.
—Ser quien soy no me exenta de tener modales —dijo, dando ese paso nuevamente hacia ella.
Aome lo miró y otra vez, el hombre de pie frente a ella la besó.
—¿De verdad no te quedarás a cenar? —preguntó, casi anhelante.
Sesshomaru cerró los ojos, regocijándose con el deseo que le generaba.
—Te veré del otro lado.
De aquel maldito pozo, pensó, mientras dejaba que sus dedos sintiesen aquella piel tan cálida. Así, Sesshomaru regresó a su época, más consciente de sí mismo, aceptando los sentimientos que habían nacido en él, analizándolos, agregándolos a su vida; no tenía sentido luchar contra ellos, no cuando habían tomado el total control de su voluntad. Y esos sentimientos, su ímpetu, su fuerza descomunal, lo superaban y aunque se sentía en desventaja con respecto a ellos, le agradaban. Quería amar así.
Esperándolo, como supuso ocurriría eventualmente, estaba su medio hermano. Se midieron como los rivales que siempre habían sido, pero con renovaba inquina. Se midieron otra vez pero con el nuevo tinte de su enemistad, ambos como hombres interesados por la misma mujer. Y eso Sesshomaru lo entendía en toda su complejidad.
—¿Qué crees que haces? —contrario a todo panorama, Inuyasha hablaba con glacial cadencia.
Todo cuanto le dispensó Sesshomaru fue una fría mirada, recordándole que él no respondía a sus cuestionamientos sólo porque sí; él no le debía nada.
—¿Cómo te atreves acercarse a Aome?
Aome.
—¿Acaso has olvidado quien soy?
—¡No me importa quién seas! —estalló finalmente— ¡Te quiero lejos de Aome!
—No estás en posición de darme órdenes, Inuyasha, por varias razones.
El hanyou dio dos pasos hacia él, invitándolo a que hablase.
—Sigues aferrado a esa mujer de tu pasado, has sido incapaz de dejarla atrás; y tal vez si lo hubieses hecho, habrías sido tú quien cruzara este pozo para advertir el dolor de Aome. Pero has demostrado que quieres a ambas. Y te aterra verla avanzar sin ti. Te desquitas conmigo porque sabes que contra ella no tendrás el coraje necesario.
—Tú no te preocupas por ella —le acusó—. ¿A quién crees que engañas?
—Tal vez no te quedó claro, pero tu opinión es lo último por lo que yo mostraría interés. Y esta conversación se ha extendido demasiado.
—Yo creo que no hemos terminado —y su mano fue hasta la empuñadura de Tessaiga.
—¿Estás seguro que esto es lo que quieres? —sonrió mordaz— ¿Cuándo entenderás que no eres oponente suficiente para mí?
—Por Aome, Sesshomaru.
—Por Aome, Inuyasha, la dejarás ser feliz, aunque eso no te incluya.
Sorprendido, Inuyasha repentinamente abandonó sus bélicas intenciones. Miró a su hermano mayor con más negación que odio. Escuchar a Sesshomaru hablar de esa forma lo puso en un nuevo sitio, la bruma se había disipado y veía claramente que aquel youkai que había decretado aversión por la raza humana, se había enamorado de una. Precisamente de Aome, la misma mujer que, francamente, no quería dejar ir.
Sesshomaru dio media vuelta, dando por finalizado el tenso diálogo. Escuchó momentos después, varios pasos lejos de su medio hermano:
—¿La amas?
Crucé el pozo, ¿no?, pensó, dejando que su silencio fuese respuesta suficiente. No le debía nada más a Inuyasha. Se alejó en calma, sintiéndose poderoso por razones que nada tenían que ver con las cuestiones físicas. E Inuyasha apreció por primera vez desde que Aome apareciera en su vida lo mal que había hecho las cosas. Lo desacertada que habían sido sus decisiones, el yerro que supuso aferrarse a Kykio de ese modo tan visceral e infantil. Había dejado ir a Aome, tan simple como eso.
—¿Aome? —la voz de su madre la distrajo del caos que había sobre su escritorio.
—¿Sí? —se volvió.
—¿Quieres hablar?
Las mejillas de Aome hablaron por ella al tomar el color de las fresas.
—¿Sobre qué?
La mujer sonrió, accediendo a no presionarla.
—Si no puedes estudiar, lo mejor es no forzarlo.
Aome respiró profundamente con gran dramatismo, sintiéndose aliviada de escucharla decir eso. Se puso de pie y corrió a los brazos de su madre, quien la sostuvo con la fortaleza de un titán.
—No paro de pensar en él, mamá.
—Lo sé.
—Lo amo —dijo entonces.
—También lo sé.
Se miraron, y su madre sonreía como si hubiese sido la ganadora de un increíble premio.
—Aome, vi suficiente de Inuyasha para saber que hay algo de lo que jamás se desprendió, lo mismo que jamás lo dejó avanzar, y tú eres una romántica insalvable que vivía una fantasía en el mundo real. Fue fácil enamorarse de él, ¿verdad?
—Oh, mamá…
—El hombre de hoy desprendía seguridad y confianza, lo vi íntegro en todo sentido. Y creo que fueron esas cualidades las que hicieron que te resistieras a la idea de amor para con él, ¿estoy en lo cierto?
—Eso y el hecho de que es medio hermano de Inuyasha, y su gran rival —agregó tímidamente, como si no fuesen datos importantes en absoluto.
—¿Creías que traicionarías a Inuyasha si te dabas una oportunidad de felicidad con su hermano?
—La historia de Inuyasha y Sesshomaru es bastante más complicada que eso…
—Con que Sesshomaru es su nombre —sonrió con picardía.
—¡Mamá! —estalló, avergonzada más allá de toda explicación.
—Sólo sé que si es amor del genuino, no tienes nada que temer ni nada de que arrepentirte.
—Me tomó meses aceptar lo que siento. Hoy terminé de entender que lo amo de verdad.
—Entonces no sé qué haces aquí todavía.
—Pero tengo la oportunidad de hacer exámenes —explicó, sorprendida con esa idea.
—Aome, sé perfectamente que no podrás estudiar nada. Disfruta de esta aventura que estás viviendo.
—Gracias, mamá.
Y si no fuese porque su hermano le preguntó momentos después, habría cruzado al Japón feudal de pijamas. La sonrisa no abandonaba su jovial rostro, su corazón latía con una felicidad que le era completamente inédita. Distraída de lo que hacía, fue su madre quien terminó de acomodar su mochila y viéndola correr rumbo al pozo, la escuchó despedirse con una rápida exclamación.
Aome viajó en cuestión de segundos quinientos años hacia atrás, sin pensar en nada más que en lo que le ocurría en ese exacto momento. Pero esa dicha descomunal que no encontraba espacio dentro de su cuerpo se hizo pequeña cuando solo, de pie y en silencio la esperaba Inuyasha. Vio en sus ojos ámbar algo cercano a la tristeza, juró haber visto decepción, impotencia. Pero contrario a lo que esperaba de él, un sermón inacabable, su amigo la ayudó a salir del pozo, tomó la pesada mochila y comenzó a caminar rumbo a la aldea.
—¿Inuyasha?
Y ese llamado, tímido y temeroso, fue como un latigazo para él, fue vapuleo suficiente.
—¿Qué? —explotó, sin darse la vuelta, evitando su mirada.
La dicha pura abandonó el corazón de Aome y comenzó una cautelosa aproximación.
—No quiero que me odies, Inuyasha.
—Cómo podría odiarte… —exhaló, en un tono de voz muy suave.
La mochila cayó a la hierba y el cuerpo de su amigo se volvió rápidamente, envolviéndola en un abrazo. Las profundas respiraciones que sentía sobre su hombro le indicaban que batallaba contra las lágrimas y la fuerza de sus brazos en torno a su cuerpo, una alegoría. Aome no lo escucharía decir nunca que se arrepentía por su negligencia, que había depositado la energía en la persona equivocada, que le dolería durante mucho tiempo, tal vez toda la vida, sus caprichos y arbitrariedades, su ceguera, su sordera. Tanto era lo que lamentaba que jamás lo diría, no a ella, ni con palabras siquiera. Dejaría que ese abrazo, su último gran contacto físico, explicara por él.
—Espero que te cuide —dijo— o lo buscaré y te juro que lo mataré.
—Inuyasha…
El hanyou se separó bruscamente, dibujó una melancólica sonrisa, tomó la mochila y retomó el trayecto.
—Vamos, Shippo no para de preguntar por ti.
Aome miró hacia atrás, sintiendo un par de ojos, sin ver nada, aunque sintiéndolo. Sonrió y con ese gesto le dejó claro a su espectador invisible que lo vería después.
Después del indeseado intercambio con su medio hermano, Sesshomaru decidió que no se iría demasiado lejos, sólo para ver qué hacía en presencia de ella. Se mantuvo oculto por respeto al momento que Inuyasha se merecía con ella, a pesar de todo, aunque decidido a intervenir si perdía el control. No le permitiría otro atropello, eso estaba claro. Incluso se tomó en serio la amenaza de ser buscado y asesinado si le fallaba a Aome, promesa que le parecía adecuada y justa.
Pero nunca se atrevería a herirla. Prefería rotularse de indigno antes que hacerla sufrir.
Sonrió ante su fatalismo, tan nuevo y exquisito para él.
Bueeeeeno, espero que estén disfrutando. Yo sonrió eternamente cuando leo sus comentarios, espero no defraudar a nadie. Quería avisar que este fic ya está terminado y consta de doce capítulos, así que no estamos tan lejos.
Cualquier crítica, queja siempre es bienvenida, sin ven errores de ortografía por favor márquenmelo porque a pesar de que leo y releo revisando, algo se me puede escapar o sencillamente ser malísima en esto de escribir con propiedad...
Sin nada más por agregar, me retiro. Chau!
