Lo único que comunicó al colectivo fue que estaba bien, a salvo, con su familia y en su época. Pasó por alto los rostros estupefactos, las miradas tristes pero aliviadas, la terrible decepción en las facciones de Inuyasha. Nada de eso le importaba, sólo deseaba encontrar un sitio en donde reposar en soledad y pensar bien lo que haría con su vida. Y esa vida suya tenía una aditamento de suma importancia; Lin lo miraba inquieta, en silencio, adivinando su pesar.
Le indicó que lo siguiera y a paso pausado fueron hasta la aldea. Sesshomaru no perdió tiempo y buscó a la anciana Kaede para hacerle un pedido muy especial. Le solicitó un momento a solas, para conversar pormenores y dejar asentadas algunas condiciones.
—Me alegra que hayas decidido esto —asintió la mujer—. Es algo que yo misma he pensado.
—¿La cuidarás?
—Como si fuera mi hija. Yo me encargaré personalmente de ella.
No podía negar el peso que suponía llegar a esa resolución.
—Has tomado la decisión acertada. Es por el bien de ella.
Lo sé, se dijo. Y sin embargo…
—Proveeré para ella.
Kaede asintió y con una ligera reverencia culminaron la conversación. Se alejó sólo para decirle a Lin que fuera hacia él, que debía escuchar algo importante. Y Lin lo sabía perfectamente.
—Amo Sesshomaru —dijo en una voz apenas audible.
Sesshomaru se apoyó sobre una rodilla y acarició su cabello.
—Sé una buena niña, Lin.
—¿Por qué me deja aquí?
—Porque tu sitio es con humanos.
—Pero yo quiero estar con usted —sus ojos se llenaban de lágrimas y el youkai comenzaba a sentirse impotente.
—Te vendré a visitar.
Sesshomaru se irguió en toda su altura y sin demorar esa triste partida, se marchó. Ordenó a Jaken que avanzara sin él, pues más que nunca anhelaba soledad. Y en el largo éxodo, cayó preso de sus pensamientos, analizó su circunstancia con la rigurosidad que sólo el tiempo permite, no dejó que nada lo distrajese. Si pensaba tener algún proyecto en su vida, debía conocer todos y cada uno de los detalles de su situación, sin importar cuán doloroso fuera. Mi vida. Por primera vez desde que se reconoció enamorado, se admitió sin dilaciones que había imaginado una vida con ella. La había visto a su lado con la libertad del triunfo.
Se cuestionó si había sido adecuado dejar a Lin atrás tan pronto. En tan poco tiempo y despojado de las dos personas que más apreciaba. En el momento en que había aparecido por el pozo y vio a la niña, recordó aquella conversación que había sostenido con Aome sobre sus "necesidades". Él siempre había sabido qué era lo que necesitaba, que una vida errante con él no era adecuada para ella, que todavía le quedaba mucho por crecer, que merecía la calma de un hogar y alguien que la cuidase en todo momento…
Su mano viajó involuntaria hasta la empuñadura de Bakusaiga. La situación lo irritaba, repentinamente quería hacer desaparecer todo lo que había a su alrededor. Distraerse.
Luego recobró la compostura y se reprendió por su capricho. Él no era así y no habría primera vez.
Sin duda no era la simple pared rocosa y la llanura boscosa las que decoraban ese memorable castillo. Los esenciales estaban, el jardín que rodeaba la propiedad recibía cuidados que Aome jamás se dispensó siquiera a sí misma, los árboles milenarios lucían fantásticos rodeando el perímetro. Y ella estaba de pie, en el medio del camino de los transeúntes, admirándolo.
Desde que se había cerrado el pozo se había dedicado a conocer un poco más de su país, buscando las maravillas que ya había visto durante la época feudal, pero enmarcadas por las cuestiones de la modernidad. Pero ese castillo se llevaba todas sus atenciones y admiraciones, era lo que más disfrutaba ver. Anhelaba algún día verlo por dentro, dejarse maravillar por la sobriedad y elegancia de una obra arquitectónica tan protagonista, tan fuera de contexto rodeada del bullicio de la ciudad y los imponentes rascacielos.
—Señorita —Aome volvió a la realidad cuando la voz del anciano la llamó por cuarta vez.
—Disculpe —hizo una reverencia.
—A usted ya la he visto antes —sonrió con calidez.
—Sí —asintió—, vengo cada vez que puedo.
El anciano miró detrás de su hombro, analizó lo que el servicio de jardinería hacía, dramatizó un poco sus actos y con una seña, la invitó a pasar. La entrada principal eran unos colosales portones de hierro que, claro estaba, en la época feudal no existían, pero junto a estos había una puerta de ingreso más pequeña y por allí entró Aome, siguiendo de cerca al anciano. Con la mirada gacha ante los espectadores sorprendidos, se dejó guiar.
—¿Está bien que esté aquí? —preguntó avergonzada.
—No se preocupe —le aseguró, sin dejar de caminar—. No hay nadie que le pueda decir algo.
—Pensé que el público tenía prohibida la entrada.
—Usted es una invitada.
Aome se extrañó con esa exposición pero pronto encontró en donde volcar su atención. La elegancia de los interiores le arrebataban el aliento; era sobrio, propio del estilo, y eran pocos los objetos que se veían; pero eran los muros, algunos de piedra, otros de papel, finamente pintados con los motivos más maravillosos; los pisos, la techumbre, algunos detalles en oro, sólo para resaltar determinados detalles, los que eran protagonistas; el gusto del autor de esa obra era exquisito. Este castillo podría pertenecerle al Emperador, pensó asombrada.
Transcurrieron algunos minutos mientras atravesaban el salón principal, luego se introdujeron en un ancho pasillo, y allí Aome vio más de lo que ese sitio ofrecía. En vitrinas de vidrio había diversos objetos que intuyó debieron pertenecer al dueño original. Elementos de una finísima porcelana, sedas con motivos maravillosos, kimonos de diversos colores e intrincados bordados, armas y mucho más. Aome volvió el rostro y se enfocó en algo en particular, sin advertir que había detenido la marcha ni que el anciano se había dado cuenta, dejándola que observase tranquila.
Era un arco. Ubicado verticalmente y sobre un flanco, el arco parecía el protagonista de todo lo que lo rodeaba. Aome se aproximó al vidrio todo lo que pudo y lo observó atentamente.
—¿Cuántos años tiene ese arco?
—Más de quinientos, señorita.
—Está en perfecto estado —comentó, asombrada.
—Hay historias.
Aome miró al hombre y con una mirada le rogó que prosiguiera.
—Se comenta que la madera que se utilizó para su construcción provenía de un árbol mágico y que por eso nunca envejeció.
—¿Usted qué cree?
—Creo que ese arco de madera tiene quinientos años y no ha sufrido deterioro alguno.
Y no sólo era eso, era la sensación de familiaridad que la invadió cuando lo vio. Desechando ideas locas, retomaron el trayecto hasta que se encontraron con otro salón. En el centro y frente a un ventanal que daba a un magnífico jardín, el té los aguardaba.
—Le dije que era una invitada.
Una persona apareció y ayudó al anciano a cambiar su haori por uno más claro, que hasta tenía escudo familiar, detalle que la cautivó. Aome comenzó a sospechar que estaba frente al dueño del castillo y eso sólo propició su nerviosismo.
—Por favor —la invitó, tan cordial como desde un principio.
Se arrodilló frente a quien ya catalogó como su anfitrión y aceptó el té con mucha educación, bebiendo a consciencia, reconociendo su exquisitez. Más relajada, desvió la vista hacia el jardín que se ofrecía más allá del gran ventanal y apreció el juego de éste con la ladera rocosa. El paisajista debía ser una persona muy instruida.
—¿Le gusta?
—Es magnífico.
—Este castillo ha pertenecido a familia durante muchísimo tiempo.
El cuenco bailó en la mano de Aome cuando escuchó tamaña declaración. Lo miró anonadada y éste, relajado como siempre, la calmó con un ademán.
—No fue muy fácil convencer al gobierno de que ésta es mi residencia. Usted entenderá.
Asintió, pensando que no, no entendía cosa semejante.
—¿Por qué me invitó?
—Usted quería ver cómo era por dentro, ¿no?
—¿Cómo lo supo?
Hizo un gesto conciliador.
—Era un poco evidente.
—Le agradezco su amabilidad y por la posibilidad —dio otro sorbo—. ¿Me permitiría venir a visitarlo el año entrante?
—No hará falta.
El anciano se puso de pie con sospechosa ligereza y tras una reverencia, se retiró, sin permitirle a Aome hacer lo propio. A medida que se marchaba le decía:
—Disfrute de su té, señorita, y quédese todo lo que desee.
—¡Gracias! —alcanzó a exclamar, antes de que su anfitrión desapareciera tras unas gruesas puertas y ella se perdiera de ver un fulgor ámbar en sus ojos.
Hacía tiempo que no le ocurría algo tan extraño, tan digno de ser recordado y transmitido. No hará falta, le había dicho el anciano y esas palabras adquirieron un nuevo significado para ella, comenzó a dar más vueltas en torno a esa frase. Sus conclusiones sólo propiciaban esperanzas que quería creer inertes. Ella bien sabía que no podría volver al Japón feudal, que la posibilidad de un reencuentro con sus amigos estaba descartado, que los besos de Sesshomaru no estarían más allí para ella…
En sus viajes había creído que encontraría lo que necesitaría para avanzar y dejar esos tiempos atrás, en donde pertenecían. Pero todos sus esfuerzos habían sido en vano, no había un día que no pensara en sus amigos y, principalmente, en Sesshomaru. No existía sol que no le recordarse lo triste de sus circunstancias. Su corazón latía con dolor, sus colores habían desaparecido, poco quedaba de la Aome de antaño, la sonriente y optimista Aome. Era más taciturna pero siempre con el anhelo de retomar quien alguna vez había sido.
Esa noche en su casa, buscó la compañía de su madre para contarle lo que había ocurrido. La Sra. Higurashi escuchó con mucha atención, no tan sorprendida como su hija. Hasta parecía ser la cómplice del hombre.
—¿En qué piensas últimamente? —le preguntó sugestivamente.
Aome secaba los platos y no despegaba la mirada de ellos. ¿Cómo podía, después de tres largos años, caer en lo mismo?
—En que quisiera cruzar el pozo.
—¿Accederías a una vida en aquel mundo?
—¿Una vida?
Las mujeres se miraron y ahí Aome comprendió a lo que se refería. La sola idea la hizo llorar. Dejó lo que estaba haciendo y buscó el abrazo de su madre, y se dejó reconfortar, dejó que la sostuviese.
Esa noche durmió con el cansancio que genera un llanto postergado, cayó rendida al sueño y descansó después de muchos días. Las luces del siguiente día se le antojaron prometedoras, quería recuperar su actitud alegre, debía hacer el esfuerzo. Se vistió, desayunó con su familia y tomó el resto de la mañana para limpiar el patio. Se tomó en serio su trabajo, procurando gastar cuanta energía pudiese. Hasta que llegó a aquel sitio, vio la madera que la separaba del pozo y como hipnotizada, fue hasta él.
Apoyó ambas manos en el borde, dejando que su tacto recordase esa sensación. Quiero verte una vez más, pensó de manera involuntaria. El pozo fue como una catarata de recuerdos que la embistió. De repente todas las escenas vividas con él comenzaron a desfilar frente a sus ojos, las miradas, las palabras, los momentos, los silencios… sus besos y sus caricias. Quiero verte una vez más, y las lágrimas se acumulaban en sus ojos cerrados. Sólo una vez, aunque sea un segundo.
Una cálida brisa hacía bailar su cabello y en ese trance, creyó que lo estaba imaginando. Le llegó el sonido de las aves que cantan durante la mañana, y también creyó que era producto de su imaginación. Hasta que abrió los ojos y la vio. La luz matinal del otro lado, un firmamento joven que le mostraba que la entrada estaba abierta para ella una vez más.
—¿Aome?
Se volvió para encontrarse con su madre y aquel rostro afable, una expresión que decía haber adivinado lo que ocurría. La llamó para que se acercase y viese lo que ocurría, más para que corroborase por ella que para que fuese testigo. Cuando su madre le sonrió, supo que todo eso era real.
—Está bien, Aome —asintió, llorando con dulzura.
La abrazó por última vez, le recordó lo mucho que la quería y expresó con el corazón dolido lo mucho que los extrañaría. Su madre no la dejó decir mucho más, temerosa de que se arrepintiese y le pidió que fuese feliz, que no perdiera eso de vista jamás.
Una vez más, después de tres años, Aome regresaba al Japón feudal. Aún en el fondo del pozo, intentaba convencerse de que lo que estaba pasando era. Su llanto se mezclaba con la risa y allí, en el fondo, tocó la madera y acarició la maleza que ya había comenzado a apoderarse de él. Reía presa de una felicidad que creyó extinta.
Hasta que vio una sombra y una mano que bajaba; ella extendió la suya y en un segundo ascendió. Se miraron a los ojos, como si fuese aquella la primera vez que lo hacían. Él no era capaz de concebir la realidad. Acarició su mejilla, para convencerse; pasó las yemas de los dedos por sus labios, corroborando que eran esos los labios que amaba.
—Cuando sentí tu perfume creí que me había vuelto loco —habló finalmente, con brutal honestidad.
—Perdón por haberte hecho esperar.
De pie en el borde del pozo alcanzaba su misma altura, y fue en esa comodidad que sus labios se encontraron y se degustaron hasta que necesitaron respirar.
