No hará falta. Y a eso se había referido el anciano. Aome permanecía de pie frente al castillo, sólo que en esa oportunidad no había transeúntes, ni rascacielos o el incesante ruido del tráfico, sólo el bosque, su peculiar silencio y la absoluta paz de lo remoto. Esos habían sido los dominios del General Perro, las tierras del Oeste, tierras que tenían nuevo dueño.

Sesshomaru la observaba en su contemplación. No estaba seguro de por qué le causaba tanto asombro pero la dejó hacer lo suyo y él en paralelo se degustaba mirándola con atención. Las tierras de su padre jamás le habían importado, nunca pensó que algún día quisiese reclamarlas. Después de todo, él era nómade. O lo había sido. Cuando Aome apareció en su vida de forma tan peculiar, su interés por los dominios del Oeste adquirieron un nuevo matiz. Claro que antes de tomarlas, debió desterrar a los usurpadores, y eso había hecho, comenzando después a hacer todo lo que fuese necesario para acondicionar el castillo, llenarlo de una vida latente.

Algo dentro de él siempre creyó que esa mujer de pie frente a él sería su compañera.

—¿Te gusta? —le preguntó finalmente.

Aome dejó escapar un suspiro. Giró la cabeza para verlo, siempre tan inescrutable, tan maestro para ocultar lo que sentía y pensaba. Tan perfecto.

—¿Viviremos aquí?

—Podemos vivir en donde tú quieras. Elegí esto porque es nuestro.

Nuestro.

—Amo Sesshomaru —Jaken se aproximaba a ellos muy solemne, viniendo del castillo.

Aome no pudo evitar sonreír pensando que ese pequeño demonio le había declarado la guerra tácita hacía un tiempo atrás, sólo para que en ese momento se convirtiera en la esposa de su precioso amo.

—Buenos días, señor Jaken —saludó ella, muy risueña.

El aludido la miró y por fuerza de hábito casi la ignora pero inmediatamente se topó con la mirada glacial y asesina de su amo.

—Buenos días, señorita Aome —hizo la reverencia pertinente y a continuación se dirigió al demonio—. Amo Sesshomaru, ya está todo listo.

Así, el nuevo señor del Oeste se adelantó hasta posicionarse junto a su esposa, la tomó de la mano y juntos ingresaron al que sería su nuevo hogar. El panorama no distaba mucho del que había presenciado en su época, había numerosas personas atendiendo la jardinería, tantas otras se encargaban del aseo de las galerías, el interior; había mucha vida allí.

Era tu soledad la que sentí en aquel momento, pensó, mirándolo de soslayo. Eras tú.

Una vez habituada a la actividad que acontecía dentro, Aome advirtió que la mayoría de los que servían en el castillo eran youkais, de variadas naturalezas; la diversidad la divirtió y a medida que pasaba junto a ellos los saludaba con su ameno temperamento de siempre. Sesshomaru la admiraba por su amabilidad y sencillez. Eran aquellas cualidades que él desposeyó por mucho, mucho tiempo y que sólo en los últimos pocos años había aprendido a comprenderlas gracias a Lin; no obstante su práctica, aún le parecían una cosa lejana en el horizonte. Como en ese preciso instante, ella saludaba y se presentaba con cortesía mientras él se mantenía callado y atento a su lado, siempre con su aire de suficiencia que obligaba a los demás a llamarse a silencio y a apartar las miradas.

—Pensarán que te los quieres comer —dijo ella muy cerca de su oído, aferrándose a su brazo.

La miró y en su rostro estaba todavía la ancha sonrisa. Si hasta ese momento había logrado hacerla feliz, no podía flaquear en los años venideros.

Los años venideros.

¿Cuántos serían? ¿Cuánto tiempo podría disfrutar de ella?

—Te tienen a ti para no sentir miedo.

Aome rió. Siguieron caminando por los diferentes salones hasta que llegaron a ese recinto particular donde la joven había bebido el té con un hombre frente a un maravilloso ventanal que ofrecía la vista del jardín más íntimo del terreno. Claro que no era vidrio lo que la separaba del exterior, eran las puertas corredizas las que se encontraban abiertas y dejaban entrar la calidez y una suave brisa primaveral. Aome soltó a su esposo y se aproximó con premura, extasiada con tanta belleza. Las ligeras capas de su yukata se balanceaban apenas, sus pulmones se recargaron, su corazón latía sosegado, inmensamente feliz. Cerró los ojos un momento y cuando los abrió advirtió el repentino silencio; volvió el rostro para encontrarse a solas con él.

—¿Los espantaste?

Sesshomaru comenzó su aproximación con lentitud, como un depredador, sin dejar de admirarla.

—Amablemente solicité que se retiraran.

Ella rió y con su brazo extendido, le pidió la mano. Él parecía bajo los efectos de un hechizo, incapaz de desear otra cosa que no fuese su tacto y su cercanía. Su padre habría reído con ganas si lo viera en ese momento, tan enamorado de una mujer humana como lo estuvo él en su momento; y entendiendo al fin a quién tenía para proteger.

Sin voluntad para nada, sólo para besarla, acabó con el espacio que había entre ambos y sació su sed. Pensó que soportaría su deseo hasta que llegasen a su recámara pero le fue imposible, y es que ella tampoco hacía nada por detener esa marcha apasionada.

La armadura, bajo su influencia, se desarmó y cayó con lentitud al suelo, sin provocar estruendo. Los pliegues en la vestimenta de Aome parecían desaparecer detrás de las manos de su amante, y éstas seguían el camino que delineaban sus curvas, el canto de sus muslos, esas hendiduras en la clavícula que daban marco a su cuello y que sólo deseaba besar. Con los labios siguió el recorrido hasta los hombros, ingresó a su pecho y cuando la supo a su completa merced, la acercó más con sus brazos. El calor de sus pieles era compatible, el anhelo que salía de cada poro era como una fuerza de gravedad que los unía hasta que no había aire entre ellos.

Ella sentía que se derretía entre esos brazos, que se derrumbaría en cualquier momento hacia el éxtasis. No tenía el dominio de sí misma, no era capaz de ordenarle a su cuerpo nada, no mientras las manos de su amante no cesaran con ese tratamiento rítmico dentro de ella, ese que le arrebataba el aliento, saliendo forzado en ocasionales gemidos, conduciéndola lenta pero decididamente hacia la demencia.

Sesshomaru buscó sus labios y con ese contacto sintió y transmitió ardor, un calor que quemaba, que anhelaba más. La sabía bajo su efecto, la humedad de su núcleo se lo indicaba irrevocablemente. La dirigió en todo momento, con una sutileza tal que Aome no lo advirtió hasta que se descubrió tendida sobre el suelo, completamente desnuda, casi sin pudor, y los resabios de esa vergüenza virginal se diseminaban entre los embates del deseo. Él la preparaba con pericia, besándola hasta el rincón más profundo de su interior, acondicionado su delicada concavidad para lo que ocurriría a continuación.

Los sonidos sugerentes de su hembra le anunciaron el inminente paroxismo y tan sólo un instante antes, se inclinó hacia ella, selló sus labios con los suyos y con la meticulosidad de un orfebre y el cuidado que ese cuerpo demandaba, la penetró.

Aome sintió su cuerpo estremecerse ante lo foráneo pero en un deleite nuevo, lo invitó. Sus piernas lo aprisionaron, sus brazos lo rodearon con ímpetu. Su cadera se unió a las acometidas que el cuerpo de Sesshomaru generaban, sintiéndose más cómoda, más en sintonía con ese intercambio que le supo cósmico. En el transcurso de esa sensual reciprocidad, descubrió que quería más de eso, que ese ritmo ya le era insuficiente. Su compañero pareció adivinar su ansiedad porque en un segundo la incorporó junto con él, sentándola sobre sus piernas, sin deshacer el contacto. Sus miradas se encontraron y excitada más allá de lo imposible al ver aquellos ojos de oro, se dejó llevar y su baile alcanzó un compás más elevado, más frenético, ejerciendo ella los movimientos, cada vez más veloces, más febriles, más ávidos, más deseosos... Aome sentía que su corazón le fallaría en cualquier momento, que ese temblor en su núcleo explotaría.

Entonces escuchó el jadeo del triunfo de su amante y ella sintió, atizada por la reacción de él, su propia tensión disiparse de la forma más suculenta y suave de todas. Su Venus exclamó victoriosa, en unísono con su amante.

Y se hicieron uno. Una unidad.

En la posición de la flor de loto, el pelaje níveo de Sesshomaru los cubría a ambos. El kimono blanco oficiaba de basamento y ella, la cabeza sobre su hombro, lo observaba. Sostenían la posición con la necesidad de no separarse y Aome sentía que flotaba. Cómoda con él y en esa postura, abrazó su cuello pidiéndole que se quedarán así, sin decir palabra, sólo el gesto, y fue suficiente para él pues la entendió.

Aome vio el único detalle que decoraba el kimono de Sesshomaru, las flores del cerezo. Repentinamente pensó haber visto esa insignia en otro sitio, estaba segura de ello. Se separó para ver mejor a su esposo.

—¿Qué?

—Antes de regresar —comenzó—, visité este castillo y conocí, sin querer, a su dueño. Y en su haori estaba el escudo de su familia, y en ese momento no lo observé bien pero era esta flor, la misma de tu kimono…

Sesshomaru se asombró.

—Un predecesor.

Hablando de anécdotas extrañas.


Un año después

Aome despertó, lamentándose en el momento de abandonar tan placentero letargo. Dormir nunca había sido tan exquisito, tan pacífico y placentero. Cada vez que el sol se ocultaba, se descubría buscando a su esposo, deseosa de él y su tacto, y cuando daban por finalizado su ritual de amor, la abrazaba y permitiéndole reposar sobre su pecho, caía rendida. Le parecía ridículo lo enamorada que estaba de él.

La madrugada le ofreció una soberbia luna llena, cuya luz ingresaba a la amplia recámara y bañaba su luminiscencia sobre Sesshomaru, confiriéndole esa característica etérea que cada tanto le veía, y que le quitaba el habla y la respiración. Observándolo detenidamente, se separó con cuidado y se incorporó. Tomó la seda que descansaba en el suelo, caótica y dando cuenta del anhelo que deshacerse de ella que envistió a su dueña, y se cubrió con ella, abandonado la habitación conyugal. Cerrando la puerta cuidadosamente, le dispensó una última mirada y la Señora de las Tierras del Oeste comenzó una cadenciosa caminata por los anchos pasillos de la residencia, pasando, en una oportunidad, junto al arco que sabía burlaría el tiempo, uno de sus regalos de boda por parte de Sesshomaru.

Curiosa por el motivo que había interrumpido su descanso, se permitió disfrutar de la profunda afonía y la magnífica soledad que llenaba los espacios. Quiso regocijarse en los jardines nocturnos y haciéndose al exterior, respiró el aire de primavera. La paz, la vida que dormía, la quietud de los follajes, el sopor de la naturaleza; el conjunto la maravilló. Descalza, paseó entre los elementos que conformaban el armónico jardín y la hierba debajo de sus pies la recargó de una inusual energía. Repentinamente, algo cambió en ella. Casi abruptamente, se sentía distinta.

Sigiloso como el depredador que era, la había seguido en su divague, se había dejado guiar ciego por su fragancia, por el sonido equilibrado de los latidos de su corazón, por su energía espiritual, en perfecta sincronía con la naturaleza que la rodeaba. La miko que llevaba dentro se regocijaba plenamente. Y él, exaltado en su interior por el brío que provenía de ella, observaba atentamente.

Un ligero rasgo de incredulidad asomó en sus facciones cuando la vio caminar descalza sobre la hierba. Podía sentir en el aire la sonrisa dibujaba en su rostro, escuchaba el susurro ínfimo que su cabello ejecutaba contra su cuello, su corazón acelerarse.

Salió de su escondite y de pie en la galería, ahondó en su observación, buscando la respuesta a tan súbito cambio. Los pálpitos iban en aumento con cada minuto transcurrido, el murmullo de la risa vibraba dentro de su pecho. Estaba exultante por alguna razón y él cuanto percibía era el cambio en su disposición, en su energía.

Haciéndose notar, caminó hacia ella. Aome se volvió y entonces Sesshomaru lo vio en sus ojos y como una oleada tibia, en su ser. Su energía le llegó como un campo magnético que atrae otros cuerpos y lo sintió como una capa que se posa sobre sus hombros. El intercambio fue casi automático y en la rapidez del evento, se maravilló con lo que sentía, que no sólo era de ella, sino de él también. Ambas esencias confluían dentro de ella de la manera más increíble de todas.

Embebido de una nueva sensación, tan superior a él, se acercó más. En los ojos de su esposa veía confusión y el anhelo de preguntarle qué ocurría. Sesshomaru todavía intentaba recuperarse del descubrimiento que había hecho cuando, arrobado por la revelación, cayó sobre sus rodillas y se aferró a su cintura con el brío de quien sabe en aquello se le va la vida. Aome no atinaba a juntar las palabras en su boca y sobrecogida, hundió los dedos en su cabello y lo acarició con una nueva ternura.

—¿Sesshomaru?

Cuando el silencio se interrumpió, sus manos grandes recorrieron la fina figura hasta que llegaron a su vientre, hundió el rostro allí e inhaló. Su hijo crecía allí dentro. La prueba irrefutable y vehemente de que se amaban estaba allí, preparándose para algún día conocer el mundo.

Incorporándose, no esperó un segundo más y la besó con renovada pasión. Aome siempre se desarmaba cuando la tocaba así, cuando sus manos andaban surcos por su cuerpo, cuando su boca la dominaba enteramente. Se sabía entregada, a su merced, sabía que él, sencillamente, podía hacer lo que quisiera con ella que ella no lo detendría.

Y esas manos, versadas, buscando la entrada en la seda que la cubría, encontraron el sitio justo. Lentamente dibujó la línea de su cintura y sus caderas, consciente del ligero cambio operada en ellas y sediento de más, descendió hasta que el gemido de su mujer lo encegueció. Era suya hasta la última y más oculta fibra de su ser.

—El jardín —Aome sofocó otro gemido, advirtiendo que no estaban en la intimidad de su recámara.

—No hay nadie cerca.

—Nos van a escuchar —no sabía cómo era capaz de formular oraciones, extasiada como estaba en ese momento.

Sesshomaru se separó y la miró. Su agudo sentido de la visión le mostró un rostro arrebolado y ojos deseosos. Acercó los labios a su oído y con voz ronca, habló:

—Déjame hacerte el amor, déjame agradecerte por el obsequio que me darás —y una mano se posó en el vientre ocupado.

—¿Obsequio? —procesando, se aferró al cuerpo de su pareja y acercándolo a ella, le pidió sin palabras que continuara lo que había suspendido.

Él, incapaz de no consentir sus deseos, la cargó en sus brazos y emprendió el regreso a su habitación. La miraba a los ojos y ella, pérdida en el ámbar que la escrutaba, dejo que tomara las riendas de la situación.

—Me darás un hijo —dijo entonces.

Vio el cambio en las facciones de Aome, sacudida por la información.

—¿De verdad?

Una comisura se curvó en los labios de Sesshomaru, sobrecogido por su tierna reacción. Entonces aquellos brazos lo rodearon con fuerza.

—He deseado tanto esto —inhaló su aroma masculino, ese que oficiaba de droga y cuya adicción nunca superaría—. Quiero que me hagas el amor, Sesshomaru.

Era la primera vez que exponía explícitamente la petición y el fuego del deseo comenzó a arrasar con todo su ser. No sabía que se podía ser tan feliz, que él fuera el beneficiado, que a su lado tuviese a esa mujer, que fuera digno de ella. Que fuera digno de ser padre, el padre de los hijos que ella trajera al mundo.

Le hizo el amor entre palabras de devoción y agradecimiento. Ella, radiante por su belleza, por su energía y por la vida que crecía dentro suyo, devolvió la devoción y devolvió el agradecimiento. Sin nada más para pedir. Tenía todo cuanto podía llegar a desear. El hombre que amaba y el hijo de ambos.

Aome se dejó amar y amó con renovada intensidad.

Fin


Y ahora sí, me despido solemnemente (por ahora). Gracias a quienes se tomaron el trabajo de leer y especialmente a quienes me dejaron su comentario, mi incentivo y combustible. Espero no haber decepcionado a nadie.

¡Un beso enorme!