El alba era una débil pincelada en el horizonte, incipientes tintes rosados y naranjas, pero las aves ya anunciaban el inicio de otro nuevo día; sus cantos eran vehementes y aunque en tonos demasiado agudos para sus sensibles oídos, había aprendido a apreciar su encanto. Eran, después de todo, los grandes coristas de la naturaleza y él apreciaba el arte. Con las sonatas de fondo, caminó con parsimonia por un angosto sendero ascendente. Anduvo por largo rato hasta que el terreno le presentó una pendiente y descendiendo, ingresó al frondoso bosque. Allí las copas de los árboles oficiaban de cúpula y los cantos de los pájaros eran más fuertes, hacían eco.

—Sesshomaru —pronunció una voz.

—Bakuseno —saludó, acercándose—. Requiero de tu sabiduría.

El anciano árbol mostró su rostro y abriendo los ojos, lo estudió. La mueca de una sonrisa asomó en sus ásperas facciones.

—Habla.

—Tomé a una humana como compañera —comenzó sin más— pero...

Por primera vez vacilaba y el árbol acudió en su rescate.

—Criaturas efímeras, los humanos —inició—. La intensidad de tus intenciones y sentimientos te hicieron pasar por alto su escueta existencia, temes que tu vida casi inmortal la supere.

El daiyoukai asintió ligeramente.

—Pero tú ya has depositado tu energía en ella.

Lo señalaba, dándolo por hecho. Bakuseno le dedicó una peculiar mirada y Sesshomaru esperaba que continuase con su explicación, casi ansioso.

—Mientras tú vivas, vivirá ella.

Se irguió, azuzado por la información. ¿Puede ser que...? La sola idea de que su preocupación más grande estuviese resuelta le aceleraba el corazón. La perspectiva de siglos junto a su esposa le llenaba de un júbilo tan nuevo, de un sabor tan diferente, que lo hacía querer sonreír.

Miró a su viejo consejero y con una llana reverencia, agradeció su tiempo y dando media vuelta, emprendió el retorno a su hogar. El firmamento estaba lleno de luz, adelantando que sería aquel un día brillante a pesar del frío aire de diciembre. La nieve bajo sus pies cedía ante su peso y calor, emitiendo un reconfortante sonido. Las aves habían mermado sus cánticos y el silencio propio del invierno cayó sobre las manifestaciones naturales, permitiendo la reflexión.

Era aún muy temprano pero ya había algunos movimientos dentro del castillo, permitiendo el inicio de una nueva jornada. Atravesó salones y pasillos hasta que arribó a su recámara. Ingresó con la precaución del depredador, en completa afonía. Permaneció de pie unos instantes, admirándola. Dormía profundamente, emanaba paz, y su estado vulnerable ejercía un deseo de protegerla que era más fuerte que él y que atendía a su instinto más básico.

Caminó hasta ella y se arrodilló lo suficientemente cerca para poder tocar su voluminoso vientre. Podía sentir a la criatura y su energía, sus ligeros movimientos, y si prestaba la suficiente atención, podía escuchar su corazón. Cerró los ojos y se enfocó en los pálpitos.

Una mano se posó sobre la suya y encontró su mirada, y su sonrisa.

—Buenos días.

—¿Dónde estabas?

—Fui a hablar con Bakuseno.

Lo miró sugestiva porque sabía que sólo cuestiones de verdadera relevancia lo conducían a buscar al árbol sagrado. Quiso indagarlo pero se distrajo cuando la ayudó a incorporarse; en silencio la auxilió con sus prendas y de la mano la llevó al salón comedor para que desayunara apropiadamente. Se dejó guiar divertida porque esa era su actitud desde que supiera que estaba en estado. Era meticuloso y precavido, y le encantaba.

—¿No me dirás por qué visitaste a Bakuseno?

La observaba comer, observaba sus gestos, el modo en que se sentaba, el sitio donde ponía las manos, cómo su vientre le dificultaba ciertas posturas.

—Deliberadamente ignoré tu esperanza de vida, y la mía.

—Yo también —concedió ella, avergonzada— y me consolé pensando que tú tampoco tocabas el tema.

Una mano y sus garras tomaron un mechón rebelde de su cabello y sintieron su textura. Aome lo miró, embelesada. Pero también temerosa, porque el tópico que por tanto tiempo había querido hacer desaparecer encontraba cabida entre ellos, uno urticante y doloroso, que no prometía nada bueno.

—Pero el árbol me ha dicho que desde que recibieras mi energía, ésta sería tuya; vivirás lo que yo viva.

—¿Tu energía?

—Nos esperan siglos —se acercó a su oído y susurró—, siglos juntos.

—¿Lo dices en serio?

Buscó su rostro, buscando la certeza que siempre encontraba en sus palabras, y él nunca había dicho algo que no fuese una absoluta verdad, por lo que allí estaba lo que hacía falta para convencerla.

Sesshomaru bajó la vista abruptamente, agudamente atento al vientre. Antes de que Aome pudiese reaccionar, un dolor agudo atravesó su cuerpo, anunciando el evento. Una sonrisa de felicidad apareció en su rostro e intentando disipar la preocupación que veía en él, se la dedicó.

—La partera, Sesshomaru —le recordó.

En cuanto salió haciendo uso de su sobrenatural velocidad, se puso de pie, sabiendo lo que una caminata durante el trabajo de parto podía significarle. Intentó no pensar en lo que sería dar a luz sin las garantías y seguridades de la modernidad, sin una epidural que en ese momento estaba demostrando ser lo más anhelado. Ya había sido difícil hacerse a la idea de que no habría ecografías ni consultas con obstetras, ahora debía prepararse para un alumbramiento de lo más natural.

Siglos juntos..., ¿realmente sería así?

—Tal y como lo calculamos, Señora —habló la voz de la partera—, qué niño tan puntual.

Aome se volvió con una sonrisa.

—Alguien está impaciente por conocer el mundo.

Intercambió una mirada con Sesshomaru que cauteloso, se aproximó a ella.

—¿Qué necesitas que haga? —si hacía una pregunta de ese tenor quería decir que se sentía impotente y tal vez jamás lograra hacerle saber lo importante que era su presencia en ese momento.

—Quedarte conmigo —sujetó sus manos con fuerza tras otra contracción—, no quiero quedarme sola.

—No iré a ningún sitio.

Sesshomaru se sentía como un completo inútil; aquella era, después de todo, una circunstancia a la que nada podía aportar; pero estar allí, desde el momento primero, lo relajaba. Estudiaba el momento con ojo clínico, la analizaba a ella, su cuerpo y cómo éste se preparaba para traer a mundo a su primogénito. Ella le explicó lo que suponían las contracciones y así fue que comenzó a considerar esos tiempos, llevando un delicado registro.

Horas más tarde y el momento llegó. Sesshomaru la llevó hasta su recámara y la vio ponerse sobre sus rodillas, buscando apoyo en un banco bajo. Él se posicionó frente a ella y acariciando su rostro sudoroso, le ofreció la mirada que necesitaba para enfrentarse a lo que ocurriría a continuación.

A la habitación ingresaron algunas doncellas que cooperarían con la partera, habían traído agua tibia y algodones, y estarían allí hasta el nacimiento. Sesshomaru desaprobó la multitud pero Aome lo disuadió de decir nada.

—Ignóralas —susurró—, enfócate en mí. Te necesito.

—Bueno, Señora, ahora sí, puje.


Su cachorro. Su cabello de plata, el trazo magenta único en cada mejilla, el distintivo más contundente de su herencia. El par de ojos dorado profundo, más similares a los de su abuelo que a los de su padre. La paz de sus facciones, la atención de su mirada enfocada en él; y él, sintiendo que su cuerpo le quedaba pequeño para tanta felicidad, inhalaba su aroma y lo grababa en su mente para nunca olvidarlo, nunca confundirlo. Mi primer cachorro.

—¿Ya has pensado un nombre?

Sesshomaru caminó hasta ella que acababa de despertar y se arrodilló a su lado, con la cautela de quien tiene en sus brazos lo más preciado que posee.

—Quiero seas tú quien lo escoja.

—Mm —sonrió—. ¿Qué te parece Toga?

La miró fijo por espacio de varios segundos.

—Al segundo le pondremos el nombre de mi padre, ¿qué opinas?

El segundo. La sola idea lo revolucionaba, y ahora que sabía que la tendría consigo mientras respirase...

—Gracias, Aome —su tono era solemne y ella sabía que no era sólo el nombre del bebé lo que agradecía, era el nuevo rótulo que le había dado con tanto esfuerzo, el de padre.

—Te amo.

—Y yo a ti —juntó su frente con la de ella y con delicadeza le dio al niño que desde que había escuchado la voz de su madre la llamaba hambriento.

—Mm —Sesshomaru volvió la vista.

—¿Qué ocurre?

—Qué rápido corren las noticias.

Se puso de pie y en un instante entraba Inuyasha a la habitación, sorprendiendo a Aome. Pero el asombrado era él, sus ojos bien abiertos eran un indicio. Jadeaba laboriosamente, dando cuenta de que había corrido los largos kilómetros que separaban la aldea de ese castillo.

—Hola, Inuyasha.

—Aome —miró a su hermano buscando beneplácito, y éste se lo concedió dando unos pasos hacia atrás.

—Tu sobrino Toga —presentó.

Precavido, inició un cuidadoso acercamiento.

—Tiene orejas como las mías —señaló con algo cercano a la fascinación.

Le dedicó una mirada a su hermano.

Es hanyou —dijo él—, como su tío.

La tregua de paz más rotunda que Inuyasha escucharía jamás, y sonrió por eso. Se alegró genuinamente de ver a su amiga tan dichosa, de que estuviese junto a un hombre como su hermano, que con tanta honra y orgullo, jamás la lastimaría. No creía que existiera alguien más idóneo para protegerla y amarla que Sesshomaru. Eso lo tranquilizaba. Vio las miradas que se dispensaban, ambos irrevocablemente enamorados, felices; vio al niño, la prueba irrefutable de lo que sentían, el testimonio físico de que allí, en ese hogar, había júbilo.


Bueno, acá está, el peticionado epílogo. Me costó muchísimo escribir esto así que no sé qué tan bueno esté, ustedes juzgarán, pero no me maten :( Lo releí siete millones de veces, especialmente ese final porque no me convenció del todo pero bueno... me la juego. Gracias por el apoyo :)