Final
Capítulo beteado por Flor Carrizo
Beta de Élite Fanfiction
Bella POV
Los días después de enterarnos, finalmente, que podríamos tener hijos, habían pasado mucho mejor. Una parte de mí se sentía tranquila, ya no me obsesionaba tenerlos, pero temía pasarme la vida con esa duda y tener la respuesta era gratificante.
Había decidido continuar viviendo en mi casa, a pesar de la propuesta de Edward de volver a vivir juntos. Suponía que si íbamos a tomarnos todo con calma, mudarnos juntos no era la mejor opción. Sin embargo, terminábamos durmiendo prácticamente todas las noches en la misma cama, ya fuera en el rancho o en mi casa. Él estaba intentando ser paciente, lo cual agradecía, pero podía notar su ansiedad cuando hablábamos de planes a futuro.
Esa tarde, me encontraría con mis mejores amigas en la casa de Rosalie. Finalmente James había regresado a su apartamento, aunque debía admitir que me sorprendía que ella fuera la que lo urgiera a irse, parecían llevarse muy bien y disfrutar de la convivencia; pero al parecer ella no estaba tan cómoda como lo hacía ver.
La pequeña Hailey era idéntica a su mamá, rubia y de preciosos ojos azules y ya tenía a su padre colgando de su meñique. Había llegado temprano, así que estábamos esperando a Alice, que dejaría a Louis por primera vez con Jasper completamente solos, cuando apareció James para llevarse a su niña, pues sería un día libre para las madres primerizas. No había notado nada raro en el comportamiento de Rose, al menos no hasta que él apareció.
Ellos estaban en el pasillo de la entrada, mientras que yo jugueteaba con los deditos de Hailey, que parecía estar por dormirse. Al principió hablaban despacio, pero mientras su conversación avanzaba sus voces subían más de volumen. Por el concepto abierto en la casa de Rose, me era imposible no verlos y escucharlos, pero intentaba no hacerlo.
―Que no salgas conmigo, no quiere decir que puedes salir con alguien más. ―Mi rubia amiga estaba furiosa y pude ver en los ojos de James que no tenía idea de qué estaba hablando.
―No estoy saliendo con nadie, mujer. Pero aunque así fuera, si no quieres estar conmigo no puedes obligarme a estar solo el resto de mis días. A veces se necesita una compañera de cama. ―Mientras ellos se miraban furiosos, yo me mantenía en silencio con la pequeña Hailey en brazos.
―Bien, si eso quieres. Mañana tendrás a Hailey todo el día y la noche, el doctor me ha dado alta para cualquier tipo de actividad y planeo ir a un bar a buscar algo de diversión. ―Intentaba no poner atención, pero su conversación era digna de escucharse, solo esperaba que no terminaran enrollándose conmigo presente.
―Genial, pero cuando no encuentres a ninguno que logre satisfacerte completamente, Hailey estará dormida y yo encantado de recibirte, cariño. ―No estaba segura de si ellos aún se acordaban de mi presencia, pero el rostro de Rose era un poema, uno que quizás tendría groserías en él, y el de James no se quedaba atrás. Eran tan parecidos, testarudos y posesivos, que dar el brazo a torcer no era una opción.
Ella lo fulminó con la mirada, al igual que él parecía retarla, pero aún con lo mucho que intentaban mirarse con enojo, había algo en ellos que te hacía sentir que estabas de mal tercio, casi con ganas de irte para darles privacidad y evitar ver como se desnudaban mutuamente.
―Créeme, lo último que necesito son tus propuestas. Ya te lo dije, eres solo el padre de Hailey, es todo lo que eres y serás en mi vida, ni siquiera un amante ocasional. ―Sabía que Rose solo estaba intentando defenderse, pero pude ver que, a diferencia de los insultos anteriores, ese le había dolido al pobre hombre que solo quería una oportunidad para estar juntos y criar a su hija. James la miró dolido unos segundos, después recompuso su rostro y la pasó de largo.
―Es bueno saberlo, pero la que debería entenderlo eres tú, porque no fui yo quien te pidió explicaciones sobre tus citas. Así que la próxima vez, evítame tu drama, porque no eres mi mujer, ni mi esposa, ni mi amante de turno. Eres solo la madre de mi hija. ―Se acercó a mí y me sonrió tendiendo sus brazos para tomar a Hailey que apenas lo vio sus ojos brillaron como si reconociera al hombre y quisiera contarle su día entero.
Después de que acomodó a la pequeña en el auto y guardó la pañalera, se fue sin despedirse de Rosalie y ella se quedó unos segundos más de lo necesario parada frente a la puerta, pensativa; luego se giró y me sonrió como si nada hubiera pasado.
―Necesito una margarita. ―Sonreí y la seguí, aunque obviamente no tomaríamos nada, pues ellas aún estaban amamantando. Una parte de mí se preguntaba si ella en verdad no quería a James a su lado o si había algo más. Sabía que jamás había querido tener una relación tan seria, pero esos meses al lado del padre de su hija parecía feliz de compartir tanto con una persona y me preocupaba que estuviera pasando por un mal momento con tantos cambios en su vida, pero no podía meterme en sus decisiones.
Alice llegó unos minutos después, algo asustada por la bebé, pero quería relajarse y pensar en cualquier otra cosa, así que comenzamos a hablar de cosas fuera del área de los bebés.
―Creo que alguien debe explicarnos cómo es que su exesposo logró meterse en su cama de nuevo. ―Levanté la mirada de las margaritas sin alcohol que había preparado Rosalie, sonreí sinceramente y dejé mi vaso en la mesita de la sala. Estábamos sentadas sobre la alfombra, descalzas y completamente relajadas.
―Sí, Bella. ¿Qué hizo ese idiota para que lo perdonaras? ―Suspiré y decidí explicarles el trato que habíamos hecho, para después contarles por qué había decidido que en verdad quería darle una nueva oportunidad a Edward.
―Sé que podría estar cometiendo la estupidez más grande de mi vida al darle otra oportunidad, pero prefiero haberlo intentado y decir que hice todo para que funcionara y no preguntarme dentro de treinta años qué pudo ser. Y él me demostró que estábamos juntos en esto. ―Alice sonrió y Rose solo me miró pensativa.
―Creo que tienes razón. Y siendo sincera, no podía imaginarte con nadie más, ni a él con otra chica. Son las personas más raras cuando se trata de buscar pareja. ―Puse los ojos en blanco antes de reírme genuinamente―. Pero hablando en serio, si tú eres feliz, tienes todo mi apoyo, Bells.
―Ahora ya sé quién es mejor en ese asunto. ―Miré a Rose confundida, al igual que Alice. Ella pareció notar que lo había dicho en voz alta y tomó de su bebida para no tener que seguir hablando, solo entonces entendí de qué iba su comentario, se refería a Emmett, así que hice lo mismo para evitar hablar del tema.
―¿Mejor en qué y quién? ―preguntó Alice mirándonos a una y a otra.
―Es que Bella salió con un universitario hace meses, tuvieron sexo alocado y luego le pregunté si había sido mejor que con Edward, ella se negó a contestar, pero ahora estoy segura de que el dueño del rancho más grande del pueblo, también tiene grandes habilidades en otras cosas. ―No sabía cómo Rosalie podía mentir tan rápido y tan bien, casi escupía lo que estaba bebiendo por la sorpresa y Alice solo sonrió divertida.
―Bueno, entonces si es tan bueno, deberías decirnos qué hizo mejor que el otro chico. ―Miré a Alice con algo parecido a la vergüenza, no podía contarle las diferencias entre ese otro chico y Edward, porque ese otro hombre era su hermano y me parecía muy raro, aunque ella no supiera eso.
―Yo no estoy amamantando ―murmuré y ambas me miraron confundidas―. Me refiero a que yo puedo beber alcohol y creo que lo necesito ahora. ―Rose sonrió divertida y asintió, se levantó para ir a buscar una botella de tequila, la única que quedaba en su casa, puso un poco en mi bebida y tomé un trago. No debería beber hablando de cosas tan íntimas, tendía a hablar de más bajo los efectos del alcohol, pero si íbamos a hablar de las diferencias en la cama entre Edward y Emmett, necesitaba algo que me hiciera olvidarlo todo para mañana.
―Bien, somos todo oídos ―exclamó Rosalie sonriendo maquiavélicamente. Puse los ojos en blanco y suspire. Eso no era raro, antes había hablado de mis experiencias con Rose y ella me contaba hasta las cosas más raras de sus amantes en turno, pero con Alice, bueno, ella solo me había escuchado después de que estuve con Edward la primera vez, no solíamos compartir cosas de ese tema y mucho menos si eso incluía a su hermano.
―¿En verdad quieren saberlo?
―Por supuesto, tranquila, no le diremos nada a nadie. Se queda entre nosotras. ―Suspiré y asentí, no era tan difícil.
―Sí, prometemos que tu novio no se enterará de que comparaste tamaños y técnicas ―añadió Rosalie haciendo soltar una carcajada.
―Oh por Dios. Bien, digamos que Edward solo le lleva la delantera por un par de centímetros. ―Rosalie sonrió divertida, al igual que Alice, pero si ella supiera de quién hablábamos probablemente no querría escuchar eso.
―¿Qué tanto?
―No me detuve a medirlos, Rose.
―Bueno, ahora tienes a Edward cada día metido en tu cama, quizás podrías juguetear un poco y conseguir la medida exacta. ―Sabía que mi rostro estaba rojo como un tomate, pero aun así me reía más que divertida con la situación.
―Bien, cuando la consiga las actualizo en el tema de cuánto mide el miembro de mi novio. ―Alice sonrió divertida y yo continúe bebiendo mi copa.
―El de James mide quince centímetros. ―Miré a Rose como si no pudiera creer lo que acababa de decir, pero en realidad lo creía. Ella tenía la mala costumbre de saber cuánto media su pareja en turno, aunque generalmente se lo guardaba para sí misma, solo unos cuantos habían tenido la mala suerte de hacerla enojar y ella había soltado todo lo que sabía. Sin embargo, aquello no había sonado como si quisiera avergonzarlo y la medida no era para eso, así que eso sí me sorprendía.
―Yo jamás se lo he medido a Jasper y tenemos más tiempo que tú y James, quizás debería hacerlo ―comentó Alice, haciéndonos reír.
―James y yo no estamos juntos. Pero es bueno saber la medida, para presumir un poco. ―Puse los ojos en blanco de manera divertida y seguimos nuestra extraña conversación―. Pero dejemos eso de lado, puede tener treinta centímetros y no saber usarlos. Así que vamos a lo interesante, la técnica.
―No creo que eso sea correcto. Quiero decir, ¿eso no debería quedarse entre tú y esa persona?
―Por favor, Bella. Los hombres saben que las mujeres hablan, así como nosotras sabemos que ellos les cuentan a sus amigos cuando finalmente logran tener acción. ―Sonaba razonable.
―Está bien. Edward es apasionado, rudo, varonil. No se detiene a preguntar, sabe encontrar su propio camino hasta hacer que toques el cielo. Jamás, ni siquiera en nuestros peores momentos, tuvimos una rutina. Él es bastante imaginativo. ―Rose sonrió y Alice me dedicó una mirada divertida.
―Con esos antecedentes hasta yo volvía con él ―exclamó Rosalie y las tres rompimos en risas.
―Bien, ya conté todo. Ahora ustedes deberían hacer lo mismo. ―Ellas se miraron y finalmente asintieron, así que terminamos hablando durante horas de un tema que creía solo compartían las adolescentes, pero resultó bastante relajante. Teníamos tiempo sin hablar de algo que no estuviera relacionado con las bebés.
―¿Por qué no le das una oportunidad? Lo peor que puede pasar es que terminen, eso no es tan malo. Estoy segura de que él no dejaría a su hija de lado por eso. ―Ahora estábamos recostadas en la alfombra, las margaritas se habían terminado, así que solo hablábamos.
―Jamás quise una relación seria y él quiere ir muy rápido. ¿Sabes por qué se fue? La otra noche, después de tener sexo, me pidió que nos mudáramos juntos definitivamente, que buscáramos una casa para los tres y la compráramos juntos. Comprar una casa con otra persona es incluso más compromiso que casarte, al menos eso lo arreglarías con un divorcio, una casa no la puedes partir por la mitad. ―Alice soltó una risita desde el sofá en que se había acomodado.
―Pero es divertido compartir casa. Cuando te enojas lo mandas a dormir al sofá y te paseas en ropa interior por simple diversión. Debes encontrar lo divertido. ―Rose la miró como si estuviera meditando lo que dijo.
―¿En verdad le haces eso a Jasper?
―¿Cómo crees que concebimos a Louis?
―Jamás volveré a ver a James o Jasper a la cara de la misma manera. ―Reímos y nos quedamos en un agradable silencio.
Por la tarde, James pasó a dejar a Hailey que estaba profundamente dormida, Rose lo acompañó hasta la habitación de la bebé y esperamos unos segundos antes de seguirlos, por suerte habían dejado la puerta entreabierta y podíamos verlos. La pequeña estaba ahora en la cuna y ellos parecían hablar en murmullos porque no podíamos escucharlos. Lo siguiente que supimos fue que estaban besándose contra la pared blanca de la habitación de la bebé.
―Oh por Dios. Mis ojos. ―Me reí por la reacción de Alice y salimos de ahí―. No sé tú, pero no quiero estar aquí cuando empiecen a correr desnudos por la casa. ―Asentí colocándome los zapatos y tomé mis cosas. Dejamos una nota pegada en la puerta con un simple mensaje, "Diviértete", y salimos de la casa. Como había bebido algo de alcohol, llamé a Edward para pedirle que pasara a buscarme, él llegó unos minutos después en la camioneta y se detuvo frente a la casa de Rose. Alice se despidió y se fue, mientras él bajaba de la camioneta para abrirme la puerta.
―Creí que sería sin alcohol, señorita. ―Sonreí y rodeé su cuello con mis brazos. Él me levantó un poco por la cintura y me besó en los labios, después me dedicó una sonrisa preciosa.
―Lo era. Pero luego recordé que a mí el doctor no me había prohibido beber.
Soltó una risita y asintió. Me dio un último beso y me abrió la puerta de la camioneta para ayudarme a subir. Mientras conducía, recordé lo que había mencionado Rose sobre medirlo, no creía compartirlo con nadie, pero sonaba interesante hacerlo.
―¿Tienes un problema con que la próxima vez que estemos juntos lleve una cinta métrica? ―Él me miró con cierta diversión y un brillo travieso en sus ojos.
―¿Planeas medir algo?
―Sí, me gusta saber el tamaño exacto de mis bienes. ―Soltó una carcajada y sonreí también―. ¿Recuerdas cuando estaba en la universidad e ibas a verme en una camioneta menos espaciosa que esta?
Él asintió sin entender muy bien para donde iba.
―Recuerdo que se me ocurrió intentar seducirte en ella, en los miradores de la ciudad, y te pusiste furiosa. ―Solté una risita, me quité el cinturón y me estiré para dejar un beso en su cuello y continuar por su mandíbula―. Creo que tus palabras exactas fueron: "Debes estar bromeando, no tendré sexo en un auto" ―murmuró con suave jadeo y me reí contra su oído.
―Quizás deberías intentarlo de nuevo y ver qué pasa ―susurré contra su cuello y sentí el jadeo contra su garganta. Sin esperármelo, tomó un camino distinto y terminamos en una especie de mirador escondido entre cientos de árboles que nos rodeaban. Él se había girado y sus labios habían encontrado los míos, ahora estaba sobre mí, recostados sobre el asiento de la camioneta. Sentía como su cuerpo se balanceaba contra mí e involuntariamente abrí más mis piernas para que pudiera acomodarse mejor.
A la mañana siguiente, desperté enrollada cómodamente en las sábanas de la cama de Edward, recordaba vagamente cosas de la noche anterior, pero estaba segura de que había caído dormida en el asiento de la camioneta, satisfecha y cansada. Levanté la mirada al escuchar que alguien salía del baño, mi atractivo cobrizo estaba parado frente a la cama con solo unos bóxers negros.
―Pensé que dormir en la camioneta no sería nada cómodo ―murmuró subiéndose a la cama hasta quedar sobre mí y alcanzar mis labios. Encantada correspondí sus besos y nos giró para dejarme sobre él, solo entonces noté que estaba desnuda.
―Y al parecer dormir con ropa también podría ser incómodo ―exclamé ante mi obvia desnudez. Él sonrió y jaló la sábana para dejarme al descubierto por completo.
―Me gusta mirarte mientras duermes y, sin duda, la ropa solo estorbaba. ―Sonreí y lo miré a los ojos, no quería perder eso de nuevo―. Te amo.
―Lo sé. ―Sonrió de nuevo y me besó para iniciarlo todo de nuevo. Las horas siguientes las pasamos besándonos, recorriendo nuestros cuerpos sin pudor alguno. Nos duchamos juntos y bajamos a desayunar, aunque esa cocina necesitaría un equipo entero para volver a ser un lugar limpio.
Desde que habíamos decidido estar juntos de nuevo, nuestras manos pasaban más tiempo recorriendo el cuerpo del otro que cualquier otra cosa. Suponía que era la añoranza de sentirnos unidos en cuerpo y alma, y siempre habíamos tenido muy buena química en ese aspecto, así que solo estaba disfrutando los primeros meses, que siempre venían acompañados de una carga de lujuria.
―Entonces, ¿ustedes hablan de esas cosas también? ―Habíamos terminado sentados en el sofá de la sala, cada uno de un lado con nuestras piernas entrelazadas en el centro.
―Sí, pero ese no es el punto, lo que quiero saber es si tú le contaste a alguien cuando estuvimos juntos la primera vez. ―Él sonrió y después de parecer pensarlo, asintió.
―Hablé con Jasper, pero no creo que sea igual. No puedo evitar pensar que ustedes comparten más información que nosotros. ―Sonreí y supuse que quizás tenía razón, no me imaginaba a los chicos hablando tan a fondo del tema como nosotras―. ¿Tú le contaste a alguien?
―A Rose y Alice. Aunque creo que la chica que vivía frente a mi dormitorio también sabía y no puedo decirte si ella le contó a más chicas. ―Sonrió divertido.
―¿Qué les dijiste?
―¿Intentas averiguar si di buenas referencias? ―Soltó una carcajada y estiró su brazo para atraerme hasta quedar sobre su regazo.
―Solo intento saber si tus amigas me mirarán con ganas de reírse de mí. ―Sonreí divertida y negué.
.
Un mes más tarde, Edward tuvo que viajar por unas cosas del rancho y me invitó a ir con él, así que durante un par de semanas tuvimos unas mini vacaciones. Aunque no recordaba cuáles habían sido las últimas que habíamos tenido, estaba segura que esas habían sido las mejores. También porque con aquel viaje pude aprender más sobre el manejo del rancho y mi interés fue mayor, no me veía intentando amaestrar a un caballo, pero era sumamente interesante ver a los que sabían hacerlo.
Volvimos al pueblo para enterarnos que Rosalie y James habían decidido vivir juntos, al parecer el consejo de Alice había sido tomado en cuenta y habían decidido intentarlo realmente y, para más sorpresa de todos los que los conocíamos, un mes más tarde nos reunimos en Las Vegas para celebrar la boda de la pareja. Había sido perfecta para ellos, tenía todo aquello que los representaba, fiesta, alcohol, olvidar todo lo sucedido un día antes, terminar con los tacones en las manos y perder uno al mejor estilo de Cenicienta. Pero, por primera vez, ambos despertaron sin ganas de huir a hurtadillas de su habitación.
Alice y Jasper habían tenido un fin de semana más familiar, pues llevaron a su pequeña. Nosotros nos habíamos ofrecido para cuidar a Hailey, así sus padres podrían disfrutar la noche de bodas, pero cuando se quedó dormida, abrimos una botella de champaña para brindar porque para ese momento ya teníamos seis meses de haber vuelto, así que era un logro para nosotros.
Conforme los días pasaban, más convencida estaba de todas mis decisiones, porque me sentía más enamorada y feliz ahora de lo que había estado en el pasado, finalmente no sentía que estaba llevando todo el peso de mis secretos, ni que estaba intentando salvar una relación sin apoyo alguno, ahora me sentía feliz con mi relación.
Por la noche, después de terminarnos la primera botella, decidimos salir, así que dejamos a Hailey con Alice y Jasper que encantados la aceptaron. Jamás había ido a un casino, así que nos divertimos un rato recorriendo las mesas de cartas y apostando quizás un poco de más. Resultó que Edward era muy buen jugador y al final quedamos solo nosotros dos, él era bueno, pero mis años de abogada me habían enseñado a engañar muy fácilmente. Había mucho en la mesa, pero a ninguno le importaba el dinero, era simplemente excitante, la adrenalina y el juego del todo o nada.
―¿Estás seguro de querer arriesgarte, cariño? ―En esa última mano me había ido muy bien y era muy poco probable que le ganara a mi escalera de color. Él lanzo una ficha marrón, cinco mil dólares más a la mesa.
―Siempre, mi amor. ―Había demasiadas personas a nuestro alrededor, incluso el crupier parecía ansioso por el resultado.
Sonreí y bajé mis cartas para mostrarlas, su mirada se tornó sorprendida, pero antes de poder cantar victoria, él mostro sus cartas: una escalera real de color. Me dedicó una sonrisa encantadora, mientras yo quería matarlo ahí mismo. Las posibilidades de sacar esas cartas eran una en un millón.
―No te enojes, cariño. De todas maneras sabes que todo lo mío es tuyo. ―Sabía que ahora solo estaba intentando molestarme, pero no le iba a dar el gusto de verme molesta por no ganar un estúpido juego. Lo que en verdad me molestaba eran las mujeres a su alrededor que no había notado hasta ese momento en que las cartas ya no eran lo más importante.
―Entonces ve a cambiar tus fichas y vayamos a la habitación a celebrar tu victoria, cariño ―exclamé con tono seductor y mirando fijamente a la rubia que intentaba colgarse del brazo de Edward ahora que había visto el dinero que se llevaría. Ella me fulminó con la mirada, pero al no tener ni el mínimo interés de Edward sobre ella, lo soltó y se fue junto a su grupo de zorras.
―Yo te habría dejado ganar si me lo pidieras. ―Giré el rostro para ver a un tipo sentado a mi lado y fruncí el ceño, ¿dejarme ganar? ¿Qué clase de idiota dejaría ganar a una chica solo porque traía un vestido ajustado?
―No soporta a los imbéciles que creen que dejarla ganar es un alago ―murmuró Edward que se había puesto de pie y había rodeado la mesa para tomar mi mano, puse los ojos en blanco y me puse de pie para seguirlo a que cambiara sus fichas. Después todo fueron cocteles y manoseos bajo la mesa, hasta que desperté a la mañana siguiente, con una terrible resaca. Ya no era la jovencita de diecinueve años que no sufría por tomar alcohol.
Al regresar al pueblo, todo tomó un ritmo más tranquilo, dejando por completo el alcohol fuera de la lista, teníamos citas menos energéticas, pues el punto no era solo tener sexo, queríamos hablar y volver a confiar el uno en el otro. Esa tarde, mientras estaba en mi oficina limpiando un poco el papeleo, entró James con cara de culpabilidad mirándome avergonzado.
―Hola, Bella.
―James, ¿qué te trae por aquí? ―pregunté confundida, no solía venir a menudo a mi oficina a menos que tuviera duda de algunos papeles o cosas por el estilo.
―Ah. Bueno, ¿recuerdas que hace meses te entregué un paquete con los papeles para terminar con tu divorcio? ―Asentí confundida―. Estaba revisando los últimos papeles del año pasado para meterlos al archivo general y me di cuenta de que jamás me los entregaste. ―Fruncí el ceño.
―¿Qué? Claro que sí, yo no los tengo. Los firmé, los guardé en mi escritorio, se los entregué a Edward para que los firmara y… ―Él jamás me los había regresado―. Oh.
―No tienes que preocuparte, el divorcio se terminó, los papeles son solo para mantenerlos en el registro del despacho. Puedo darte otra copia si quieres. ―Suspiré y asentí, ni siquiera estaba segura de si Edward aún los tendría.
Unos días más tarde regresé con los papeles firmados, cosa que fue difícil de explicar para Edward, pues no tenía idea de por qué estábamos firmando de nuevo papeles de divorcio, pero al final había comprendido el punto de esos archivos y habíamos dejado el tema.
Para cuando cumplimos un año de novios, de haber retomado todo desde cero, decidimos hacer un viaje juntos, no habíamos tenido unas verdaderas vacaciones desde que nos habíamos casado, así que fue simplemente maravilloso. Decidimos ir a las playas de Punta Cana, el hotel era perfecto, tenía todo para pasar el día relajados, tumbados bajo el sol o para que recorrieras las atracciones turísticas del lugar. Nosotros habíamos pasado del show de animales, principalmente por el horrible documental que había visto al respecto, pero fuimos a otras atracciones, como las motos acuáticas, entre muchas otras. Pero nuestros momentos favoritos fueron cuando rentamos unas cabañas sobre el mar que nos dejaban ver el atardecer y tener una velada romántica a solas completamente.
Al regresar de nuestros días libres, decidimos finalmente mudarnos juntos, pero decidimos dejar la casa del centro amueblada, por si acaso. En el rancho todo parecía como si jamás me hubiera ido de ahí, las últimas flores que había plantado frente a la casa estaban floreciendo con la primavera y aunque habíamos cambiado un par de cosas de la casa, todo estaba como si los últimos dos años no hubieran existido. Aún no habíamos comenzado con el tratamiento de fertilidad, sin embargo, ahora ya no me era necesario tener hijos, ya no lo veía como algo que tenía que cumplir sí o sí, era algo más simple, si pasaba estaría feliz, sino no sentiría que el mundo se me venía encima.
A finales de junio, cuando las pequeñas Hailey y Louis tenían ya un año de edad y habían tenido sus respectivas fiestas de cumpleaños, fue que todo en nuestras vidas cambio. Había tenido un retraso, solo unos días, pero intentaba no volverme loca al respecto. Finalmente, cuando pasaron dos semanas, decidí hacer una prueba de embarazo, las dos rayitas frente a mí me habían dejado muda por quién sabe cuánto tiempo. No era la reacción que había esperado de mí, pero cuando finalmente pude procesar que era real, me puse de pie y corrí al rancho, donde Edward estaba con otros peones del lugar hablando de algún asunto que parecía importante. Apenas me acerqué, su mirada brilló y estiró su mano.
―Ella es Bella, mi esposa. ―Al parecer no eran peones como yo había pensado, sino un par de inversionistas. Hubiera corregido a Edward en cualquier otro momento, pero en ese momento poco me importaba si me llamaba novia o esposa. Saludé a ambos hombres con una sonrisa educada y luego miré a mi cobrizo algo ansiosa.
―Debo decirte algo importante. ―Él frunció levemente el ceño y asintió.
―¿Nos disculpan un momento? ―Los hombres asintieron y él me tomó la mano para alejarnos lo suficiente para hablar tranquilos. Lo miré fijamente, mientras intentaba pensar en una forma de decirlo sin gritar con la emoción que sentía dentro de mí―. Estás preocupándome, Bella. ―No me di cuenta de cuánto tiempo llevaba en silencio hasta que él habló, sonreí y negué.
―No debes preocuparte, es algo bueno. Muy bueno, diría yo. ―Él asintió, mostrándose más relajado, suspiré de nuevo y sonreí tomando su mano entre las mías―. Estoy embarazada.
Nuestro primer hijo llegó ocho meses más tarde, el parto fue rápido y simple, según la doctora que nos había atendido todo el embarazo y había asistido en la llegada de nuestro bebé, un precioso niño al que llamamos Anthony Cullen Swan. Desde ese momento todo fue diferente, ambos estábamos felices con el proceso de ser padres, encantados con todo lo que podíamos mostrarle a nuestro pequeño.
Había días en que Edward lo llevaba al rancho con unas pequeñas botitas que me resultaban más que tiernas, aunque Tony las odiaba porque no eran cómodas, según él. Otros días se iba conmigo al trabajo, donde llenaba hojas de colores con lo que él llamaba números. Sus primas postizas estaban encantadas con él, a pesar de que era un poco menor, lo trataban como si fuese un bebé y ellas todas unas adultas, lo que era divertido de ver.
Al entrar al kínder fue como cambiar la rutina una vez más, él lo amaba, yo me volvía loca. Los primeros días preguntándome si estaría bien y feliz en aquel lugar, y Edward se había vuelto mi apoyo en esos días, lo que nos había llevado a concebir a nuestra segunda hija, la pequeña Tamara Cullen Swan.
Aun con lo mucho que amábamos ser padres, decidimos que era más que suficiente, así que después de que naciera Tamara, Edward se hizo la vasectomía, pero resultó que no éramos buenos siguiendo instrucciones médicas y terminamos concibiendo a Julieta, la más pequeña y última de nuestros hijos. Aunque había sido sorpresivo a más no poder, había sido recibida con el mismo amor que sus hermanos.
Cuando Julieta tenía tres años, Tamara cuatro y Tony siete, dimos finalmente el paso al altar por segunda vez en nuestras vidas, en una ceremonia pequeña en el rancho, con nuestros amigos y familiares solamente, todo había valido la pena.
No podía creer que diez años antes habíamos estado al borde de perdernos para siempre, si ambos hubiéramos sido solo un poco más testarudos quizás no tendríamos a nuestros pequeños y no podía imaginarme la vida sin él a mi lado y mis niños corriendo a nuestro alrededor.
Mientras tanto, Rose y James habían tenido un segundo bebé, esta vez un varón, idéntico a su padre. Y Alice junto a Jasper habían tenido otro niño también, los dos tenían meses de diferencia y eran solo un año mayores que Julieta y de la misma edad que Tamara, cuando decidíamos tener reuniones para que jugaran entre ellos, parecía que teníamos un jardín de niños en el patio.
Mi esposo, ya con treintaiocho años, era un adonis en todo el sentido de la palabra. Nuestra relación no había perdido la llama con el pasar de los años, ni siquiera un poco, parecíamos adolescentes con hormonas alborotadas, agradecía la operación que se había realizo porque si no tendríamos niños para dar y regalar. Nuestro amor era fuerte, sincero y leal. Habíamos crecido demasiado en la última década, aprendiendo a dar pasos pequeños y no lanzarnos a nuevas cosas sin pensar. Nos habíamos enamorado una vez más, confiábamos tanto que pondríamos nuestras vidas en las manos del otro.
Y se acabo :3
Gracias a todas las que siguieron la historia y todo el apoyo a lo largo de estos meses.
Espero les haya gustado y dejen sus últimos RR *-* jajaja
Espero hayan pasado una bonita Navidad y les deseo un feliz año nuevo :3
